Salarrué: “Misterios” (ficción)

Artista plástico y escritor, Salarrué fue también un periodista excéntrico. En 1931, escribió estos apuntes sobre sucesos y personajes “imposibles” que descubría en San Salvador, y que anticipan temas de sus futuros ensayos y cuentos.

Salarrué
La Zebra | #20 | Agosto 1, 2017

La niña que juega en el espejo

Hay, en casa de una dama muy rica de esta capital, una niña —su hijita de cuatro años— que no tiene con quien jugar. No tiene hermanitos, no tiene amiguitos porque todos le parecen a mamá demasiado clase baja para que jueguen con su niña. No hay perro ni gato, sólo un vacío inmenso en la casona. Pero hay en una sala un gran espejo como una puerta que da al salón prohibido. La niña no ha podido nunca entrar a esta sala. Nadie, ni su mamá, entra o sale por aquella puerta. Pero a ella se acerca siempre otra niña, una niña linda vestida de seda que parece decirle: “Yo también estoy presa como tú”. Se lo dice con los ojos porque es muda. Como ella, no puede pasar nunca aquella puerta incomprensible y ambas se sientan todos los días en el umbral para jugar. Llevan sus muñecas, sus camitas, sus osos peludos y juegan contentas en la callada sala. Yo la he espiado hoy, otra vez, por la ventana, empinándome para verla, aguzando el oído para escucharla. Decía:

—Si mamá me llega a sorprender jugando contigo me castigará. No quiere a los otros niños y menos a los que son humildes y tristes como tú. Pero yo te quiero…

Y aquella niña desconocida, símbolo de los niños todos del mundo, que no pueden entrar a ese palacio del orgullo y la vanidad, le sonrió dulcemente.

La casa imposible

Una cuadra al oriente de la Artillería hay, antes de llegar a la esquina noroeste, una casa misteriosa. Es una buena casa, completa, de cemento armado con cinco o seis balcones enrejados. ¿Por dónde entran los inquilinos? No hay una sola puerta, no hay zaguán ni la casa está conectada con las casas vecinas. Pase por allí y se asombrará.

El hombre a quien siguen unos pasos

Estando anoche en el parque, oí sin querer una curiosa conversación entre dos individuos de clase obrera. Decía el delgado y pálido:

—Hombre, vieras, vuelven a seguirme aquellos pasos.

—¿Otra vez?… preguntó el gordo.

—Siempre oigo el choyar de una suela detrás de mí, me vuelvo y no viene nadie. A veces parece que vienen muy de prisa y hasta se me adelantan, luego oigo que se detienen y más tarde que ya vienen detrás otra vez. ¿Me estaré haciendo loco, hombre?

—Quizá tenés muchos chíos… —dijo el gordo, burlonamente.

—Fuera de broma —contestó el delgado—. Es una cosa estúpida. Esto me ocurre de día y de noche, pero más de día.

—¿Serán tus propios zapatos?

—No puede ser…

—¿Será algún pariente muerto?

—No tengo parientes muertos.

—¿Me estarán tirando…?

Iba el otro a contestar y se quedó con la boca abierta escuchando. Se había puesto pálido.

—¡¿Oyes?! —dijo con voz temblorosa.

Callaron ambos. Yo sentí un nudo horrible en el estómago. Unos pasos se acercaban a los bancos donde estábamos. Eran pasos cautelosos. Se detuvieron cerca de ellos. El amigo gordo dijo una gran mala palabra y se levantó alejándose a paso ligero.

—Nos vemos otro día —dijo desde lejos y sin volver la cabeza.

El hombre flaco estaba anonadado. A mí el miedo me pegaba al asiento.

—¡Oyó! —dijo, dirigiéndose a mí.

Hice un signo con la cabeza y me alejé como pude.

La casa de poco fondo

Hay una casa en pleno centro de San Salvador que mide cerca de veinte metros de ancho y de 7 a 8 de altura, lo cual es muy corriente y normal, pero —¡asómbrense ustedes!— de profundidad mide menos de un metro. ¿Cómo serán las habitaciones de esta maravillosa casa? Es algo así como un armario para hombres. ¿Que no lo cree? Está situada en la propia esquina suroeste del callejón del Principal, frente a las oficinas de este mismo Diario. Pase usted y lo verá. La casa está pintada de verde.

Los instrumentos musicales

Hay algo de misterioso con los instrumentos musicales: no pueden nunca ser ni enanos ni gigantes.

Una cosa puede construirse grande o chica o mediana, y siempre será la misma cosa, sea grande, chica o mediana. Lo mismo una silla, por ejemplo, como un auto, como puede suceder con un ladrillo, con una pelota, con una campana, y como sucede con un árbol y con un hombre. Pero un instrumento musical no puede ser ni más grande ni más chico sin dejar de ser él.

Un violín gigante dejaría de ser violín, y sería contrabajo o violonchelo o sabe Dios qué, según su tamaño. Un contrabajo enano, por lo consiguiente, sería un violonchelo, una viola o un violín.

Si a una flauta le diera por crecer podía llegar a ser pipa de órgano. O si un helicón, de esos brillantes que van enroscados al cuello de los músicos de banda, se pone a ser enano se convierte, ni más ni menos, que en trompa de caza. Si a la guitarra le da por lo mismo puede acabar en ukulele.

De tal manera, el nombre de los instrumentos está no sólo en relación con su forma sino con la parte abstracta de ellos, con su voz, o sea, con su espíritu. Por lo tanto, un instrumento musical es más definido que un hombre. Es más puro. Su cuerpo está siempre en armonía con su espíritu.

Espejismo

No es necesario trasladarse a un desierto para contemplar el espejismo. Aquí mismo en San Salvador puede usted satisfacer esa curiosidad. Cuando vaya a horas de pleno sol por una calle, fíjese a lo lejos, a una cuadra de distancia. Es muy posible que vea usted el agua corriendo por el asfalto y reflejando los carros y peatones que por ella pasan como si la calle estuviera mojada. Acérquese usted y verá cómo el agua huye y se borra por completo dejando en su lugar el suelo seco y ardiente. Pruebe a verlo hoy mismo.

El paraguas para mojarse

Don Camilo Cornejo, hojalatero y zapatero de barrio de la Candelaria ha hecho un invento curioso, no se sabe si en serio o en broma. Se trata de un paraguas que en vez de servir para no mojarse sirve para lo contrario. Es un paraguas bañera, para interiores sin cañería.

Dice él:

—Muchas gentes pobres no saben cómo bañarse en los mesones y pocilgas donde no hay baño. Algunos recurren al guacalón de bañarse por partes, otros a la toalla mojada. Mi paraguas es una ducha muy cómoda. Está compuesta de un compartimiento cilíndrico de lona impermeable que sirve de bolsa para el agua. Se llena con suma facilidad y se traslada al lugar donde uno intenta tomar al baño. Se desnuda uno, se mete en el guacalón y chaz, se abre el paraguas. Al abrirse, esta faja corrediza que hay en cada una de las varillas planas descubre los agujeros y sh… empieza la ducha que puede durar hasta quince minutos. En la punta del paraguas hay un garfio para colgarlo de una argolla en el techo o donde sea.

Este sí que es el verdadero “paraguas”. Para aguas sirve y no para otra cosa, como el mal llamado paraguas, que es, además de parasol, bastón y puyador de ojos.

Patria, San Salvador, mayo-junio, 1931.

 


SALARRUÉ (1899-1975). Pseudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Su primer libro, El libro más bello del mundo (cuentos de Nueva York), permanece inédito.

Fotografía: “El espejo en la casona” de Jorge Ávalos.