Carlos Santos: “Los velos de Maya” (ensayo)

En un mundo dominado por las apariencias, ¿dónde está la poesía? Está, nos dice el autor, dondequiera que un suceso poético nos descubre y nos lleva más allá de las apariencias.

Carlos Santos
La Zebra | #19 | Julio 1, 2017

Aquella era una melancolía que bajaba de los grises del cielo del invierno, una invisible lluvia gris que empapaba los hierros y el concreto y las almas de la ciudad. Había tiempo para deambular por las ilusiones sucesivas de los rascacielos y la prisa de autos y transeúntes. Frente a la Grand Central Station había un hombre de la calle abismado en sus arrugas, como si habiendo llegado al fondo de ellas encontrara que se extendían aún infinitamente hacia adentro. Me miró de improviso. Una suerte de halo transformaba sus harapos en otra ilusión. Su sonrisa atrevió mi pregunta impulsiva: ¿En qué pensaba? Hubo un silencio lleno de cláxones y motores. ¿Pensar? Así se abrió paso su voz, y concluyó: Las palabras no sirven en el sueño.

Y sus palabras comenzaron a extenderse hasta tocar una ciudad que retrocedía hasta tocar a su vez la nemorosa antigüedad, donde junto a las piedras rituales que cercaban el fuego, el chamán, a cuyo fondo de ojo había el sol y el poeta, decía como Igjugarjuk: La verdadera sabiduría está lejos de lo ordinario, en la gran soledad; privación y sufrimiento pueden abrir la mente del hombre hacia aquello que permanece oculto a los otros.

Quiso el azar que aquel homeless de la Estación Central, de algún modo, hiciera sonar la Palabra en sus palabras, y tuviera de pronto el rostro múltiple del chamán esquimal Igjugarjuk, del místico Nicolás de Cusa, de los poetas Novalis y Rimbaud, y del sabio Lao Tsé. Todos ellos experiencias particulares de la Gran Experiencia, que no es esa especie de positiva clairvoyance que observamos en el cuadro de Magritte con ese nombre, en el que el pintor modela un pájaro sobre el lienzo mientras contempla un huevo. Es en cambio una asunción atrevida: la realidad ordinaria, fundada en el reporte de los sentidos y ordenada por la razón, debe ser derrotada para acceder al conocimiento trascendente, al que no llegan los ojos, no llega el lenguaje, no llega la mente, como reza el Kena Upanishad.

La intuición primordial de una unidad perdida se encuentra a la base de tal experiencia, y se extiende por todas las épocas bajo la especie de una sabiduría subyacente al margen de particularidades doctrinarias. Su vigencia ininterrumpida, su tradición no ha dependido simplemente de la oralidad ni de la escritura, sino sobre todo de la vivencia.

Para Lao Tsé la gran aventura comienza con un movimiento de negación-aceptación que conduce a lo innombrable, a la vacuidad luminosa; para Nicolás de Cusa es “cierto secreto y místico silencio” que nos lleva a la percepción de El Rostro más allá del concepto y la carnalidad de los rostros; para Novalis es el éxtasis que desemboca en una luz que todo lo conecta y lo hace arder todo; para Rimbaud es la iluminación conseguida por el “razonado desarreglo de todos los sentidos” y que conduce a la toma del cielo por asalto. Viajeros todos en el viaje de Jasón por la mar en busca de El Vellocino de Oro.

Las doctrinas herméticas y las religiones, a lo largo y hondo de la historia, han pretendido en sus mejores momentos el vínculo y la iniciación a ese “conocimiento oculto”. Aguijada por sus propias intuiciones, libre en sus modos y medios, la poesía inicia también desde la antigüedad su tradición de Gran Viaje. Los poetas de esa tradición, que llega hasta nosotros con los nombres de Rilke, Baudelaire, Huxley, Artaud, coinciden con Heidegger en que la existencia humana es esencialmente poética: conciben a la poesía como medio de conocimiento, como themenos para el gran salto, y han dejado tras de sí un cuerpo de obras que contienen mucho más que un valor estético. El arte no está en la palabra, sino en el acontecimiento poético que busca derrotar los velos de Maya, sobre los que otros fundan sus certidumbres, construyen una Estación Central o una autopista.

 


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CARLOS SANTOS (San Salvador, 1956). Poeta y narrador salvadoreño. Exiliado en Toronto, Canadá durante los años de la guerra en la década de 1980. Regresó a San Salvador tras la firma de los acuerdos de paz, donde fue colaborador y redactor de las revistas Tendencias y del suplemento cultura “Búho” de La Prensa Gráfica hasta su regreso a Toronto en 2001, donde reside en la actualidad. Es autor de un influyente libro de poesía: La casa en marcha (DPI, San Salvador, 1999). Su obra incluye un libro de cuento suscrito a la corriente fantástica y neobarroca de Lord Dunsany y Salarrué: Bitácora (Ars, 1998). Su obra poética ha sido llevada al teatro en varias ocasiones: puesta en escena de La casa en marcha, versión inglesa por Walter Krochmal, Sonaha Theatre Collective (Gaya Theatre, Nueva York, 1991); presentaciones internacionales del monólogo La camisa de fuerza, versión castellana por Water Dionisio, e inglesa, por Walter Krochmal, (San Salvador, Washington, Nueva York, Toronto y Montreal, 1988-90); junto con Jorge Ávalos contribuyó textos para un performance especial de Walter Khrochmal presentado en the Franklin Furnace de Nueva York, 1991. La mayor parte de su obra poética permanece inédita.