Javier Kafie: “¿Estamos condenados a repetir nuestra historia?” (crítica)

Un comentario sobre la novela El oligarca rebelde, de Marvin Galeas.

Javier Kafie
La Zebra | #23 | Noviembre 1, 2017

Mis padres, como tantos otros salvadoreños a principios de la década de los 80, tuvieron que abandonar el país para salvar el pellejo. Regresamos en 1993, cuando yo tenía 11 años. De aquel entonces, recuerdo un día en que recorríamos en familia el centro de San Salvador –caótico e impetuoso, como todo en el resplandor de la posguerra– y en algún momento mi mamá levantó la mano y señaló una mansión decrépita en una esquina:

“Esa era la casa de los Dueñas”, dijo con tono solemne. “Unos de las 14 familias”.

No recuerdo lo que pasó después de ese momento. Pero sí me quedó una idea muy clara de que esas “14 familias” vivían en un tipo de Monte Olimpo inaccesible para el resto de los salvadoreños –o sea, nosotros– y que, sorprendentemente, su descomunal fortuna se había marchitado tanto como el vestigio de casa que tenía enfrente.

Quizás a causa de aquella impresión de mi niñez disfruté tanto la novela El oligarca rebelde (El Salvador Ebooks, 2015), del escritor y cronista salvadoreño Marvin Galeas.

Me sorprendió y al mismo tiempo me entretuvo el recuento de la vida de ensueño que vivió en su juventud Jaime Hill Argüello, el protagonista de esta saga: Asistió a los mejores colegios privados y universidades de los Estados Unidos, codeándose con hijos de presidentes y de empresarios titánicos. No había cumplido los 25 años cuando viajó por toda Europa con una portentosa cantidad de dinero, que derrochó sin pena en los casinos de Mónaco o bebiendo con los toreros más famosos de España. Se compró un Corvette y se fue a pasear con una hermosa desconocida por la Costa Oeste de los Estados Unidos, regalando el carro al final del viaje, pues venderlo se le hacía demasiado complicado. Etcétera, etcétera, etcétera.

Y luego, por supuesto, le alcanza el karma o la desgracia o como quiera usted llamarle: Regresa al país a llevar el timón de las empresas de la familia, pero al mismo tiempo se enfrenta con la borrasca de los vicios, hasta que cae secuestrado a finales de 1980, evento que marca el punto de quiebre de su suerte y el comienzo del final de una dinastía.

Así, la historia de Jaime Hill Argüello, bajo la pluma de Galeas, es por momentos un thriller político y de guerra, por otros una trama que recorre los últimos doscientos años de historia de El Salvador. Por ello, me parece que es una novela ideal para acercar a las nuevas generaciones a nuestra historia –a pesar de que ciertos pasajes sufren de naïveté historiográfica, y de que por momentos el arriba firmante haya tenido la sensación de que a la novela de Galeas le hizo falta pasar por el rigor de un buen editor.

Sin embargo, hubo muchísimos pasajes de El oligarca rebelde que me sorprendieron, pues aclaran el mito oligárquico al que tanto estamos acostumbrados. Entre ellos, me sorprendió el pasaje que describe su génesis: Fue, según el relato, en una celebración allá por 1948, cuando los cabezas de familia de los principales caficultores del país celebraban que el precio del quintal había alcanzado la exorbitante suma de 40 dólares.

A medio evento, don Margarito González Guerrero –abogado de Miguel Dueñas– improvisó un discurso que terminó con las siguientes preguntas:

“¿Qué van a hacer ustedes, señores, con todo ese dineral que han ganado?… ¿Lo van a ir a guardar al Banco Occidental?… ¿O se lo van a ir a gastar a Europa?”

Acto seguido, don Margarito les propuso un plan de inversiones que tuvo un efecto fertilizante en la economía del país en los años venideros, y que estableció a estas familias en diversos rubros económicos simultáneos al café, cimentando así su poder.

En este punto tuve que parar y hacer un recuento de los descalabros sociales y humanos que sufrimos décadas después de esta época de bonanza. Y no pude evitar sentirme atacado por una serie de interrogantes:

¿Qué pudieron haber hecho ellos, los usufructuarios del poder, para evitar el desenlace de la guerra? ¿Por qué no pudieron prever el futuro oscuro que nos deparaba?

No es fácil responder a esas preguntas, sobre todo porque las hago desde la comodidad del tiempo futuro, donde la historia ya subrayó las consecuencias.

Pero sí es posible actualizarlas, y preguntarnos:

¿Estamos condenados a repetir nuestra historia?

Porque la historia de Jaime Hill Argüello se vuelve, al fin y al cabo, una historia de odios, de una sociedad que continúa excluyéndose recíprocamente. Y así, años después de que Hill Argüello perdonara a sus captores, y que en la posguerra facilitara pláticas entre la élite empresarial y el liderazgo guerrillero, su círculo fue tachándolo de comunista y apartándolo poco a poco de su área de influencia.

Y ya que ahora estamos actualizando las cosas, ¿saben qué sería tan irónico como posible?

Que en el momento en el que usted, querido lector, lea estas líneas, haya un muchacho de 11 años que recién regresó de los Estados Unidos. Junto a sus padres acaban de terminar una plácida tarde de compras en el Price Mart, y de repente, su madre, tras el volante, levanta la mano y señala una mansión amurallada en Cumbres de Cuscatlán. Luego dice con tono solemne:

“Esa es la casa de fulano de tal. Fue uno de los dirigentes revolucionarios en la guerra.”

Quién sabe si en el futuro ese u otro fulano sufrirá un secuestro, y que un escritor graduado de la ESEN decida contar su historia décadas más tarde. Lo que sí queda claro es que tenemos un nuevo Monte Olimpo, y que el resto de los salvadoreños –nosotros– no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que nos caiga la próxima tormenta. Con su novela, Marvin Galeas aportó un grano de arena a esta discusión tan necesaria.

 


javier_kafie-perfil.jpgJAVIER KAFIE (México, Distrito Federal, 1982) creció entre México y Centroamérica, luego realizó estudios en Estados Unidos y Alemania, especializándose en literatura, cultura y medios de comunicación por la Universidad de Siegen. De 2004 a 2008 ejerce como editor y colaborador en las revistas literarias Fool on the Hill y Polyphony Online, y como traductor de artículos académicos. En 2009 regresa a Centroamérica, y en 2011 dirige el corto documental «Perkín». En 2014 dirige el documental «Cuatro Puntos Cardinales» y el corto ficcional «Perfectos» (finalista en el Festival de Cine Español Notodofilmfest). Sus cuentos han sido publicados en revistas literarias salvadoreñas, así como de México, Cuadrivio, y de los EEUU, The Acentos Review. Vive en San Salvador, El Salvador, y trabaja como escritor y cineasta.

En la fotografía: Jaime Hill (derecha) con el senador de Massachusets Ted Kennedy (izquierda), en Washington, D. C. Cortesía de la familia Hill.