Gustavo Campos: “El último heredero de la peste” (poesía)

Una poesía bellamente oscura para tiempos oscuros, de un poeta hondureño de palabra desbordante pero siempre lúcida.

Gustavo Campos
Arte de Alfonso Kijadurías
La Zebra | #12 | Diciembre 1, 2016

Atados a sus lágrimas

El patio del hospicio es como un banco.
Jacobo Fijman

Ellos murieron vagabundos, creyendo que los enfermos no
amaban.
En el lugar más alto todos son amigos de la muerte.
Rechazaron las estrellas, esos cadáveres altos, luminosos.
Dormían
con la sangre a mano
atados a sus lágrimas: la locura los abandonó.
Ahora podrán cortarse en pedacitos, arrancarse labios,
ensuciarse manos,
morderse como si cada uno fuera una manzana
y es amor, no matanza.

Confesión a Vallejo

Yo fui uno de ellos, les conseguí la soga.
Quise darles un cuchillo, lo desecharon.
Siguió lloviendo.
Sin remordimiento le di con piedras.
Esa vez no fui cobarde. No anduve ebrio.
Hoy sé que fue poeta, no me arrepiento,
porque a ellos hay que sacarles su huésped.
El golpe de un palo no es más doloroso que escribir un poema,
una cuchillada no es más mortal que la soledad,
aun muerto sus ojos seguirían muertos.
Estaba solo, como en un cuarto.
Siguió lloviendo. El frío conservó intacto su dolor.
Y siguió lloviendo.

Desde el hospicio

Me alimento de poetas
que fracasaron en sus vidas,
de aquellos que prefieren un verso
a los labios de la mujer que aman.

De los que construyeron a la orilla del mar la fe,
como de la soledad su tumba. De aquellos a los que no dije:
las esperanzas son un laberinto disfrazado de atajo.

De a quienes les soplé una órbita de tristezas
y quedaron atrapados
en el centro del misterio, como dentro de un remolino.
De esos me alimento.

Soy bestia: lanzo pecados.
Derribé gigantes en la era de David.
Convertí en monstruos los molinos
y las piedras en pan.

Soy el sol que entra en los humanos,
y después, cuando ha recorrido su cielo,
les deja un monstruo por ocaso.

Escojo, al azar, poetas
y los convierto en tristes o exultantes.

Me alimento de poetas
porque ellos creyeron que me hacían cuando sólo fueron mi reflejo.

Paisajes fracturados

Me asignaron ser el último heredero de la peste y respiré en lo más hondo,
en lo más hondo
de un sol caído. Suspiré la brisa en la miseria y me llamaron monstruo.
Monstruo porque donde hubo rostros imaginé el mío. Monstruo porque de mis suspiros cenizas recibieron. Jamás me interesó hablar de pobres.
Siempre oscurecí los nombres y me enternecieron los locos. Me eligieron yerro y pecado.
Fui capaz de corromper al hombre.
La corrupción del hombre borra la huella del fracaso.
Monstruo porque dejé la amapola en la piedra, la piedra en la sombra, su sombra en la luz.
Fui mi umbral de ruina y mis sobras la tierra
y mis lenguas la vida.
Monstruo al fin y al cabo porque ninguna estructura pudo acreditarme; porque jamás supliqué a la sombra no derramarse
en los párpados rojos
de un pueblo que sabía la hora exacta de su muerte. No dejé a un pueblo mirar por mis ojos.
La esperanza castiga los sueños opresores. Soñar es un obstáculo, no un principio.
Y destruí, porque ese era mi comienzo. Mi destino. Devolver
la belleza a la belleza despojándola de su silueta estilizada de pústulas y úlceras
de mármol de carne saludable.  Y la escuché gritar. Después gemir. La violación es un acto
de absoluta sinceridad.
El pensamiento  es mi verdugo.
Grité un poema y nació la ciudad. Un valle de zorzales y ángeles zanates.
Me juzgaron despectivos…
…y me aislé.
Una variedad de voces fluyó y éste acto fue su inicial argumento contra mí.
Hoy mis ojos sin vida miran sin regreso. Monstruo. ¿Para quién? Monstruo sin mayor explicación.
El implacable verdugo degolló el sentido.
Ningún silencio pudo. Ningún grito. Ningún cuerno pudo asemejársele.
La conciencia es un destino inevitable.
¿Quién en este mundo soplará el cuerno de la catástrofe?
¿El hombre? Pero sI él debe desaparecer sin llegar a alzarse. Aparecer dentro de la imagen.
Debe volver en otros ecos.
Ha sido el pensamiento… He sido. Me obligaron…
La confesión es invención del hombre. Y ese camino debe ser borrado.
Una vida ajena es un viaje anticipado. Algunos lo entendieron,
pero un hombre repitió las frases que debían olvidarse.
Las mismas de antaño. Y dijo, solemne, apocalíptico, angustiado, trágico:
Me asignaron ser el último heredero de la peste y respiré en lo más hondo,
en lo más hondo
de una orquídea, cuerno de luz y sangre…sol de un valle!


gustavo_campos-por_daniel_mordzinskyGUSTAVO CAMPOS (San Pedro Sula, 29 de enero de 1984). Cursó estudios de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Es premio Centroamericano de Novela Corta 2016 con la novela El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot. Ha publicado poesía, novela y cuento y elaborado antologías. Sus libros son Habitaciones sordas (Letra Negra; Guatemala, 2005); Desde el hospicio (HN, 2008); Los inacabados (HN, 2010); Katastrophé (HN, 2012); Entre el parnaso y la maison. Muestra de la nueva narrativa sampedrana (HN, 2011); Cuarta dimensión de la tarde. Antología de poetas hondureños y cubanos (Coedición, HN, 2011); Tríptico del iris de Narciso (2014). 3er y 2do lugar en el “Premio Nacional Europeo Hibueras”: en relato con Los Inacabados (2006) y en poesía con Tríptico del iris de narciso (2013), respectivamente, patrocinado por las Embajadas de Francia, España, Italia, Alemania y la Delegación de la Unión Europea en Honduras. Incluido en las antologías: “Puertas abiertas. Antología de poesía centroamericana” (Sergio Ramírez; Fondo de Cultura Económica de México, 2011); en “4M3R1C4 2.0” Novísima poesía latinoamericana. 40 Poetas representativos de América Latina nacidos entre 1980 y 1990 (Héctor Hernández Montecinos; México, 2012); Voces de América Latina (Comp. María Palitachi; Texas, USA, 2016); Voces de América Latina III (Comp. María Palitachi; Texas, USA, 2016)  y en Un espejo roto. Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana (Comp. Sergio Ramírez, GEICA y Goethe Institut Mexiko, 2014) y su edición al alemán Zwischen Süd und Nord. Neue Erzähler aus Mittelamerika (Entre Sur y Norte. Nuevos narradores de Centroamérica.) (Sergio Ramírez; Unionsverlag, Zürich, 2014).

Fotografía del autor por Daniel Mordzinsky.