Miguel Huezo Mixco: “Hotel Marrakech” (ficción)

Un delicioso fragmento del segundo capítulo de La casa de Moravia, la nueva novela del poeta y ensayista salvadoreño.

Miguel Huezo Mixco
La Zebra | #17 | Mayo 1, 2017

La casa de Moravia (Alfaguara, México, Marzo 2017) es una road novel donde los constantes peligros y los exuberantes paisajes del istmo son el marco para la evocación de una memoria mutilada por la violencia, la falsificación y las pérdidas.

Corre el año 1981. En Centroamérica las hogueras de la guerra arden por todas partes. Un joven que sueña con cambiar el mundo recibe la misión de introducir víveres y medicamentos desde Costa Rica a una Nicaragua que resiste el bloqueo económico y los ataques de bandas armadas. Su base de operaciones se encuentra en un vecindario de San José, donde una célula intenta poner en marcha una emisora clandestina para apoyar al levantamiento armado en El Salvador. No todo son armas, “sin prensa ni manifiestos” se pone en marcha una revuelta sexual que marcará la vida de los protagonistas.

Con La casa de Moravia Miguel Huezo Mixco regresa de nuevo a aquellos años de agitación, en los que personas de carne y hueso, vulnerables e imperfectas, expusieron sus vidas de manera generosa por el ideal de dejar un país mejor. No se trata de identificar a héroes o villanos; entre quienes participan en una guerra, no hay inocentes.

* * *

Su nombre es Lucila, pero en la red es conocida como @luzyrabia. Cuando comenzamos a encontrarnos en línea, a intercambiar mensajes, habían pasado unos pocos meses desde nuestro primer encuentro en un funeral.

—Creo que es hora de irme —dijo, Lucila, a media voz, desde el baño.

—Quedate —le respondí.

Mi voz se ahogó en el sonido del agua derramándose en el inodoro.

—¡Dios mío! ¿Qué hora es?

Miré el reloj de la cocina: las dos de la mañana.

—Es temprano —le respondí.

Temprano, o tarde, según se vea —objetó Lucila, secándose las manos en el vestido.

Estábamos borrachos, de una manera sutil: sin perder la compostura. Una moneda al aire decidiría si dormía o no en mi casa. La lancé.

—Te quedás —exclamé, triunfal.

—Bueno, no digás que no te lo advertí…

La llevé de la mano a la habitación y comencé a besarla. No se rehusó. “Todos-los-hombres-son-iguales”, murmuró, devolviéndome unos besos resecos, con un cierto vaho a lúpulo y caries. Se sacó la blusa mostrando un sostén como de quinceañera, puso la cabeza en la almohada y en el acto se durmió. Me eché a su lado, desencantado, cerré los ojos y ya no supe más ni de ella ni de mí hasta… Hasta que desperté en el sofá de la sala ¡con la piyama puesta! Borré casete, qué hago aquí, dónde está Lucila, me pregunté, confundido, mirando en mi derredor. El tráfico emitía una oleada de bocinas que entraba por la ventana. Me levanté, atontado, sin hacer ruido, y me dirigí a la habitación, abrí la puerta y sí, allí estaba la desconocida, roncando, con la cabeza debajo de la almohada y el torso descubierto. Menuda como un pájaro. Con suerte mide uno cincuenta y dos. Recuerdo sus pezones duros como biberones, su rostro recubierto de un vello casi invisible y sus dientes delanteros ligeramente separados. Miré en la alfombra sus sandalias talla cinco, el bolso estriado. El letargo se desvanece a medida que camino, turulato, con el cenicero rebosante entre las manos, buscando el basurero, pensando allí está esa jovencita, sí. Alguna vez en el chat fantaseamos con la idea de hacer un viaje donde nadie nos conociera. Ella es del tipo “llévame lejos”, de seguro aceptará si la invito a la playa, yo cubriré los gastos, lo tomaré como una inversión. ¿Tendrá pareja? No lo creo. El cuerpo de su difunto marido todavía estaba tibio. Mi muchachita, más bien tendrá una inmensa necesidad de afecto. Canturreando desde la puerta: Luciiiila… Luciiiila… la hice despertar. Se pasó el dorso de la mano por la boca, cubrió sus senos con la almohada y se levantó, sin mirarme, directamente al baño a mear torrencialmente. Yo me retiré, discreto, a la cocina, a preparar el desayuno. La joven vino a la mesa con la cara lavada y el vestido puesto, diciendo con aplomo “qué ondas, buenos días, cómo estás”. Sobre el mantel a cuadros estaban dos vasos con jugo de naranja, un pichel con agua, rodajas de pan, jalea de guayaba, “no tomo azúcar, gracias”, dijo, mirando el chorrito de leche descremada que caía en su café humeante. Le lancé la oferta de ir al mar en un tono que sonó asquerosamente paternal. Pensé: “se va a negar”. Al contrario: Lucila recibió la invitación con entusiasmo. Por lo visto no escuchaba a menudo el murmullo de otras aguas que no fueran las de la ducha. Comió con avidez. Hice la cama y ella se sentó en el suelo, tecleando en su teléfono, con total concentración. Le dije: “aquí están tus aritos” (dos minúsculas calaveras de alpaca) y “el cargador” (un cable pegajoso y medio roto). “¿Tenés una camiseta extra?”, preguntó, metiendo la cabeza en el closet y sacando una playera estampada con la imagen de Betty Boop sumergida en una copa de champán. “¿Nos vamos?”. Echó sus cosas en el bolso y dijo: “sí, vámonos, antes de que sea tarde”.

 


miguel_huezo_mixco-perfilMIGUEL HUEZO MIXCO (1954) es poeta, ensayista y narrador salvadoreño. Es autor de trece libros, entre poemas, ensayos, una biografía y una novela. Realizó también la investigación y curaduría sobre la obra del caricaturista salvadoreño Toño Salazar para el Museo de Arte de El Salvador (MARTE). Fue columnista de La Prensa Gráfica desde 1999 al 2014. Desde mediados del 2014 mantiene una columna en el periódico digital El Faro. Ha publicado ensayos y poemas en revistas y periódicos internacionales como Vuelta, Letras Libres, La Jornada (México); El Malpensante y Número (Colombia); Babelia y Cuadernos hispanoamericanos (España); entre otras. Sus obras narrativas son: Camino de hormigas, una serie de relatos encadenados (Alfaguara, 2014); y La casa de Moravia (novela, Alfaguara, 2017). Su poesía incluye, entre otros libros: Memoria del cazador furtivo (San Salvador, 1995); El ángel y las fieras (San José, 1997); y Comarcas (Panamá, 2002; Veracruz, 2004; Saint-Nazaire, 2004); y Edén arde (San Salvador, 2014).