Ulises Juárez Polanco: “Parábolas” (ficción)

Autor de cuentos realistas, Ulises Juárez Polanco también exploró el absurdo existencial en estos breves relatos, algunos no publicados en libro.

Ulises Juárez Polanco
Fotografía de Daniel Mordzinski
La Zebra | #21 | Septiembre 1, 2017

Sol de septiembre

¡Qué extraño es el país de las lágrimas!
Antoine de Saint-Exupéry

La casa era humilde y no ayudaba que fuéramos catorce niños. Mamá vendía pan en el pueblo y nunca conocimos a papá; escuchábamos esa palabra y no la identificábamos con nadie ni nada, quizás con las papas que rara vez comíamos.

El mayor de nosotros, Primero, nos cuidaba. Ya no lo recuerdo, se fue a esta guerra apenas inició y nunca regresó. Un día le dijo a mamá, “me voy al ejército, la Patria me reclama”. Me pareció extraño, su novia era Teresa, así que por días indagué sin éxito por esa tal Patria. Los más compasivos me preguntaban si el nombre no era Patricia o Priscila; yo llegué a pensar que en el mundo sólo había una Patria, aquella que raptó a mi hermano y que sería hermosa y tranquila, a diferencia de Teresa, que me caía mal porque me apretaba los cachetes cada vez que me encontraba. Pobre de mí, tenía diez años.

Luego fueron marchándose, uno a uno, mis otros hermanos. Cuatro de ellos se fueron en pareja, con un par de días de diferencia y a bandos contrarios. Así se fueron Segundo y Quinto, Tercero y Séptimo. Un mes después, Cuarto, Sexto, Octavo, Noveno y Doceavo (él dos años menor que yo) se sentaron en los tablones del patio, llamaron a mamá y la abrazaron: “es por la Patria, vamos a luchar por ella”.

La guerra continuó en el país; cumplió ocho años de fuego y acero y en casa sólo quedamos cuatro hermanos. Mamá ya no vendía pan, el maíz costaba demasiado y de todos modos la gente del pueblo no tenía cómo comprarlo, así que entre todos le compramos una Singer centenaria que supuestamente fue de Blanquita Aráuz, la mujer de Sandino.

Una tarde mamá recibió un telegrama donde le pedían bajar al pueblo. Todos querían acompañarla, pero se los prohibí. Como hermano mayor, les ordené quedarse y no salir bajo ninguna circunstancia. “Alimenten al chancho, el pobre parece perro”, fue lo último que les comenté cuando salí hacia mi destino. “Mamá, vos también te quedás. Ahora iré yo”. Hasta entonces y por siempre, jamás olvidaba la entereza con que mi madre, vestida triste de negro, había caminado nueve veces rumbo al pueblo a recibir la noticia de muerte en combate de alguno de sus hijos.

Llegué a la oficina y elogiaron mi valor de aparecer. Me arrastraron al cuarto contiguo mientras me resistía bajo una fachada. No era ningún baboso, ya tenía edad para el servicio militar y sabía que si no me enlistaba “voluntariamente” irían a la comarca a buscarme, y tal vez a Onceavo, Treceavo y Catorceavo, ¡ninguno de ellos llegaba a los trece años! Por eso fui, por ellos. Odiaba esta guerra que mataba con balas a los involucrados y de hambre a los demás, mientras los culpables felices en sus fincas y mansiones, festejando entre ellos el daño que nos hacían.

“Aquí dice que tenés edad suficiente para luchar por la Patria”, dijo el sargento. Ya lo ven, tanto tiempo después y nuevamente ella. Para alguien a quien “la Patria” le había arrebatado diez hermanos, tal explicación era la peor forma de reclutamiento. Hice lo planeado. Me escapé nomás tuve la oportunidad y me uní a la guerrilla, para luchar por la Patria.

Los años pasaron y de no ser este mundo incomprensible, hubiera sido feliz con esta guerra que pronto ganaremos.

Pero no lo seré.

Sé que hoy, cuando luchando por la patria liberemos al pueblo, me encontraré a Onceavo y Treceavo repeliendo la toma, leales al enemigo. Ordenaré a mis hombres un alto al fuego. Les gritaré qué diablos están haciendo ahí, y mis hermanos dirán, “luchamos por la Patria”. Las ráfagas siempre tiñen la tierra con sangre de hermanos. Suspiraré bajo el sol de septiembre y mis lágrimas, llenas de tierra y sal, lamentarán lo vivido.

En la comarca queda mamá, sola con su Singer centenaria.

Maga, Vol. 66, Núm. 2, Panamá, 2010.

Noches de fogata

Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
Pájaros muertos, árboles sin riego.
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
y parece que la vida se ha marchado hacia el país del trueno.
Joaquín Pasos, “Canto de guerra de las cosas”

Nadie recuerda, niños, cuándo comenzó el hambre.

Los hombres de entonces estaban ocupados de cosas más importantes, como el tamaño de sus pantallas de televisión o el resultado de un juego de fútbol. El más anciano de nosotros, el Abuelo, comparte estampas de aquellos años, cuando era cipote y todavía distinguía, a los márgenes de las carreteras, parcelas de tierra siendo sembradas y cosechadas por los campesinos, los jóvenes jugando en los ríos y los árboles abrazando el camino. Ahora ya no hay carreteras, ni campesinos, mucho menos cultivos, árboles o ríos. Queda la tierra, el polvo que nos cubre. Una extensión de predios sin límites y el polvo que llena todo lo que lo que el ojo ve. El Abuelo vivió ese cambio. Sus padres, dice él, no sabían lo que hacían, creyendo que aún había tiempo, y que otros, si volteaban la mirada, harían algo por ellos. Nadie hizo nada. Ahora, tiempo es todo lo que sobra, y está cubierto de polvo, como nosotros.

Los primeros cambios se dieron en la organización de las ciudades. Cuando el hambre era ya evidente, las prioridades cambiaron. Todos comenzaron a discutir la importancia de las autoridades que, sin proveer comida o agua, restringían la búsqueda de éstas. Sin ningún congreso, sin ningún plenario o votación, la población rechazó a las autoridades. Alguien sugirió que se transfiriera el poder a los faquires, y que ellos gobernaran, por ser dignos de una actitud asceta que les permitía pasar largas temporadas sin ingerir alimentos. Si alguien era capaz de evitar que el hambre nos atrapara serían ellos. Pero teníamos demasiados faquires, y resulta que los faquires, después de todo, también comen.

Comenzó la anarquía y el hambre nos llevó al caos. No me confundan, niños, digo “nos llevó al caos”, pero ustedes no hicieron nada, fueron ellos, los otros, los de entonces. Los más fuertes se adueñaron de lo que había, del agua y las provisiones de las ciudades. Pero lo que había era finito, tenía límites. Y cuando las reservas también se acabaron, la desesperación creció. Fue entonces cuando regresamos a nuestras formas primitivas, la del hermano cazador y la del hermano recolector. Escapamos de las ciudades y regresamos al campo, a lo que aún quedaba de los bosques. ¿Ustedes recuerdan, niños, las fotos de los bosques que en las noches de fogata les mostramos? Eran grandes, o no tan grandes, pero eran. Les dije que el hambre nos llevó al caos, pero ahora pienso que es todo lo contrario: en nosotros siempre estuvo el caos que nos trajo al hambre.

El hambre que tienen es hosca, lo sé, pero deben escucharme. Cuando las ciudades sucumbieron y los bosques eran nuestros refugios la organización cambió. Ni presidentes ni alcaldes ni límites entre ciudades. Nos formamos en manadas, como animales salvajes, y comenzamos a deambular errantemente, cada una con un guía o persona alfa. Nuestra naturaleza primitiva resurgió. Con el éxodo, los edificios se convirtieron en ruinas, depósitos de concreto demasiado lejos de donde podíamos encontrar algo que comer. Elementos que considerábamos indispensables se convirtieron en chatarra y fueron olvidados, pendientes todos de satisfacer la necesidad básica: comer. Con el caos y el hambre, no había teléfonos o Internet, a nadie le importaba qué ropas llevaras encima o la marca de tus zapatos. Lo básico: comer. Supongo, niños, que ustedes comprenden esto que les digo. En los bosques, cuando todavía había bosques, o en los campos, cuando todavía había campos, fuimos poco a poco encontrando otro modo de vida, uno más simple pero efectivo. Cazábamos, o recolectábamos, o recuperábamos, cuando todavía era posible recuperar provisiones olvidadas, y todo lo logrado se repartía entre todos. Fuimos más eficientes, más justos, fuimos un poco felices. Así sobrevivimos varios años, como insectos que a los lejos divisan una luz y van directo a ella, esperando sea verdadera. Pero antes del hambre ya habíamos descuidado el campo. Ya el hambre se había instalado fuera de las ciudades, pero en las ciudades no lo sabíamos, o no nos importaba. Ya el hambre se había apropiado de nosotros, incluso antes que ella llegara. Y lo poco que había aquí afuera mermó.

Algunas manadas nos reencontramos, perplejos de la aridez absoluta. No encontrábamos animales para cazar y la tierra sólo producía tierra. Para aquel entonces el Abuelo ya era padre, y temía por sus hijos. El polvo apareció de la nada, como una lluvia fantasmagórica que cayó de la nada. Neblina perpetua de tierra que impedía las expediciones, si bien sabíamos que detrás de ella no encontraríamos nada. Poco a poco comenzaron a morir hermanos nuestros, por el hambre.

Alguien, en medio de aquel panorama desolador, tuvo la idea que los muertos podían traer vida. A la mayoría les resultó repulsiva esta idea. Otros argumentaron, Libro en mano, que las escrituras mencionan al Profeta invitando a comer el cuerpo de su cuerpo, y comer el cuerpo de un hombre, cualquier hombre, hecho indiscutiblemente a semejanza de su Padre y, por tanto, cuerpo del Profeta también, no iba en contra de ningún código moral o religioso. Y otra vez regresamos a otro estado primitivo, de comernos a nosotros mismos.

Por pudor absurdo, no se devoraba a los muertos de la misma manada, sino de otras. Éramos suficientes manadas, y todas establecidas en áreas no tan lejanas, que cuando alguien enfermaba corríamos a dar a aviso a la otra manada, desde donde nos informaban si ellos también tenían algún proyecto en camino. Las manadas que primero tuvieran proyectos listos intercambiaban entre sí. Sí, les llamábamos proyectos, pero era comida. Yo sé, niños, esto para ustedes es ordinario y les estoy aburriendo, pero hoy es noche de fogata. La subsistencia a base de proyectos, o canibalismo, trajo problemas evidentes. Nadie se preocupaba por los demás, de hecho, procurábamos que el prójimo se enfermara, porque eso garantizaba que la otra manada nos proveyera de comida. Pero las manadas fueron reduciéndose, al punto que cada una ya no era de treinta o cincuenta miembros, sino de diez, de doce. Alguna vez aparecía un nicho donde encontrábamos buena tierra, o provisiones vencidas que, después de todo, comíamos desesperados. Pero el caos nos tornó en bestias, y, aterrorizados, abolimos los proyectos. La alternativa fue caminar por los caminos que alguna vez fueron ríos, rezando por encontrar cualquier cosa comible. El estómago ya estaba acostumbrado a comer lo que fuera; y lo que antes era basura, ahora era comida. El tiempo se dejó de medir como antes, como hacían los de entonces. Ya no importa si es viernes, o lunes, o si es trece de mayo o diez de enero. Ahora importa cuántos días han pasado desde la última vez que comimos debidamente. Y contamos así dos días, cinco días, doce días, veinte días, y si llega al mes, y no hemos ingerido la comida justa, hacemos noches de fogata, y recordamos cómo empezó todo, aunque ya nadie recuerde cuándo comenzó el hambre.

Recordamos cómo comenzó todo, para que ustedes, nuestros hijos, les cuenten a los hijos de nuestros hijos nuestra historia, porque nosotros tenemos que partir. Cada proyecto provee de comida a diez personas, y nuestra manada tiene veinte. ¿Recuerdan cómo el Abuelo cuenta de su lucha con una bestia salvaje que le arrancó el brazo? La bestia salvaje fui yo, desesperado porque ustedes comieran algo. Así descubrimos lo primitivo de nuestra naturaleza. Hoy es noche de fogata y debemos hacer lo que debemos hacer. Hace unos minutos hicimos la rifa, y el Abuelo y yo tenemos que partir, por ustedes.

Cuando lleguen a viejos, respetarán la piedra, si es que llegan a viejos, si es que entonces quedó alguna piedra.

Aunque nadie recuerde cómo comenzó el hambre, ustedes contarán la historia.

Cuentos del hambre (antología de cuentos
centroamericanos contra al hambre, 2012).

La destrucción anhelada

I

La única destrucción permitida debe ser la del hambre, de la pobreza, de la corrupción, de la hipocresía diplomática, de todos los males que aquejan al hombre del siglo XXI, la destrucción total de la guerra. La amenaza de armas, no sólo nucleares y biológicas, sino también de armas aún indescriptibles para el conocimiento actual, está latente, y la destrucción no sólo de un país, sino del mundo, es parte de la baraja de posibilidades con que el destino se divierte a nuestras expensas.

No sabemos lo que nos depara el futuro, aunque la idea más cercana sea la de Einstein dicha hace más de 50 años (“no sé como será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con piedras y lanzas”). Para ese entonces, la creación habrá terminado, el Apocalipsis se habrá cumplido, y el hombre tendrá que evolucionar de las cucarachas, que serán el único vestigio de un mamífero que se atrevió a definirse como “el único animal inteligente”, aunque la historia lo juzgará como todo lo contrario, por haber construido su pasaje de ida-sin-regreso a la era glacial.

II

Hoy, año 2050, año de la septuagésima-séptima invasión a los territorios mesopotámicos, en algún lugar del mundo civilizado occidental, un niño se dirige a su cuarto; y antes de dormir empieza su oración. El papá le observa atentamente desde la puerta. La oración del niño inicia así: “Padre nuestro que estás en los cielos / con las palomas y los misiles…”. Su papá le regresa una sonrisa de orgullo y satisfacción, pues el niño ha mostrado sensibilidad e inteligencia a lo que la araña y sus seis patas peludas tejen en el mundo.

En la escuela, a la mañana siguiente, al mismo niño le enseñan imágenes, mapas y esquemas de todo lo que está pasando en el Medio Oriente no civilizado, para que comprenda que ésta es una guerra buena y que la guerra es el camino a la paz. Así, si se educa de pequeño, de grande será parte de la masa indiferente.

Cuando regrese a su casa, su hermano mayor estudia arte neo-contemporáneo a través de las galerías electrónicas de destrucción y extinción medio-oriental, ofrecidas gratuitamente por Internet, pues México es aburrido y el Louvre está fuera de todo alcance económico. En la sala, los padres critican el alza “inexplicable” de la gasolina y de los derivados del petróleo, y un televisor presenta las imágenes de un hecho horrendo que parece, no un acto condenado por la mayoría, sino más bien, un reality show más de una cadena hollywoodense: ayer, “the real world” por MTV; hoy, “la septuagésima-séptima invasión a Irak” por Telemundo o CNN. El mismo televisor les recuerda que incluso la guerra es un bien de consumo, como lo ha sido desde hace décadas la misma democracia: las noticias, con sus coberturas 24/7 “tuenifor-seven”, habrán disparado hacia el cielo las acciones de las tele-noticieras norteamericanas, pero nunca se descubrirá que el barrio más violento del mundo no está en New York, Chicago, Detroit, o Managua, sino en la televisión, pues ésta ha sido capaz de redefinir lo que es “normal” y lo que está de “moda”.

Al final del día el niño hace la oración de todas las noches. Esta vez, es la mamá quien le observa desde la puerta. Ella puede escuchar las palabras de su hijo, que entre murmullos termina la oración de la siguiente manera: “Ahora que es la hora de saber quiénes somos / arráncanos del alma el último pedazo de inteligencia / y líbranos de todo mal de conciencia… amén”.

El Nuevo Diario, 17 de enero de 2004.
(Estos dos fragmentos especulativos aparecen en un
artículo de opinión: “Lecciones básicas de guerra”)

 


ULISES JUÁREZ POLANCO (1984-2017). Escritor, editor y gestor cultural. Licenciado Magna Cum Laude en Derecho y Magna Cum Laude en Diplomacia y Relaciones Internacionales de la Universidad Americana (Nicaragua), con especialización en ciencia política de la Universidad de Salamanca y diploma del Global Competitiveness Leadership Program de Georgetown University, Washington, EE.UU. Es autor de cuatro libros de cuentos: La felicidad nos dejó cicatrices (España: Valparaíso ediciones, 2014; publicado también por Valparaíso ediciones Centroamérica, 2014); Los días felices (Costa Rica: Uruk editores, 2011); Las flores olvidadas [Doce cuentos en construcción] (México: FONCA/AECID, 2009); y Siempre llueve a mitad de la película (Nicaragua, 2008). Fue un editor incansable, con 12 libros de otros autores a su cuidado y como editor de 7 antologías, tanto de poesía como de cuento. Fue uno de los fundadores y directores del mayor encuentro anual de escritores de la región, Centroamérica Cuenta. Al momento de su muerte trabajaba en la edición final de su novela Sirenas.