Elena Salamanca: “Ítaca es el amor” (crónica)

Una memoria romántica en la que el escritor nicaragüense Ulises Juárez Polanco cumple el intrigante rol de un cupido.

Elena Salamanca
Arte de Luis Cornejo*
La Zebra | #21 | Septiembre 1, 2017

Frente al mar, en León, Ulises y yo nos poníamos al tanto. Era julio de 2011, teníamos dos años de no vernos. Nos conocimos en agosto de 2009 en México, cuando ambos recibimos una beca de creación artística del Fonca y la Aecid. Lo que yo estaba contándole era una aventura romántica, que había empezado apenas en abril. Esa aventura se extendió en amor y duró más de cinco años. Ulises escuchaba fascinado y divertido. Se sentía un poco cupido.

* * *

En 2009, en México, compartimos la estancia en dos ciudades: en el Puerto de Veracruz y en el Distrito Federal. En noviembre de ese año, presentamos una gran muestra de Arte iberoamericano. Yo me mudé de Xalapa al D.F., a Anaxagoras 905, un departamento barroco que fue nuestro pequeño reino.

Una semana antes de la muestra, me robaron mi cartera, perdí el pasaporte, el dinero y mi tarjeta de débito. Ahí estaba toda mi beca. Ulises me ayudó a notificar al banco, al Fonca. Yo estaba muy enferma, tenía una giardiasis, me ponían suero con frecuencia. No tenía dinero para nada y tenía que ir al doctor. Ulises llegó por la noche a mi cuarto y me dejó un paquetito: eran chocolates y 5 mil pesos. Acepté los chocolates y le devolví el dinero.

—No seas caprichosa, chivita, necesitas ir al doctor.

—Es casi la mitad de tu beca.

—Tómalo como un préstamo, cuando el banco te reponga el robo, me lo devolves.

Me puse a llorar.

—Ya no llorés, te voy a llevar al doctor.

En medio del estrés, me había dado una alergia horrible en los ojos.

Fuimos al doctor, volvimos a Anaxagoras. Había una fiesta.

El poeta Ernesto Carrión había desaparecido unos días y estaba en nuestro departamento, ya más tranquilo, junto a su novia y otros amigos.

Me había encontrado a Ernesto fuera del edificio justo después de mi asalto, él me pedía que llamara a su amigo Benjamín Morales, para que fuera a ayudarlo. Me llevé a Ernesto al departamento y le di vodka. Lloramos juntos, cada uno su tragedia. Ernesto insistía en llamar a su amigo Benjamín Morales. Yo le contestaba:

—No sé quién es, no lo conozco.

* * *

Cuando llegué del hospital, me senté en un sillón en la sala, Ulises daba cuenta de mi diagnóstico. Levanté los ojos y vi, frente a mí, a un hombre muy alto, al que le quedaban cortos los pantalones. Le vi los tobillos, lo vi a los ojos. Era Benjamín Morales.

Sentí un golpe clitóreo.

Sentí pavor.

El golpe clitóreo es, para mí, el verdadero amor a primera vista.

Benjamín me vio, se levantó y se fue al baño. Me dijo, mucho después, que se había puesto nervioso —por mi belleza pálida y hospitalaria—.

Me levanté y me encerré en mi cuarto. Recé:

—Diosito, tengo novio, aparta de mí esta tentación. Ayúdame.

Lo juro.

Me encerré con todos los candados y dormí.

Al día siguiente, Ulises me preguntó:

—Chivita, ¿qué te pareció Benjamín Morales?

—¿Quién?

—El chavalo alto que no dejabas de ver.

—Ah, ¿ese chero tan feo?

Ulises rió:

—Sí, ese.

—Pues feo.

* * *

En 2010, René Morales, un poeta chiapaneco, me escribió: iba a presentar un libro en Guatemala y El Salvador y quería que yo lo presentara en San Salvador. No nos conocíamos, nos gustaba nuestra escritura, acepté.

—Voy con dos amigos más que presentan sus libros.

Yo no conocía a nadie.

Llegaron en julio. El día de la presentación, yo esperaba a René, había ido con mi novio, que era muy celoso.

René llegó, nos abrazamos, platicamos. De pronto, en la puerta, se asomó un hombre muy alto, de goma, crudo, pues, y yo volví a tener el golpe clitóreo.

Era, otra vez, Benjamín Morales.

—Diosito, ya me jodí. Sigo con novio y está aquí.

Benjamín me reconoció:

—Yo te conozco. No sé de dónde.

—Creo que te vi en una fiesta en mi casa en México, cuando viví allá.

—¡Es verdad, eres tú! Habías salido del hospital, tenías un abrigo muy bonito.

—A vos te quedaban cortos los pantalones, sos bien alto.

—¿Me quedaban cortos? Qué pena.

Esa fue la única vez que traté de tú a Benjamín. Al día siguiente comencé a tratarlo de Usted, quería marcar distancia. La vida es muy cabrona, marqué todo lo contrario.

* * *

Diría que no sé bien qué pasó, pero sí lo sé y en abril y mayo de 2011, Benjamín y yo estábamos en Guatemala viviendo la primavera.

La gente nos preguntaba cuántos años llevábamos casados, qué bonita pareja, todo era muy raro, éramos muy felices.

Eso estaba contándole a Ulises frente al mar en León, meses después.

Él estaba fascinado:

—Lo supe desde el primer momento.

Y se reía.

* * *

Este año, en mayo, volví a ver a Ulises en Managua. Lo abracé. Cruzó los brazos:

—Decime que no es verdad.

—Es verdad.

—No puede ser, Marjorie me dijo y no le quise creer. ¿Por qué?

Ulises era un entusiasta del amor de Benjamín y yo. El único entusiasta, creo. Ulises viajó a México en 2014, justo después del ataque del perro, cuando casi muero. Le dio mucho alivio saber que Benjamín me cuidaba, que vivíamos juntos.

El último abrazo que Ulises y yo nos dimos fue en Managua, en la fiesta de cierre de Centroamérica cuenta. Seguía enojado conmigo:

—No te puedo perdonar que ya no estés con él.

—Quereme —le reclamé.

—Prométeme que vas a pensarlo o no vuelvo a abrazarte.

Yo lo abracé, nos abrazamos.

* * *

Ulises murió esta mañana en su casa en Managua. Murió en su casa con Marjorie. Yo era, también, una entusiasta de ese amor.

Gracias, Ulises, por creer y amar.

Agosto 25, 2017.

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ELENA SALAMANCA (San Salvador, 1982). Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado, en cuento: Último viernes (DPI, San Salvador, 2008) y La familia o el olvido (Kalina, San Salvador, 2017); en poesía: Peces en la boca (San Salvador, 2011, reeditado en México en 2013), y Landsmoder (San Salvador, 2012).

* La pintura de Luis Cornejo, “Weird Eyes”, está basada en una fotografía que Ulises Juárez Polanco le tomó a Elena Salamanca.