Elena Salamanca: “La madre” (ficción)

Un cuento y su origen, por una autora salvadoreña en busca de la historia y los mitos en torno a la mujer salvadoreña.

Elena Salamanca
La Zebra | #30 | Junio 1, 2018

1. Introducción

La madre y Lilian Serpas

El cuento La madre fue escrito para la poeta Lilian Serpas (1905–1985), quien nació en El Salvador y vivió en Estados Unidos y México. En México fue donde Lilian Serpas perdió la salud mental, o como dicen las narraciones más simples, enloqueció. A raíz de las gestiones de sus amigos salvadoreños, pudo volver a El Salvador; aunque tuvo un trabajo, deambuló por el centro en condición de indigente y murió en el Hospital Rosales el 10 de octubre de 1985.

Hay pocas y contradictorias biografías de Lilian Serpas. En resumen: fue una poeta modernista que publicó mucho entre El Salvador, Estados Unidos y México pero ahora es poco recordada. Se casó con un pintor surrealista estadounidense afincado en México, tuvieron tres hijos, uno de ellos murió, ella enloqueció.

Cuando me mudé a México, la busqué.

Durante mucho tiempo busqué a Lilian como poeta. Aparece en dos novelas de Roberto Bolaño: en Amuleto, en la que habla Auxilio Lacouture, y en Los detectives salvajes, en un encuentro entre Auxilio y Lilian, son amigas. Auxilio Lacouture fue la uruguaya Alcira Scaffo, quien también enloqueció en México. Amuleto es una novela entrañable.

En la biblioteca del Colmex, en México, encontré en colecciones especiales los libros de Lilian. Impresos en 1940, papel cebolla, delgado y amarillo, roto. En la embajada de El Salvador en México busqué algún papel sobre ella, no había nada.

Nada más.

Escribí pequeños poemas sobre ella narrando su vida en México con información escasa pero no lograba mirar a Lilian a los ojos.

La miraba en todas partes, subiendo por primera vez al metro, en 1968, caminando por la calle con la compra del mercado, parada frente a una vitrina de la virgen de Guadalupe en un puesto de taxis. Siempre la vi reflejada en algún lugar: la ventana del metro, los charcos sobre la calle, la vitrina de la virgen, decorada con flores y focos de colores. La miraba pero no encontraba nunca su mirada con la mía. No podía verte, Lilian, y tuve que imaginar lo que ocurriría cuando nuestras dos miradas se encontraran y fueran una.

Entonces, escribí el cuento “La madre”.

“La madre” es mi encuentro con Lilian Serpas en una frontera conocida por las dos. El duelo. Y de ahí, imaginar lo que aún no conozco: la locura.

En el cuento dejé que la ficción alcanzara lo que la mano de la Historia había colocado lejos de mí. Y también lejos de Lilian. Lo único que podía saber —y compartir con ella— era el momento del duelo: el momento de saber que mataron a alguien que es tu vida, a alguien que es tu sangre —el hijo para Lilian, el padre, para mí.

Lilian está en un espacio que no podemos alcanzar porque hemos creído demasiado en la razón. Tal vez la razón es la misma que no nos ha permitido mirar que hay en los ojos de los otros que llamamos locos, los que miran, seguramente, cosas más iluminadas que nosotros. Cosas incandescentes.

*

Honor y memoria a Lilian.

Honor y memoria para las madres que pierden hijos.

Memoria  para los que amamos.

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2. Cuento

La madre

A Lilian Serpas

La madre despierta o muere, no se sabe.

El hijo se viste guapo, como se visten los muchachos que van a morir.

La madre despierta o muere, no lo sabe.

Le llegan noticias mientras parte el pollo. Un animal, un cuerpo destrozado en su mesa, alas de santidad servidas en plata. ¿Cómo habrían sido estos huevos si los hubiera empollado como empolló al hijo, primorosa, por nueve meses?, se pregunta. Estrella dos huevos en la cacerola.

Lilian, mujer esdrújula, zapatos blancos, de taconcito, caminando por ciudades desconocidas. Lilian, madre, un día parirás un mar de hijos y te ahogarás en ellos.

*

El hijo se arremolinaba en el pecho de la madre como un gato lo hace en la bola de estambre. Años después, el hijo fue un gato salvaje, y el corazón de Lilian fue una bola de estambre. Rota.

Una mañana, el hijo tomó las armas, se fue a Vietnam, se fue a Korea, se fue a la guerra. Y Lilian no supo dirección dónde enviar una carta.

Una mañana, u otra, recibió un telegrama. Papel blanco, mecanografía impoluta, puntos. No decía “Te quiero, madre, nos vemos frente al capitolio u otro lugar sagrado”. Decía tres palabras. Repatriación. Himno nacional. Bandera.

Los aviones, pájaros tan terribles, llevaron el telegrama.

Lilian dejó el papel, lavó platos, quebró la vajilla.

Entre el agua y el jabón, la angustia. El estropajo húmedo metido en la boca.

Pensión, decía también el telegrama.

Dejó caer un plato con el miedo de caerse ella misma. De derrumbarse.

Años atrás, en un parque, una mujer le había leído las cartas: Tendrás tres hijos. Vulnerables. Ninguno excepcional. Mediocres. Alguno de ellos, tal vez, hará algo mayor.

En la escuela, los hijos de Lilian llevaban los zapatos lustrados, el cabello acicalado, las calificaciones regulares. Ella se preguntaba: ¿Cuál de ellos será el escogido, quién de ellos será el pájaro?

Cuando crezcan, dormirán desnudos con una mujer, pensaba, serán padres, tal vez oficinistas, se decía. Pero no decía, no podía pensar, que alguno sería simplemente un muerto.

*

El azúcar actúa de las formas menos dulces.

Abrí el azucarero, tragué todos los terrones, quise envenenarme.

Vomité cuando supe, o leí, o leyeron, el telegrama.

Hijo, me dijeron.

Héroe, susurraron.

Ceniza.

¿Adónde?, ¿adónde está el hijo?, tanteo sobre la mesa, ¿dónde está el par de ojos que puse en su pecho como prendedor?

Escupí los terrones como quise escupir diamantes de mi anillo de reina. ¿Qué dedo fue, qué anillo llevaba la reina de las Parcas que señaló a mi hijo? ¿Qué mañana soleada ya, amarilla, derretí azúcar para hacer miel para un pastel? ¿Qué pastel saqué del horno y dejé enfriar en la mesa? ¿Qué pastel corté como se cortan los cuerpos y serví en un plato como se sirve al enemigo?

*

Lilian tomó un cuaderno contra su pecho. Libro de recetas, anotaciones de kilos de azúcar, cucharadas, pizcas de sal. Anotó el telegrama. Transcribió palabra por palabra, punto por punto, punto final. ¿Qué se hace con los hijos muertos? ¿Qué se hace con los nombres de los hijos que mueren? ¿Dónde, en qué libro, se inscriben?

No es tu mano la santa, Lilian, no es tu mano la que escribe. Es la guerra.

Si te matan al hijo en guerra, tendrá santidad. Si tu hijo es el que mata en guerra, tendrá santidad: Lo ungirás con aceite de cocina, y servirás, en porcelanas, su corazón de ave.

Te vestirás de novia para esperar.

*

Un día volverá tu hijo, como vuelven los niños a los columpios.

Volverá, pedazo de tierra, cenotafio, arma sobre la hierba, flor en mano.

Le dirás: No importa, hijo, que hayas matado a los niños. Los que matan en guerra son los santos de la nación.

Un día volverá entre trompetas como volverán los santos.

Y le dirás: Te esperé y bordé mi útero de flores.

La mortaja de un hombre santo es el vientre de su madre.

 


ELENA SALAMANCA (San Salvador, 1982). Poeta, narradora y ensayista. Ha publicado, en cuento: Último viernes (DPI, San Salvador, 2008) y La familia o el olvido (Kalina, San Salvador, 2017); en poesía: Peces en la boca (San Salvador, 2011, reeditado en México en 2013), y Landsmoder (San Salvador, 2012).

Fotografía: “El duelo”, por Jorge Ávalos. Modelo: Rebeca Castro.