Ruth Grégori: “Las olas, novela polifónica de Virginia Woolf” (ensayo)

Un examen de la novela más oscura de Virginia Woolf, que se manifiesta como una defensa de la vida contra la muerte.

Ruth Grégori
La Zebra | #28 | Abril 1, 2018

La escritora más importante de las letras inglesas del siglo XX.  “La primera escritora capaz de darle la vuelta al valor negativo de ser mujer y escritora, con la libertad de ser una y otra, a la vez” (Rampello, 2009, pp.14). Virginia Woolf, vinculada inicialmente al movimiento modernista clásico de la Gran Bretaña de entreguerras, tuvo una trayectoria vital y literaria que ha sido descrita en base a una imagen “doble”: la Virgen-Virginia, la de la primera etapa de aprendizaje, tentativas y búsquedas que concluye con la publicación de La señora Dalloway (1925), y la loba-Woolf, quien habiendo alcanzado la madurez de su voz narrativa escribe como forma de poder obras como Las olas (1931) (Lozano, 1994, pp.9-10). En esos años escribe sus textos más explícitamente políticos, marcados por una perspectiva de crítica amplia a las instituciones que vertebran el poder del sistema, dominado por las ideologías patriarcal y capitalista, en donde incluso el lenguaje es entendido como una forma de propiedad privada. Para entonces, los conflictos internos en Gran Bretaña y el auge del fascismo en el continente europeo habían erosionado las condiciones que habían facilitado el surgimiento de la vanguardia modernista, como las pequeñas revistas y pequeños tirajes editoriales. Woolf, entonces, comienza a construir un camino propio.

En Las olas, calificada por la crítica como “la más oscura de sus novelas” (Ibid, pp.106), Woolf construye una suerte de contrapunto entre las voces humanas y el movimiento cósmico del que forman parte. Una diversidad de estrategias narrativas articula el tejido de una obra sobre los límites del tiempo, de la memoria, de la lengua, de la vida y la muerte, en el que –en una cierta reminiscencia de Las mil y una noches– se cuenta el cuento para no morir. Es “un intento por detener el fluir de la experiencia y del existir en un momento o fotografía fija que diera encarnadura y solidez a lo que de otro modo camina a su destrucción” (Ibid, pp.107-108).

El presente ensayo plantea la tesis de que Las olas constituye una novela polifónica como discurso de contrapoder, cuya inclusión de diversas voces, perspectivas y discursos, se opone al discurso fascista y patriarcal instituido y reproducido por el sistema social imperante en la Gran Bretaña de entreguerras de la primera mitad del siglo XX.

Voces y desdoblamientos

Si bien es posible considerar aspectos biográficos presentes en las obras literarias de Virginia Woolf, así como críticas a la institución educativa, a fin de enfocar el análisis en las características de la “polifonía” de Las olas, se destacan a continuación dos estrategias clave, señaladas como características de la novela femenina de fines del siglo XX a las que la obra woolfiana parece haber abierto paso: el monólogo interior y el desdoblamiento (Ciplijauskaité, 1988).

Las olas es una novela conformada por seis monólogos personales narrados que se entrelazan (Lozano, 1994, pp.24). Más que voces de personajes se trata de nombres (Ibid, pp.117) cuyas cavilaciones el lector puede distinguir mediante las marcas tipográficas de lo que es dicho. Se trata de tres voces femeninas y tres voces masculinas, que comienzan a hablar en la infancia y continúan haciéndolo a través de sus experiencias de juventud, adultez y vejez, hasta que uno de ellos, que los sobrevive, cierra el relato. Simultáneamente, hay otras secciones en las que aparece otra “voz”, la “del mundo visto sin un yo”, y a las cuales la autora denomina como “interludios líricos” en uno de sus diarios (Ibid, pp.33-34).

Este contrapunto de voces que se alternan “se producen en una especie de vacío, ocupado solo por la resonancia que producen en las otras voces que en su momento irrumpen en el texto” creando con ello un efecto semejante al ritmo de las olas (Ibid, pp.118). Así, en el capítulo inicial leemos (Woolf, 1994, pp.141-142):

Aún no se había levantado el sol. No se distinguía el mar del cielo, con la excepción de que el mar tenía unas tenues líneas como un paño de arrugas. Gradualmente, al blanquear el cielo, aparecía una línea oscura en el horizonte, y dividía mar y cielo, y se llenaba el paño gris de surcos de trazos gruesos en movimiento, uno tras otro, bajo la superficie, siguiéndose unos a otros, persiguiéndose unos a otros perpetuamente.

Al acercarse a la orilla, cada línea se elevaba, crecía, rompía y barría la arena con un leve velo de agua blanca. La ola hacía una pausa y volvía de nuevo, bostezando a la manera del que duerme cuyo aliento va y viene de forma inconsciente…

Poco a poco, el brazo que sujetaba la luz la elevaba más arriba, y después aún más, hasta que una clara llama se hacía visible; ardía un arco de fuego en la curva del horizonte, y, alrededor de él, el mar se incendiaba en oro…

 

—Veo un anillo —dijo Bernard— suspendido sobre mí. Tiembla y se mueve en un lazo de luz.

—Veo un rectángulo de color amarillo pálido —dijo Susan—, se extiende a lo lejos hasta reunirse con una cinta morada.

—Oigo un sonido —dijo Rhoda—, chipi, chip; chipi, chip; sube y baja.

—Veo un globo —dijo Neville—, cuelga en gota sobre las faldas enormes de una colina.

—Veo una borla carmesí —dijo Jinny— trenzada con hilos de oro.

—Oigo algo que golpea —dijo Louis—. Está encadenado el pie de una bestia enorme. Golpea, golpea y golpea.

Biruté Ciplijauskaité ha señalado que las figuras del “doble” fungen como “sombras”, suelen operar en línea horizontal (no vertical o intergeneracional) y son generalmente del mismo sexo (1988, pp. 75). Tres elementos permitirían considerar una “refracción” de sombras en Las olas: por un lado, más que personajes hay voces, evocadoras de ecos; todas las voces humanas expresan diversos valores pero pertenecen a la misma generación; las tres “sombras” de un género tienen “su doble” en el otro género (hay tres “sombras” femeninas y tres masculinas). Dicha “refracción” configura un “juego especular” y de ecos que “ensancha” el proceso de concienciación que configura el flujo de voces que hablan.

El abandono de la pretensión de objetividad había sido ya reivindicado por el modernismo, mediante la construcción del texto fragmentado y el “stream of consciousness” (corriente de conciencia) al presentar el texto como originado directa y presencialmente en una única conciencia (Lozano, 1994, pp.26). Woolf retoma en Las olas el recurso del diálogo entre monólogos que había introducido ya en una novela anterior, Al faro (1927), correspondientes al desarrollo de la conciencia de sus diversos personajes; en Las olas introduce la novedad del estilo indirecto libre, trazado de tal forma que el lector adopta la convención de que está oyendo a los personajes hablándose a sí mismos (Lozano, 1994, pp.29). El hecho de que los soliloquios de las voces se produzcan en tiempo presente remite al carácter atemporal en una especie de “mimo del movimiento y del estar de las olas” (Ibid, pp.118). Tanto los monólogos de las seis voces humanas como la de los interludios líricos se caracterizan por los llamados “moments of being” (momentos del ser), típicamente woolfianos: “La inclusividad y totalidad de la experiencia quedaría de manifiesto por su recurso no al logos secuenciado de verbos que van produciendo significado y sentido, sino a la inefabilidad, el estatismo y la improductividad sintáctica de una imagen (Ibid, pp.40)”.

El diseño de la novela presenta una serie de dicotomías aparentemente irreconciliables que remiten a dimensiones de realidad y discursos distintos, separados, paralelos. Por un lado, los interludios líricos conforman “el relato indiferente y sin aparente narrador, del transcurrir del sol y de la luz, sobre unas olas en el viaje eterno y siempre igual a sí mismo que va desde la salida del sol hasta el ocaso, el mundo está ahí, indiferente al hombre y a todo narrador que pudiéramos imaginar” (Ibid, pp.108); por otro, el complejo discurso de seis voces entrelazadas que, “al contrario que las olas, que repiten una historia en su discurrir siempre distinta y siempre igual a sí misma, caminan irremediablemente a su disolución, entre el dolor, la ausencia, la soledad y la muerte” (Ibid, pp.108)”. Ambos discursos se alternan a lo largo de cada sección de la novela, hasta que en el capítulo de cierre una de las voces humanas consigue unificar momentáneamente el relato de su vida y, con ella, la del resto de voces humanas.  Bernard, <<el constructor, el hacedor de frases>>, articula finalmente en presencia de otro –un desconocido al que se refiere como “tú”, pronombre usado por única vez durante la novela-, en tiempo pasado, un relato que no es otro sino el que ha construido a partir de las voces de sus amigos, que no son otros sino él mismo en distintas configuraciones. Sin embargo, la historia que cuenta es la del empeño fallido en utilizar la escritura como remedio para hacer visible y tangible la presencia, para recuperar la voz; la de la imposibilidad de tender el puente entre las palabras y las cosas (Ibid, pp.131).

Virginia Woolf parece proponer que “la vida, para serlo necesita constituirse en relato de su origen, en discurso, en palabras enhebradas, aunque sepamos que la aguja y el dedal de la retahíla que Bernard se propone construir son sólo prestados y duran lo que dura su lectura” (Ibid, pp.128). Luego de terminar su relato el desconocido se va. Al quedarse solo, Bernard tiene un último soliloquio:

Y en mí también sube la ola. Crece, sube la cresta. Soy consciente una vez más de un nuevo deseo, algo que se levanta en mi interior como un caballo orgulloso a quien su jinete primero espolea y después frena. Tú, sobre quien cabalgo ahora, mientras golpeas la acera con las pezuñas, ¿qué enemigo advertimos que viene hacia nosotros? Es la muerte contra lo que cabalgo lanza en ristre y cabello al viento, como un joven, como Percival, cuando galopaba por la India. Pico espuelas al caballo. ¡Contra ti me arrojaré, invencible y obstinado, oh, Muerte!

Las olas rompían sobre la playa.

Así, la literatura es una defensa contra la muerte. Nos narramos la vida para imaginar los hilos de lo que en el mundo aparece separado, para tender los puentes con “lo otro” y los otros, y la escribimos para fijar nuestra memoria contra el paso del tiempo y el olvido que nos separan de todo aquello que permanece. Esa invención, que es una ilusión de unión, remite en Las olas a la posibilidad de una frecuencia de vibración común entre la humanidad y el cosmos. Es en este punto que la apuesta literaria de Virginia Woolf además de mística se torna política, en suma, integradora de distintos órdenes de realidad. La multiplicación de los desdoblamientos a distintos niveles (entre las distintas voces o “sombras” que se alternan en la textura de la novela, entre los discursos del orden cósmico de dimensión espacio-temporal universal y el devenir mortal de la humanidad) deviene en una suerte de reiteración de perspectivas interactuantes que emergen como una vía más favorable e integradora para dar cuenta de la complejidad de la experiencia vital, como una reacción frente a la perspectiva convencional-unilateral, habitual de un sistema social excluyente regido por la ideología capitalista-patriarcal.

 

Referencias

  • Ciplijauskaité, Biruté. (1988). La novela femenina contemporánea (1970-1985). Hacia una tipología de la narración en primera persona. Barcelona: Editorial Anthropos.
  • Lozano, María. Introducción. (1994). Las olas. Woolf, Virginia. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A.
  • Rampello, Liliana. (2009). Virginia Woolf. La vida en la escritura. Madrid: Narcea, S.A. de Ediciones.
  • Woolf, Virginia. (1994). Las olas. Madrid: Ediciones Cátedra, S.A.

 


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RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz. Ilustración: detalle de la portada de la novela de Virginia Woolf The Waves, edición Vintage Woolf.