Jorge Ávalos: “Una oportunidad a la belleza de la palabra” (editorial)

Tras el fallecimiento del gran escritor salvadoreño Ricardo Lindo no han faltado los homenajes, pero, ¿qué tan preparados estamos para valorar su obra y para gestionar su legado artístico e histórico?

Jorge Ávalos
Retrato del autor por Sandro Stivella
(alteración gráfica por Índole Editores)
La Zebra | #10 | Octubre 31, 2016

El domingo 23 de octubre de 2016, el poeta y narrador salvadoreño Ricardo Lindo falleció de un paro cardíaco en el hospital Médico Quirúrgico en San Salvador. Tenía 69 años de edad. Su muerte no fue sorpresiva. Por más de un año había sufrido los efectos de un complicado cuadro clínico que incluía problemas respiratorios y fallo renal; en sus últimos días se veía tan desmejorado que parecía un hombre casi centenario. Ricardo estaba tan seguro de que su muerte estaba cercana, que durante las tres semanas antes de ser hospitalizado se reunió, cada vez que pudo, con sus mejores amigos para despedirse. En mi caso, me llamó e insistió en una reunión porque, según dijo, “ya no había mucho tiempo”.

Ricardo Lindo no sólo fue mi amigo. Él fue mi maestro. Las tecnologías no han alterado el hecho de que las artes son, desde el principio de la historia y hasta nuestros días, un oficio. Es un oficio tan artesanal en su ejecución que, para ser transmitido a través de una generación a otra, todavía requiere de maestros. Cualquiera puede aprender a escribir literatura, si reducimos su ejercicio a trucos de retórica y pastiches narrativos, pero sólo una persona puede enseñarle a otra como asumir la creatividad literaria desde la perspectiva ética del oficio de escribir. La ética del escritor se manifiesta en nuestra actitud hacia la palabra. Pero, ¿qué significa esto?

Es difícil ser un artista o un poeta en este país. De Ricardo aprendí la clave para no perder la fe en la literatura: aprendí de él el amor por la palabra y su belleza. Así como un alfarero ama la arcilla, el poeta tiene que amar las palabras. Esto es lo que salva al escritor de la desesperanza en un país como El Salvador, un país enemigo de la memoria y la cultura. Cuando no hay espacios para publicar o para ser leído o escuchado, el escritor se debe a su amor por la palabra, a ser guiado por la materia misma de su oficio. Esta dedicación tan personal y profunda con su propio arte la tienen muy pocos.

Sí, para el escritor que tiene consciencia de la palabra es importante la coma en el lugar correcto, porque esto es lo que le permite a la oración —unidad de las ideas en el texto— estar bien estructurada. También es importante el acento distintivo entre “ir sólo al cine” e “ir solo al cine”. Y, por supuesto, es importante “el nombre exacto de las cosas” que Juan Ramón Jiménez pedía a la inteligencia, el uso de la palabra precisa, por muy humilde que ésta sea o aunque tengamos que repetirla tres veces en tres oraciones continuas, para dar transparencia a la expresión. Esto no es sólo una impertinencia gramática: nuestra actitud hacia la palabra, hacia la materia de nuestro arte, termina por definir nuestra actitud hacia la vida. Esta es el fundamento humilde de la mística del artista. Tan meticuloso era Ricardo con la palabra que sus amigos podían bromear a sus espaldas y llamarlo: “Ricardo, el transparente”. En efecto, Ricardo desaparecía en su arte. Él mismo invitaba estas bromas, y este sentido de humor, que compartía con carcajadas de niño, lo hacían merecedor de un cariño familiar. Con su presencia, Ricardo creaba familia.

En una ocasión hace más de dos décadas, Ricardo atendió un cumpleaños para niños. Delgado y encorvado como era, llegó vestido como un viejo caballero del siglo XIX, con un traje negro de levita y un sombrero de copa. Al quitarse el sombrero expuso su pelo blanco, que se extendía a su rostro europeo y de ojos azules en una barba de profeta. Esa apariencia solemne iba acompañada de una inesperada incongruencia: el humor y la risa infantil que lo caracterizaban. Entre los niños, había uno de cuatro años que se le acercó, lo abrazó y le dijo: “Yo no tengo un abuelito; yo quiero un abuelito como tú”. “¿Ah, sí? Pues desde ahora en adelante yo seré tu abuelito”, respondió Ricardo, quien cumplió su palabra. Esta historia, que parece entresacada de una telenovela sentimental, es real. Tan real que en su lecho de muerte, cuando un abogado, amigo suyo muy cercano, redactó el testamento de Ricardo, su principal beneficiario y albacea resultó ser ese “nieto”, ya un hombre, pero que le acompañó y le cuidó durante los últimos años de vida porque Ricardo era, en todos los sentidos de la realidad y el amor, su abuelo.

La última vez que Ricardo y yo nos vimos fue una semana antes de que fuera hospitalizado por última vez. Fue una reunión llena de silencios, al principio, porque ya lo acompañaba la sombra de la muerte, pero pronto noté que esa sombra era para él un viejo amigo y, siguiendo una arraigada costumbre, le cedimos una silla a nuestro lado. A partir de ese momento hablamos como siempre habíamos hablado cuando nos reuníamos, compartiendo historias y hallazgos literarios o artísticos. Le conté de mis investigaciones sobre arte salvadoreño y se emocionó tanto que comenzó a planear el siguiente número de la revista que dirigía, ARS. En algún momento tomé una llamada telefónica del novelista Manlio Argueta. Le habían llamado a él porque un centro cultural quería darle un premio a Ricardo y no sabían cómo contactarse con él, que no hizo más que sonreír y no quiso tomar la llamada.  Le pregunté por qué no le extrañaba la coincidencia de tenerlo a su lado cuando me preguntaban por él. “Desde que La Muerte me acompaña”, dijo, señalando a la silla vacía, “todo es así”.

En realidad, nadie estaba preparado para la muerte de Ricardo Lindo. Mucho menos sus amigos. Todos sabíamos que Ricardo estaba muriendo, cada uno había asumido la aceptación de la partida de este ser querido, y cuando La Muerte se lo llevó, la noticia en sí no nos tomó por sorpresa. Lo que nos tomó por sorpresa fue La Historia, que nos halló indefensos y muy mal preparados para este momento. Porque la muerte de Ricardo Lindo, que a nadie le quede duda, fue un hecho histórico.

Ricardo fue un gran artista que marcó varios hitos en las letras salvadoreñas. Fue un niño prodigio, pues comenzó a publicar sus cuentos a los diez años, se convirtió a los 15 años en el más joven colaborador de revistas literarias de El Salvador, incluyendo Cultura, cuando era dirigida por Claudia Lars. Ricardo escribió XXX (1969), el libro de cuentos más influyente de nuestra literatura desde que se publicó Cuentos de barro de Salarrué. Si damos un vistazo somero a la crítica literaria del último cuarto de siglo, descubriremos que la novela más compleja y rica que se escribió y publicó en El Salvador en el siglo XX es Tierra (1996), no una novela de las personalidades literarias publicadas en editoriales extranjeras y de quienes se escribe en El País o de quienes se habla en congresos americanos, sino ésta de Ricardo Lindo, escrita a mano en un sótano durante los últimos años de la guerra (entre los balazos de la guerra, de hecho), y publicada en una edición sencilla de 500 ejemplares.

También está el hecho, no menos sorprendente, de que este escritor que se granjeó nuestro cariño por ser tan amoroso y dulce y simpático (no sólo en el sentido de que gozaba la compañía, sino también de que aborrecía la controversia), se convirtió en la última década de su vida en la voz más reconocida y polemizadora de la comunidad gay en El Salvador. Esto lo ubicó en una posición donde no podía evitar la controversia ni el enfrentamiento con los políticos y pensadores más conservadores. Su fama literaria no menguó debido a su publicitado escape del proverbial ropero. Al contrario. Desde que publicó su poemario Injurias en 2004, Ricardo asumió con valentía y conciencia lo que esto significaba, y extendió su participación en polémicas cuando creyó que se estaba difamando a los escritores clásicos de El Salvador. Pero también lo hizo, aunque pocos lo crean, con premeditación.

Ricardo era humilde pero nunca desaprovechó una oportunidad para abrir y crear espacios que le permitieran promover a los escritores y artistas en los que él creía. Era un publicista cultural que había aprendido a hacerlo desde que era un adolescente, y de la mano de los mejores: Claudia Lars, Ricardo Trigueros de León, Juan Guzmán Cruchaga y una miríada de intelectuales y artistas de influencia que conoció a través de su padre, el célebre escritor y diplomático Hugo Lindo.

Antes de que se publicara Injurias, un poemario en el que se ensañó contra una sociedad que atacaba y discriminaba a los homosexuales bajo el velo de una hipocresía de pretensiones católicas, me llamó a mí y a otros periodistas amigos suyos para ayudarle a crear la mayor plataforma publicitaria posible para la presentación de su libro, que él consideraba un suceso social más que literario. Yo escribí un perfil sobre su vida y su obra que apareció en un desplegado de dos páginas en La Prensa Gráfica poco antes de la presentación en mayo, pero Ricardo sólo me concedió la entrevista bajo la condición de que no mencionara ni Injurias ni su orientación homosexual, porque él quería que esto llegara como un choque la noche en que presentara su libro, para el cual su amiga y mecenas Beatriz Alcaine y él habían preparado un performance con actores; de esa manera, ambos querían romper con la tradicional presentación de un libro, el cual tampoco era un libro en el sentido estricto de la palabra, sino un “libro-objeto”, un libro-cebra que desplegaba sus rayas en la medida que se abría y se leía.

A partir de entonces, y sin traicionar su personalidad tan afable, Ricardo nunca abandonó la defensa de los derechos humanos de la comunidad gay en El Salvador. Cuando tocamos el tema de su muerte y su legado, y le dije que la Asamblea Legislativa, hambrienta como estaba siempre del reconocimiento de la población, le iba a dedicar un minuto de silencio, se le iluminaron los ojos. “Les puedo responder con un minuto de palabras”, dijo. Su propuesta era hacer público un insulto a los legisladores. Cuando le confesé que yo sólo había hecho un chiste y no creía que la Asamblea en realidad le otorgara un minuto de silencio, Ricardo no cedió. Él creía que los diputados iban a ignorar el hecho de que era un reconocido artista gay. Yo acepté sus instrucciones, pero no creí que iba a tener que ejecutarlas. El 27 de octubre de 2016, sin embargo, en su sesión plenaria Nº 70, la Asamblea Legislativa dedicó un minuto de silencio en memoria del “escritor e historiador Ricardo Lindo”. Tal y como él lo había anticipado no se mencionó el hecho de que había sido una voz visible de la comunidad gay. El evento fue documentado por la misma Asamblea y así, el controversial “minuto de palabras” de Ricardo Lindo se hizo realidad. No fue su único plan post-morten: también planificó lecturas, reuniones y fiestas que sus amigos nos sentimos obligados a realizar en su memoria.

De alguna manera, los homenajes publicados en memoria de Ricardo tienen un toque aquí o allá de la conciencia de su importancia literaria, social e histórica. Pero la amistad y el cariño empañaron nuestra perspectiva. No es nuestra culpa. Hay un lugar para la amistad, es decir, el amor, y otro para todo lo demás. Pero aun así, creo que nos correspondía a sus amigos estar preparados para ir más allá de nuestras emociones, porque Ricardo se convirtió en nuestro amigo, en amigo de escritores y artistas, en gran parte, porque él fue entre nosotros uno de los más grandes. Como escritor y artista, Ricardo Lindo fue en El Salvador un referente cercano de constancia creativa, de creatividad ética y de ética intelectual.

No creo que existe una consciencia clara del valor del legado artístico, cultural y social de Ricardo Lindo. De hecho, creo que la mayoría de intelectuales salvadoreños subestiman su obra, y estoy seguro que Ricardo lo sabía. En mi última conversación con él descubrí cuán frustrado estaba con su situación actual. Demasiados escritores jóvenes, creía él, y son legión, estaban más preocupados en figurar en las redes sociales que en asumir la solitaria tarea de escribir a conciencia. ¿Cómo se podía contrarrestar esto? Él creía que era imposible, dada la situación actual de la falta de políticas culturales coherentes.

Ricardo estaba en la difícil posición de trabajar para el Estado, pero no tenía ningún poder de incidencia: aborrecía lo que se había hecho con la revista que él mismo dirigía para la Secretaría de Cultura; le deprimía el cierre sistemático de espacios para publicar nueva obra; y ya no tenía la energía para reunir su obra dispersa en periódicos y revistas, y de las cuales él mismo no conservaba copias. La tarea de reunir esta obra dispersa me la encomendó a mí en el 2013. Aquella fue la segunda vez que creyó que estaba por morir; la primera vez había ocurrido una década antes cuando, tras un ataque homofóbico, fue golpeado y dado por muerto después de ser lanzado a un barranco. Su petición se convirtió en una faena moral para mí y, pese a mis objeciones, no la pude rechazar porque yo era, a fin de cuentas, “su último discípulo”. Además, me entristecía la noción de hacerlo, porque yo mismo no sabía si tenía el tiempo o los recursos para lograrlo. Al final, lo hice, y los hallazgos me dejan muy preocupado por el destino de su legado.

Además de su obra conocida, la cual ya ha sido publicada y ha circulado en libros en la región, Ricardo dejó: dos colecciones inéditas de cuentos; una guía final de su obra poética y otra de sus relatos; las correcciones hechas a mano de su ensayo El esplendor de la aldea de arcilla; las adiciones y correcciones que realizó a su ensayo La pintura en El Salvador; una guía de sus ensayos dispersos (me dejó saber dónde fueron publicados y en qué años, pero Ricardo no guardó copias de los originales); su investigación sobre los sitios arqueológicos del lago de Güija y de Corinto; una investigación incompleta sobre la vida y la obra de su padre; esbozos de sus memorias de infancia; y están sus tres novelas inéditas, una de ellas extraviada, quizás para siempre, en las bodegas de la editorial nacional. Además está su teatro, que ofrece problemas especiales porque lo escribió para las tablas más que para ser publicado. Al final, y para sorpresa del propio Ricardo, su obra ha resultado ser más extensa, y en muchos aspectos superior, a la de su padre. Si el Estado no asume la tarea de publicar su obra inédita o la que sólo ha circulado en ediciones muy limitadas, existe el riesgo de que no se publique nunca.

La familia y los amigos de Ricardo Lindo hemos perdido a un ser que ocupó un lugar entrañable en nuestras vidas. Esto es parte de la realidad de nuestra existencia humana, tan efímera al fin y al cabo. Pero no podemos permitir que se pierda también su legado. Por decisión propia, Ricardo optó por la cremación de su cuerpo, y pidió que su familia dispersara sus cenizas en el mar. Este deseo último se cumplió el domingo 30 de octubre, siete días después de su muerte, en una ceremonia sencilla: cada uno de sus familiares leyó un poema de Ricardo y lanzó a navegar un “puchito” de sus cenizas a orillas del mar en coloridos barquitos de papel. Los miembros de su familia —niños, jóvenes, adultos y viejos— participaron así en el cierre de un ciclo vital. Fue un instante de claridad y belleza, una metáfora de cuando se deja ir una vida vivida para el olvido del universo, pero escrita para el cielo de la memoria. Fue como el final de uno de sus cuentos. La lección, si hay una, es que ese “cielo de la memoria” lo tenemos que construir nosotros. Requiere voluntad. El cielo de la memoria existe si nos permitimos que exista.

No habrá una tumba para los restos mortales de Ricardo. No habrá un mausoleo ni un monumento. Lo que nos deja es una obra sin par que no sólo nos da su voz, sino que rescata para nosotros las voces de héroes sencillos y marginados, cómo él mismo lo fue de muchas formas, y que no podríamos conocer ni escuchar de otra manera. Lo que nos deja son días y noches de lectura y ensoñación acerca de un mundo al mismo tiempo real y cruel, fantástico y esperanzador, donde los seres humanos sufrimos el odio, la persecución, la esclavitud y la conquista, pero donde el amor puede salvarnos… aunque sólo si nosotros nos ganamos la libertad de decidir a quién amar, y cómo amar según nuestros más profundos deseos y sólo para la realización plena de nuestro ser y del “otro”. El momento de aceptación ha llegado. Ricardo Lindo ya es una estela de cenizas en el mar. El otro, el que amamos, el que escribió para ser amado, vivirá por siempre si decidimos darle una oportunidad a la belleza de la palabra.

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Las cenizas de Ricardo Lindo, soltadas al mar en barquitos de papel, son dejadas ir y observadas por una de sus sobrinas en la ceremonia de despedida del 30 de octubre de 2016. Fotografía: cortesía de Astrid Lindo.