Javier Alvarado: “Fragmentos de un tren” (poesía)

Nostalgia de lo perdido en los avatares de la historia y una desbordante pasión por la lengua son las líneas paralelas de este viaje alucinante en un mítico tren de Panamá.

 Javier Alvarado
La Zebra | #11 | Noviembre 1, 2016

En vez de volver de los recuerdos,
durante el proceso de morir
encargo el regreso
de las cosas perdidas.
Wislawa Szymborska

Vagón Ø

Tú, que deseas conocer Panamá, dime, ¿a qué exacta hora de la alucinación
te atreves a encaminarte por la casaca de cerros, por las colinas asaetadas
por el sol y por el viento
que se suceden ante la hierba como un visitaflor
asimilado por el vértigo,
como una floresta
que atravesamos recolectado guijarros y brotes como una espiga nueva
ante la reunión de los góticos cedros?; si tu bien sabes que cruzar esta franja
es una medida del destino del hombre, algo que se desdibuja
como las estrías de la estrella. Era tu hora de emprender
un largo viaje con tu papo seco al país de la nostalgia.
Era la hora de partida. Eran los trenes que no podías detener,
la falsa hora del sueño, una llovizna, un temblor como de gelatina o acuarela,
un aleteo en el cuello
y las aguas que se borran,
los rostros que sondean la paz al mediodía,
la onomatopeya de un pato salvaje
que adormece la esperanza,
el parpadeo de los ríos que conceden a nuestras almas un espejo de autorruta,
el pez y la sangre
y los augures sordos del ciervo en los bosques plateados;
esas cotidianidades que nos arrastran, que ponen el pan que se ayuna en los abismos de la mesa,
como cuando se abre un campo ante los maizales de luz, ante las cosechas que hibernan los granjeros,
la naranja y la paloma desparramadas en los surcos,
el otro lado del océano
y los paisajes que no se detienen en los ojos.
Existíamos
porque se apuntaban los destinos, otras ejecuciones para el hambre;
otras maneras de llamarnos, otras maneras de viajar
en cada época del año, entre los bosques y minas de idealización solitaria,
mascando glebas de irrealidad, entrecruzando las constelaciones
sobre las verjas de hierro, sobre la soledad que cubre a las compuertas,
estos huesos de musgo que ya no poseen la ejecución de la risa,
que ya no tienen sensaciones
ni marcas de sexo, jadeando en la actuación de la lágrima
sobre la puerta que da paso a la fuga,
(a esa horda con brazos de ceniza)
que deambula ahora por debajo de los rieles y durmientes
en una balada orquestada por caballos,
como si fueran una caravana de dioses que nos ansían contemplar
ensayando la oración y ejecución del instinto,
buscando el ombligo amorfo de las fuerzas,
el bosquejo de mi yo sobre la librea de ferrocarriles.

Vagón 1

Hay un tren con innumerables vagones acechando la crianza de un cuerpo,
(una comunidad que amasa la tortilla de sus héroes)
la melodía del hierro que impacta se asemeja a una piedra desbarrancada sobre el filamento acodado a una tela.
Sus vagones rasgan el aire como emancipando la vuelta del abismo,
en sus sillones reposan seres que se orientaron con los vapores de las cimas.

Todos caen del cielo como figuritas ahuecadas.

Las historias de estos viajantes son poemas que no pertenecen a ningún tipo de literatura.

Vagón 2

Mira el cielo e intuye los colores del clima.
Tú comprendes ya los códigos de la estación seca y la estación lluviosa.

No devuelvas este color del agua a nivel.
Un perro te asaeta el rostro que no reconoces.
Te invade un deseo de caminar por todas las estaciones
mientras ladra el cielo con sus razonamientos de agua
bajo una ausencia de árboles sobre los campos moteados de losas y epígrafes,
semejando caparazones de tortugas que respiran
la autoridad de la yerba
.

El limbo es una costra que exige oscuridad,
una sombra dentada para el tiempo del calor. Busco una playa
y me ahogan sus imágenes. Debajo de mi brazo
riela el peso de una Biblia que no existe, no sé cuál es mi lengua
ni cuál es mi canto. Tengo sed y mis alas tienen hambre.
Hay que buscar el ascenso y postergar esa simulación
con el descenso de otros Ícaros. El peligro es inconsciente
y se agrupa bajo los pies con un mapa
atragantado por la escarcha. No hay brújulas
para esta ambrosía del camino, para este cráneo
con pensamiento universal.

Vagón 3

Es una caminata relevante como cualquier otra,
son pasos desnudos que interpretan alguna caligrafía de viejas cartas
oteando al amor,
al amor que ya no tengo y que sigue bajo el techo coagulado, augurando
la dispersión de las lluvias. Sobre las colinas cansadas
de las Áreas Revertidas, reposan las cruces
de aquellos que cavaron la tierra. Yo estoy en algún fondo
royendo tierra viva, royendo tierra muerta.
No sé a qué cementerio pertenecer, a un cementerio italiano,
al cementerio chino,
al cementerio inglés, al cementerio antillano, al cementerio francés
o a qué memoriales de sangre y lodo instaurar ante mi puerta,
ante este cajón de saudades que se pudre subterráneamente
o con la luz enardecida a la intemperie. Un tamborileo
para la victoria
y el roncar sobre los vientos
de una convulsión de tren
ejerce su concierto
como una amenaza.

Vagón 4

Este es el destello de una bitácora del sol y el vestigio de otra época,
una remembranza de aquellos
que doblaron sus existencias en un pañuelo
y las anudaron
al extremo
cotidiano
de un palo,
dejando caer todo el peso de las pertenencias sobre el hombro;
abandonando sus casas del nunca jamás, del nuncasevuelve;
una descorporización del credo, del ansia espiritual, de lo muscular en los miembros
cuando atábamos las sogas a las muecas y a los gestos, a las mariposas y marionetas
que son la sangre aplicada, la coagulación de las palabras
como la lengua en el reloj y el pájaro enrehojado, dispuesto a girar
en ese péndulo y en esa yerba que crece en los radiadores del cerebro, en la bodega más potente donde rugen los carbones sonoros, las paletadas sonoras
del carbonero inmaterial,
la locomoción de un reino a otro, de un orgasmo a otro
dentro de un frutero, de una placenta con cuchillos;
una invocación de aquellos que mordieron las heredades de la sandía,
dejando las tajadas de sangre sobre las calles o sobre el cuerpo ileso de las mesas
mientras surcaban a mis pies epitafios de ola, canciones de algas en los muslos,
tiburones de espuma que crecían dilatando las irradiaciones del agua,
una familia de ballenas en los mascarones de tu carne, una mujer parecida a ti (en un dibujo) en el solsticio de las aguas niveladas
buscando la carne, buscando la carne y el aluvión de puntería
si nunca hubo arpón, recuerda, nunca hubo arpón, ni tampoco anzuelos
para llamar a los instintos de la fauna.  Lo marino fue algo vegetal hasta traspasar la piel
con todos sus augurios, con todas las saudades de este rostro que acuñaste
con tu lengua a las monedas; aunque ya no recuerde aquellos boletos de viaje
que condené arrojándolos al mar y que sirvieron para postergar el llanto helado de los ángeles.
Y era un amanecer con colores y con lluvias. Ese era mi pacto de mi cuerpo con el mundo,
mientras caían sobre mis orejas aquellas musitaciones
de las brujas del mar, de las brujas de China, de las brujas de Francia, de las brujas de Salem,
de las jaulas surcadas y unidas a mi pecho
por un eslabón ultramarino;
cuando a muchas leguas de ese sitio, caían sobre mí
nombres inconclusos y alaridos de gaviota;
un vagón abierto para que entraran la belleza en los manglares
mientras la cofradía de borrachos levantaba sus vasos
venerando el equinoccio y las señoritas disfrazadas de primavera.

Vagón 5

Es el recuento de los que navegaron el mar en barcos anémicos.
Aquellos que vinieron por la tierra caminando
rompiendo la vegetación astral de las carlancas, de las caravanas perdidas,
de los laberintos en verano o en invierno
la tierra con sus ojos secos,
las piedras de Panamá con su escarcha rota,
el advenimiento de la poesía sobre lo crudo del paisaje,
como un libro que se talla
en lo infernal de las cortezas,
en los círculos concéntricos del cuerpo del ave, ese plumaje que explota en la sorpresa
donde están mi familia y los otros muertos,
esos primeros mensajeros,
que ambicionaron la maquinaria del tren
y originaron las guarniciones de la noche.

Vagón 6

Y desde lejos se veía la orientación del humo
la orientación humana del humo de los tigres
el tigre amorfo de las constelaciones y las colinas cerradas,
sus hilos de oro cayendo con las estrías negras de la jungla
mientras se oía el tacto del grano
y el himno de cortejo del palomo
(a las semillas),
pero otro era el ruido
como el desgarramiento de la leña
cuando el guayacán se rajaba en el agua,
cuando hacía su pacto
en la inventiva             indígena            del fuego.

Vagón 7

Este es el ruido de la maquinaria, este es el ruido de los vagones
que vienen desde Colón hasta Panamá con resoplidos de demencia.

Vagón 8

Son muchos recuerdos para ti, dilo; este poema declina en el Atlántico;
en el Pacifico vuelve a resurgir como los trescientos puentes
como esas florestas que se alzan en el arrecife
como los sacos de tierra que se sacan de las minas abandonadas,
como las piedras del oro que parten en las manos
o en los designios mágicos de las legiones de mulas.

Vagón 9

Esta historia es hoy mi casa, un espejo de traducción
como el estruendo de un bosque, una incubación de mi yo
antes que la vida, antes que la rarefacción de un huevo a otro
de una libertad y una aprehensión con miembros de jaulas.
Es mi costumbre de mirar
el horizonte y el mar panameños.
Esto que para mí es hoy una heredad completa,
para vosotros fue una historia fragmentada,
un anillo o una columna para una nación; un cálculo crujiente
para la disposición de un tren, de un barco, una transformación simultánea
de mi realidad con los objetos, lo mental confiesa su forma:
un cielo con nubes dispersas y siluetas compactas
era la niebla y la selva a vencer, la vendimia de todo objetivo,
un estiaje de la piedra para la senda adúltera, sucesos irreales
a punto de escribir la destrucción de su evangelio.

Vagón 10

Otros han abierto la trocha
los rieles y durmientes
postergaron
los suicidios con opio y las muertes por malaria.

Algunos cadáveres rielaban en las escuelas de Medicina
algunos esqueletos tintineaban en los barriles
para algunas muestras de museo: “de todas las razas
que participaron en la construcción del ferrocarril de Panamá”.

Vagón 11

Compra tu boleto. Asegura tu sombrero
y la memoria resoplará en el andén. Los trenes arden de historia
y se precipitan hacia aquella raya
donde nos llamamos huérfanos, donde revuelan nuestras pestañas
hacia la perversión del horizonte.

Vagón 12

No estamos preparados para un viaje
que no culmine en su metáfora.
R. M. R.

Ya mucho hemos padecido.
Ya mucho hemos fragmentado
para pegar los huesos de la historia. De este otoño
a nuestras tierras, ¿cuántos ya habrán desaparecido?
¿A dónde están las sombras resplandecientes de Jonathan Miller, de Juan Alvarado, de Ling Fen,
de Francois Martel, de Tomasso Capelli, de Fernando da Luz, de Theodor Martin, de Bardinbrás, el esclavo negro?
Hace ya tanto tiempo que lagrimea la ciudad como una Dolorosa
De Viernes Santo.
El ruido de las hojas
es semejante a las pisadas de una bestia en busca de algún trofeo
en los alrededores del verano. Ya retumba el sueño
con una voz violeta y una desesperación tupida. La ruta interoceánica y transístmica
roe
nuestros recuerdos como el embalsamamiento de los vidrios,
la música vacía y los vagones dispuestos
a horadar, aquí, en mi memoria.

Ya muchos destinos
hemos marcado en nuestra guía de ferrocarriles. Tú has aprendido
como cruzar la comarca y como tirar un paño bordado desde una ventana
siendo testigo de ese amor absoluto, de esa noche que navega
sobre nosotros con indiferencia.

Esa dirección a seguir en Panamá, ese cuerpo incorpóreo, esa musitacion de la náusea,
el devenir de los viajeros y viajantes,
las muertes en las cantimploras y en las botas, en los sombreros donde se motivan los sucesos con las sapiencias del aire,
la sed que es un espasmo reverenciado por el trueno.

Este es nuestro tren,
este es el destello de una bitácora de luna,
el vestigio de otra época.

 


javier_alvaradoJAVIER ALVARADO (1982). Poeta panameño. Se licenció en Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Panamá (2005). Ha sido galardonado en casi una veintena de certámenes, entre ellos: el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” 2011; el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2011, convocado por el Instituto Nicaragüense de Cultura; el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012, convocado por la Universidad de Quintana Roo, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Jorge González Durán y la Revista Río Hondo; y el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá en poesía, 2015. Es autor de una docena de libros de poesía, entre los últimos: Balada sin ovejas para un pastor de huesos (UTP, Panamá, 2011); Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (Ediciones Universidad de Quintana Roo, México, 2013); y La vida en mi plato de pobre (Ediciones INAC, 2015.)