Norma Pérez Martín: “Historia e imaginación: TIERRA de Ricardo Lindo” (crítica)

La primera reseña crítica internacional de la obra maestra de Ricardo Lindo, la novela histórica y fantástica Tierra (1996).

Norma Pérez Martín
Fotografía de Ricardo Lindo por Daniel Mordzinski
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

El material narrativo latinoamericano que ofrecen las últimas décadas suelen aportar el tema histórico desde ricas elaboraciones y propuestas, a veces, insólitas. Antes de internarnos en la novela Tierra de Ricardo Lindo podemos formularnos varias preguntas que se relacionan con este libro del creador salvadoreño. Veamos algunas interrogantes: ¿Podemos, hoy, hablar de “novela histórica”? En todo caso, ¿cómo se plantea la “objetividad” frente a la “subjetividad” del autor, cuando ficcionaliza hechos y referencialidades concretas? ¿Acaso, será exacto sostener la llamada “objetividad” (palabra ciertamente peligrosa), cuando leemos en los archivos: documentos, cartas, crónicas, escritos por quienes actuaron y protagonizaron sucesos remotos, y, desde ellos, informan, describen, interpretan, sin la perspectiva temporal necesaria? Otra pregunta nos lleva a reflexionar acerca de la transfiguración del “héroe.” ¿De qué manera el novelista puede acudir al juego especular para “desnudar” la esencia del personaje histórico re-creado en la ficción?

Sin duda existen diferentes corrientes críticas, interpretativas. Nuestro tiempo acerca diversas postulaciones no necesariamente coincidentes. Los creadores son, en definitiva quienes resuelven, conscientemente o no, tales interrogantes. Ellos “leen” el pasado, lo reescriben, lo manipulan mediante estrategias que, desde lo estético, persiguen objetivos buscados por el autor. Cada época impone sus propios códigos. La pluralidad de sentidos en las letras contemporáneas promueve lecturas múltiples. El escritor de nuestro tiempo reformula el pasado, interpretando la actualidad.

Ricardo Lindo incursiona prolijamente en la documentación histórica. Su abuelo embajador hurgó celosamente en los Archivos de Indias. El novelista que nos ocupa (hijo y nieto de escritores), durante su exilio en Guatemala indagó en la antigua cultura maya, nahual y transitó por los ámbitos precolombinos y por los que después transitaron los conquistadores, dejando su impronta.

Desde su título esta novela evoca el grito de Rodrigo de Triana: “¡Tierra!” Punto de partida desde donde transitará una larga historia de sincretismos, enfrentamientos, mestizajes y rupturas.

A medida que el lector recorre el texto, la realidad evocada y la ficción transfiguradora se conjugan. Resulta innecesario fijar límites rigurosos, deslindando “objetividades” o “subjetividades.” Aparecen, con natural despliegue y perfección novelística, ambigüedades, desdoblamientos, transposiciones. La “verosimilitud” está manejada por el escritor salvadoreño con libertad y maestría. En este libro se hallan distanciamientos y aproximaciones en movimientos pendulares muy acertados.

Ricardo Lindo, nació en El Salvador en 1947 es poeta, narrador, ensayista. Director de la prestigiosa revista ARS que publica el Ministerio de Educación [posteriormente, la Secretaría de Cultura] de esa República Centroamericana.

Vale la pena anticiparnos en nuestro análisis y aclarar que el autor, desde una estrategia metaliteraria, confiesa la gestación de Tierra: la primera parte, titulada “Don Pedro de Alvarado va cabalgando” fue publicada con anterioridad, en la revista Presencia en 1992. La segunda parte, Libro Segundo, “Nuestro Señor de los Venados” estaba inédita hasta el momento de aparecer la novela completa (Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, 1996, 186 páginas). Esta es la edición que he manejado, gracias a la gentileza de quien tan generosamente me hizo llegar el ejemplar a Buenos Aires: la española, residente en California (USA), María Rosa Campeny-Queralt. Ella marca algunos aspectos de Tierra. Coincido con la citada investigadora cuando subraya: “Tierra es a la vez, novela, crónica histórica, poema épico y relato personal”. Aquí reside una de las más ricas peculiaridades de este libro. Ricardo Lindo apela, con excelente habilidad, al entrecruzamiento de géneros, logrando un entretejido moderno cargado de significaciones. Campeny-Queralt dirá más adelante: “Pablo de Alcántara, personaje ficticio, portavoz de las ideas del autor, y quizás “alter ego”, va dictando a Ricardo Lindo, su escribano, la historia de la conquista en tierras de Guatemala y El Salvador.”

Dentro de las diferencias y matices, tanto técnicos como estructurales, la novela nos remite a pluralidades semánticas. El lenguaje metafórico, las simbologías, así como las meditaciones sobre el paso del tiempo, la vida, la muerte, abona aspectos esenciales de esta obra.

Lo poético emerge en muy distintas situaciones y suelen enlazar referentes disímiles. Ya sea lo cotidiano (v. gr.: “el lirio y la hoja de lechuga”) o momentos más densos (v. gr.: “sobre los amarillos pergaminos se desplegaba una caligrafía de enredadera de los cronistas de hace tiempos”). Notemos aquí la intención manifiesta de la palabra “enredadera”.

Las voces se cruzan y adoptan en cada ocasión el acento, el ritmo y la atmósfera exigidos por la circunstancia. Los relatos legendarios, como los bélicos avances del conquistador, siembran el entramado narrativo de efectos contrapuntísticos de luminosidad y horror. Las metaforizaciones siniestras (“hombres de dos cabezas”, “aves con espejo en la mollera”) se levantan como pesadillas, recordándonos la imaginación febril y fabuladora de los antiguos cronistas de Indias.

El juego dialógico permite miradas alternativas. El discurso en primera o en tercera persona, el monólogo interior, la evocación descriptiva de los espacios lejanos en el tiempo y en la perspectiva geográfica, sirven de apoyatura a la contraposición de horizontes enfrentados. Es ésta una de las tantas claves que ofrece el texto; pues enfatiza dos versiones del mundo; dos culturas: América sin sus raíces precolombinas y el conquistador con su versión europea y “civilizadora”, que descalifica y atropella. Cada ámbito, sea cercado o abierto, revela cada universo cultural. Los palacios, templos, plazas ceremoniales, ceibas, volcanes, valles, chozas por una pacte; por otro lado, las iglesias cristianas, las construcciones coloniales. El ámbito sagrado para los indios, constituye para el conquistador lugar para el poder y la codicia: territorios que deberán ganarse para la Corona y para el propio beneficio. En este sentido Ricardo Lindo no cae en maniqueísmos empobrecedores. La novela valoriza y equilibra la compleja y, por momentos contradictoria relación de esos dos universos.

El discurso narrativo adquiere por momentos alta temperatura y un colorido que ilumina escenarios en unos casos, o estalla con pinceladas escalofriantes, plenas de vigor, en otros momentos. Tiempos y espacios dibujan un panorama donde el hombre se instala desde lo más primitivo, lanzándose hacia otras dimensiones espirituales que el escritor salvadoreño profundiza con sabiduría y comprensión.

El fuego y el agua se levantan en sucesivas ráfagas, marcando la presencia de la vida y la muerte. Incendios, devastaciones, aniquilaciones de pueblos enteros, se suceden en patéticas jornadas.

El discurso narrativo se asocia con los diferentes niveles y las antagónicas circunstancias. Desde este aspecto resulta interesante destacar los enunciados con que el novelista encabeza cada capítulo, cada bloque de la novela: títulos sugeridores, poéticos, a veces, misteriosos, y otras, esclarecedores y puntuales.

Ricardo Lindo alterna la prosa con el verso. Logra, de este modo, musicalidad, variantes ritmos. Pero, no se trata aquí de adornos gratuitos y preciosistas. Dichos poemas (ya sean tradicionales octosílabos o métricas y estructuras poéticas más variadas) contribuyen eficazmente a convocar evocaciones, afinidades raigales, meditaciones de intensa fuerza espiritual y religiosa, en el sentido etimológico de este término. No olvidemos que estamos, además, ante un gran poeta de El Salvador, quien ha publicado libros que testimonian su madurez lírica.

Los niveles lingüísticos (coloquiales y eruditos) enrabian una prueba acabada de esas instancias culturales (indígena y española-cristiana); la imaginación popular tiñe de encantamiento, tenebrosidad y fantasía ese mundo al que se asoma el lector con fascinación y temblor.

“Sorderas” y “cegueras” se deslizan como sombras, cuya fuerza avanza al ritmo de la historia. Historia que, en definitiva, se levanta enérgicamente y que va más allá de los acontecimientos mismos que operan en el relato. Esas “sorderas” y “cegueras” a lo largo del tiempo coexisten. Las transformaciones, olvidos, o cambios en el mundo moderno no han sepultado errores ni prejuicios.

La fauna y la flora cobran dimensiones trascendentes. El lector podrá desvelarlas a partir de los sutiles indicios que el autor proporciona. Los opuestos se suceden sin llegar a la paradoja. Pero, no todo está explícitamente enunciado. Por debajo de la escritura se vislumbran esos secretos semánticos plurales y definitorios.

Ricardo Lindo llega al vuelo lírico, al goce del texto colorido y armonioso; pero, también, apela a un realismo figurativo y aterrador. Todo se sucede en adecuadas modulaciones y curiosas expectativas.

Los personajes tienen autonomía, vigor, plasticidad. El discurso del poder, contrapuesto con la oralidad del pueblo silencioso, merecía un análisis pormenorizado. Lo admitiré, no por eludir el compromiso, sino porque considero que este tópico se contribuye en motivo para un trabajo específicamente dedicado a él. Sin duda, no faltarán quienes intenten dicha tarea. Desde los referentes históricos que enmarcan la novela, los documentos, cartas, crónicas a los que acude el autor, no incurren en monótonas transcripciones. Por el contrario, Ricardo Lindo acude a las fuentes, apoyándose en ellas con lúcido equilibrio. Cuando Pedro de Alvarado llega como mendigo a esas tierras que sacrificó cuatrocientos años atrás, el lector no se sorprende. Pedro de Alvarado, desde su condición de mendicante, pedirá perdón a los indios de hoy. Si este episodio imaginado pudiera ser acusado de inverosímil o ingenuo por parte de alguna crítica “posmoderna”, en mi opinión resulta un hallazgo del novelista. Aquí, el mensaje subyacente se afirma como un anhelo y como síntesis esperanzada, frente a aquella epopeya compleja y cargada de arduas contradicciones.

El libro Segundo, titulado “Nuestro Señor de les Venados” tiene otra dirección. Esta segunda parte de Tierra rememora antiguas leyendas, la magia, los hechizos, la cosmogonía quiché. La sabiduría esotérica de los brujos se enlaza con los latines cristianos.

Desde la tercera persona narrativa que enuncia, la prosa transcurre apelando al oyente. Visiones, vaticinios, rituales, espacios sagrados, evocan remotos días del mundo nahual (cuando los brujos “hurgaban el universo”). La finalidad didáctica, a partir de un discurso directo, pleno de representaciones visuales, ricas en simbolismo (como es lo corriente en los relatos primitivos), otorga una peculiaridad literaria y representativa distinta de la que ofrece la Primera Parte de esta obra. Ricardo Lindo vuelve a demostrar la flexibilidad y adecuación exacta de su estilo.

No se violenta el texto cuando el novelista nos traslada desde los tiempos de la Conquista a la época de la computadora. Nuevamente nos invita a una lectura abierta desde un pasado herido, hacia un futuro que está “por venir” y ni siquiera sospechamos.

En las páginas finales el diálogo con el lector cobra mayor inmensidad. El tuteo establece un juego comprometedor entre autor-lector. Se estimula así, una lectura de la historia actualizada y crítica, a partir de las coordenadas que imponen los días que vivimos hoy. Durante la Misa solemne de San Salvador (patrono de la ciudad homónima): “los ciervos se levantaron y se fueron tranquilos a contemplar la luna naciente” —leemos en la novela. Nosotros podemos preguntarnos, ¿acaso esos “ciervos” no están metaforizando a los “siervos”, indios ubicados detrás de los españoles, según mandaban las exigencias sociales, en aquel oficio cristiano celebrado en la Catedral de San Salvador?

La transculturación, el sincretismo religioso que se manifiesta desde hace siglos, y aún sigue vigente en nuestra América mestiza, ocupa momentos determinantes en la novela que presenta Ricardo Lindo.

Los sueños, por otra parte, se suceden; la interpretación de los mismos varía según los hombres y los tiempos. Desde su eje onírico, el novelista deja a cada personaje libremente instalado dentro del relato. Los “gemelos” repetirán el símbolo arcaico y los extraños sucesos de “aquella niñez salvaje de cabalgador de monstruos” impondrán una atmósfera llena de ocultamientos y revelaciones, al compás de los ritos seculares. El “brujo” logrará “hacer posible lo imposible.” “Los niños alfareros”, “el gran tigre blanco”, “el gran venado blanco” acudirán desde el misterioso universo primitivo. Allá, plantas animales, mares, montañas, hombres, mujeres y niños se abrazarán en animosa conjunción.

En esta segunda parte de la novela los relatos se imponen con dimensión paradigmática. Los personajes míticos construyen una tipología de caracteres desde una pluralidad de variantes individuales y colectivas.

Ricardo Lindo descorre máscaras, rechaza encubrimientos impuestos por el “discurso oficial” y demuestra hasta qué punto la lectura nunca se reduce a aquello que el texto parece decirnos en la superficie. El desafío está lanzando, el punzante conflicto se desnuda, sin que el autor abandone la ternura y la comprensión. El escritor salvadoreño se compromete y también compromete al lector. No se trata aquí de la omnisciencia del narrador. Esta obra nos moviliza por su propia gravitación y excelencia. Tierra se despliega hacia planos históricos, filosóficos, poéticos, antropológicos, socio-culturales; y, como fundamento esencial y vertebrador: hacia alturas de honda religiosidad. La hermenéutica nos conduce hacia diferentes enfoques y perspectivas.

He intentado aquí perfilar algunas aproximaciones. Queda mucho por bucear en esta novela. Las distintas interpretaciones de los lectores y críticos sumarán, sin duda, resultados valiosos. Este libro nació en El Salvador, pero atañe a América en su totalidad: la del ayer remoto, la del hoy y la de un mañana imprevisible.

Buenos Aires, Argentina.

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Publicación original de esta reseña:

Pérez Martín, Norma. “Historia e imaginación” (Tierra by Ricardo Lindo). Confluencia, revista Hispánica de Cultura y Literatura. Vol. 13, No. 1 (FALL 1997), pp. 240-244, University of Northern Colorado.