Bertalicia Peralta: “El retrato del abuelo” (ficción)

Entre el horror y el vacío existencial, los incisivos cuentos de una pionera panameña de la minificción.

Bertalicia Peralta
La Zebra | #21 | Septiembre 1, 2017

El retrato del abuelo

Abuelo murió hace años. A su muerte hubo que ir deshaciéndose de sus pertenencias, poco a poco. Un día fue el bastón. Otro, los dos pares de zapatos que usaba cuando salía a misa los domingos. Otro, las camisas blancas, bien planchadas, con su olor a bolitas de alcanfor. Las prendas íntimas se usaron, cortadas en pedazos del mismo tamaño, como trapos para la limpieza del piso, de los muebles, hasta que se volvieron hilachas.

Llegó el momento en que sólo quedó de su vivir entre la casa una foto magnífica, que lo mostraba aún de carnes vivas, ojos intensos, boca firme. La fotografía, más que impresión de un instante, semejaba la conciencia del futuro vigilando uno a uno los movimientos familiares.

Un día fue el nieto de veinte meses quien descubrió la clave. A su paso desenfadado y vacilante por toda la casa, el marco de la fotografía se estrelló contra el suelo y la presión desparramó las astillas de vidrios alrededor. Un olorcillo penetrante inundó la atmósfera. Una tela grisácea, sedosa y repugnante quedó pegada como goma de mascar sobre el linóleo amarillento que recubría el piso, y las carnes vivas del abuelo que habían estado enmarcadas por tanto tiempo, se ennegrecieron rápidamente para siempre.

Una mujer grandota con hombre chiquito

Cuando el hombre chiquitito acabó de llegar, la mujer grandota preguntó: “¿Dónde esta?”

Círculo

Metió el dedo gordo del pie en el hoyo y estuvo jugando largo rato, como hacía siempre que estaba solo y sentía la desnudez del mundo sobre sí, la extensión blanca hacia lejos, hacia nunca, hacia no se sabe donde. Sólo escuchaba como una canción en el viento el balanceo del agua lejana, misteriosa, el cielo besado velozmente por aves que parecían aviones en cámara lenta, negros puntos que de pronto hacían una zambullida y devoraban peces sobre el mar.

se desnudó/miró su cuerpo
observó fija, meticulosamente los pies, los huesos de los tobillos, las rodillas con cicatrices antiguas, las piernas, los vellos de la ingle, su pecho delgado y firme, lo comparó mentalmente con otros cuerpos y se dijo que tenía uno verdaderamente presentable

sólo las manos
no parecían ajustarse
eran pequeñas, toscas.
era / cuando menos / lamentable
—…“la túnica del grabado consiste…”—

la voz, de pie ante los cuadros la sacudió violentamente, sus ojos percibieron la luz esparcida sobre fondos claros y oscuros, colores brillantes y opacos que dibujaron sobre su cerebro otras formas, otras coloraciones, otros mitos profundamente fijos en su conciencia

sintió los codos de alguien rozándolo, alguien más respiraba sobre su nuca, el calor fue esparciéndose y acogotándolo, empañó los cristales de las ventanas dibujando más formas imprecisas

miró

hasta no sentir nada más sino ese dedo gordo del pie en el hoyo dando vueltas lentamente mientras el agua crecía en un círculo infinito.

La oreja del suicidado

El muerto hurgó su corazón y lo sintió henchido de amor. Buscó, ansiosamente, a alguien a quién amar. Alguien que lo amara. Movió a la derecha, a la izquierda sus fosas oculares y se le saltaron las lágrimas cuando sintió el beso de la hermosa muerta sobre sus labios.

La vuelta

Ahora nuevamente parece como si nunca hubiera salido de este pueblo, la calle principal a la derecha de la carretera sigue igual, es de asfalto como de asfalto era hace veinte años y las casas de quincha, con sus ventanas altas y pequeñas, casi siempre cerradas, las dos hileras de casas blancas a los lados de la calle, limpio, todo limpio y tranquilo, la gente mansa como las nubes que empuja velozmente al viento de verano.

“Te asfixiará”, me dijo Carlos cuando le conté mi intención de regresar.

Es cierto.

He deambulado por las calles, he conversado con amigos —de mis camaradas hay muy pocos, todos se han ido a la ciudad— he andado y andado, la gente sigue igual de amable, de cordial, de apagada, de cansada.

“¿Por qué?”, pregunté a Carlos. “¡Es mi pueblo!”

“También el mío”, me contestó. “¿Y eso qué?”

Me dio asco. Confieso que me dio asco mi amigo querido, mi amigo del alma, que así tan despectivamente trataba a nuestro pueblo, que sin ningún rubor lo había abandonado para siempre y se dedicaba a vivir cómodamente en la ciudad, en su casa de tres recámaras y estudio, y una mujer sofisticada, y una empleada, y un carro —yo también tendría uno—, y me miraba como si fuera yo un huérfano y necesitara urgentemente que me mimaran y me orientaran, y no un hombre hecho y derecho que me había quemado las pestañas y me había aguantado mis hambres y mis privaciones, y no me había casado con Chabela porque no quiso acompañarme de vuelta —le prometí que regresaría a buscarla—, y me había dado asco ser su amigo y lo quería y no sabía que estaba pensando conmigo porque sentía que además lo estaba odiando por cobarde, por huevón, y porque habíamos decidido años antes que regresaríamos todos a trabajar y educar a la gente —“todo es cuestión de educación”, repetíamos a coro— y a tratar de cambiar al pueblo y tener nuestros hijos, muchos hijos, y era cosa de tiempo nada más, mucho tiempo, sí, pero teníamos mucho por delante y el mundo era una cadena y haríamos nuestra parte y la gente tendría que aceptarnos y aceptar las cosas que queríamos cambiar, como eso de que no hubiera comida porque la gente no sembraba, porque no tenía donde y no había cómo comprar terreno porque todos tenían dueños, y bien sabíamos nosotros quiénes eran los “dueños”, y cada cuatro años veíamos venirse la avalancha de candidatos como moscas a la miel, y sentíamos que nos ardía la sangre debajo del cuero, y hasta una vez tuvimos una célula y boicoteamos las elecciones y nos metieron a algunos presos, porque siempre hay algún hablador, y se supo que éramos “extremistas” y “anti-patriotas” y no sé cuántas cosas más, y estoy llorando, sí, porque qué coño voy a hacer ahora en este pueblo si no hay nadie, si todos se fueron y yo también me voy, ¡si todo sigue igual!

Conversaciones en la cama

“Amiga mía”, dijo su voz mientras volaba, se hundía, rebasaba todas las explosiones, todos los mitos, nacía, moría y volvía a nacer. Luego no se escuchó voz alguna, ni susurro: la vida había empezado a cobrar sentido.

 


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BERTALICIA PERALTA (Panamá, 1940). Poeta, cuentista y guionista de radio y televisión. Desde la década de 1970 ha ejercido, además, una labor constante en el periodismo cultural, como crítica de literatura, música y teatro. Ha publicado, en cuento: Largo in crescendo (1967); Barcarola y otras fantasías incorregibles (1973); Muerto en enero (cuento, 1974); Encore (1980); Guayacán de marzo (1980); y Puros cuentos (1986). En poesía, destacamos: Un lugar en la esfera celeste (1971); Himno a la alegría (1973); Ragul (1976); Libro de las fábulas (1976); Casa flotante (1979); Frisos (1982); En tu cuerpo cubierto de flores (1985); Zona de silencio (1987); y Piel de gallina (1990). También es autora de una memoria en clave de crónica: Invasión U.S.A., 1989 (1990).

Fotografía: “Memento Mori” de Jorge Ávalos.