Jorge Ávalos: “La máscara y el rostro” (poesía)

De la imaginación exhuberante del dramaturgo y narrador salvadoreño, nos llega esta parábola sobre los límites de la historia ante la belleza.

Jorge Ávalos
La Zebra | #23 | Noviembre 1, 2017

Era la hora del fuego y de la ira.
Pueblos desdichados —como tierras
incógnitas en un antiguo mapa—
se hundían bajo mares
de papel y tinta. Desde sus altas torres,
las iglesias blandían sus campanas
pregonando
el final
de todos los tiempos.
Así nació mi mayor empeño
en aquel entonces: presenciar
el último espectáculo
de La Historia. Eso esperaba ver
aquella noche,
cuando partí
hacia una montaña de ideas
escampadas contra un cielo de papel de china.
Era un dulce cuento. Allí, como en un teatro para niños,
estrellas de papel de estaño resplandecían, liberadas,
como espejitos de cinco puntas.

Me fui. Creo que vi la mano que se despidió
de mi inocencia, y creo que escribí un verso
agradecido para ella.

Era la hora del odio y la vergüenza.
La Historia escapó de su prisión de libros
y burló el alcázar del silencio.
A la sazón, yo era un tímido
aprendiz de mago. No estaba
en posesión
de todos mis poderes.
Aún no sabía
levitar
ni cruzar una pared
ni hacerme invisible. Tenía un solo
poder inútil: transformar y mudar objetos
con el poder de mi mente
—labor de nimios poetas y pintores,
de ramplones actos de circo—.
Yo quería más:
elucidar los secretos de la alquimia,
tornar en oro mis palabras.
Me fue imposible. Las ciudades crepitaban,
con espanto, en el fuego.
Mi sombra ardió en las llamas
de una pira de miserias:
una ciudad llamada San Salvador,
hoy perdida y olvidada para siempre.

En un día como éste —cuando la muerte
se ovilla en la esperanza—
alcancé la cumbre de una montaña.
Las ideas, escampadas
contra un cielo abierto,
resplandecían como auténticas estrellas.
Seres enmascarados me recibieron con asombro.

“¿Dónde está tu rostro?”, me preguntaron.

No sabía de qué me hablaban;
tampoco supe qué responder.

“Mira”, dijeron.

Entonces vi el campo
de las miradas
perdidas. Aquí y allá,
desperdigados por el ímpetu de La Historia,
había miles de dóciles máscaras.

“Toma”, me dijeron, ofreciéndome
una cara que destilaba pureza.

La tomé entre mis manos.
Miraba sus labios yertos
cuando los ojos se abrieron y me vieron,
asombrados. La tiré al suelo.
Tuve miedo,
y sentí repulsión de mi propio temor,
pero comprendí que mi orfandad
era una forma de libertad:
Entre el sí y el no,
mi trémulo Yo
se afirmaba.
Me negué a usar un rostro ajeno.

“Con tiempo”, dije, “la magia o el amor,
¿quién lo puede decir?, hará lo suyo”.

Por diez años dormí
en las acuosas oquedades de la paciencia.

Un día de tantos,
vi mis nacientes rasgos en el ojo de un venado.
Trémulo, entre pájaros y bestias,
me precipité al fondo de la quebrada,
y en un remanso de agua clara
vi la belleza quimérica de mi propio rostro,
los ojos negros iluminados como piedras de raro valor.
Era tan bello como un ángel,
y lo sabía. Y esa belleza
me hizo impúdico y leal
a la belleza y al amor.
Nada digas. Lo sé. No debería hablar
de estas cosas. Si lo hago,
es porque incumbe explicar
el origen de mi mágico espejo:
mi escritura hechizada por el tiempo.

En oro se tornan
mis palabras
porque son y porque admiten
una verdad sin historia:
La belleza existe.

 


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JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel(2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014. Sitio oficial: Imaginador: jorgeavalos.com

Fotografía de “Aldaba con el rostro solar de Hunahpú” por Jorge Ávalos.