Efraín Caravantes: “Intimidad” (crónica)

Un lector vive un momento de sutil intimidad con una extraña en un autobús de San Salvador.

Efraín Caravantes
La Zebra |
#11 | Noviembre 1, 2016

Leer es un acto íntimo, por eso cuando voy leyendo, generalmente en los buses, me aíslo de todo lo que pasa y sólo existe la historia que leo, es como un superpoder. Puede haber choques, gente puteándose, gente haciendo miles de cosas alrededor y no existen.

Hoy venía haciendo uso de mi superpoder.

“Y mientras estaba en muda contemplación, la señora Ockham sintió que el amor invadía su interior, en forma arrolladora, como una marea que subiera desde las profundidades de aquel océano del que había estado tanto tiempo separada por los sedimentos de una aridez sin esperanza.

―Frankie también usaba pijamas de color rosa ―dijo con voz que, a pesar de los esfuerzos por expresarse en broma, temblaba con la violencia de la emoción.

―¿De veras?

Sebastian dirigió a la señora Ockham una de sus encantadoras sonrisas. No consciente o deliberadamente esta vez, sino porque se sentía en cierto modo conmovido y quería corresponder al afecto de aquella mujer absurda.”

Ella, sentada junto a mí, comenzó a dormirse, poco a poco cabeceaba y se reponía.

“Pero, en aquel mismo instante, impulsada por una ansia tan intensa que le impedía darse cuenta de que el muchacho tratada de decir algo, la señora Ockham también habló.

―¿Le molestaría si le doy un beso?”

Luego de varios intentos por no dormirse, ella fue cediendo, hasta suavemente reposar su cabeza en mi hombro, tan suave que no hubo sobresalto.

“De pronto inesperadamente, se produjo una interrupción.

―¡Oh perdón…!

La señora Ockham se enderezó y ambos se volvieron hacia el punto de donde la voz procedía. En la puerta abierta estaba la Verónica Twale (…) llevaba una bata blanca de raso, toda abotonada (…) que le hacía parecer una monja.

―Siento interrumpirla ―dijo a la señora Ockham―. Pero su abuela…

(…)

―¡Qué fastidio! ―La señora Ockham suspiró profundamente―. Bien, creo que vale más que vaya. ¿Quiere que le apague la luz? ―añadió, dirigiéndose a Sebastian.

El muchacho asintió con un gesto. (…) «Buenas noches», salió y se alejó presurosa por el corredor. La señora Twale cerró la puerta.”

Viajamos así por largo rato, ella acostada en mi hombro, yo leyendo. Aún ahora me sorprende que no se haya despertado con tanto movimiento.

“[En la oscuridad, Sebastian] oyó a su espalda el ruido de la puerta que se abría con cautela. En la pared que estaba mirando, la franja de luz fue sucesivamente ensanchándose, hasta que, seguida inmediatamente del ruido del pestillo, se hizo de nuevo la oscuridad.

(…)

―¡Oh, señora Ockham! ¡Cuánto me alegra…!”

En una de las vueltas ella se alejó de mi cuerpo y al regresar un suave golpe la despertó. Se desperezó. No dijo palabra alguna. Yo seguí leyendo.

“La seda crujió de nuevo en la oscuridad y una ola de perfume envolvió a Sebastian. Era aquel perfume cálido, mezcla de flores y de transpiración, de frescura primaveral y de animalidad almizcleña.

―¡Oh, es usted [Verónica]! ―comentó Sebastian, en un murmullo de sobresalto.

Pero ya, mientras hablaba, un rostro invisible se inclinaba sobre él; una boca tocaba su barbilla y buscaba sus labios; y los dedos, que se habían posado en su garganta, se iban desplazando y comenzaban a soltar los botones del saco de su pijama.”

Final del capítulo XXIII. Cerré el libro y me quedé pensando en la escena, en las señoras Ockham y Twale, en Sebastian. Estaba en eso cuando ella comenzó a juntar sus cosas. De pronto se dirigió a mí sin verme.

―Perdone… porque me dormí.

Una frase que no esperaba del todo, no de esa manera, no en ese momento.

―No tenga pena ―le dije a su rostro, que seguía dirigido a sus pertenencias.

Pronto terminó y antes de levantarse para bajarse le dije que tuviera buena noche. Ella contestó igual.

Por su ropa deduzco que trabaja en algún hospital y por su sueño que no había dormido en toda la noche. O quizá, sólo quería reposar en el hombro de alguien y luego pedir perdón.

Huxley apunta que Shakespeare dice El tiempo debe detenerse. Yo no sé aún si deba o no, pero sí sé que al menos por unos segundos, hace un par de horas, se detuvo.

 


EFRAÍN CARAVANTES (El Salvador, 1983). Estudió Artes Visuales con especialidad en Grabado en Centro Nacional de Artes y Licenciatura en Comunicaciones en la Universidad Tecnológica de El Salvador. Ha participado en varias exposiciones colectivas: El grabado como pretexto – Salón de Grabado (2008, 2010), Original múltiple (2009), Diálogo visual – Salón de dibujo (2009), XI edición del premio Arte Joven del Centro Cultural de España en El Salvador (2010) y Esto no es una degeneración: ¿Arte joven en El Salvador? (2012), entre otras. Obtuvo el primer lugar en poesía en el I Certamen Letras Nuevas con el poemario Memoria de poemas, La Prensa Gráfica (2004) y el tercer lugar en el XI Premio de Arte Joven por la obra Naturaleza muerta, creada en conjunto con Javier Ramírez-Nadie, CCESV (2010). Sus textos han sido publicados en diversos suplementos y en la Antología de Poesía Joven Salvadoreña Una Madrugada del Siglo XXI de Vladimir Amaya.

Efraín Caravantes calla cosas y habla de ellas en textos-imágenes.
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Foto: Two and in between, América Alonzo (El Salvador, 1990). Es.
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