Javier Kafie: “Mirando con aturdimiento mientras el tiempo pasa” (crítica)

Una reseña de La Carne, la más reciente novela de la escritora española Rosa Montero, publicada por Alfaguara, 2016.

Javier Kafie
La Zebra | #19 | Julio 1, 2017

Había sido un día pesadísimo, y la noche me encontró empujando la carretilla sobre los pasillos de un supermercado, con una lista de compras en una mano y una lata de cerveza en la otra.

Al acercarme a la caja experimenté un breve momento de alegría a pesar del cansancio, pues realmente aplaudo el hecho de que Walmart haya colocado un estante de libros en el camino a la caja rápida.

Y ahí, entre media docena de títulos de calidad literaria cuestionable, mi vista se clavó en una cubierta monocromática, contrastante y sugerente, y sobre la imagen de un cuello desnudo el nombre de la autora y de la novela:

Rosa Montero

La carne

Acaricié la solapa recordando cómo me atrapó Te trataré como a una reina y cómo disfruté el ensayo La loca de la casa, ambos títulos de la misma autora. Pero luego me inundó un sentimiento de culpa, pues la lista de libros por leer o a medio leer se acrecienta día a día. Así que, con la misma delicadeza con que hubiera regresado a un ave herida a su nido, coloqué de nuevo el libro en el estante.

Un par de horas más tarde, iluminado por la solitaria luz de la lámpara de noche, abrí la novela de Montero y leí su primer párrafo:

“La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor”.

Perplejo, cerré el libro y apagué la luz, dispuesto a que estas frases tan lúcidas resonaran en el trasfondo de mis sueños por el resto de la noche. Luego sonreí en la oscuridad, pues supe que había realizado una compra inteligente.

* * *

A primera vista, La carne nos habla sobre el hecho irremediable de envejecer, y lo hace desde el difícil punto de vista de una mujer, quien es condenada mil veces más que el hombre por perder gota a gota los atributos físicos que nuestra sociedad asocia con la belleza femenina.

Y así, la novela nos cuenta la historia de Soledad, una soltera que llega a los sesenta años, sin pareja fija, sin hijos, y dueña de un frágil éxito en el mundillo de las artes de Madrid, un éxito que se ve cada vez más amenazado por las nuevas y bellas generaciones. Entonces, a manera de desquite contra un amante, Soledad decide contratar los servicios de un gigolo, y aquí es donde la cosa comienza a ponerse interesante.

Con el paso de los años he ido tomando conciencia de que los humanos somos capaces de hacer hasta lo más insensato para evitar sentirnos viejos: conseguirnos una pareja veinte años más joven, comprarnos una Harley-Davidson, correr maratones o incluso hasta encarar —como lo hizo la anti-heroína de Montero— a la mafia china para salvar a un amante que apenas conoce.

¿Por qué lo hacemos? Supongo que cada cual tiene sus razones. Aunque sospecho que todas éstas redundan en el pavor a quedarnos, a sentirnos desesperadamente solos. Y este es el caso de Soledad —quien tanta justicia le hace a su nombre.

Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿En qué endemoniado punto se encuentra el desasosiego de la vejez?

Esa pregunta revoloteó por mi mente a lo largo de cada una de las páginas de la novela. Y, honestamente, no tengo la respuesta. Supongo que esto se debe a que, como todos, me siento aturdido por ese momento tan resbaladizo y tan efímero que malgasto mirando con perplejidad a mi alrededor.

Pero sí sé que ya no me siento con edad para surfear olas de quince pies. Y también sé que es posible apreciar con poesía y elegancia el umbral a la marchitez de la vida, como lo hizo Paul Auster en su Diario de invierno. O embriagarme en el lirismo incesante de con que García Márquez describe la vejez en El amor en los tiempos del cólera, por nombrar un par de contrapesos.

Pensándolo bien, la última novela de Rosa Montero me hizo reconocer las verdades incómodas que trae consigo el encontrar, en mi propia carne, las señas que dejan el paso del tiempo. Y así, caigo en cuenta de que en esta reseña he hablado de más sobre mí que sobre la novela. Lo que significa que La carne fue exitosa, pues generó un diálogo íntimo en mí, su lector.

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javier_kafie-perfil.jpgJAVIER KAFIE (México, Distrito Federal, 1982) creció entre México y Centroamérica, luego realizó estudios en Estados Unidos y Alemania, especializándose en literatura, cultura y medios de comunicación por la Universidad de Siegen. De 2004 a 2008 ejerce como editor y colaborador en las revistas literarias Fool on the Hill y Polyphony Online, y como traductor de artículos académicos. En 2009 regresa a Centroamérica, y en 2011 dirige el corto documental «Perkín». En 2014 dirige el documental «Cuatro Puntos Cardinales» y el corto ficcional «Perfectos» (finalista en el Festival de Cine Español Notodofilmfest). Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias salvadoreñas, así como de México, Cuadrivio, y de los EEUU, The Acentos Review. Vive en San Salvador, El Salvador, y trabaja como escritor y cineasta.