Rebeca Henríquez: “Adela” (cuento)

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Un retrato exacto y descarnado de una mujer que vive el dolor en toda su esencia.

Rebeca Henríquez
Arte de Alfonso Kijadurías
La Zebra | #12 | Diciembre 1, 2016

Dos moles violáceas salen de una falda oscura hacia el suelo. Unos zapatos grises cubiertos de polvo dan término a las dos columnas cubiertas de venas y escamas; son unas piernas. Las várices de Adela se complican. Sus piernas rollizas son ahora una deformación patética a la vista. Aunque para ella no es tan importante el cómo se mira frente al cómo se siente. Cada tronco le pesa demasiado de manera que sus actividades cotidianas resultan muy  dolorosas.

Adela ya no le teme al dolor. Lo soporta en todas las magnitudes imaginables. Es el común denominador de cada etapa de su existencia; por ello, se considera a sí misma una masoquista experta. Le enorgullece ese calificativo. Ella es una devota del dolor, al cual le repite por las noches sus letanías inaudibles.

Adela sólo le teme a la vida. Sus temores se desfiguran con el devenir de más temores hasta convertirse todos en un silencio angustioso. Ese silencio, casi permanente, deja que pasen muchos detalles de su existencia sin que se escuche su voz. Deja de opinar sobre la economía familiar para evitar los bochornos de su esposo. No pronuncia ni una palabra cuando se entera de que su hijo está en la cárcel. Calla al saber que su hija mayor baila desnuda en un antro capitalino. Guarda silencio cuando su hija de catorce años le informa que tiene tres meses de embarazo. Simplemente, los pormenores de su subsistencia son enfrentados con un silencio deliberado.

Adela lleva diez años sin pronunciar palabras. Ha olvidado su voz. Su lengua se le pega al paladar. Sus labios se resecan. Sus dientes crujen. Sus cuerdas vocales se paralizan. No regatea en los mercados, no regatea. Aborrece el bullicio de la vida: los cantos colectivos de las iglesias; los chillidos de los gatos; las sirenas policiales; los tumbos del mar golpeando las piedras; las unidades móviles de las estaciones de radio; los llantos de los neonatos; los reclamos de la esposa al esposo infiel. En realidad, más que aborrecer, teme.

El silencio es la catarsis de Adela. Ningún evento vale su mutismo.

Sobre el asfalto ardiente se balancean de un lado al otro, en consonancia con sus pasos, los dos bultos tumefactos que Adela consiente una vez a la semana con un tratamiento para la esclerosis. Evita que se complique su insuficiencia venosa hasta el día de su operación.

Su primer nieto de siete años la acompaña sin proporcionarle mucho apoyo. Más bien resulta inoportuna su rebelde inquietud. Adela no le reprende. El niño se suelta de su mano y corre hacia la calle sin precaución…

En un instante, la piel amoratada de las piernas de Adela se revienta al impactar con una parrilla cromada que frena repentinamente. La vía peatonal se empapa de un plasma carmesí que brota desmesurado. La tibia del tobillo derecho se expone a la intensa luz solar. El número de placa vehicular huye sin escrúpulos. Las venas varicosas derraman coágulos de sangre incontrolablemente mientras el nieto llora al otro extremo de la calle. Son las cinco con diez minutos de la mañana. Adela no puede siquiera gemir. No recuerda cómo emitir un quejido. Quiere gritar; en cambio, tose. Su respiración se entrecorta. No sabe distinguir de donde proviene el dolor: si de sus piernas fracturadas o de su garganta sellada. Deja de pensar. Adela le teme a la vida. Son las cinco con once minutos de la mañana.

 


REBECA HENRÍQUEZ (1982) es poeta y educadora artística. Tres veces ganadora de los Juegos Florales de El Salvador, ha publicado: El verano aventurero (poesía infantil, DPI, 2013). En diciembre de 2015 presentó su libro de poesía En el año del error (Editorial Río Güija). Actualmente prepara para publicación su primer libro de cuentos.