David Escobar Galindo: “El cazador y su destino” (poesía)

Imaginación verbal, perspectiva crítica e inteligencia lírica se hacen evidentes en esta breve introducción a la vasta obra poética de un clásico moderno de El Salvador.

David Escobar Galindo
Selección e Introducción de Jorge Ávalos
Caricatura de Toño Salazar
La Zebra | #26 | Febrero 1, 2018

1. Introducción

Poeta prolífico y de muy variados registros, David Escobar Galindo (Santa Ana, El Salvador, 1943) aborda una amplia gama de contenidos, tanto en sus dimensiones realistas como metafísicas. El asombro cotidiano, el erotismo, la violencia política, la actualidad histórica y la experiencia mística encuentran lugares privilegiados en su poesía. Uno de sus temas transversales es el tiempo: hay un tiempo histórico, el cual puede ser una fuerza destructiva, pero este contiene a su vez el tiempo humano, el cual puede ser una fuerza constructiva. La memoria ocupa, por lo tanto, un papel preponderante en su examen permanente de cómo el ser humano interpreta, resume y asume la historia para sí mismo. La imaginación y la sensibilidad no son ni engaños ni filtros de la realidad: son la realidad misma del poeta. Así, la obra de Escobar Galindo es la gran construcción de una ciudad imaginaria: ahí se encuentran los personajes reales e ideales de su infancia con los seres y la historia del ahora; y los jardines fantásticos de la memoria se conectan con los paisajes capturados por su palabra en sus viajes de adulto por el mundo.

Tradicional e innovador a un mismo tiempo, educado para el clasicismo pero gran antropófago de la modernidad, Escobar Galindo pertenece a la rara estirpe de los poetas de auténtica tradición hispánica en Latinoamérica, diferenciándose de las corrientes vanguardistas forjadas bajo el influjo de modelos franceses o anglosajones. En ese sentido, su vasta obra es comparable a la de Ricardo E. Molinari en Argentina o a la de Vicente Gerbasi en Venezuela.

También un prolífico narrador y ensayista, de entre su obra poética cabe destacar: Campo minado (1968); Extraño mundo del amanecer (1970); Duelo ceremonial por la violencia (1971); Vigilia memorable (1971); Discurso secreto (1974); El corazón de cuatro espejos (1977); Sonetos penitenciales (1982); Universo neutral (1984); Siete vilanos (1989); Oración en la guerra (1989); Jazmines heredados (1992); Devocionario (1995); Dios interior (1995); Árbol sin tregua (1996); Esquirlas y vilanos (1997); El viaje circular (1999); Guijarros de humedad (2000); Hombre hacia Dios (Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, 2011).

2. Poemas

Conocimiento del paisaje

De miel espesa, antigua, es la piel de tus hombros,
imagen firme, humana, de mujer envolvente,
toda aroma quizás como leche espumosa,
toda sabor quizás como azúcar sin miedo.
Leve sudor de fruta sobre un muro pensado,
fruta de madurez perdida en el zodíaco,
toda brillo quizás como intensa naranja,
toda aliento quizás como pan inminente.
Y yo el sediento, hambriento, saliendo de la sombra.

La ciudad en la mano de un niño

Detrás del muro, la ciudad del tiempo.

Y aquí un pequeño nombre,
una calle,
la pista de un silencio.

Donde llega la infancia
con sus ojos vacíos
a recoger las hierbas
que no alcanzó
a llevarse el viento.

Es un extraño mundo
de ternura.
Un mundo de palabras
que se quedaron solas,
prendidas de las ramas más altas del misterio.

Ah y este sol punzante
que todo lo revela,
que todo lo desnuda,
que todo lo hace próximo
y directo.

Por favor: que alguien cierre
la puerta unos instantes.

Que por un universo de ahí afuera,
hay tantos universos aquí adentro.

El cazador y su destino

I

Toco tu piel, y encierra una luna florida,
gajo de olores verdes o llaves del espacio,
y entre las resonancias,
minas de sal que esconden el tesoro sombrío,
por donde el cazador cambia de rostro y alas,
gana la fiera música del asombro sin ecos.

Y así es la posesión
del cuerpo abandonado a las primeras luces,
diversión de la alquimia tras el número,
nitidez del cabello que se esparce
sobre la mano abierta,
gravitación de azul y felina garganta
en que se restituyen los metales
a su avidez del aire respirado, latido:
como pudicia de paisaje en trance,
con castillo incendiado y sien de fondo.

II

Ah destruida y total sabiduría
desde el beso que enciende
la pupila en el seno,
la niebla en la cintura,
la turquesa en el pubis;
y una respiración de mar alzándose
donde aún están vivas las sirenas.

III

Así toco tu piel, y es tocar sin memoria
a una de las puertas de bronce del espíritu,
la más fija y sagrada,
ondulante visión de ventana llovida,
fervor del mitológico frutero,
luces rojas bebiéndose mi orillada penumbra.

Te deseo, mujer, tierra magnética,
árbol conjetural de la muerte y la vida,
cuerpo vivo, lustroso, fehaciente, alentado
por la fertilidad de los colores.
Paradójica ciencia del beso y del regreso,
a través de una sábana
donde la luna duerme con los ojos abiertos,
olvidando quizás que el día te levanta
con sus brazos de espuma más verde que la sangre,
y ahí en el filo de la franca puerta,
agonizan y ríen los jardines sitiados por el viento.

IV

Sangre, fibra, epidermis, veladura,
mi deseo plural se solivianta,
transparencia, crisálida, garganta,
hasta el sol de la sabia quemadura.

Pan, fragancia, materia, levadura,
y el amor es un símbolo que canta,
tierra, impulso, fulgor, misterio, planta,
anillado a profética cintura.

Ojos, alas, caricias, sedimientos,
contra el sol otra luz, ya transitiva,
lengua, párpados, músicas, alientos,

va encendiendo en la flama que cautiva,
senos, lunas, espaldas, pensamientos,
la embriaguez de mi sombra, mientras viva.

V

Y ahora me adelanto
a decir que ninguna fantasía
es mayor que una dalia,
o que un vaso de agua fresca,
o que una mano rugosa,
o, sobre todo,
que la mirada,
el tacto y el aroma del amor.

Toco tu piel, por eso,
y se hunde en la conciencia
la mitad de mi ser fantasioso.

VI

Es un agua de luz en la copa del tiempo
la que bebo al mirarte,
dueña del largo río caudaloso
cuyos guijarros son frutos de sal y bruma,
pedacitos de llama con sabor a canela
humedecida en el deseo.

Es un agua de luz, una dicha de paso
por el camino de alfombrada hierba,
saturación del ánima
que oye manar la miel
entre lo oscuro,
en la otra cara del instante,
que no es la eternidad sino un pulso sin nombre.

Así floreces, radical turgencia,
liquidez favorable del destino,
apareciendo y desapareciendo
como mi boca oscura
entre tu pelo transparente.

VII

Desde ahí, desde la mesa sola,
desde el aire en que nadan en su aceite sangriento
los ojos de Leopardi,
desde el polvo que mancha un cuadro, un traje,
desde ahí se incorpora el mediodía que inventé
quemándome en su soplo.

Ah invisible corteza,
cadera de gloriosa porcelana,
y una respiración descalza en mis oídos.

Después,
el corazón es una capitular de fuego,
principio del idioma
que se desangra en lucha indescifrable,
drama floral,
tiniebla del quemado raciocinio.

Las flores y las sombras custodian el amor,
personifican el cuerpo besado,
desatan el sabor y el ardor de su música.

Y así todo comienza
en el momento de extinguirse.

El caballero de Magritte

Caminaba por calles
donde la luz se demoraba mucho,
quizás contando gajos de San Carlos.
Eran esos lugares apacibles,
de inmóviles señoras a las puertas
y costureras en un fondo de humo.
Yo no nací para las avenidas
—hago una salvedad: Campos Elíseos—,
sino para los quietos callejones,
para los caminitos con recodos.
¡Es una ceremonia tan magnánima
la de admirar antiguos adoquines,
con ojos inocentes que nos siguen
desde el gastado albor de los encajes!

A la par de las verjas,
los pequeños jardines eran reinos
donde una rosa siempre gobernaba.
Una rosa distinta cada día:
la de ayer más fragante,
la de hoy más empinada,
la de mañana casi con luz propia,
la de después con tiernas telarañas.
Era tan dulce el aire
como si hubiera hecho la siesta
junto a la dulcería «Las Gardenias»;
y yo, cuidándome de no ser visto,
cortaba un ramo de aire,
y lo iba saboreando hasta el cansancio,
con la perseverancia del profeta.

Alguna vez, las calles
se llenaban de lluvia:
era como si todas las cortinas
se rebelaran tras de sus balcones,
con un murmullo alegre y recatado,
que le daba al ambiente
esa ternura de filial crepúsculo.
No sé por qué la lluvia
siempre me sorprendió cuando la tarde
ya no tenía apenas resplandores.
Era una lluvia viva, desde luego.
Una lluvia caliente y vaporosa.
La lluvia que sonaba entre los árboles
como la antigua y auroral marimba,
tocada por ancianos.

Me enseñaron las calles
la paciencia del río cotidiano,
la claridad humilde del remanso
que refleja una garza imaginaria.
Supe después la fuerza de los ríos,
brilló después la espuma entre mis dedos,
ese después se fue volviendo espacio
donde ya era posible
inventar una estrella.
Pero nunca dejé de caminar
por las calles tranquilas, suburbanas,
igual que el enlutado personaje
de Magritte, sin edad, siempre de espaldas.
Quizás los muros se descascaraban,
quizás las puertas eran más herméticas.
Yo siempre caminaba por las calles
donde la luz se demoraba mucho,
donde la vida era el indescifrado,
sereno laberinto.
Nunca dejé de andar por esas calles,
porque sé que una de ellas desemboca
en la Plaza del sueño.

Las primeras audiencias

Las niñas fueron leves alimentos deseados,
frutas para el domingo que se duerme en la niebla,
y de sus ojos fui
naciendo como un río
nace entre el aguacero
que azota suavemente
la llanura. De aquellas
conversaciones llenas de palabras sin llave,
creció un amor al juego de las risas, y estuvo
tantas horas mi voz diciendo cada nombre,
que en los oscuro del cuarto aparecieron cuerpos
de niñas con un grave esplendor desvelado,
primera fantasía del sexo o de la música.

Los encajes se fueron
haciendo telarañas
y en cada uno fungía
una araña de oro,
una estrella de sangre…
Por la ventana vuela
la nube del invierno,
negra y umbilical como la sed que apaga
más que por la abundancia por el deslumbramiento;
y así pasó la sombra de tan hondos avíos,
sobre el papel quedaba perfume de cabellos,
luz de niñas amadas en pleno pensamiento,
cercanas como el dulce contagio de la niebla
que se elevó llorando
después de la ventana.

Después, una costumbre

La costumbre suavísima de soñar una mano
que descansa en el filo de la ventana, y es
dorada y tenebrosa a voluntad del tiempo.

Se levantó la niebla,
pero el invierno es dueño
de los cinco horizontes
(incluido el de mi mente);
desde esa gravedad de insectos desatados
me incorporo al poder de las tensas imágenes,
de las que no se sale sino a fuerza de luto
o tras la rebelión de la propia inocencia.
Por eso el tiempo es más vulnerable que el agua
donde queda memoria del menor movimiento;
igual pasa al misterio de las transformaciones
de cada quién y todos: es superior al tiempo,
mayor que la palabra más sagrada e inmóvil,
intensamente puro perfume fantasioso.

¿Quién dijo que hay espejos que acobardan la sangre?
Al pie de la ventana comienza la espesura,
árboles que la noche no hizo negros, por el
contrario: ellos alzaron cuerpos incorruptibles
donde en vano mis ojos atisbaron luciérnagas;
el paisaje resiste la munidad más honda,
recoge el peso mudo del que trabaja, y tiene
tanto silencio que hasta las estrellas se afligen
y tiemblan como gotas de recóndito ajenjo.

En la tierra abandono
mi ajuar etimológico,
y las hormigas van
mezclándolo con pétalos…
De ahí sólo me queda la costumbre suavísima
de soñar una mano que jamás se levanta.

Me despierto en la noche

Me despierto en la noche —media/noche:
qué alegre: noche entera, noche íntegra,
como un toro dormido
en la paciencia aterradora de su semen.

—Y al despertar ya no prendo la luz:
suenan bombas lejanas,
lejanas en el fondo de un soneto de Góngora
—pastilla o caramelo—.

Y de esas palabritas espumosas
se levanta un olor
de tierras con fogatas,

de ciudad con las uñas
creciéndole
hacia adentro.

7-V-81

Centroamérica en la hora undécima

¿Qué  tierra es ésta, amigos?
¿Qué nudo de la Historia?
¿Por qué después de siglos
de anonimato surge la furia del tiempo,
a la malicia de los grandes foros,
al tableteo de los teletipos?

¿Qué edad es esta, amigos?

Sin duda una violencia sorda nos corroía
desde hace muchos látigos,
desde hace muchos hierros y alaridos;
y humea aún el aire desde tantas espaldas
que huyen a pie, sin fin, por los caminos…
¿Pero qué muerte es ésta,
qué máscara de jade sobre tantos suplicios?

¿Qué sangre es ésta, amigos?

¿Qué nudo de la Historia
contemporánea ardiendo,
gordiano y tan sencillo?
¿Cómo dimos el salto al New York Times?
¿Qué voces nos llevaron hasta la BBC?
¿Cómo tenemos ya un completo file
en Amnesty International?
¿De qué diabólico destino
seguimos siendo arúspices sin poder, sin audiencia?

¿Qué muerte es ésta, amigos?

Un soplar de las vidas consumadas,
consumidas en tensas y amargas utopías
que de pronto son preces confundidas con himnos;
un soplar de las vidas entre el humo
de la necesidad y la esperanza,
confundido entre brasas y ojos fijos.

¿Qué tierra es ésta, amigos?

¿Qué piedra es ésta: pájaro quemado?
¿Qué edad es ésta de almas ya no en pena,
sino en penuria de montaña en vilo?
¿Y hacia qué boca anónima del túnel
rueda este tren inmenso de presagios,
con la velocidad pavorosa del símbolo?

¿Qué guerra es ésta, amigos?

Al primer albor

La herida del país era mi herida.
Lo supe cada vez que despertaba,
porque a diario el costado me sangraba
con sangre para mí desconocida.

Esa herida era mía en la medida
que el país malherido me habitaba,
volcán secreto de angustiosa lava,
lago exterior de lluvia conmovida.

Y si el país herido desbordaba
su sangre por mi vena más henchida,
yo en su río más hondo navegaba.

Por eso ante la luz recién nacida,
el corazón que apenas alentaba
hoy, herido de luz, tiembla de vida.

En vuelo entre Nueva York y San Salvador,
1 de enero de 1992.[1]

Adviento

Lo único inmortal es la búsqueda de un cuerpo
—ese cuerpo elegido en la sábana de los ilusos—
que nos repita como las llamas del infierno feliz.
Unos cabellos que interrumpan nuestro desvelo por la duna.
Unas sienes con el metal de las coronas fabulosas.
Unos ojos con las alas húmedas y celestes.
Unos labios de intrépida y alevosa cereza.
Un cuello de flor de magnolia.
Unos hombros para túnica de semidiós.
Unos pechos en plenilunio circular.
Un ombligo imaginado por la inocencia de Petrarca.
Un oasis de púbicos helechos.
Un manantial sexual con el espejo al fondo.
Unos muslos de espesa madera inmemorial.
Unas rodillas de ámbar.
Unos pies como fieles guerreros de la Ilíada.
Y la perplejidad del fastuoso milagro
en la ciega ufanía de la sangre.

El viaje circular, 1999.

 


NOTAS

[1] Escobar Galindo fue un negociador y signatario del Acuerdo de Paz que concluyó 12 años de guerra civil en El Salvador. Esta acotación se refiere a su viaje de regreso al país tras finalizar con éxito la negociación de la paz el 31 de diciembre de 1991.