Salarrué: “La mujer cuscatleca” (ensayo)

En 1931 el gran escritor salvadoreño abordó la espinosa cuestión sobre la diferencia entre el sexo y lo que ahora llamamos “género”, en este ensayo, tan iluminador como divertido.

Salarrué
La Zebra | #27 | Marzo 1, 2018

Es indiscutible que la mujer cuscatleca tiene algo excepcional. ¿Por qué? Diréis: porque la mujer cuscatleca es muy hombre. ¿Locura? No, no es locura. Basta divagar un rato sobre este asunto, para convencerse. Téngase entendido desde un principio que no es nuestro objeto totalizar, ya se sabe que en toda regla hay excepciones, y en este caso no sólo las hay sino que parece ser que las cosas van cambiando poco a poco, como veremos al final.

La mujer cuscatleca es el hombre, y el hombre, sabiéndolo así subconscientemente, se pone triste, se echa a beber y empieza a gritar a todo cuello: “¡Soy muy hombre!”. Y lo grita porque no lo cree, lo grita para engañarse él mismo, para hacerse la ilusión…

Hace algún tiempo, un amigo nuestro llegado del exterior por vez primera nos decía: “No sé, el hombre salvadoreño me parece afeminado y tristón, mientras la mujer parece fuerte, robusta, libre, airosa y valiente”. Y así es, usted y yo, todos estamos de acuerdo en eso.

Si fijamos la atención por un rato en la mujer del mercado (hay una clase de mujer que se llama así), nos damos cabal cuenta de que esa mujer, juntamente con el campesino varón, que chapoda y ara, raja leña y pesca, representa la fuerza racial, la parte activa y sana del pueblo cuscatleco. Mientras el hombre deambula, fumando y piropeando, o se estaciona en las esquinas o platica arrimado a las paredes, o se está en la cantina tirado de puro puerco, baboso y repugnante, esta mujer, que es su mujer (porque desgraciadamente no puede ser otra cosa), batalla en el negocio, aguza el magín para hacer la plata, pelea a veces con las vecinas para descargar instintos bélicos y es robusta y valiente hasta el grado de oponerse a las ametralladoras de los tiranuelos, si se hace preciso.

¿Y que me dice usted de la india de pura sangre que va por el camino real, con una carga a cuestas, carta tan pesada como ella misma, mientras el hombre, su hombre, camina a la zaga con unas alforjas o con el cipote en brazos?

El hombre de Cuscatlán es un zángano que por lo general vive de la mujer. Es hijo malcriado, marido o amante vil y tirano, y padre cruel. Esto por lo general ocurre con el llamado artesano al cual hay que saberlo distinguir del obrero. Es este artesano el tipo del seductor de barrio, rata de comité político (a donde lo lleva la vagancia y no su ideal), gritón de galería en los teatros, bebedor, chiviador y chismoso.

Haga el favor de meditar un momento y diga: ¿Quién hace aquí los más pesados oficios? ¿Quién lava, quién plancha, quién muele, quién trapeya, quién canasteya, quién cantareya?… El hombre se las da a veces de muy hombre, puyando transidos bueyes, puya y puya en las cuestas poniendo cara de mucho esfuerzo y de gran importancia. Cuando llega al beneficio o al ingenio o al mercado o a donde sea, se limpia la frente sacando el amplio pañuelo de color y dice: “Traiba carga muy pesada, mei hecho loco en esa cuesta infeliz”. En los cortes de café, está demostrado que la mujer logra cortar siempre más y mejor que el hombre.

De valor no hablemos; la mujer cuscatleca es más valiente, más heroica, más abnegada, más caritativa y, en una palabra, más humana que el hombre. Cuando la cosa aquella tremenda del 25 de diciembre de 1922, en que los esbirros atropellaron cobardemente a las mujeres desarmadas, a sus mujeres, ¿quién nos dice que el tirano, buen calculador, no tenían en cuenta este detalle de que lo que importaba era acobardar a la mujer, y así el hombre quedaba descartado, como en efecto sucedió?

Afortunadamente, como al principio apuntamos, las cosas van cambiando poco a poco y urge que cambien. Por muy hombre que sean las mujeres aquí, no son todo lo hombres que un pueblo necesita. No es hacerle un elogio a la mujer el decirla que es muy hombre, aunque los hombres así lo crean, pero es infinitamente más aceptable una mujer hombre que un hombre mujer.

Es entre los obreros donde pueden ya verse los primeros tipos de hombre, en una clase media que hasta hoy comienza a formarse, porque nunca la ha habido. Ha habido el rico y el camisudo, el de arriba y el de abajo, y en medio un abismo que espanta y que hace imposible el desarrollo cultural armónico del pueblo. Es este eslabón perdido el que empieza a formarse con el tipo hombre del obrero, jefe de taller, sin vicios, de ideas sanas; con el deportista, de recia musculatura y envidiable salud; y con la obrerita, humilde, despintada y limpia.

Vivir, revista diaria, año I, Nº 10,
miércoles 20 de mayo, 1931.

 


SALARRUÉ (1899-1975). Pseudónimo de Salvador Salazar Arrué, pintor y narrador salvadoreño, reconocido en vida por sus innovadores e influyentes cuentos costumbristas, en especial los reunidos en las colecciones Cuentos de barro (1932) y Cuentos de cipotes (1945), considerados clásicos. También exploró una veta de ficción fantástica al estilo de Lord Dunsany, en los libros O’Yarkandal (1929) y Remotando el Uluán (1932). Su novela breve El Cristo Negro (1927) es una obra maestra, una distinción que no alcanzó con sus otras tres novelas. En El Libro Desnudo y en Íngrimo (ambos publicados en 1969 como parte de su obra selecta), experimentó con una variedad de relato fantástico en el que se mezclan reflexión filosófica, surrealismo poético y un sofisticado humorismo lingüístico. Al margen del costumbrismo, escribió cuentos realistas y fantásticos que anticipan el realismo mágico, pero que no adquirieron mayor reconocimiento debido a que los publicó en colecciones misceláneas y desiguales que reunían relatos, ensayos y crónicas. Su primer libro, El libro más bello del mundo (Cuentos de Nueva York), permanece inédito.

Ilustración de Luis Ángel Salinas, cortesía del Museo de Arte de El Salvador.