Victoria Magaña de Fortín: “Misión de la mujer” (ensayo)

Un texto provocador de la primera escritora feminista de El Salvador, que escandalizó a la sociedad de principios del siglo XX con sus opiniones y su activismo.

Victoria Magaña de Fortín
La Zebra | #22 | Octubre 1, 2017

Según Emilio Castelar, la mujer tiene que llenar una “misión divina”. Ella es el “cielo de este mundo”, la “musa del poeta”, el “modelo del pintor”. Su “mirada sostiene al hombre” y “sus lágrimas son el bálsamo que cura sus heridas”.

¡Cuántas ilusiones debe formarse la joven adolescente al leer las bellas páginas de Castelar!

Sí, yo recuerdo que también leí cosas muy bellas cuando aún no conocía los artificios que encierra el mundo, y mis pensamientos se fortificaban más con los santos consejos de mi madre. Creí entonces que todas las madres inculcaban sentimientos nobles en el corazón de sus hijos. ¡Cuántas ilusiones! ¡Cuántos idilios embriagaron mi alma! Pero, ¡ay!, después he palpado la realidad de la vida, que he sufrido tanto y derramado tantas lágrimas al ver que fue mentira todo lo que mi mente se forjó.

¡Adiós ensueños, adiós ilusiones, adiós idilios!

El rudo vendaval del tiempo había destruido lo que formaba el encanto de mi vida, convenciéndome de que la mujer debe ser menos soñadora para que sea menos desgraciada y haga felices a los seres que la rodean.

Considero, por este motivo, que es una necesidad buscarle a la mujer otro horizonte, educarla, instruirla y darle derechos para que su imaginación se mueva en provecho de la humanidad. Al educarla, sabrá formar el corazón de sus hijos y templar el alma para las luchas de la vida, evitando las seducciones, que en medio de la miel llevan veneno, matando de esa manera la inmortalidad en nuestras sociedades y dejando, como dice Bossuet, “de formar nuestra conciencia a gusto de nuestras pasiones, creyendo conseguirlo si conseguimos engañarnos a nosotros mismos”.

Al instruirla, la mujer puede ser la maestra de sus hijos y la Ninfa Egeria de su esposo. Y al darle derechos, hacerles comprender esos derechos a sus hijos e impulsarlos al cumplimiento de ellos; pero si no los comprende ¿cómo podrá enseñarlos? Además, ¿por qué excluirla? ¿Acaso no es ella la que da sus hijos a la patria, los seres más queridos que tiene sobre la tierra? ¿Acaso no es ella la que contribuye con sus economías al sostenimiento de esa misma patria? ¿Acaso la patria no es su madre para que no queráis que tome parte en todo aquello que se relacione con ella? ¿Por qué queréis que vea con indiferencia a esa madre? ¡Siempre el hombre queriendo destruir todo sentimiento sublime del corazón de la mujer!

No se le quiere conceder tiempo para la plaza pública, no debe tener otro templo más que el hogar; pero, ¡ay!, cuando carece de ese hogar y tiene por morada las anchas calles de una ciudad populosa o las estrechas de un pueblo, ¿no es verdad que entonces os gusta y reconocéis la libertad de la mujer? Tenéis razón los que abogáis porque siga siendo el instrumento pasivo del hombre. Yo no comprendía que éste es el verdadero liberalismo, ésta es la igualdad que proclamáis, exclamando con Lessing: “¡Una mujer que piensa!… La mujer ha de reír, reír siempre, esto basta para tener contento al Augusto Rey de la Creación”.

Afortunadamente son pocos los que piensan de este modo; otros se oponen por ignorancia a que se levante la mujer y otros porque sueñan con el romanticismo. Yo también desearía vivir en un castillo, oír, al compás de la lira, melodiosos cantos y que se rindieran a mis plantas sentidos trovadores; pero ¿qué gano con desearlo? ¿Qué gana con esto la mujer obrera, que es la que precisamos redimir cuanto antes?

Sigamos trabajando por la conquista de la perfecta igualdad en educación y derechos, y sobre todo, por la redención de la esclava de nuestros tiempos. Ya se han dado algunos pasos para favorecerla. ¿Por qué no seguir la tarea principiada hasta lograr la creación definitiva de escuelas de Artes y Oficios? ¿Por qué no seguir trabajando para que la mujer pudiente llegue al colmo de sus aspiraciones en las Ciencias y las Artes? Entreabierto está el templo de Minerva; abrid sus puertas y dejad que la mujer entre a rendirle fervoroso culto.

Santa Ana, agosto 21 de 1903.

 


VICTORIA MAGAÑA DE FORTÍN (El Salvador, 1865-1961). Ensayista y activista feminista. Abogó por la libertad de la mujer por medio de su integración laboral e independencia económica; para ello fue una férrea activista en pro de la educación media y superior de la mujer. Bajo el seudónimo “Olimpia” publicó sus artículos feministas en el Diario Santaneco y otros periódicos de su tiempo. Sus mejores ensayos, —“Influencia de la mujer”, “La mujer y el amor”, y “El mito del sexo fuerte y el sexo débil”—, son ejemplos de la mejor prosa literaria de principios del siglo XX en Centroamérica, sólo comparable en elocuencia a la de Alberto Masferrer. A finales del siglo XIX fundó la primera escuela de Artes y Oficios de El Salvador, exclusiva para la formación laboral de mujeres. Una selección de sus ensayos y artículos de opinión se reunió y publicó en 1910, en San Salvador, bajo el título Importancia de la Mujer.