Jorge Ávalos: “Parchados, rayados o cuadriculados” (editorial)

El Premio Nobel a Bob Dylan y la victoria presidencial de Donald Trump nos alerta de la importancia de escuchar al ser atrapado en las masas e ignorado por la Historia. La diferencia entre cómo el artista le habla a la masa y cómo lo hace el político, nunca antes fue ni tan clara ni tan decisiva.

Jorge Ávalos
La Zebra | #11 | Noviembre 29, 2016

Hay una Historia, con mayúscula, donde los héroes son todos hombres y todos, también, son guerreros. En esa historia, el mítico héroe es más fuerte, más astuto y al final, ganadas las victorias, también será más rico y poderoso. Ésta no es la historia como tal, sólo es esa Historia de fábulas, aunque con frecuencia, con demasiada y sospechosa frecuencia, esta es también la historia escrita. En realidad, estamos ante un arquetipo de la historia: esta es la fábula de la historia del héroe. Pero esta historia, escrita siempre después de los sucesos, tiene una curiosa contraparte: la historia compuesta de íntimas y pequeñas historias escritas mientras ocurrían los sucesos. Esta es la historia de los trovadores, la versión de la historia que en España llegó a ser conocida como romances, esa palabra que todavía se usa en la lengua francesa para llamar a lo que en español conocemos como novela. En el romance español y en la canción trovadoresca, el héroe no es infalible: es herido, sufre, y a menudo, como en la vida real, fracasa en sus hazañas.

La distancia entre la Historia y la historia cobró una relevancia inusitada al final de este año, 2016. Dos eventos extraordinarios ocurrieron en la cultura de los Estados Unidos que cambiará la manera en que consideremos la historia actual: los marginados de nuestros tiempos fueron escuchados, y desde dos perspectivas contrapuestas. Por un lado, y para escándalo del mundo académico literario, el Premio Nobel de Literatura le fue galardonado a un auténtico trovador: Bob Dylan. Por otro, y contra toda predicción estadística y científica social, la presidencia de los Estados Unidos la ganó Donald Trump, un ricachón vulgar, racista y misógino que despertó el voto de las poblaciones agrícolas, de la clase trabajadora sin educación universitaria y de los habitantes de clase media en los estados menos poblados de los Estados Unidos. Esa población, en conjunto, le dio a Trump la victoria.

Solemos olvidar que los Estados Unidos no son un país, sino cincuenta estados federados, que incluyen a enormes repúblicas multiculturales como Texas y California, y a mancomunidades de origen puritano como Rhode Island y Massachusetts. En la actualidad, según el nuevo mapa electoral, los estados de las costas atlánticas y pacíficas son intensamente urbanos y políticamente liberales, mientras que los estados centrales suelen ser enfáticamente rurales, y de culturas provinciales y conservadoras, a menudo reaccionarias, aun cuando tienen cabeceras y ciudades muy urbanas y pobladas.

Que exista un cantante tan quimérico como Bob Dylan, que le habla a generaciones de norteamericanos desde la década de 1950, y que tiene proyección y aceptación en todo el vasto territorio norteamericano es casi inimaginable. Pero es real. Dylan surge de la conciencia musical y narrativa de las zonas rurales de los Estados Unidos por medio de la música folclórica, pero encuentra un público más extenso al entrar a los territorios igualmente populares del blues y del rock and roll. Hablo de estas formas de música popular como “territorios” porque, en cierto sentido, los gustos compartidos, socialmente e históricamente conformados, son territorios de conciencias. En esos gustos nos vemos reflejados. Descubrimos a través de ciertas similitudes de atracción cultural un sentido de identidad: identidad por identificación mutua, lo cual es un fenómeno cultural sin fronteras físicas o políticas.

Al principio, la elección de Bob Dylan para el Premio Nobel, una nominación que él ha ostentado por décadas, parecía una locura. El suyo era un legado literario —si es que éste existe— que no estaba arraigado en la página, en el libro o en la lectura, y esto hacía que su valor pareciera cuestionable. Por otra parte, ¿cuántos escritores geniales había en el mundo que no serían reconocidos debido a esta monumental distracción de la Academia Sueca? El escándalo confundió al propio Dylan, quien aceptó el premio con dudas y retrasos, y bajo la condición de no tener que atender la ceremonia de premiación. Y sin embargo, este inusual galardón, por sí mismo, cumplió un papel necesario: fue una terapia de choque para la intelectualidad en el mundo. Las artes se han distanciado demasiado de lo popular, del significado de lo popular como una vertiente de comunicación sin trabas ni prejuicios. Y esto también ha ocurrido en la política; de allí que hayamos vivido una generación de peligrosos regímenes populistas en todo el mundo.

Ahora que Trump ha sido electo presidente de los Estados Unidos, la premiación de Dylan no sólo parece lógica sino necesaria, oportuna y relevante, y a un grado que nunca nos habríamos podido imaginar. En cierto sentido, ambos hombres les hablan a las masas, ambos han sabido convocar la conciencia popular y definir con gran sentido de oportunidad cómo hablarles en determinados momentos de la historia. Pero Dylan es el antihéroe, Dylan es un trovador, alquien que cuenta la historia íntima de los pueblos en el momento mismo en que ésta sucede, con sus derrotas y miserias, con los amores transitorios o frágiles que nos permiten trascender nuestras circunstancias y con las pequeñas victorias que definen al individuo frente a los golpes del poder.

Trump conoce al vulgo, lo siente y sabe cómo manipularlo. Él apela, con hipérboles y falsedades a la vieja Historia con mayúscula. Él no convoca la conciencia popular, más bien la suprime con las fantasías del héroe. El héroe moderno de los desposeídos, ahora lo vemos, es el rico o el oportunista que sabe manejar los deseos de las masas para llegar al poder. El héroe moderno no necesita haber superado desafíos, las pruebas de la seducción, la corrupción y la codicia. El héroe moderno no necesita el prerrequisito de la integridad. No, ahora el héroe ocupa el papel del vocero de los desposeídos precisamente porque es débil, porque se dejó comprar la conciencia y asumió las gratificaciones del dinero, el sexo y la política. El héroe ya no se sacrifica, es sólo una suplantación en persona de lo que los desposeídos quisieran tener. Este héroe sólo necesita articular lo que el desposeído quiere, lo que las encuestas dicen que quieren, y ofrecerlas como los beneficios posibles de que apoyen a este suplantador de sus deseos.

Por esta razón, es más necesario que nunca, que los intelectuales y artistas comprendamos al individuo abandonado en la solitaria multitud. El populismo nos demuestra que es fácil confundirlo, complacerlo y manipularlo. Las voces, como la de Dylan, que no rechazan ni los medios ni las formas ni los lenguajes populares, les hablan de manera directa a este ser que se mueve con las masas. El efecto de la canción de Dylan es el opuesto al de los discursos de Trump. Trump apela a los más bajos instintos y hace creer a la masa que el poder radica en la disolución de la individualidad: el poder de los desposeídos sólo existe si el individuo pierde su identidad en la fuerza de esta nueva colectividad que se subordina y sumerge bajo la figura del líder. La conciencia de la libertad es la única fuerza que puede disolver a la masa engañada. La libertad es un atributo de individualidades. La conciencia humana es una fuente individual de fuerza y creatividad sin fronteras. El trovador celebra la singularidad del individuo, su poder creativo, su afán vital al margen de la masa. Dylan le habla a la masa para restaurar la fuerza de las conciencias individuales, para restituir el don de ser humano al que ha perdido su identidad.

En una de sus mejores canciones, y mi favorita, “All Along the Watchtower”, un bufón sale al balcón de la torre y descubre que a la puerta de ese castillo (que sin lugar a dudas es un símbolo del poder) hay un ladrón tratando de entrar, a toda costa. ¿Qué hace el bufón? ¿Alerta a los guardias? ¿Señala al ladrón como un intruso? No. Desarma la conciencia del ladrón, al implantar a la situación una nueva perspectiva. Veamos. El ladrón trata de entrar al castillo y, arriba, desde la ventana de la torre de vigilia, alguien grita: “Debe de haber alguna manera de escapar de aquí”. Exacto. Todo cambia con la ironía de un bufón. La perspectiva del ladrón ya no puede ser la misma porque el bufón no sólo está socavando la convicción del ladrón, sino también porque en el fondo está diciendo la verdad: el poder es una trampa.

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Noviembre fue rematado por la muerte natural de Fidel Castro a sus 90 años de edad. Entre el vaivén de mensajes en las redes sociales, yo me sentí singular. A mí me importa un carajo si a Castro lo absuelve la historia o no. Eso es asunto de cómo nuestros descendientes verán nuestra historia, a ellos les corresponde esa valoración. Lo que me importaba al oír la noticia de la muerte de Castro eran los sentimientos encontrados de los cubanos, tanto de aquellos que están en la isla como de los que están afuera, en el exilio. De entre los muchos comentarios que leí, uno en particular me llamó la atención porque al final me recordó que al tomar posiciones ante Fidel Castro o Donald Trump ya no importa de qué lado esté uno, lo esencial es que no valen las medias tintas, y que lo haya dicho un caricaturista cubano en Miami, Gustavo Rodríguez, me cae tan al pelo como que lo haya dicho un anciano pescador en Shangri La: “A esos que les gusta alardear de su banquillo moral donde se encaraman para echarnos en cara que son mejores que uno (porque no lloramos al viejito sangrón, parecen decirnos) les recuerdo que si ‘macabro’ o ‘descarnado’ es bailar en calle 8 o abrir un whisky en Coral Gables, peor es haberse hecho el sueco con todos los muertos de muerte no tan natural que van a la cuenta de Birán.”

La historia con minúscula, con sus millones de muertos, será implacable con todos nosotros, los intelectuales y los artistas. Que cada quien elogie a quien quiera, pero no vale hacerse el sueco ante el dolor humano provocado por las miserias del poder. Yo no estoy del lado de los héroes de la política o de la guerra. Yo, más bien, estoy al lado de Dylan, y ese es el lugar que le corresponde a los creadores, a los trovadores y a los que hacemos cabriolas en el circo. Preocupado por mis hermanos, y para hablar de sus tragedias y comedias yo escribo versos, maquino historias e invento las guasas más descabelladas, que han hecho reír y llorar a miles en los teatros. Yo soy poeta y bufón. Yo no elogio ni a líderes ni a poderosos… primero, porque como poeta yo sé que ante el capricho de los líderes la belleza de la palabra es inútil; y, segundo, porque como bufón me debo a la simpatía de los que sufren bajo los abusos de los poderosos, sean estos del color que sean y sin importar si visten al estilo que más le guste al pueblo, parchados, rayados o cuadriculados.