Claudia Lars: “Dulcemente en guerra” (poesía)

Una muestra de la diversidad temática, la belleza verbal y la técnica impecable de una de las grandes poetas de latinoamérica en el siglo XX, la salvadoreña Claudia Lars.

Claudia Lars
La Zebra | #27 | Marzo 1, 2018

Sirena

Va sobre espuma alzada, casi en vuelo,
sin rozar el navío ni la roca
y la distancia abierta la provoca
un doloroso afán de agua y de cielo.

El canto suelto, desflecado el pelo,
de la tierra inocente, grave y loca;
encendidos los sueños y en la boca
la extraña sangre de una flor de hielo.

No es el tritón quien le transforma el pecho,
ni el querubín se inflama entre sus labios
para beber después llanto deshecho.

Un hombre, nada más… Con brazos sabios
la tiende sobre el peso de la tierra
y allí se arrastra dulcemente en guerra.

El forastero

(Relato de un sueño y un trayecto)

El mar y la sirena…
¿Cómo vivir en tierra si me llama
con sus brazos flotantes
y su dispersa voz, de curvos ecos?

Al riesgo por buscarla;
por perseguir su ingrávida cintura;
por entrever sus pechos, casi flores,
y sus esquivos ojos inmortales.

Bajo el sol presuntuoso
y las traidoras lunas de Simbades,
buscando siempre nuevas lontananzas
desde un silencio triste de cabina.

Así, yo… el solitario…
navego nubes y el pesado oleaje,
movido por los vientos que conocen
este secreto, de volubles arpas.

Ella ríe y penetra
al más gozoso palpitar del agua,
y luego asoma glauca… rubia… lila…
encendiendo burbujas con sus labios.

Rumorosos listones
lleva en la cabellera sumergida,
y a instancias de la espuma traza un sesgo
de hirviente nácar, de ágil salto frío.

¡Poetas virginales,
cantad su espejo donde vuela ánade,
su peine de oro, su clavel de vidrio
y una patria convulsa y sin horario!

Fue en mi infancia de isla
cuando la vi por líquidas llanuras,
escondiendo mil años de leyendas
y rodeada de niebla y cardumen.

Pasaban los navíos
anunciando lejanos litorales;
pasaban juncos finos, entre arenques,
y también los flexibles nadadores.

¡Qué vacación playera,
con novia tan cercana y tan distante!
¡Qué atisbo ansioso, en el acantilado,
soñando muros de una casa náutica!

Los albatros, en fila,
señalaban mi rumbo desde el aire;
cielos que iban cambiando de colores
me daban puentes, lámparas y mástiles.

Iba yo, con mis botas de diciembre,
a oír su nombre en pleamar helada;
iba descalzo, en un abril de lilas,
a dibujar su rostro en dunas pálidas.

Junto al barco nocturno
—a babor, a estribor, pez o llovizna—
estaba con la estrella y con la sombra
y era la realidad y lo imposible.

Después, cerca del muelle
y en el tibio descanso de la rada,
su palabra de sal contaba cuentos
de una tierra de pájaros que hablan.

¡Oh, huésped del abismo,
desnuda hasta su vientre de magnolia!
(Estoy al borde de un tangible encuentro
y de un amor conforme.)

¿Es posible que ahora
la mire aquí… dormida entre las hojas?
¿Es milagro que en piernas tan humanas
se haya partido el ónix de su cola?

Ya su cuerpo es terrestre;
ya huele a musgo tierno y a piñuelas.
Mi mano del timón —mi mano amarga—
se vuelve jardinera.

La ciño contra el pecho,
devorándole miedos y estatura.
Le sembraré este viaje en las entrañas,
con sus ciegas tormentas y sus lunas.

Marabela entre palmas,
flor de distancias sobre el suelo rojo.
Burlona que así cambias de vivienda:
¡el faro nos conoce!

Es cierto que llegaste de tu arrojo

Es cierto que llegaste de tu arrojo
hasta mi cuerpo dulce y sorprendido.
Amor había estado entre mis lágrimas.
Nunca en la oscuridad de mis raíces.

Llegaste con tu incendio sobre el agua,
con tu pecho de sal y tu camisa.
Yo habitaba el solar de los recuerdos
y era mi corazón como una isla.

De pronto te miré, dándome el mundo,
sin más poder que tu bandera libre.
¿Qué arboleda lloraba en tu silencio
y qué historia de oleaje en tus heridas?

Sudoroso de fuerza y de trayecto,
íntimo del adiós y del peligro,
en mi suave verano por las rosas
fuiste cálidamente precedido.

Yo adivinaba los secretos gajos
y el hondo valle, más que paraíso…
Todo el horario de palomas súbitas.
Todo el abrazo de mi propio abismo.

Pero la tierra no me aprisionaba
con el nudo caliente de sus limos.
Era del sueño, como flor de nubes,
y era del aire, como golondrina.

Alarmó mi quietud aquel llamarme,
aquella fuerza tuya, detenida.
¿Cómo negar que en el convulso encuentro
tuve la luz terrible y la ventisca?

¡Qué importa que tu rosa nos dejara
tan sólo su aromado torbellino
y que perdure, en el correr del tiempo
el corazón punzante de la espina!

Hablaré de mi suelo poderoso,
de la angustia, la sangre y el olvido.
Tendré un país dorado en la memoria
y en la frente un camino de ceniza.

“Sobre rosas y hombres”, 5, Donde llegan los pasos, 1953.

Tengo que decir de dónde vine

Tengo que decir de dónde vine,
porque todos los que conmigo llegaron
han olvidado aquel país sin cuerpos.

Aquí desde el fondo de mi sangre,
avanzo por este impulso hambriento
como una dolida bestia inconclusa:
¿No cantaré mi orilla de paraíso
y el áureo corazón de esbelta luz?

La tierra de ahora pertenece a mis manos,
pero hay detrás una fronda de recuerdos.
Alguien evoca las rutas del éxtasis,
el puro dominio del amor sin quebranto,
y las formas que parecen bellas durmientes
en una profunda y quieta revelación.

Ahí comienza la idea del nardo
abriendo su aromado triunfo
sobre la suave amistad de la colina;
también el contorno del pájaro más leve
y la alegría del niño que pasa
con su dulcísima boca de flor.

De arriba, de tan alto
que nadie podría alcanzar su poder primero,
bajan en blancos torbellinos los fuegos esenciales
—los que no queman todavía ni tienen órbita—
y la fina semilla del alma
ya señalando su pesada vivienda.

Entonces inventa el silencio sus cítaras de musgo
y el sonido sus palabras creadoras;
penetra el dolor al sueño de estos caminos,
al brote más intacto de los deseos
y al corazón que no conoce su dibujo.

Es la trémula escala,
es el descenso joven
y el lento retorno por hostiles peldaños.
Midiendo nuestro arrastre nos alienta El Que Sabe:
el huésped de los labios que alumbran.

Exilada estoy, exilada,
y a la vera de lo eterno quiero aprisionar un esparcido semblante
¿No veis que ando llorando por la casa de los mortales
y que de nombres inestables he recogido mis coronas?

Sí,
yo advierto lo incorpóreo
y los pálidos viajes que salen de las tumbas.
Anoche me aleccionaba un lucero,
y en el otoño que entrega el árbol amarillo
me duele la edad de la memoria
y esta carne sorda o anhelante
que es el terrible amarre de mi otro ser.

A decirlo me obligan,
a revivir lo que se niega o se borra.
En trance de cante debo explicarlo,
para que las cosas no renazcan tan ciegas
y una paloma vuele de aquella piedra de odio.

Le llamo mi paraje,
mi espacio de unidad y de absoluto deslumbramiento.
Está adentro y afuera, en las zonas inefables,
aun reciben y empujan los ríos del tiempo.

Pienso que el tiempo se ha resuelto en mis ojos
y es algo así como un engaño de colores.
Del latido de una lágrima brotó su siempre fugarse
y trenzando con la distancia
burla o desgarra nuestra pobre pequeñez.

Contra los ayes de soledad y el que va por mi deleite,
contra el deleite y el temor que están siempre esperándome,
contra todo batallo para salvar mi otra estatura
y en medio de los contactos soy la despierta de medianoche.

¡Oh fuerza de aprenderme en estos nudos de pena,
cambiando lámparas y repitiendo pecados!
La verdad me ha encendido un jardín dentro de un libro
y anuncio a los pocos que me entienden
las luces más sencillas y próximas.

“Los dos reinos”, 1, Donde llegan los pasos, 1953.

Cuerpo: casa profunda

Cuerpo: casa profunda
donde el ángel esconde su secreto;
tu sombra le circuncida
y tu sangre le inunda
de humano palpitar, vivo y completo.

La luz que nace, ardiendo,
y habla en fulgor más que en palabra oída,
aquí me está diciendo
que con su ayuda enciendo
alta verdad, apenas comprendida.

Memoria de aquel vuelo…
Descenso en constelada resonancia…
Un persistente cielo
recogido en el ansia
de alcanzar con el pecho la distancia.

Pedir sobre la tierra
rostros que alumbran, lumbre que humaniza;
saber que estoy en guerra
con mi propia ceniza:
¡puñado de la tierra movediza!

Es el ángel… lo siento
aletear como blanca mariposa;
urgido sobrealiento,
tenaz presentimiento
de un despertar en patria más dichosa.

¡Mirad mi paso triste
buscando… por el bosque tan oscuro!
Guardián de lo que existe
inclinado me asiste,
dándome briznas de su día puro.

La historia del suspiro,
el sueño todavía encarcelado,
mi noche y mi retiro,
tu mar atormentado,
forman su cuerpo y alzan su cuidado.

Gramilla, banderola
de palma joven, de poder que mece
en el nido y la ola
lo que nunca envejece:
ángel que en tierra lucha y permanece.

¿Quién no vio cuando llega
—alado amor— a formas silenciosas?
Fragante se me entrega
en un ramo de rosas:
ángel de flores y pequeñas cosas.

Sobre el áspero helecho,
entre juncos y venas de agua pura,
hunde manos y pecho
y verdea y madura,
vistiendo y desvistiendo su hermosura.

Hasta el cardo rastrero
tiene un ángel silvestre que ha tejido
con delicado esmero
y afán inadvertido
la flor de las espinas y el olvido.

Mi soledad consciente
del portador de esencias inmortales,
halla en mi propia frente
—tras la puerta doliente—
el reino de su vuelo y sus señales.

Sobre el ángel y el hombre, Parte I, 4, 1962.

Juan Silvestre

Su pie descalzo
quiebra con igual indiferencia
yerbecillas sin nombre
o el tallo más amoroso
del espliego.
¿Acaso entiende lo que son
estos octubres vegetales?

Esconde sus poderes en un vientre
capaz de convertir
bagazos en sangre;
podría llamarse
endurecido-triste
o historia de continuos imposibles
que no acaba al dormir.

Supone que el amor es capricho
de ciertos miembros de su cuerpo
y una mujer le parece menos importante
que cualquier puñado
de cereales.

Sin embargo,
la que comparte su cama
noche tras noche
como hembra sumisa,
sabe que dentro del huraño inexplicable
vive y trabaja
un padre de muchas bocas.

Ella se cree amarrada al silencio que la conoce
y a ciertas intimidades
del afán masculino.
También a ropas que el hombre lleva
sobre agrios sudores
y al fin deja caer en un rincón de la cabaña
como si fueran hojas hediondas.

Juntos han padecido
innumerables secretos domésticos
y costumbres ya transformadas
en niños.

Cuando suenan entre alcoholes de velorios
guitarras y lamentos
casi se atreven a revivir
algunas lágrimas,
sin hablar de la pequeña envuelta en adioses
que se enterró bajó ramos de jilgueros.

Extraños visitantes les traen
—en secreto—
promesas luminosas:
cielo y tierra entregados a los pobres
cuando las cosas den vuelta
al revés.

El hombre, confundido,
deshace con los pies
flores de una begonia.

Si de pronto se le ocurriera
golpear el suelo con todas sus fuerzas,
quizás nuestro mundo se rompería
como suave terrón.

Simples creadores

Acomoda sobre césped de junio
el dulce cansancio
y espera allí —ya segura de su cuerpo—
embellecida por sensual abandono.

Hace un momento era llama completa
y en esplendor se derramaba
el amoroso sumergido.

Siente ahora,
sin explicarse dos lágrimas,
algo de sal profunda
en la humedad más espontánea de su lengua.

El hombre —el compañero—
quiere olvidar un acto joven,
tan de jóvenes;
pero lo atraen fragancias de aquella cintura
donde pasiones y hurañeces
continuamente se entremezclan
y renuevan.

Ninguno de los dos entiende lo que ocurre
más allá de la simple experiencia:
semidormidos habitan
sus cuerpos
dejándose arrastrar
por mareas de sangre,
nocturnos en cada impulso
de los instintos.

¿Sabe la tierra cuando alguien la siembra?
Grano de humanidad ha caído
en refugio débil,
mientras preparan su brote
oscuras raíces
y se extiende en confiada quietud
la noche guardaverdes.

¡Dejad a los felices golosos
comiéndose la vida con hambre de pobres!

No cambiarían por todos los astros
tan humana fiesta
del suelo.

Gracias, mi tierra

Por estos ventanales que entregan el paisaje,
por los ríos menores y tu gran padre-río;
por dragones ardientes que del volcán se escapan,
por doseles de musgo y cunas de semillas,
gracias, mi tierra.

Por el redondo amparo del amate llanero,
por las ceibas abuelas y su alada familia;
por silencios de aroma donde el verde es tan joven,
por la flor-mariposa, novia de colibríes,
gracias, mi tierra.

Por el candor risueño que tiene el ojo-de-agua,
por los cañadulzales y los bancos de lirios;
por las islas de pájaros en medio de los lagos,
por el pájaro inmóvil que descubro en la orquídea,
gracias, mi tierra.

Por el colegio en charla de los patos vulgares,
por la celda de barro en que vive la avispa;
por el alto columpio de la ardilla instantánea,
por la tornasolada piel de la lagartija,
gracias, mi tierra.

Por la yegua dormida entre mentas nocturnas,
por el perro del pobre —humano en su vigilia—;
por las ubres que filtran anises y albahacas,
por el gallo endamado, con el sol en el pico,
gracias, mi tierra.

Por el húmedo surco en que el maíz se siembra,
por la tierna mazorca y el vaivén de la milpa;
por el tibio panal, anegado de flores,
por las humildes yerbas de todas las cocinas,
gracias, mi tierra.

Por la solar naranja y el limón curandero,
por la sangre del bálsamo, que es la sangre del indio;
por la flor del izote —tan nupcial entre espadas—
y por el conacaste, isla de golondrinas,
gracias, mi tierra.

Por el tabaco anciano, mantenedor de ensueños,
y por el chocolate en su labrada jícara;
por el chile que pone diablillos en la lengua,
por las mil y una noches del café y sus amigos,
gracias, mi tierra.

Por la cal de mis huesos que viene de tus cales,
por tu suelta abundancia, por lo que das y quitas;
por mi casa sembrada en tu pecho valiente,
por mi verso de siempre, que es tierra siempre viva,
gracias, mi tierra.

 


claudia-lars

CLAUDIA LARS (1889-1974). Poeta salvadoreña. También editora de la revista Cultura de El Salvador por una década y columnista frecuente en varios periódicos. Reconocida desde muy joven por su dominio de la métrica y por un transparente estilo postmodernista, su poesía dio un giro temático radical con sus Romances de Norte y Sur (1946). Ese mismo año afirmó su presencia en la poesía salvadoreña con un cuadro de polícromías verbales y métricas sobre San Salvador en Ciudad bajo mi voz (1946). En sus siguientes libros, admirados por poetas e intelectuales de todo el mundo, evolucionó hacia formas más libres y hacia una poesía cada vez más compleja y rica en cuanto a forma y contenido. Destaca, entre estos libros, un largo poema de aspiración mística, Sobre el ángel y el hombre (1962), pero su obra maestra podría ser una trigolía de poesía autobiográfica, muy admirada por Gabriela Mistral, y conformada por los siguientes títulos: Donde llegan los pasos (1953); Fábula de una Verdad (1959); y Del fino amanecer (1964). También es autora de un popular libro de memorias: Tierra de infancia (1959). Sus últimos dos libros la muestran en su momento más libre y, paradójicamente, más juvenil: Nuestro pulsante mundo (apuntes sobre una nueva edad) (1969) y Poesía última (1975). Aunque el oficialismo suele enfatizar su poesía infantil o los sonetos amorosos de su primera etapa, Lars incursionó en la poesía erótica, la exploración de la memoria como afirmación y construcción de su identidad como mujer, y la crítica social y feminista.

Arte de J. W. Waterhouse: “La ninfa”.