Madeline Mendieta: “Hoja de ruta” (crónica)

Indicios de la personalidad de Ulises Juárez Polanco, desde la perspectiva de una colega de trabajo, que lo conoció, asimismo, desde la literatura y la amistad.

Madeline Mendieta
Fotografía de Daniel Mordzinski
La Zebra | #21 | Septiembre 1, 2017

Para llegar al corazón de Ulises Juárez bastaba que te posaras sobre su nobleza y te acercaras un poco a escuchar el palpitar de su entusiasmo. Disciplinado hasta el tuétano, para sistematizar el trabajo elaboraba siempre una hoja de ruta. Todo, absolutamente todo lo escribía, desde comprar un lápiz hasta en qué momento se encenderían las luces de la Alianza Francesa para que diera inicio la inauguración de Centroamérica Cuenta, encuentro narrativo de cual fue fundador y director.

Apasionado de las letras, de las pláticas que podían gravitar entre lo trivial, lo real maravilloso, la seriedad y el chiste, porque si había algo que caracterizaba a Ulises es que él no desperdiciaba el momento, siempre soltaba una carcajada. Un día contrariado lo arreglaba levantándose de hombros y esperando que la marea de lo irremediable tuviera solución al día siguiente.

Nos conocimos allá por el año 2003, durante un ciclo de talleres que organizó la Asociación de Escritoras; fue en el taller de narrativa que brindó Sergio Ramírez. Llegué como gallina comprada porque fue mi aparición en los círculos literarios, los cuales estaban bien definidos: Los 400 Elefantes, los Horizontes de palabras, Espejo, Fragua, Tribal Literario y Literatosis, del cual fuiste miembro. Durante un receso salí a fumar y tomar café; de inmediato me abordó Francisco Ruíz Udiel, tu amigo que luego sería mi amigo; minutos después llegaste y empezamos a tejer y destejer como Penélope este enorme tapete de amistad que nos unió durante 14 años.

Bonachón, simpático, curioso, inteligente, pícaro, chismoso, siempre preocupado por mi vida sentimental, buscabas la oportunidad para empatarme con cuánto prospecto veías que podría ser un potencial marido, especialmente con aquel cincuentón al que le encontrabas parecido a Vargas Llosa, siempre me dabas sus saludos con una maliciosa sonrisa. Adoptabas esa figura hermano paterna que compartía conmigo sueños, promesas, metas cumplidas, tus proyectos, los míos y los nuestros. Veías en mí no sólo a la amiga con quien pasarla bien: creíste y confiaste siempre en talentos que muchas veces pensé no tenerlos o al menos no lo medía con el termómetro que vos lo hacías.

Nos fajamos trabajando en la 2da y 3ra edición de Centroamérica Cuenta, bajo la dirección de Sergio Ramírez, quien tenía una confianza especial en vos porque no sólo eras eficiente, sino que tu desmedida entrega a cada proyecto que emprendías realmente era de Guinness record. Entre más complejo y retador era el propósito, más sabor le ponías. Muchas veces noté el cansancio en tu rostro, que eliminabas con un frappuccino y continuabas en tu labor hormiguita de hacer las hojas de ruta. Seguirte el paso no era tarea fácil. Durante el 2do Centroamérica Cuenta, Alejandra Sequeira y yo, la cuarta noche, nos fuimos de juerga con Timo Berguer, Javier Payeras y Rodrigo Fuentes. Habían concluido las actividades, nos fuimos sin decirte y estábamos bien instaladas en un bar con un par de toñas; nos llamaste a la 12.00 de la noche para reunirnos a evaluar el día. Se nos acabó la fiesta. Regañón y cuidadoso en el trabajo, sabías también cómo soltar la rienda y compartir una noche con los colegas de tu generación 2000, sin tomarte un trago gozando de las tonterías de los bolos.

Es muy difícil resumir todas y cada una de las cosas en que participamos, mi insistencia con Leteo Ediciones para que no regalaran los ejemplares sino que se cobrara un precio módico; aunque al final lo hiciste, tu visión de la literatura era regalar las palabras, las historias; no dudabas un milímetro en donar tus libros. Porque vos eras un enorme libro abierto y así te dabas a las personas: franco,  sin triquiñuelas ni tapujos, siempre mantuviste como principio de vida decir la verdad de frente con enorme diplomacia, sin herir los sentimientos de nadie ni siquiera los de tus más fieros detractores. Tu corazón se distinguía porque al igual que Saint-Exupéry, que decía que lo esencial es invisible a los ojos, buscabas ese detalle esencial en cada ser humano.

Por ese lado humano el egoísmo y la envidia ciega jamás pudo caber ni en tus más oscuros momentos, que hasta donde supe fueron pocos porque siempre tu sonrisa, tu jovialidad, iluminaban lo que marcabas a tu paso. Nunca te vi tan feliz, tan pleno y realizado como al lado de tu dulcinea Marjorie, tu amada, a quien aprendimos a querer y a embarcar en el velero de amistad.  La cual nunca se empañó con desplantes, todo lo contrario, tu abrazo oportuno durante el sepelio de mi padre adoptivo, porque fuiste vos al primero que llamé en ese momento, tu sentido de la solidaridad no te cabía en el cuerpo. Muchas veces te acompañé a dejar donativos para cualquier causa que te movía, como el hermoso documental que hiciste junto a Daniel Rodríguez Moya, el poeta granadino, para evidenciar que la poesía fortalece a los que postrados en una cama luchan contra el cáncer.

Siempre con una agenda social apretadísima, porque para vos las personas merecían de tu tiempo y atenciones. Dividías tu vida, como tu hoja de ruta, milimetrada, exacta, con cambios de último momento pero siempre con excelentes resultados como editor independiente, así como de las  revistas Hilo Azul y Carátula, formulador de proyectos, actividades y con tu Marjorie a quien no me la confiabas por completo mientras estudiabas en Italia porque siempre me tildaste de coqueta, rompe corazones y bandida. Aunque esos atributos fueron más tuyos que míos. Nos reímos de nuestras desgracias y aventuras. Compartimos desde los balbuceos de cuentos y poemas hasta la efervescencia literaria que penetró en nuestras venas creando un maléfico ADN en quienes amamos las letras. formamos una familia sin fronteras, ni diferencias raciales ni sociales, y custodiamos un amor filial, indeleble.

La última vez que nos vimos me contaste ilusionado que cambiarías de trabajo. ¡Tenemos que celebrarlo! te dije, porque cada paso que dábamos lo acompañábamos con cariño mutuo. Hoy pensaba en el árbol que instalaste en el Centro Cultural de España en Nicaragua, como apertura al performance “Ser rubia no es tan cool”, actividad que te encacalotaste con Alejandra y conmigo. Colocaste luces violetas a un árbol teñido de gris y colgaste pequeños frutos de jícaro rellenos con hermosos mensajes. Cada persona que entraba tomaba una jícara, como una galleta china, leía el recado que tenía en el interior. Oblivion, memoria del olvido nombraste al árbol con calabacitas que simbolizaba que una vez que morimos, lo único que deja rastros en la memoria son las palabras compartidas. Según la filosofía, el Oblivion nos indica que no hay nada después de la muerte. Yo difiero un poco de esa teoría porque estoy segura que apresuraste el vuelo y te veo ocupado trazándonos una hoja de ruta para que nos encontremos de nuevo, reír, reír, sólo reír sin parar.

¡Hasta siempre Compañero!

 


MADELINE MENDIETA (Managua, 1972). Escritora nicaraguense, licenciada en Literatura por la UNAN. Su poesía, que ha sido traducida al inglés, alemán y portugués, apareció reunida en libro por primera vez en una edición bilingüe, español e inglés, publicada bajo el título Inocente lengua (2007), con una introducción y traducciones de Rick McCallister. Su obra aparece en varias antologías, incluyendo Mujer Rota (2008), en homenaje a Simone de Beauvior. Ha experimentado el performance en proyectos como CMR Project: La puesta en el sepulcro y Marilyn Project: ser rubia no es tan cool. Escribe en su blog: http://lagatatejadodezinc.blogspot.com/

En la fotografía aparecen, de izquierda a derecha: Ulises Juárez Polanco, Madeline Mendieta y Ulises Huete.