Pedro Romero Irula: “Un niño de Early Sívar” (ficción)

La geografía urbana de San Salvador y su lenguaje coloquial, captados en este curioso retrato de un niño obsesionado con los ritos satánicos.

Pedro Romero Irula
La Zebra | #28 | Abril 1, 2018

—No hay puestos de tortas abiertas a esta hora, Barrios.

—Cómo no, yo conozco unas por aquí cerca, en la Colonia Roma. Si vamos, te invito.

—Sale. Sabés, ahora que hablás de la Roma me acabo de acordar de un niño que conocí hace tiempos. Fuimos juntos a catequesis, en El Carmen, no sé si te la podés. En la Roma queda esa iglesia.

—Ah, ya caí. ¿Qué pasó con ese niño, Norma? ¿Te gustaba?

—No seás pasmado. Se llamaba Marvin o Melvin o algo así, no lo recuerdo. Le pasaban unas cosas… Insanas. Era natural, si el pobre vivía en Early Sívar.

—¿Early Sívar? ¿No era Deep Sívar? Vos tenés una forma bien bayunca de dividir esta ciudad.

—No, son distintos Early y Deep Sívar, aunque tienen su terreno en común. Deep Sívar es nada más la mera oscuridad, el Mordor salvadoreño. Early Sívar es el distrito de las primeras colonias de San Salvador. La Flor Blanca, la Layco, la Roma, La Rábida, que es donde vivía este niño… toda esa zona. Una parte bien olvidada de la ciudad hoy en día, si te fijás. Ahí hay puras casas viejas y unos callejones todos estrechos. Early Sívar es casi una burbuja, fíjate. Tienen sus centros comerciales y sus colegios y sus negocios, todo ahí mismo. Y es una de las zonas más paranormales de San Salvador.

—En eso tenés razón. De ahí salen unas historias tan truculentas…

—Truculentas, cabal. Así eran las historias de este Melvin o Marvin. Oíte esto. A los dos meses de la catequesis nos estaban hablando de la gravedad de los pecados…

—¿Qué es la gravedad de los pecados, Norma?

—No sé, Barrios, no me distraigás. Pero nos hicieron una gran lista de pecados: desde darle paja a tu mamá con el vuelto de los mandados hasta matar gente e invocar demonios. Salimos a recreo y el bicho estaba todo paniqueado. Me le acerqué, le ofrecí unos churros, le pregunté si se sentía nervioso. Sí, me dijo. ¿Y por qué?, le digo yo. Y me sale con que hace unos años había intentado invocar al Diablo con unos vecinos en el parque de su pasaje, allá en La Rábida. Te estoy hablando de un mono pendejo que cuando lo conocí no pasaba de los trece años y ya había invocado al Diablo. Claro que esa vez fracasó, no pasó nada, pero el muy maje no se dejó decepcionar y trató otra vez en el baño de su colegio, un colegio católico, por cierto, y para más joder, fue en la noche de la pastorela navideña. Y esa vez le funcionó. Cagate de la risa, pero esa vez le funcionó. Dice que vio un brillo al fondo del baño saliendo del último cubículo. Bueno, no era exactamente un brillo. Más como un carbón encendido en una parrilla apagada, así me lo describió. Y que se acercaba a él como a giros la mierda esa, como si el brillo estuviera bailando un vals. Y por eso estaba paniqueando, porque decía que ya su alma era del Diablo.

—Eso es el trauma católico.

—Esperate, que esa sólo fue la primera historia. Al rato me vino a contar que había despertado algo malo en su casa.

—Mm. ¿Ajá?

—Resulta que para las eliminatorias del Mundial del 2006, creo que fue en Alemania, este Marvin hizo una apuesta con unos cheros del colegio a que la Selecta iba a clasificar. Y por supuesto que El Salvador no fue al Mundial y al pendejo le tocó invocar a Martita en su propio baño.

—¿Invocar a quién?

—Barrios, no me jodás. ¿El gran historiador de El Salvador sobrenatural no se puede la leyenda de Martita? ¡Jein! No andás en nada.

—¿Quién putas es la tal Martita, pues?

—Se supone que es una fantasma que vive en los espejos. Depende de quién te cuente la historia, pero a grandes rasgos creo que es el fantasma de una mujer asesinada o torturada o simplemente un mal espíritu, una demonia de Deep Sívar que agarra la forma de una mujer desfigurada. Entonces vos te ponés frente a un espejo a medianoche o a las tres de la mañana y susurrás su nombre tres veces. Martita, Martita, Martita. Y si lo hacés bien, podés verla y ella no te hace nada y quizás hasta preguntarle cosas. Pero si la cagás, te mata.

—¡Coma mierda! ¿Y cuál es el punto de hacer eso?

—Por la emoción, Barrios, ¿por qué más? Por salir de san vergón. O por pendejo, que fue el caso de Marvin. Se encerró en el baño a medianoche medio convencido de que nada iba a pasar. Es decir, Martita es de esas cosas que te tomás en serio pero en las que no creés de verdad, ¿me entendés? Sobre todo a esa edad. Bueno, volviendo a la historia, le empezó a dar miedo porque el baño estaba completamente oscuro. No veía nada. A puro tanteo adivinó dónde estaba el lavamanos y arriba de eso el espejo. Ya cuando estuvo en su lugar invocó a Martita. Al principio, dijo, no pasó nada, todo al suave. Pero después el baño desapareció. El pobre Marvin dice que corría de un lado para otro y tiraba manotazos al aire, pero no tocaba nada, ni las paredes ni el inodoro ni el lavamanos, nada, y el baño era chiquito, un baño normal. Era imposible que hubiera tanto espacio, pues. Y el Marvin se puso a gritar, como cualquiera hubiera hecho. Y de vergazo, el baño regresó, pero empezó a reducirse. Volvió a sentir las paredes y los muebles y esas cosas, pero apretándolo, cada vez el espacio se hiciera más pequeño, como si el baño se estuviera convirtiendo en ataúd. Y en eso que Marvin no podía ni moverse, alguien trató de abrir la puerta del baño desde afuera. ¿Mamá?, preguntó el maje. No respondió nadie, pero agarraron la puerta con más fuerza, ya con violencia, como si el que estaba afuera anduviera emputado. ¿Papá? Y el de afuera verguió la puerta hasta que casi la bota. Marvin chillaba, decía que nunca más iba a pelarle la cara al mal, que por favor no lo mataran ni lo jodieran. Y a la puerta le pegaban aruñones y afuera se escuchaban unos jadeos y unos gruñidos a cuál más siniestros. Perdón, decía el maje, no lo vuelvo a hacer. La puerta ya iba a ceder cuando el baño volvió a la normalidad. Todo era silencio. Y la puerta se abrió sola, como si hubiera estado apenas topada y una brisa la hubiera movido. En el pasillo no había nada, o al menos la luz de la luna no dejaba ver nada. Los tatas estaban bien dormidos, los dos. Entonces, todavía cagado de miedo, Marvin salió corriendo por el pasillo hasta que entró a su cuarto, se encerró, encendió la luz, cerró la ventana, agarró una cruz de oro que le había dado una tía y se arrinconó en la cama hasta que cayó dormido o desmayado.

—Uy, está buena esa, Norma. Bicho pendejo. ¿No sabés en qué parte de La Rábida está esa casa?

—No, vos, ni idea.

—¿No te dijo cómo era la casa? Yo me animo a ir a buscarla, ver qué hay dentro.

—Si me dijo ya no me acuerdo. Te la debo. Bueno, pero no te he terminado de contar la historia de Marvin.

—Esperame. ¿Quiere decir que después de todo ese desvergue del baño y del diablo, después de todo eso, el Marvin siguió jodiendo con esas cosas?

—Mjm.

—Puta, qué bárbaro. ¿Qué es lo que hizo?

—Esto fue ya cuando nos íbamos a graduar. ¿Así se dice cuando terminás la catequesis? ¿Graduación? Ay, no sé. Las clases de los sábados ya habían terminado e iban a llevarnos a la iglesia a confesarnos.

—¿Te costó?

—¿El qué?

—Confesarte.

—No realmente. El cura se veía como dormido. A saber cuánto tiempo tenía el pobre de no escuchar una historia interesante en el confesionario.

—De seguro ese es un truco para que la gente se sienta libre para soltarse.

—Es un mal truco en todo caso. Puta, Barrios, qué interrumpís vos. Regresando: yo ya había salido de la confesión y estaba comiéndome una jícama en el parqueo mientras venían mis papás a traerme.

—¿Te gustan las jícamas? Norma, esas mierdas son horrendas.

—Barrios, si apenas tienen sabor y son bien refrescantes… ¡A la puta, ya vas otra vez desviándome del tema!

—Disculpá. No me pude contener. Es que son frutas repugnantes. Seguí, por favor.

—Estaba yo en la acera, con mi jícama, esperando a mis tatas, que siempre llegaban tarde, cuando apareció Marvin cargando una taquera que nunca le había visto.

—¿Qué es una taquera?

—Una bolsa de tela que se cierra frunciéndole la boca con un par de correas, ¿las ubicás? Las usan las futbolistas para guardar los tacos y las medias y el desodorante, de ahí el nombre taquera.

—Ah, ya. ¿Y qué llevaba en la taquera? ¿La cabeza de su nana? ¿El diablo se le había aparecido para decirle que le perdonaba la deuda si decapitaba a su nana?

—Casi. Resulta que, una vez más, Marvin estaba con sus cheros y les agarró de hacer pendejadas. Uno, de boladas el más sensato, quería chupar: que hicieran la cabuda, fueran al súper, buscaran a alguien con talle de universitario al suave y lo convencieran de comprarles un guaro barato con el dinero reunido. Los demás dijeron que no, que mucho desvergue. Otro quería estallar unos troncos podridos en el parque de su casa con pólvora sacada de cuetes, pero nadie los vendía a esas alturas del año. Era como marzo.

—Marzo es un mes bien pisado.

—Veá. Pero media vez pasa, ya estás curado. Pobre Marvin. Quizás por eso se lo llevó putas, por andar haciendo sandeces en marzo.

—Ajá, ¿qué le pasó?

—A Marvin se le ocurrió la idea de ir a La Bermeja a sacar el hueso de un muerto. Imaginate. Que cuando pasaba con los papás por La Bermeja siempre había huesos saliendo de la tierra y tenía ganas de agarrar uno. Y sus amigos cerotes le hicieron caso. Y no creás que un huesito de la mano se llevaron, Barrios. Sacaron un cráneo. Un cráneo.

—No te creo.

—De veras. Eso es lo que andaba en la taquera. Me lo enseñó. Me dijo que hoy sí lo estaban asustando cosas demasiado gruesas y que le iba a pedir auxilio al padre, además quería dejar el cráneo ahí en la iglesia que es tierra santa. Creo. Supongo que bendicen el terreno donde construyen las iglesias, ¿veá?

—No sé. ¿Qué le dijo el cura a Marvin?

—No sé. Vi que se metió a la iglesia y fue a hacer cola al confesionario, pero en eso llegaron mis papás y me tuve que ir.

—Justo el día en que te hubiera servido de algo esperar…

—Cabal. Pero eso no es lo más extraño. A Marvin nunca lo volví a ver. No llegó para los ensayos de la misa ni para el propio día de la primera comunión. Les pregunté a los catequistas si sabían algo, pero solo me respondieron que Marvin había tenido un inconveniente.

—Me has dejado helado, Norma. Pobre mono cerote. De plano los tontos tienen más suerte que el resto de la gente, pero hasta para eso hay un límite. Me dan ganas de ir a preguntar a El Carmen qué fue lo que sucedió.

—No creo que ese cura siga vivo. Ya era un viejito cascarita cuando me confesó. De todos modos a Marvin lo protege el sigilo confesional. El padre no podía contarle nada ni a la policía.

—Puta, cómo no. A un niño de Early Sívar perseguido por el diablo no lo protege nada.

 


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PEDRO ROMERO IRULA (El Salvador, 1996). Narrador. En su adolescencia fue seleccionado para integrarse al proyecto “Jóvenes Talentos en Letras” de la Universidad Dr. José Matías Delgado y el Ministerio de Educación de El Salvador. Estudia Teología en la Universidad Centroamericana (UCA). Tiene una colección inédita de cuentos: Lentas invasiones. Ha publicado textos en revistas digitales, incluyendo La Zebra y Distópica.