Francisco Ruiz Udiel: “Letras en marcha” (crónica)

Crónicas sobre escritores al encuentro del público, del último año de su actividad como periodista cultural (septiembre 2009 – agosto 2010), y seleccionadas por el autor.

Francisco Ruiz Udiel
La Zebra | #16 | Abril 1, 2017

Luis Alberto Ambroggio, poeta de alturas

El poeta se quitó el saco y la corbata. El público al que se presentó no necesita el protocolo que exige la Embajada de los Estados Unidos de América, quien organizó el taller “El arte de escribir poemas”, dirigido a más de 25 jóvenes nicaragüenses y efectuado en la UNAN-Managua, del 31 de agosto al 4 de septiembre.

Las preguntas que lanzaron los participantes a Luis Alberto Ambroggio —un argentino radicado en Estados Unidos desde 1967— son respondidas con la mayor elocuencia, otras las esquiva con el pretexto de compartir visiones sobre “la artesanía del poema”, como gusta referirse al proceso de creación.

De la primera sesión, que resultó muy productiva, se habló de cuándo sucede la poesía. Su caso está relacionado con las alturas. Es piloto y empresario aeronáutico. Ha escrito la mayor parte de sus poemas en aviones y se encuentra promocionando su más reciente libro “La desnudez del asombro”.

Sobre los conceptos y el escenario que ofrecen las palabras explica las bifurcaciones de éstas y las divide en denotación y connotación: “Noche” es el tiempo en que falta la claridad del día, denota su definición. Este árido concepto se amplía con la visión del poeta, donde la noche tiene otras profundidades, y ésta puede ser “una mujer desconocida”, como revela el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra.

Otro de los temas del taller fue el bloqueo mental. El bloqueo es la frustración de un poeta que quiere escribir, pero no puede. ¿Qué ocurre cuando la musa se aleja, la inspiración se resiste y hay zonas de turbulencias que abruman al autor de El cuerpo y la letra?

Su recomendación es llevar un diario, escribir una carta, leer más o cambiar de ambiente. Hay casos en que los poetas han acudido a las drogas, “pero no recomiendo este método”, y prefiere citar al crítico peruano Julio Ortega: “La musa del poeta es su lectura”.

También comenta sobre la libertad e independencia que tiene el poema una vez escrito, cuya existencia ya no le pertenece al autor sino a quien lo escucha o lee. Una vez que el poema despega, las palabras alcanzan más altura, se equilibran, se mantienen firmes en el aire y entonces el poema vuela por sí solo como también vuela la poesía de Luis Alberto Ambroggio.

El Nuevo Diario, 4 de septiembre, 2009.

Jorge Fernández Granados y el principio de la incertidumbre

El poeta mexicano Jorge Fernández Granados (1965) afirma que de pequeño conoció “una especie de vértigo” provocado por la música, y que nacía a la altura del estómago. El autor de “Resurrección” jamás pensó que llegaría a conocer otra clase de vértigo, uno más acogedor: el Encuentro Iberoamericano de Poetas “El vértigo de los aires”, en el cual participaron más de 70 poetas de habla hispana y que recién concluyó el 18 de octubre en la ciudad de México.

En una de las sedes del Encuentro, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, ubicada en la calle Justo Sierra, del Centro Histórico de la ciudad, se presentó Fernández Granados, no en la penumbra, como asumiríamos que anda, debido a la espesa neblina en sus ojos, sino del brazo y abrazo de la poeta Claudia Posadas, a quien dedicó el poema “Reconciliación”. En su lectura compartió “La escalera”, un poema que tiene que ver con la presencia del género femenino y del cual decidió revelar su clave: “Es sobre la poesía, relacionada con el azar, y que a veces se le queda corta la palabra”.

El poeta y ensayista mexicano Iván Cruz, miembro directivo del encuentro, y quien estuvo a cargo de propiciar un diálogo con Granados, refiere que el autor de “Los hábitos de la ceniza”, y merecedor del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, es “un referente de los más altos en la poesía mexicana”.

De sí mismo, Granados comenta que busca tocar la identidad del otro a través de “un puñado de vocablos”. Se trata de un poeta que no corrige mucho y tiene absoluta libertad en el proceso creativo y quien, además, no ve la escritura como algo sagrado. Pero sí considera a la poesía como aquello por lo cual la realidad le transmite la posibilidad del asombro.

De su libro Principio de incertidumbre, con el que obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer 2008, recitó uno de sus poemas titulado “Fantasmas”, donde invita al lector a aceptar el pasado con dignidad.

Con más de siete libros publicados y con un amplio recorrido que incluye traducciones de su poesía al inglés, francés y chino, el autor de los poemarios El cristal y El arcángel ebrio visiona al poeta como un hombre de la calle que va arrastrando la bitácora de sus días; al mismo tiempo parafrasea al poeta japonés Matsuo Basho cuando aconseja no seguir los pasos de los antiguos, sino buscar lo que ellos buscaron.

En el vértigo de los aires y en la ingravidez que nos provocan las palabras de Granados, nos aproximamos a la idea de lo que representa la poesía para él: “Lo más cercano que tiene un ateo como yo a la evidencia de Dios”.

El Nuevo Diario, Managua, sábado 24 de octubre, 2009.

Lisandro Chávez Alfaro: “Adiós, ya me voy”

Es diciembre de 2001 en Managua y el escritor nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro (Bluefields, 1929 – Managua, 2006) barre —a las 7 de la mañana— las hojas color cetrino del árbol de almendro, que, fatigadas por la fuerza del viento, cayeron sobre la acera de su casa número 127, en Colonial Los Robles. La imagen que recuerdo del autor de Trágame tierra, es la de un hombre solitario a quien saludé innumerables veces, cuando yo salía rumbo a mi trabajo, pues alquilaba una habitación que daba exactamente frente a su domicilio.

Don Lizandro, como le llamaba con un respeto insondable, hablaba muy poco y respondía a preguntas directas. Usualmente se le recuerda como a una persona “parca”, aunque con sus familiares era diferente y menos solemne, según afirma Ramón Chávez, su hermano de 73 años, y quien permaneció con él hasta su muerte. Cuando a Lizandro le diagnosticaron cáncer de próstata y estaba muy enfermo, don Ramón llegaba a cuidarlo por las noches y durante el día se hacía cargo su enfermera, doña Mirian Cantillano, quien escuchó las últimas palabras del escritor segundos antes de su partida, aquella madrugada calurosa del domingo 9 de abril de 2006.

—Quiere decir algo —dijo doña Miriam, acercando el oído.

—Adiós, ya me voy —musitó Lizandro.

Don Ramón tampoco habla mucho o prefiere ser lacónico por teléfono cuando le comento del homenaje a Lizandro. “El homenaje que hubiera querido es que no se hubiera muerto”, dice, y me solicita que mejor hable con su esposa, doña Tere Chávez.

Con ella conversamos sobre Lizandro, a quien considera un escritor escondido en su propia tierra, pues los gobiernos de Nicaragua lo han desterrado de los estudios de secundaria a falta de libros. Sin embargo, reconoce la labor de Edinter, que recién editó en una versión popular de 4000 ejemplares “Los monos de San Telmo”, obra que le mereció el Premio Casa de las Américas, Cuba, en 1963.

Por su parte, Adolfo Chávez, hijo de Lizandro y quien reside actualmente en Australia, expresó su alegría, pues todavía “se recuerda a mi padre”. También le emociona saber que se otorgue un reconocimiento al autor de Balsa de serpientes, un escritor, afirma, que “jamás dejó de escribir sobre su país y su Costa Atlántica”.

En efecto, el miércoles 28 de octubre, a las seis de la tarde, el Centro Nicaragüense de Escritores, CNE, rendirá un homenaje al escritor Lizandro Chávez Alfaro, por el 80 aniversario de su nacimiento.

El homenaje consistirá en una mesa redonda para debatir la vida y obra del autor de “Hechos y prodigios” y participarán cuatro escritores de diversas generaciones: Róger Mendieta Alfaro, Angelita Saballos, Francisco Bautista Lara y Carlos M-Castro, quien leerá un resumen del texto introductorio a la reedición de Los monos de San Telmo, escrito por el cuentista Ulises Juárez Polanco. El evento es abierto al público y estarán como invitados de honor los familiares de Lizandro Chávez Alfaro. El Centro Nicaragüense de Escritores está ubicado en Reparto Los Robles de Managua. Del Hotel Seminole 2 cuadras al sur.

Carátula, número 32, octubre-noviembre 2009.

Traiciones a Carlos Martínez Rivas

A finales de la década del 80 un Volvo rojo transitaba Managua. En éste iba Berenice Maranhão, brasileña que perteneció al partido comunista de su país y quien llegó a Nicaragua como exiliada política. Para entonces lo acompañaba Carlos Martínez Rivas, poeta que le abrió las puertas de su “jaula de Altamira”. Le contó sus secretos, le mostró la miseria y tragedia. Más allá de la caverna del genio apareció el rostro humano y también el carácter dantesco y despreciable, según describe Berenice, a quien viviera la insurrección solitaria con una pensión del gobierno, equivalente a cuatro botellas de Chivas Regal.

El libro empieza con una carta de Carlos: “Anoche, sentado en el porche desde las seis de la tarde estuve deseando que por casualidad pasaras, y detenerte con una seña para que te detuvieras un rato”. Ya casi al final de la obra, otra nota da a conocer su temperamento cardo: “Ya no te necesito. Usted es una vulgar mujer que se ha llevado manuscritos míos y otras cosas. No cuente más con mi amistad ni hoy ni nunca”.

La supuesta relación entre la personalidad acre de un ser humano junto a la condición de genio ha sido siempre un lugar común. Pienso en este testimonio y en el ocaso del poeta y considero que la crónica hubiera sido diferente si Berenice lo hubiera conocido en otro tiempo, cuando Carlos reía en París junto al Nobel de Literatura, Octavio Paz.

La totalidad de un hombre no es una época, es su vida. Por tal razón, el libro carece de objetividad, aunque la autora escriba que su objetivo es presentarlo “de carne y hueso, acercarlo al mundo de los vivos y no dejarlo congelado en el pedestal de los inmortales. Y si quieren, llamen a lo que intentaré: traiciones…”

Hay páginas de divagaciones en las cuales se aleja de dicho objetivo y más bien se dedica a comentar acerca de su vida ordinaria y de su pasado. Con toda razón el señalamiento es que intentó crearse fama a beneficio del otro. Pero la telenovela brasileña no le salió bien y lo que resultó fue un libro sin valor alguno, destinado al lector sociológico, pues el testimonio ni siquiera ayuda a entender la obra poética de su autor, sitio al que Berenice no pudo acceder intelectualmente.

Este libro —Traiciones a Carlos Martínez Rivas (Semblanza no autorizada), Managua, Editorial Vanguardia, 1991— fue adquirido a 1 dólar en la “Feria del libro” que organizó el Centro Nicaragüense de Escritores, en febrero 2010, a beneficio de los sobrevivientes del terremoto en Haití: Berenice Maranhão.

Bitácora, febrero de 2010.

Fernando Silva: “Tras llegar al río, me transformé”

Sabe hablar y contar, no sólo en libros, sino también en público. Fernando Silva, nacido en Granada, tiene 83 años y conversa con soltura. Tiene el rostro enjuto y en forma de uve, ya con la barba exigua, un poco diferente al retrato que hizo hace algunos años el fotógrafo Óscar Cantarero.

Fernando levanta el dedo índice, largo, y cimbrándolo hacia el público empieza su lectura magistral en el ciclo de charlas “El autor y su obra”, organizado mensualmente por el Festival Internacional de Poesía de Granada, en alianza con diversas instituciones, entre las que se encuentra el Centro Nicaragüense de Escritores, de la cual es miembro el autor de El bote; este mes le correspondió a Fernando mostrar su obra, contar su experiencia como escritor y poeta, para ello se presentó el pasado viernes en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica, de la UCA.

Con su boina de personaje de cine del neorrealismo italiano, el escritor de la Generación del 50 toma sus lentes antes de leer y de pronto, como un relámpago, aparece una anécdota y nos la cuenta. Así es Fernando, un escritor que lee en tonos altos y bajo, y muestra sus ojos desde el filo de sus lentes angostos, que parecieran equilibrase en el tabique de su nariz.

Habló de su padre, Francisco Silva Guerrero, el comandante de su infancia, personaje también literario que, según poema del escritor, se trataba de “un viejo alto” que sólo vivía fumando. Memoró su infancia en el río San Juan, cuando quedó huérfano tras la muerte de su madre, a quien le dedicó otro poema y aprovechó para leerlo: “A veces siento en mí un endeble vacío, como si acercara la boca al borde de una copa en lo oscuro…”

De su comunión con el río San Juan llegó la reflexión acerca de la soledad. “Tras llegar al río me transformé, me quedé como nada o como todo; luego descubrí que el vacío de la muerte de mi madre, me lo dio la naturaleza del río”.

Aclaró, sin embargo, que no llegó a sentirse abandonado o perdido, sino que “estaba en su soledad” y que la soledad como tal es formadora. “Las relaciones de la soledad son relaciones profundas con la personalidad”, dijo.

El río le llenaba. También la lluvia, formadora de imágenes poéticas. Al caer la lluvia, ésta es como la “luz que se revienta encima del río, provocando así los amores del agua”. Cuando la lluvia cesa, el río “queda liso” y dice Fernando en voz baja, como en secreto: “Parece como que alguien le hubiera pasado la mano encima”.

El ganador del Premio Nacional Rubén Darío en 1957 recordó cuando tenía catorce años y fue capitán del barco “La Juanita”. También añoró los tiempos de pesca, cuando lanzaba una manila y sostenía el taco con sus manos, las mismas que ahora muestra de forma enérgica haciendo dédalos en el aire, cuando lee de forma escabrosa y teatral el poema “Viento”:

Viene el viento
loco.
Viene el viento en el camino
chiflado como un perro.

El Nuevo Diario, Domingo 23 mayo 2010.

Waldo Leyva: “Definitivamente jueves”

Cuando en Nicaragua escuché recitar el poema “Definitivamente jueves” al poeta Waldo Leyva (Cuba, 1943), me llamó la atención lo misterioso y profético que pueden ser las palabras dichas en la voz de alguien que conoce el oficio al que se dedica. “Definitivamente jueves” es un nombre con un poderoso magnetismo, a tal punto que, en Puebla, México, en el periódico El Columnista, bautizaron un suplemento cultural con dicho título.

El poema lo pude contemplar detalladamente una mañana a finales de abril de 2008, cuando Waldo se presentó en el Instituto Bello Horizonte, de Managua, vestido de blanco, con su cabellera de viejo sabio. Le acompañaba entonces la poeta italiana Zingonia Zingone.

Llegó a la hora del recreo y eso dio pauta para que algunos niños lo rodearan.

“¿Vienen a vacunar?”, preguntó un pequeño, y señalaba a otros que se escondían en el baño, acosados quizá por el trauma de las inyecciones.

Después del recital, Waldo me confesó cuándo y cómo surgió la idea del poema, en qué momento sucedió la dehiscencia. Referirlas en estas líneas privaría el sentido y el efecto de la creación. Quizá algunos digan que el 21 de agosto del año dos mil diez, no sea definitivamente jueves, pero en La distancia y el tiempo (Poesía 1967-2001, Editorial Verdehalago, México, 2005), libro donde se imprimieron estos versos, sí lo es:

Quiero que el veintiuno de agosto
del año dos mil diez,
a las seis de la tarde, como es hoy,
pases desnuda atravesando el cuarto
y preguntes por mí.
Si estoy, pregunta, y si no existo,
o me he extraviado en algún lugar de la casa,
de la ciudad, del mundo,
pregunta igual, alguien responderá.
El primero de enero del año dos mil uno será lunes
pero el veintiuno de agosto de la fecha indicada
tiene que ser definitivamente jueves
y el calor, como hoy, agotará las ganas de vivir.
Las calles serán las mismas para entonces,
los flamboyanes de efe y trece seguirán floreciendo,
muchos amigos no estarán
y el tiempo habrá pasado por la historia de la casa,
de la ciudad, de mi país, del mundo.
Quiero que el veintiuno de agosto, al despertar,
prepares la piel
el corazón
las ganas de vivir.

Waldo Leyva obtuvo este año, en España, el X Premio Casa de América.

Bitácora, 21 de agosto de 2010.

La selección de estas crónicas es la del propio autor, que las escogió de entre su obra periodística y las reprodujo en su Bitácora personalLa mayoría fueron publicadas en El Nuevo Diario de Managua; cuando no pudimos localizar el medio original de publicación se consignan a su Bitácora.


FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 – Managua, 31 de diciembre de 2010). Poeta, editor y periodista. Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez. Fue editor la revista cultural centroamericana en línea Carátula, y Jefe de Redacción de la revista El hilo azul, ambas dirigidas por el escritor Sergio Ramírez. Colaboró con El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como Relacionista Público del Centro Nicaragüense de Escritores. Realizó una antología de los poetas de su generación: “Retrato de poeta con joven errante”, con prólogo de Gioconda Belli. Su obra aparece incluida en las antologías: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010); y en Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro 1950-2008 (Managua, 2009). Completó dos libros de poesía: Alguien me ve llorar en un sueño (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven, Managua, 2005); y Memorias del agua (publicación póstuma, Managua, 2011). Su obra se reunió en Poesía completa, con prólogo de Sergio Ramírez (Valparaíso Editores, España, 2013). También editó o coeditó los siguientes libros: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007); Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).