Miguel Ángel Espino: “Más allá de México” (ficción)

El centenario de Juan Rulfo ha generado debate sobre su modernidad e influencia. Igual de interesante es quiénes anticiparon su estilo, como en este relato de 1946 del gran narrador salvadoreño, escrito cuando residía en México.

Miguel Ángel Espino
La Zebra | #17 | Mayo 1, 2017

El hombre se inclinó, hundió los dedos y comió de aquella tierra, despacio, como si quisiera llevar su sabor en la sangre. Estaba triste por aquella despedida. Ahora sentía en la boca el calor de su infancia. Eran amargos aquellos terrones, secaban la lengua, pero era necesario quererlos, por amargos.

Volvió la mirada y recorrió sus huellas, marcadas sobre el suelo húmedo. Se borrarían pronto y nada quedaría de él, en aquellos surcos en donde dormía la cal de sus abuelos.

Ahí estaban los hombres de la milpa, agachados, trabajando hasta el sudor, pero sin alegría. La tierra de los indios, bajo la llovizna, se esponjaba como si tuviera dieciséis años y le dieran un beso detrás de los árboles. Pero los hombres, con el sombrero empapado, golpeaban sin alegría, casi con rencor. Ellos también, como los cerros muertos, eran restos de aquella familia rota, de la que ahora se desprendía el hijo que estaba más cerca de los pájaros.

—Tata Sol ya no ve…

Y era cierto, ya el indio no amaba a su tierra como marido. Tata Sol se hacía el viejo y la hija milpa crecía respondona.

Ahora se iba aquel que guardaba la lluvia en las venas y arrastraba el paisaje en la sangre.

Nunca un viajero se quedó más en una mirada. Dio unos pasos torpes, porque le pareció que la tierra lo agarraba de los pies, para retenerlo. El olvido lo siguió largo rato, oliendo las matas y deteniéndose, moviendo la cola, orinando los troncos viejos y, por último, allá donde las lomas se besaban con el cielo, se puso a ladrar a la sombra que se alejaba silbando, con las manos en los bolsillos.

Y comenzó a rodar, a rodar. El tiempo moría en los últimos mangos, los caminos se le enredaban en los pies, la distancia le soplaba en la espalda. Cambiaba el aire y se endulzaba el clima, pero él no lo sabía. Caminaba con rabia. El hombre lo detuvo algunas veces. Eran ranchos como todos. Comían mal, dormían mal, el paludismo los arrugaba por fuera y los mataba por dentro, estaban enclenques, bebían para mojar las penas y regresar a sus ilusiones. De todos los ranchos los arrojaron, porque bramaba contra aquellas tierras tísicas sobre las cuales los hombres arañaban inútilmente y las mujeres daban hijos llagados, arrancados con gritos.

Pasó por Yajoni, un poblado que bostezaba de pobreza bajo la luz, atravesó ríos que andaban buscando una sombra para cantar, iban haciendo astillas el panorama con los talones ardidos.

Entonces, tal vez herido por el cansancio, comenzó a ver un hombre terrible que aparecía y desaparecía tras las piedras.

Atravesando la dulce noche de Chiapas, la tierra del camino se levantó de pronto, cubierta de harapos. Se detuvo, espantado, pero luego se acercó al ciego que medía el camino con el bordón:

—Me comió los ojos la luna, patroncito…

Y cuando dejó atrás aquella comarca en donde la filaria se comió los ojos de las mujeres y los niños, atravesando la dulce noche de Campeche, el mendigo color de tierra surgió otra vez. Pero ahora estaba dormido, tirado sobre las piedras. Y supo que era la Enfermedad de Chagas, que tumba a los picadores de chicle.

Lo siguió encontrando, le dijo adiós varias veces, pero lo seguía encontrando, igual, triste, demacrado. Y una tarde…

Tenosique, este es Tenosique. Atrás, unos pasos atrás, México. Más allá, una geografía violenta pinta volcanes con el polvo que amontona el viento. Los ojos que vienen de los surcos apagados contemplan una escena que ya es vieja en sus lágrimas: son los mismos hombres sobre una tierra con iguales suspiros. Seguramente tienen el mismo sabor amargo. También aquí esperan, sobre la milpa, que Tata Sol baje a los caminos que se habían perdido en la oscuridad, para que, por ellos, como los indios que llenaron de canciones la historia, pasen los nuevos indios levantando a los hermanos que yacen arrodillados en la sombra. Por ello, rompiendo breña, con la sed de América en la garganta, pasa el hombre que llega de las costas mexicanas batidas por el aliento del Pacífico y entra a Belice por el rumbo de las fieras.

Siguiendo sus huellas, marchando sobre el mapa de los recuerdos, cantando con los itzáes del Petén, se llega a la selva con hambre. A Belice, que casi quiere decir, en el destino de América, dos cosas terribles a un tiempo: la muerte y la esperanza. Indios que mueren aplastados en las monterías y negros que cantan para dentro. Un personaje verde que está en todas partes, que circula por los ríos y en las noches les habla en el oído, los mantiene de pie, esperando el tiempo de su tierra. Por eso preguntan, como locos, por eso hablan los árboles. Por eso en Belice habla el agua y los cortadores se mueven en tumultos oscuros, sacudidos por fuerzas que vienen del olvido. Por eso se entienden el maíz y las hormigas, y trabajan la nube. Por eso el hombre que llega de México oye lo que dice el dolor y cava una trinchera para defender la alegría, por eso pasa recogiendo el testamento de los seres que cayeron en aquel rincón desesperado.

 


imagenMIGUEL ÁNGEL ESPINO (1902-1967). Escritor y abogado salvadoreño, perteneció a una familia de escritores, entre los que se cuenta el renombrado poeta costumbrista Alfredo Espino. Un derrame cerebral en 1951 puso fin a su ascendente carrera literaria. Destacó como narrador en Mitología de Cuscatlán (leyendas, 1919), Como cantan allá (relatos costumbristas, 1926) y Hombres contra la muerte (novela, 1942). También es autor de dos libros de poesía: La ciudad visionaria (poesía y prosa poética, inédito, 1936) y Trenes (poesía en prosa, 1940).