Jorge Ávalos: “Roque Dalton a la luz de su palabra” (editorial)

Entre la mistificación y el mito de su figura, entre la farsa y la realidad de su muerte, entre la historia y la memoria de su vida, ¿qué nos ofrece ahora un poeta tan injustamente asesinado? Algo que no merece el olvido: la verdad última de su poesía.

Jorge Ávalos
La Zebra | #17 | Mayo 1, 2017

Cuando un hombre muere en su juventud, hay una tendencia a querer interpretar su vida a la inversa. Tratamos de darle significado a su breve existencia tomando su muerte como punto de partida. Y cuando el amigo que ha desaparecido prematuramente ha sido amado por muchos, hay una tendencia a despedazarlo, a querer poseer la parte que se conoció de esa persona como si fuese el todo.

Décadas después de su asesinato el 10 de mayo de 1975, Roque Dalton continúa siendo recordado y discutido entre el flujo de las verdades parciales y las especulaciones azarosas. La verdad está al alcance de la mano, en la obra misma de Dalton y en los documentos y fuentes primarias que nos informan sobre su carrera literaria y política, es decir, en su producción como poeta-militante. Pero para los que lo conocieron personalmente, fijarlo en la historia es perderlo. Y la verdad histórica sobre la vida de un protagonista de la historia contemporánea es un cuchillo de doble filo: quienquiera que lo use corre el riesgo de cortarse a sí mismo.

Roque Dalton tenía una vocación casi aberrante por la verdad. Un legado, quizá, de su condición de hijo natural, devoto de una madre piadosa, y formado por una educación católica inflexible. Pero es, sobre todo, un legado de su propia concepción de la verdad como una fuente de poder. Por cada buen amigo que lo ha defendido de las usuales acusaciones de alcoholismo o de frivolidad, hay más de un texto confesional de Dalton asumiendo esas mismas flaquezas, tan humanas.

Esa es la lógica del confesionario católico: sólo el que asume culpa obtiene perdón; y sólo el que ha revelado su verdad puede seguir adelante. En 1970, el famoso sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, se encontró con Dalton en Cuba, en casa de Cintio y Fina Vitier. Hablando del significado de Dios en la revolución, Dalton relató el primer conflicto que tuvo en el seno del Partido Comunista.

“Nos contaba”, escribió Cardenal en Las ínsulas extrañas, “que lo pusieron a recaudar fondos, y algunas veces en el fin de semana él se bebía esos fondos. Lo iban a expulsar, y recurrió a la autocrítica. Era fácil para él, porque en el colegio de los jesuitas había estado acostumbrado a la confesión. Todos los camaradas lo elogiaron por aquella confesión tan humilde, menos un comunista viejo, un sastre, que dijo que él no se dejaba engañar: que esa autocrítica había sido para recibir elogios y que con esos elogios lo volvería a hacer”.

Dalton reconoció que el viejo sastre había tenido razón. ¿Por qué haría —siendo un ateo en ese entonces— una confesión así? Dalton dedicaría su último poema importante, Los hongos, a Ernesto Cardenal. Ese largo texto, escrito entre 1966 y 1972 —iniciado en La Habana, continuado en Praga y París, y finalizado durante su última estadía en La Habana, antes de partir a El Salvador—, es un poema-objeto que Dalton dedicó a Cardenal “como un problema nuestro, es decir, de los católicos y de los comunistas”.

El problema central de Los Hongos es la verdad. El poema alterna pasajes confesionales de la vida del poeta con acotaciones teóricas sobre los usos de la verdad: “El profeta habla un lenguaje concreto. Señala con el dedo los defectos de sus contemporáneos y no tiene miedo de cometer la tremenda imprudencia de descubrir ante el pueblo las ambigüedades de los dirigentes religiosos y políticos de su mundo concreto”.

Un poeta necesita el contacto con la verdad porque su principal compromiso es con su propia conciencia, con su continuo despertar. Un poeta revolucionario, tal y como Dalton concibió ese papel, necesita la verdad como el material más puro para construir la utopía de su verdad poética. En vida, Dalton no necesitó de apologistas, sólo de críticos honestos. Es insólito que, décadas después de su muerte, él mismo continúe siendo el crítico más duro, el más terriblemente honesto que su vida y su obra hayan enfrentado.

El verdadero Dalton, el que respira y perdura, más vital que nunca, en su poesía, ha sido relegado a un segundo plano por las mistificaciones, los “mitos” fabricados en torno a la figura polémica que representó para la historia. En realidad, un mito es lo opuesto de una mistificación: es la verdad trascendente del autor, la transmutación de vida y obra en un solo cuerpo histórico. La obra de todo escritor conforma el mito de un peregrinaje espiritual, pues toda obra conlleva el itinerario intelectual, artístico y personal de su autor, transfigurado y evocado por su largo viaje por la palabra. Este es el único mito que importa.

Los otros “mitos” que giran en torno a Dalton, los que nos dicen que desciende de bandoleros del viejo oeste norteamericano, o que regresó a El Salvador buscando la muerte, o que fue asesinado por traidor o por ingenuo no son más que invenciones, pero no son inocentes porque nos distancian o nos distraen del verdadero valor de su obra. En cada caso, Dalton ha dejado la evidencia de la verdad, y la verdad no sólo se opone a cada una de estas falacias, también es mucho más ingeniosa, más fascinante y más profunda, porque incluye la aceptación de sus errores políticos y humanos.

El 11 de mayo de 2003, La Prensa Gráfica publicó un ensayo biográfico que escribí específicamente para el semanario Enfoques titulado “Roque Dalton: vida, pasión y muerte de un poeta”. Ese texto convirtió a la revista política del matutino salvadoreño en una exploración monográfica de la vida de Dalton como figura histórica, y para mi propia sorpresa, y para la sorpresa de los editores y los lectores, descubrimos en cada estación de su trayecto humano el persuasivo poder de la verdad.

Durante mi investigación, y contrario a todas mis expectativas, descubrí que Dalton no era dado ni a la exageración ni a la mentira. Tenía, sí, un talento para descubrir lo que era inherentemente cómico en la vida, pero su sentido del absurdo y su lacerante sarcasmo no lo alejaban de la realidad. Al contrario, como su obra lo demuestra, lo acercaban a ella. Descubrí, también, que su famoso escape de la cárcel era cierto, que su reputación como un defensor de la libertad de expresión en Cuba está sustentada por docenas de testimonios de importantes escritores de todo el mundo y que su retorno a El Salvador sí estaba inspirado por una convicción política profunda. Y sí, Joaquín Villalobos lo asesinó, cobarde e impunemente.

Por diversas razones, las biografías existentes sobre Dalton aún están muy lejos de aprehender y valorar los hechos que suman su inquieta vida. Y aún aparecen, y continuarán apareciendo, aquí y allá, editoriales y artículos destinados a blanquear la imagen de sus asesinos. La poesía completa de Dalton ha sido publicada en El Salvador por la Dirección de Publicaciones e Impresos; y su prosa, sus ensayos, testimonio y escritos políticos, están disponibles gracias a una cuidada colección de una editorial de alcance internacional, Ocean Sur. La disponibilidad de la obra completa de Dalton anuncia un cambio fundamental: los “mitos” fabricados dejan de ser relevantes, su palabra poética pasa a primer plano y la valoración crítica deja de estar en manos de unos cuantos especialistas. A razón de eso, parte de su aura, la ingenua mistificación de su figura, muere un poco. Por otro lado, esto significa que el mito de la trayectoria humana de un poeta consecuente con su verdad, tiene una nueva oportunidad para actuar y brillar con su propia luz en la conciencia de sus lectores. Este es el Roque Dalton que habrá de perdurar, el que todavía vive entre nosotros, lúcido e inagotable.

 


El artista Obed Osorio pinta un retrato mural de Roque Dalton en “La Royal”, la casa donde nació y creció en San Salvador, durante un evento popular en homenaje al poeta, mayo de 2017.