Ruth Grégori: “Breve recuento de una invasión” (crítica)

Reseña de Aviones dentro de la casa, del panameño Carlos Fong, Premio de Novela Corta Sagitario Ediciones 2015-2016.

Ruth Grégori
La Zebra | #23 | Noviembre 1, 2017

Toda historia nacional está marcada por hitos clave, a menudo, auténticos traumas nacionales. En el caso de la historia panameña el trauma más reciente tuvo lugar en 1989, cuando el ejército estadounidense invadió su territorio para derrocar el régimen del General Manuel Antonio Noriega. La novela breve Aviones dentro de la casa, de Carlos Fong, ganadora del Premio único de Novela Corta Sagitario Ediciones en 2016, es uno de los últimos aportes a la extensa literatura académica y creativa que se ha dedicado a explorar ese hecho, valorado a nivel histórico como la operación militar más grande de Estados Unidos en Latinoamérica durante el siglo XX.

El relato se enfoca en las vivencias de la familia de un alto dirigente militar de las Fuerzas de Defensa del régimen, vista desde los ojos de la hija menor, Vielka, una adolescente quien —en el proceso de sobrevivir a la invasión estadounidense— descubre además que posee la habilidad de escuchar a los muertos.

En su fallo, el jurado del premio de Sagitario Ediciones destaca en la novela el “diestro uso de diversas voces narrativas que conforman una lúcida obra coral”, así como la “sutileza con la cual repiensa la historia” desde la literatura. Es claro que Aviones dentro de la casa se inscribe dentro del género de la novela histórica, pero también hay en ella ciertos giros característicos del “realismo mágico”. Por un lado, abundan en ella referencias a los sucesos, sitios y personajes clave relacionados a la invasión de diciembre de 1989, en lo que podría entenderse como un intento de recomponer el panorama y dar sentido a la confusión que caracterizó aquellos días. Por otro, de manera paralela, se va descubriendo las peculiaridades del linaje familiar, en el que tanto el patriarca —el jefe militar— y la narradora —Vielka— comparten la capacidad de escuchar y ver cosas fuera del alcance del resto. Estas “pinceladas” de realismo mágico, que de alguna manera remiten a historias familiares de otros relatos que expresan la dimensión sobrenatural como algo inherente a la realidad latinoamericana, resultan de lo más interesante de la propuesta de Fong. Sin embargo, este aspecto queda opacado por la profusión e insistencia en “hilvanar” los hechos y referencias de carácter histórico-geográfico-militar. Estas dos dimensiones no terminan de imbricarse de manera integral y orgánica.

El momento más alto de la incursión de Aviones dentro de la casa en el ámbito de lo fantástico queda plasmado en el capítulo 12. Un capítulo antes, el patriarca y militar, Ricardo Stanziola, cuestiona a Paolo, novio de su hija mayor Brenda, si le gustan los cuentos. Stanziola, además de ser jefe militar y de escuchar a los muertos, gustaba no sólo de contar cuentos sino también de inventarlos. El militar ofrece contarle al joven, estudiante de Derecho y opositor al régimen de Noriega, “un cuento que escribió la ciencia”, pero no llega a hacerlo pues en cuanto saca “la 9” (revólver de nueve milímetros) la pareja de novios se apresura fuera de la casa. Es finalmente su hija Vielka quien lo cuenta en el capítulo siguiente. Se trata de un cuento sobre cómo a partir de los cuatro elementos —carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno— surge la vida y deviene la humanidad. Se trata de un relato tan bello como sorprendente. Concebido como parte del entramado del relato novelesco, su nivel de unidad y potencia le permitiría igualmente subsistir de manera independiente en cualquier antología del género cuentístico.

El carácter “coral” de la novela de Fong al que hace referencia el fallo del jurado podría considerarse al reparar en que la “primera voz” de Vielka como narradora es “relevada” momentáneamente por las voces de otros personajes. Sin embargo, es algo que cabría poner en duda si se tiene en cuenta que cuando los teóricos rusos plantearon la “polifonía” como la característica esencial de un nuevo tipo de novela, la novela moderna, hacían referencia a que ésta cumplía una función de diálogo y suponía con ello una cierta “equidad” entre las posturas que dialogan. En la novela de Fong las voces más bien se alternan, con bastante fluidez entre una y otra, pero lo hacen para complementar perspectivas de los sucesos que van teniendo lugar. No hay, en realidad, contraposición de perspectivas —históricas, filosóficas, económicas, o de la naturaleza que fuere— sino escasamente en un par de escenas de confrontación entre el patriarca Stanziola y el joven Paolo.

Con todo, una debilidad central afecta el desarrollo general de la novela: la elección de un punto de vista femenino cuya voz no siempre resulta verosímil. En primer lugar, al tratarse de una adolescente, podría caber el excusar la falta de consistencia del punto de vista elegido haciendo referencia a la observación que hace Brenda, la hermana mayor de Vielka, sobre su hermana: que a veces habla como niña, de duendes y brujas, y otras habla de cosas de adulta, como cuando imagina unas manos que le acarician. Sin embargo, como lectora, hay detalles que me resultan más extraños que familiares respecto a la perspectiva de una niña en tránsito a ser mujer. Por ejemplo, que Vielka afirme que se considera extremadamente valiente —literalmente: “más valiente que un niño”—, aunque sus acciones a lo largo del relato en ningún momento se corresponden con tal afirmación. Otro ejemplo llamativo a este respecto sería la recurrencia de anécdotas y escenas que giran en torno a la “mota” (nombre asignado por la abuela paterna a la vagina de la mujer): repasar la variedad de nombres que se suelen asignar a los órganos sexuales femeninos, que su hermana escondiera dulces en medio de sus panties para evitar que el niño matón del pueblo se los arrebatara o que le pusiera alto a las caricias de su novio justo al acercarse a ella. No se intenta invalidar acá que las adolescentes piensen en sexo, pero resulta un tanto ajeno que lo hagan desde el límite que supone su órgano sexual para los hombres.

Pero lo que resulta más revelador respecto a la falta de idoneidad de la perspectiva femenina para el desarrollo de la historia de Aviones dentro de la casa —ya desde su título, enfocado en armas, un foco de atención poco habitual para una adolescente mujer— es el hecho de que el rol de las voces femeninas tiene un carácter de “soporte” de las acciones de los personajes masculinos. La única vez que se da paso a la voz de Brenda, en el capítulo 20, se trata de un elogio poético-erótico a las manos de su novio Paolo: “…tus manos son mi religión, mi ritual secreto… Tus hermosas manos que tiran piedras rebeldes contra el tirano y piedritas de amor por mi ventana”. La única vez que se da paso a la voz de Julia, madre de Vielka y esposa del teniente Ricardo Stanziola, es para dirigir su pensamiento a su esposo, a quien —desesperada— cuenta las penas de esos días sin él. Más adelante, será ella quien defienda a su esposo frente a los vecinos que lo acusan de reprimir a los manifestantes. La voz de Vielka misma, al tiempo que describe cómo ella va descubriendo su conexión con una dimensión sobrenatural y va hilando datos sobre la invasión, más bien parece funcionar como una especie de largo preámbulo —o intermedio— entre las escenas en las que Ricardo toma la voz en una especie de “mea culpa” y toma de conciencia que busca una especie de justificación para lo ocurrido. Esto resulta sobre todo claro cuando, arrodillado y atado, Ricardo Stanziola dialoga con el Mayor Giroldi, cabecilla del fallido levantamiento militar interno contra Noriega, en el que esperaban contar con el apoyo de Estados Unidos:  “No fuimos héroes, Ricardo. Fuimos títeres de los gringos… Nos engañaron”, dice Giroldi. Es inevitable notar las “invasiones” del discurso de ideas en el territorio de la imaginación, cuyo accidentado trayecto, en consecuencia, no termina de cuajar.

La novela corta Aviones dentro de la casa es un esfuerzo de memoria, cuya recopilación de información y opinión, sin embargo, compromete las posibilidades de su vuelo creativo. Su lectura no me deja convencida del Fong novelista, pero definitivamente me interesa conocer más de su voz como cuentista.

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RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz.