Ruth Grégori: “Un ensayo para liberar a la memoria” (crítica teatral)

¿Qué dirían los desaparecidos si pudiésemos escucharlos? Escrita por Jorgelina Cerritos y llevada a la escena por Moby Dick Teatro, Bandada de Pájaros hace audibles las voces que una disputa irresuelta entre el olvido yla memoria ha ahogado a lo largo de un cuarto de siglo en El Salvador.

Ruth Grégori
Fotografías de René Figueroa
La Zebra | 
#22 | Octubre 1, 2017

Un joven alado rema sobre una balsa y navega sobre aguas que sólo veo en mi imaginación. La metáfora, que resuena en mi interior como el eco de un recuerdo perdido, me golpea de pronto dejándome la certeza de que Bandada de Pájaros quedará grabada en mi memoria.

La imagen, que no forma parte del libreto original, lo sintetiza. Se trata de una historia particularmente desafiante en términos creativos, tanto a nivel dramatúrgico como a nivel de puesta en escena. Lejos de referencias a un tiempo y lugar precisos, históricos o contemporáneos, los acontecimientos transcurren en “la nada”, una dimensión ubicada entre la vida y la muerte, donde el tiempo parece no transcurrir.

La autora, Jorgelina Cerritos, estructura su obra como una trenza de hilos temporales que hace y deshace, de manera muy parecida a como se hace y deshace la trenza del pelo Engracia, la mayor de dos hermanas que tejen y destejen la historia de una tragedia familiar, que es también la tragedia de una nación entera: la nuestra.

Engracia, la mayor, y Susana, la pequeña, se buscan sin saber que ya no están entre los vivos. A medida conversan recuperan fragmentos de un tiempo roto. Una intenta recordar, la otra lo evita, y en su recorrido hasta el día de lo ocurrido “en la tienda” las vemos ir y venir entre un presente sin avance de tiempo (su vejez), su pasado cercano (juventud) y su pasado remoto (niñez). En “la nada” cabe todo. Efímeramente, fantasmagóricamente, mientras es recordado.

2. Escenario vacío.jpg

En el montaje de Moby Dick, estrenado en el Teatro Poma el pasado 21 de octubre, “la nada” es un subsuelo poblado de raíces que cuelgan de un cielo que no alcanzamos a ver, al que luego descubrimos como un submundo en el que deambulan los no-muertos en busca de la muerte. Ahí la luz es tenue y amarilla, por momentos rojiza, pero de una intensidad “seca”, como las ramas, raíces y troncos cortados esparcidos a lo largo de ella. Un rumor tétrico, repetitivo y cargado de oscuras disonancias corre, subterráneo, bajo las conversaciones cotidianas ajenas a los que ya no están vivos. Éste se ramifica y diluye en los personajes que poco a poco van poblando “la nada”, abriendo canales que tornan el murmullo en palabras de quienes recuperan la voz, al menos un instante.

Sobre el escenario se encienden, como efímeras llamas que atraviesan tiempo y espacio, diversos fragmentos de memoria. A la izquierda, sobre un risco, Engracia “vieja” se hace una trenza y Susana “vieja” desmigaja el pan. Al centro, Raymundo enciende una fogata. A la derecha, las dos hermanas, jóvenes, lloran al padre, un cartero iletrado que ahí mismo acababa de recitarles de memoria la carta que les habría entregado aquel día, si no hubiese llegado a la tienda… Los tiempos felices, cuando, siendo niñas, jugaban con Gonzalo a que tenían alas y volaban a San Ignacio de la Frontera; o cuando, ya siendo jóvenes, Raymundo, un militar, cortejaba a Engracia, y Gonzalo, un guerrillero, a Susana. Y, más tarde, el tiempo terrible, cuando Raymundo descubre que el guerrillero visita a la hermana de su mujer, que el padre de ambas llevaba correspondencia prohibida, de las lecciones que daba “El Profe” y no tenían nada que ver con el Álgebra… Entonces, pasó “lo de la tienda”…

Dos escenas de tortura “contaminan”/”enturbian” la verosimilitud de la progresión dramática, cuando interpretaciones demasiado “realistas” hacen tambalear innecesariamente ese mundo rico en imágenes que hasta entonces se había presentado. No me resulta comprensible el por qué se habrá optado por “quebrar” de esta manera las reglas con las que “la nada” opera el resto del tiempo, pues su efecto es arrojar momentáneamente al espectador del mundo de la historia mediante una representación necesariamente imperfecta respecto a la realidad.

Si Bandada de Pájaros es desafiante en términos dramatúrgicos y de concepción escénica, no lo es menos en términos de interpretación actoral. En el caso de las hermanas protagonistas, los cambios (saltos) de edad, marcados en el libreto por el cambio de asunto y registro en los diálogos, se resuelve a nivel interpretativo con el cambio de actitud de quienes los pronuncian, intercalando un tono de juego y asombro (niñez), uno tímido y travieso (juventud), con otro meditativo y nostálgico (vejez). Pero es particularmente demandante el caso de los otros cuatro personajes masculinos, interpretados por una misma actriz, quien nos entrega a Gonzalo, un joven e idealista guerrillero; a Raymundo, un brutal y despreciable militar; a Toño, un entrañable padre-cartero y a Casio, “El profe”. La interpretación de cada uno pasa por pequeños ajustes de vestuario: una pañoleta roja al cuello para Gonzalo; uniforme verde olivo para Raymundo; camisa azul y un carterón de cartero para Toño; camisa a cuadros para “El Profe”. Sobre ella recae el mayor peso de las escenas de tortura, tanto en el rol de víctima como el de victimario. Su cuidadoso trabajo de caracterización, particularmente destacado en el caso de Raymundo y Toño, sufren acá su punto más bajo, a causa de lo que se percibe como un incoherente intento de recurrir al realismo.

3. Susana entre los muertos.jpg

Las escenas de fuerte carga poético-visual, en cambio, resultan mucho más elocuentes, emotivas y memorables. Como esa otra en que Susana revela a Engracia el lugar específico donde se encuentra desaparecida: un cúmulo de ropas evoca un promontorio de cuerpos, sobre el cual Susana extiende el suyo mientras va describiendo las distintas partes humanas que hay ahí. De algún modo, a medida que ella se deja caer, parece como si en cualquier momento fuesen a emerger extremidades bajo de ella, para sostenerla, o para abrazarla.

En esta historia, el enemigo a vencer es la resistencia a recordar. El tiempo del relato —el hilo de la memoria de las hermanas que rehacen su historia— se quiebra una y otra vez hasta que, mediante el diálogo, recuerdan. Entonces, el pasado remoto (el de la infancia, los juegos, los sueños y la Utopía) y el pasado cercano (el tiempo terrible de la muerte) se unen con el tiempo eterno de “la nada”. Es entonces cuando presente y pasado pueden ver de nuevo a la Utopía. Es entonces cuando Engracia le cuelga las alas a Susana, entra Gonzalo y juntos gritan: “¡A San Ignacio de la Frontera!”

La Bandada de Pájaros de Moby Dick, dirigida por Santiago Nogales, revolotea, se cae a ratos, pero, en verdad, más que volar, navega bajo las profundidades del abismo de la memoria negada. Y en eso se conectan tanto la escritura de Jorgelina Cerritos como su lectura de ella: su cometido es conciliar el tiempo y el espacio roto/fracturado/disociado entre memoria y presente.

Por eso la imagen del joven con alas que rema sobre una balsa en aguas imaginarias es una síntesis igualmente terrible y esperanzadora. Nos recuerda esa imagen del guía que conduce la barca de los muertos hacia el infierno —porque si hay un infierno peor que la muerte es el de permanecer eternamente en “la nada”—. Por ese río navega un ser alado que no puede volar y por eso deambula por las aguas de la memoria en busca de ser encontrado. Pero también ese joven es un símbolo de resistencia, pues ha sobrevivido navegando en círculos en un tiempo sin tiempo, en un lugar de eterna búsqueda, con sus alas intactas pegadas a la espalda.

Recordar libera. A los vivos, a los muertos y a los desaparecidos que, varados en medio de la vida y la muerte, siguen esperando que alguien pregunte por ellos, que alguien los encuentre, que la vida pueda por fin juntarse con la muerte, a que el presente, pasado y futuro converjan en el mismo curso del tiempo, a que siga fluyendo la nada en el todo…


4. Vuelo.jpg

Bandada de pájaros, Segundo Ensayo sobre la Memoria (Índole 2016), forma parte de la trilogía que la actriz, dramaturga y directora teatral salvadoreña Jorgelina Cerritos dedica a la exploración de la Memoria en el devenir de la convulsionada historia salvadoreña. Complementan dicha trilogía La Audiencia de los Confines (Índole 2014) y 13703 El Misterio de las Utopías, ensayos uno y tres respectivamente. Cerritos obtuvo en 2010 el Premio Casa de las Américas por otro libreto en que explora los dilemas de la memoria y la identidad en la posguerra: Al otro lado del mar.


FICHA TÉCNICA

  • Dramaturgia: Jorgelina Cerritos
  • Dirección: Santiago Nogales
  • Elenco Moby Dick Teatro: Mercy Flores (Engracia); Dinora Cañénguez (Susana); y Rosario Ríos (Raymundo, Gonzalo, Toño, Casio/El Profe)
  • Ambiente sonoro y música: Juan Carlos Berríos
  • Iluminación: Franklin Interiano
  • Vestuario, escenografía, atrezzo, producción: Moby Dick Teatro

 


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RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz.