Madeline Mendieta: “Complicidad y silencios” (crítica)

El libro de cuentos Los jóvenes no pueden volver a casa de Mario Martz explora el entramado emocional de las pérdidas y vacíos de una nueva generación en Nicaragua.

Madeline Mendieta
La Zebra | #18 | Junio 1, 2017 

¿He perdido a mis amigos?
¡Ha llegado la hora de buscar a los perdidos!
Nietzsche, Así hablaba Zaratustra

Las pérdidas son inevitables. La complicidad y el silencio son parte del entramado que las acompañan estableciendo un limbo entre el olvido, la memoria y la añoranza que tienen las personas, los hechos, las ciudades y los instantes que se nos escurren mientras nos apuramos un cigarrillo y esperamos a que algo suceda, pero nunca sucede.

Octavio Paz dijo en El Arco y la Lira que “el acto de escribir entraña, como primer movimiento, un desprenderse del mundo, algo así como arrojarse al vacío”. Pero, ¿qué es la vida misma sino el desprenderse y lanzarse al vacío? El acto de escribir sólo nos reitera que vivir es soltarse al apego de la vida misma. Aunque suene un poco contradictorio, es una afirmación que cobra sentido cuando vivimos sin esperar a que algo transcendental pase.

Los jóvenes no pueden volver a casa, sello Anamá 2017, es el primer libro de relatos del escritor nicaragüense Mario Martz, cuya complicidad entre el lector y el autor se va incrementando en la medida que estos transcurren en la voz lacónica de sus diferentes personajes, dejando un vestigio melancólico mientras nos cuentan sus historias.

Me centraré en los temas que nos insinuaron los personajes, quienes fueron silenciados por el autor, pero en complicidad intuimos sus angustias, la impotencia expectante que mantiene en vilo al lector que los acompaña por cuartuchos y pequeñas casas, camina por las calles calurosas y comparte el ambiente de desamparo de quienes, en una búsqueda perenne, pierden a un ser querido, un ideal, un amigo, un amor, la esperanza.

Las pérdidas en el sentido más amplio, son la constante en los nueve relatos que Martz nos enmarca en distintas ciudades de Nicaragua. Los acontecimientos se desarrollan en ambientes urbanos, con terminales de buses, los coloridos árboles de la vida, una ciudad que despierta de la modorra de una frustrada revolución de los ochenta, y ahora el capítulo de la democracia no parece importar a sus personajes, que se degradan como veterana fotografía que nadie alardea en las redes sociales.

La desventura de los seres queridos, los ambientes familiares con entredichos, dimes y diretes que rara vez enfrentan directamente, los rencores que se guardan en el cajón de la ropa sucia porque están en un mutis temático del cual somos testigos apagados.

“El silencio así entendido se convierte en una poderosa metáfora del cambio del paradigma”. Esta aseveración la realiza Juan Manuel Ramírez en su artículo “Hacia una retórica y una poética del silencio”. En este sentido, la visión de la voz narrativa es la de los vencidos, no son los testimonios grandilocuentes y llenos de heroísmo de los guerrilleros que cuentan sus hazañas con fulgor sublime. Tal como nos subraya el narrador: “Esa misma tarde me contó que tras la revolución del FSLN en las elecciones presidenciales de los noventa, su mamá se dedicó a vender postales de la revolución en el aeropuerto Sandino”; “Mi tío inválido de guerra y simpatizante sandinista —o lo que él entendía por sandinista—, soñaba con el regreso de la revolución”.

La cotidianidad desamparada, los sueños desgraciados de una segunda Cuba en Nicaragua, se desvanece en los rostros plasmados de una etapa histórica del país donde los paradigmas se disuelven como azúcar en una taza de café. Los protagonistas que encabezaron la alfabetización, los cortes de café y el servicio militar patriótico, hoy sólo son héroes de papel que cuelgan en una pared certificando que sus ilusiones no fueron de balde, aunque se hundan en la pobreza de su desventurada situación.

Mario Martz, a través de sus distintas voces narrativas nos pone en la palestra la búsqueda esencial de todo ser humano, la identidad. Dicha identidad se va fortaleciendo en el transcurso de la complicidad que formamos con los personajes: el hijo que sufrió el abandono de su padre y años más tarde su mejor amigo lo acompaña a verlo, el mismo hijo se encuentra con su media hermana en un burdel de mala muerte y él la reconoce, un agotado hombre que tiene que lidiar con una esposa que raya en la locura y desesperación, una familia asiática que ha perdido a su hija. Todos personajes decadentes que han sufrido una pérdida y no han superado esos duelos.

Los duelos no solamente son porque alguien íntimo o familiar ha muerto, los duelos enlutan a un país que perdió a más de 50 mil personas en una guerra que duró casi 10 años, también por el enorme fracaso social que culminó con el eufemismo revolucionario en las urnas presidenciales en los años 90. Los divorcios, los amores frustrados, en fin, el sentimiento de pérdida y abandono es reflejo de una sociedad que estuvo bajo el efecto narcotizante del idealismo y, como pompa de jabón, se deshizo a vista y paciencia de los nicaragüenses, y la realidad enfurecida corta las ilusiones.

Carmen Bobes (1992), citada por Ramírez, denomina “el silencio Espacial” al tipo de silencio relegado a un lugar secundario del texto. El escritor —voluntaria o involuntariamente— “deja en el texto huellas viscerales, signos o indicios, que hablan de sus propios silencios y que andan ocultos en su escritura”.

En los textos de Los jóvenes no pueden volver a casa, se masculla la indignación por los empleos de call center, los salarios mínimos que no permiten invitar a una prostituta a una cerveza, la fatiga de ser un escritor de segunda y remendar tesis de estudiantes, las visitas a lugares y bares decadentes de Managua, León y los infortunados cuartuchos que rentan los protagonistas.

Pero nos hacemos la pregunta, ¿será esa indignación la que Mario quiere restregarnos, esa impotencia de toda una generación la cual no se sintió, ni se siente identificada con esos míticos héroes revolucionarios, ese adultismo irresponsable y negligente que abandonó a toda una descendencia prometiéndoles grandes remesas, prosperidad y salida al país? ¿Acaso la voz de Martz es el grito sordo de quienes nacieron en los ochentas y se enfrentan a una ciudad de escombros de guerras y terremotos emocionales? Implacables en el combate y una calamidad en sus hogares, o tal como nos dice en una línea: “quería saldar una deuda con mi madre”.

Nos evoca, acaso, la impunidad con la que patriarcado perpetúa su existencia. Nos remonta a la Comala de Rulfo y a la tragedia de Edipo Rey, esos hijos abandonados a su suerte cumpliendo un funesto destino y la figura de la madre como un hálito de vergüenza y dignidad. Son esos hijos huérfanos de guerra, despatriados, exiliados, desarraigados que deambulan entre el olvido y la memoria.

Guillermo Sucre (1985), citado por Juan Manuel Ramírez, señala: “en este sentido, el silencio cumple una doble función: separa al poeta de la palabra como habla a la vez que lo enfrenta con ella”.  En la superficie del texto vislumbramos ese enfrentamiento al recurrir a los entredichos como leit motiv del libro. La sutileza y naturalidad lingüística con la cual el narrador nos inmiscuye en las conversaciones que ocurren en los cuartuchos de los personajes, nos crean todo un espectro polifónico que debemos hilvanar con esas pausas simuladas por omisiones pero que se revelan en el siguiente relato.

Asumimos sus frustraciones callados y queremos ayudarlos a desatar esos nudos emocionales, los cuales no pueden cortar de un tajo. André Neher afirma que existen “nudos y capas del silencio”. Efectivamente, cuanto más doloroso es el trauma de la pérdida más enredada se torna la psiquis humana, y el único recurso que tiene es ocultar, mentir, minimizar los hechos porque de esta forma edulcoramos la realidad. Como el joven que reconoce a su media hermana y finge que no a tal punto de aceptar dormir con ella antes de confesarle que comparten el mismo padre. La vergüenza y la negación ante un hecho es tan común e insólito de creer pero que es parte de nuestra realidad latinoamericana. “El silencio es melancólico, polisémico y en sí mismo es la negación de lo absoluto”, nos afirma Ramírez.

Callarnos frente a un hecho injusto y trascendente en nuestra vida es igual a negar que existió y sepultarlo en las catacumbas del olvido; sin embargo, tarde o temprano estos aparecen en forma de úlceras existenciales, esas fisuras de los recuerdos que emergen como apagadas voces, rencores cargados de nostalgia y que ensordecen las risas infantiles. Nos oscurecen los ideales y profanan los primeros lazos familiares. No obstante, es un libro que no desgasta a sus personajes reduciéndolos en víctimas o victimarios, al contrario, son personas tan comunes que nos sentamos a fumar un cigarro con Clara en el velorio de su padre, a tomar una cerveza con Yadir en el sopor de León y aplaudimos a Ofelia mientras baila en el oprobioso burdel donde su cicatriz la delató. Me resta decirles que luego de esta reflexión tengo apagada las palabras y encendido el silencio.

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madeline_mendieta.jpgMADELINE MENDIETA (Managua, 1972). Escritora nicaraguense, licenciada en Literatura por la UNAN. Su poesía, que ha sido traducida al inglés, alemán y portugués, apareció reunida en libro por primera vez en una edición bilingüe, español e inglés, publicada bajo el título Inocente lengua (2007), con una introducción y traducciones de Rick McCallister. Su obra aparece en varias antologías, incluyendo Mujer Rota (2008), en homenaje a Simone de Beauvior. Ha experimentado el performance en proyectos como CMR Project: La puesta en el sepulcro y Marilyn Project: ser rubia no es tan cool. Escribe en su blog: http://lagatatejadodezinc.blogspot.com/