Maria Rosa Campeny-Queralt:TIERRA: identidad y herencia” (crítica)

La primera reseña crítica, publicada en 1997, de la obra maestra de Ricardo Lindo, la novela histórica y fantástica Tierra (1996).

Maria Rosa Campeny-Queralt
Fotografía de Ricardo Lindo por Daniel Mordzinski
(en Centroamérica Cuenta, Nicaragua, 2014)
La Zebra | #10 | Octubre 27, 2016

Paul Valéry, en una carta en que agradece a su amigo Francis de Miomandre el haberle dado a leer una traducción al francés de las Leyendas de Guatemala, de Miguel Ángel Asturias, escribe: “Nada me ha parecido más extraño […] que estas historias-sueños-poemas donde se confunden tan graciosamente las creencias, los cuentos y todas las edades de un pueblo de orden compuesto, y el hechizo de los productos de una tierra poderosa, y siempre convulsa…”

Estas palabras del poeta francés pueden aplicarse a la novela que acaba de publicar Ricardo Lindo, de esclarecido linaje salvadoreño, escritor, hijo y nieto de escritores. El titulo Tierra que encabeza estas líneas, es el grito lanzado por Rodrigo de Triana desde un mástil talado en bosques lejanos, clavado en una minúscula embarcación, navegando en un mar de singladuras ignotas. En la novela de Ricardo Lindo, Tierra parece ser el clamor de un pueblo de orden compuesto, en el que se confunden las creencias, las leyendas y las edades. Se trata de una tierra que es, según otra frase de Paul Valéry, mezcla tórrida de volcanes, de botánica confusa y teología de Salamanca.

Tierra es, a la vez, novela, crónica histórica, poema épico y relato personal. Con lenguaje poético heredado de los clásicos, el autor va tejiendo la fábula de los orígenes de su país. Los “orígenes” se refieren al momento en que los conquistadores españoles, con mentes todavía pobladas de refriegas con moros y leyendas caballerescas, van ocupando la región, imprimiendo en ella las recias huellas del hierro de sus cabalgaduras.

La conquista fue destrucción despiadada para los pueblos de América, pero al mismo tiempo fue un nacimiento, por doloroso y largo que este haya sido. Ricardo Lindo, en su obra, parece querer seguir ese proceso de ocaso y aurora y hace como si colocara una a una las teselas en un mosaico casi viviente que ilustra la trayectoria histórica de su pueblo; es decir, de la conquista misma, de lo que existía antes de esa llamada conquista y de lo que nos ha quedado.

Tierra consta de un prólogo, dos partes o libros y un epílogo. En el prólogo aparece el narrador Pablo de Alcántara, personaje ficticio, portavoz de las ideas del autor y quizás su alter ego. Pablo de Alcántara, presunto conquistador, paisano de Pedro de Alvarado y por un tiempo su Eminencia Gris, va dictando a Ricardo Lindo, su escribano, la historia de la conquista en tierras de Guatemala y de El Salvador, esa “historia de los hombres y mujeres que vivieron y ya no están”. “Yo, el escribano, he puesto mi voz entre las voces de ellos, y alguna vez, movido por el horror o la duda, no quise escribir lo que dijeron”. Así dice Ricardo Lindo en el prólogo. Pablo de Alcántara, portador de la tradición humanística judeo-cristiana, mas tarde ordenado sacerdote, es apodado el “Cura loco” por sus amigos los indios, aunque su locura fuera quizás la del español que llego a profundizar en la enormidad de la conquista.

El Capitán Don Pedro de Alvarado es el protagonista histórico del primer libro, titulado “Don Pedro de Alvarado va cabalgando”, pero en realidad su presencia se cierne a lo largo de toda la novela como sombra maligna. Extremeño como Pizarro, Valdivia y Cortés. Pedro de Alvarado tenía fama entre los suyos más por su arrojo temerario en los combates con los indios que por sus victorias sobre ellos. Los indígenas lo llamaban Tonatiú, El Sol, quizás porque pocos se atrevían a mirarlo fijamente. Era arrogante, sanguinario, codicioso y cruel. El Padre de Las Casas lo llama “ese infelice malaventurado tirano”, recordando acaso que Alvarado murió aplastado por su propio caballo. En un momento y un lugar en que los hombres eran conocidos por su crueldad y codicia, Alvarado resultaba ser primus inter pares (el primero entre sus iguales). Sin duda, esas figuras de aventureros ejercen cierta fascinación, tanto entre sus contemporáneos como a lo largo de la historia. Alvarado arrasó territorios y pasó a cuchillo a sus habitantes. Ricardo Lindo nos lo pinta en su casa de bahareque, techada de paja, soñando con tejados de oro, junto a Dona Luisa, hija del cacique de Tlaxcala, pensando en las torres almenadas de su tierra y las noches de invierno escuchando a los abuelos que a la vera del fuego contaban sus lances con los moros.

Ese primer libro nos recuerda el primer canto de La Divina Comedia: el autor lo llama un mundo inédito, pero más parece la descripción de un infierno donde, a diferencia del de Dante, los pecadores cuentan y vuelven a vivir sus propias atrocidades sin mayores remordimientos. Pablo de Alcántara, el narrador franciscano, es el único que se da cuenta de ello.

Al final del primer libro, el día de Navidad de 1989, un mendigo llama a la puerta de la casa del escribano: es Pedro de Alvarado. El autor lo ha sacado del infierno, redimido por el dolor y las lágrimas de las mujeres que lo tuvieron a su lado: Doña Luisa, princesa de Tlaxcala; Doña Francisca, que muere al tocar tierra americana, y la hermana de ésta, Doña Beatriz, que moriría en un terremoto. Pedro de Alvarado, mendigo en las tierras que conquistó, después de más de cuatrocientos años, va pidiendo perdón a cada uno de los indios que maltrató.

En el segundo libro, que se titula “Nuestro Señor de los Venados”, surge la figura del brujo Otzilen, chaman que sabe leer e interpretar los fenómenos telúricos y que, a través de sus mujeres, mantiene intacto el linaje de su gente, a quienes el Adelantado jamás logro someter. El autor-escribano recoge en este segundo libro leyendas y tradiciones de los antiguos pueblos que el brujo Otzilen quiere legarles a sus hijos junto con la armonía y belleza del paisaje; es decir, el lago, el volcán, el viento, los arboles. “Esta es nuestra patria”, dice Otzilén (p. 110). Es la patria de antes, antes de que Don Pedro de Alvarado impusiera su fiera presencia. El segundo libro es una visión de la América antes de la conquista; una existencia bucólica de agricultores, pescadores y artistas amantes de los colores, donde los brujos guardianes de antiguos mitos explican e interpretan los fenómenos naturales. El protagonista Otzilén supo por boca de su padre, un día de octubre, que había ocurrido algo que iba a cambiarlo todo. Los forasteros tardarían todavía treinta años en llegar. Al final llegaron, y fue un titiritero jorobado quien alertó a los caciques del señorío de Cuzcatlán para que escondieran sus haberes. De nada les sirvió, pues Pedro de Alvarado incendió la ciudad y encadenó a los supervivientes.

Ricardo Lindo nos habla en su novela de muchísimas cosas, y a menudo nos la dice en los versos que embargan sus páginas, páginas todas ellas empapadas de poesía.

Hacia el final del segundo libro el autor hace hablar a Cristóbal Colón; es decir, habla la estatua del Almirante desde su monumento de San Salvador. Dice Ricardo Lindo por boca del genovés: “Ya no lamento los males que desparramamos, pero tampoco me parece correcto envanecerme de mi hazaña. Porque fue hazaña, realmente” (p. 130). Más adelante el escribano medita sobre aquellos españoles que creyendo servir a Dios, ahogaron una civilización al sur de España, y otras en el extenso Continente que descubrieron y conquistaron (p. 168).

El amor del pasado llevo al autor-poeta en su exilio de Guatemala a recorrer viejas rutas holladas por caciques indígenas y soldados extranjeros, a la par que su abuelo el embajador, que hurgó en el Archivo de Indias sevillano en busca de las historias de la conquista y de los orígenes de su pueblo.

Ricardo Lindo ha escrito un hermoso libro. En sus páginas el tema de su identidad ancestral judeo-cristiana se combina con el de la herencia de los pueblos nativos americanos. Se trata, más que de un sincretismo, de algo como el juego armónico de dos temas musicales de una sonata. La obra merece ser leída una y otra vez, ya que hay en ella preciosos relatos y meditaciones que, como tesoros escondidos, nos parecen más valiosos que los que buscaran en su día los Cortés, los Alvarado, los Pizarro y los Ponce de León.

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MARÍA ROSA CAMPENY-QUERALT (1921), critica española. Ha reseñado numerosos libros de autores salvadoreños. Es profesora del Defense Language Institute, con sede en California.

Publicación original:
Cultura. No. 78, enero-abril 1997. Dirección de Publicaciones de El Salvador, San Salvador, pp. 163-166.