Benjamín Schwab: “La filigrana narrativa de Elena Salamanca” (ensayo)

“Del retrato familiar de la niña y su padre muerto emerge lenta, pero tercamente, el retrato de esta nación.”

Benjamín Schwab
La Zebra | #30 | Junio 1, 2018

De entrada quiero decir que yo no soy crítico literario, ni estudioso de literatura. No he publicado ni novelas ni poemarios. Y menos he presentado libros en público. Además, mi vivencia de la historia salvadoreña se limita a los últimos cinco años. Por cierto, en este preciso instante, me pregunto ¿qué hago aquí?

Leo, sí y escribo, pero sobre todo escucho. Soy académico, por el momento. Soy ciudadano, hombre, blanco, setenta veces privilegiado, católico, renuente, utopista. Soy padre, nieto, esposo, hermano, no soy nadie y soy un mundo y, por tanto, soy, como todas y todos que estamos aquí presentes, sujeto y destinatario de La Familia o el Olvido de Elena Salamanca. Y como tal trataré de presentar este libro y le agradezco a Elena esta invitación.

Con Elena nos conocimos a través de nuestros textos. Más los suyos que los míos. Con mi esposa leíamos su blog Landsmoder. Recuerdo que me escribió por primera vez cuando salió mi primera columna en El Faro, titulada “Todas las víctimas”. Así pasamos un buen rato escribiéndonos por Facebook. Ella comentaba mis columnas, yo sus textos en Plaza Pública. Discutíamos y fantaseábamos de lo justo y lo imprescindible. En persona nos conocimos hasta mucho después, pero esto parecía no importar mucho.

Al publicarse la primera edición de  La Familia o el Olvido hace poco más de un año tuve que comprarla, y como de costumbre, la leímos y la comentamos en familia. Se la solía leer a Sofi, mi esposa, en las noches después del trabajo, y a Santiago, nuestro hijo, quien en ese tiempo estaba a pocas semanas de nacer y acompañaba las lecturas con sus pataditas en la panza de mamá. Leer La Familia o el Olvido en un tiempo en el que nos estábamos haciendo familia fue, sin duda, significativo.

Las relaciones familiares, su pérdida y añoranza son motivos recurrentes en el libro. No hace falta conocer a Elena para descubrir que La Familia o el Olvido es en gran parte una obra autobiográfica. Además de la última parte, titulada Memorias familiares, donde esto es explícito, se encuentran retazos de vivencias y sentires de la autora en cada episodio. Eso sí, al lector, muchas veces, no le queda más que sospechar, intuir dónde y cómo, pero no cabe duda de que hay algo de realidad viva o vivida ahí.

Lo demás, si se le quiere llamar ficción, bien. Pero no es una ficción en el sentido de ocurrencia o invento, como resultado de un proceso creativo, que es algo externo a la realidad. Elena tiene la capacidad de despertar una ficción, una fantasía que es muy propia de e intrínseca a cada situación que, así, se vuelve un mundo entero. De esta manera un puesto de mercado se convierte en campo de batalla y una cafetería en pajarera. “Elena nos vuelve fantasmagoría cada gesto cotidiano”, escribe Amparo Marroquín en el prólogo a la primera edición. “Toda fantasmagoría”, sigue Amparo, “toda reificación, es un olvido. Pero [Elena] consigue hacernos recordar y habitar nuestras propias memorias.”

Para mí, La Familia o el Olvido es un fuerte manifiesto contra el olvido. Pero la autora no nos insta simplemente a no olvidar lo grande y aparentemente significativo, sino eleva monumentos a los héroes y heroínas invisibles de la cotidianidad. Cada texto celebra la  sublevación contra el olvido en sí. Cada personaje, sea niña, gato, novio, anciana, gallina o pez e, incluso, los objetos como la aguja o el polvo, gritan inequívocamente: ¡Qué conste que he vivido!

En La Familia o el Olvido Elena rescata la memoria de los escombros de lo ya olvidado. Elena es bordadora y desbordadora de la memoria, puesto que la memoria desborda toda convención. Su punto de partida es la incomprensión y la impotencia ante una pérdida. Todo comienza con los ojos ingenuos de una niña que miran una fotografía de su padre muerto. Luego viene el dolor.

“Mi interés en el dolor no es porque duela. Es porque identifica”, nos dice Elena. Todo lo demás es la búsqueda de un duelo digno y necesario. Del retrato familiar de la niña y su padre muerto emerge lenta, pero tercamente, el retrato de esta nación. Nación-desangradero, pero que no se deja doblegar. Elena me pidió que hoy habláramos también de duelo.

“Mi interés en el dolor no es porque duela. Es porque identifica.” El dolor identifica y cualquier intento de superación pasa por esa identificación. Todo hecho de violencia, toda pérdida humana o material, en cuanto significativa para nosotros, deshumaniza y, por tanto, da muerte a una parte en nosotros. Para volver a vivir hace falta mirar de frente al dolor, reconocerlo y aceptarlo. El duelo es el dolor que se externaliza. Y esto es un proceso largo y, valga la redundancia, doloroso. Puede durar años, puede durar toda una vida o puede incluso nunca ocurrir.

El teólogo y sacerdote estadounidense, Robert Schreiter, quien acompañó de cerca procesos de reconciliación en Chile de la postdictadura, comprende toda forma de violencia como un “ataque contra nuestra individualidad y nuestra sensación de seguridad” que resulta en “el desmoronamiento de nuestros símbolos.” Según él, “con el uso de la violencia se pretende desbaratar los relatos que sirven de base a la identidad de la gente para sustituirlos por otros que favorezcan los intereses del agresor.” Estos son relatos basados en la mentira.

En el caso que no nos rebelamos contra la mentira que propaga el olvido, el pronóstico de Schreiter es oscuro:

“Cuando la identidad y la sensación de seguridad de un individuo o de una sociedad son ya de por sí frágiles, cuando los relatos en que se apoya su cohesión son confusos y poco consistentes, entonces el dolor que padecen puede hacerse tan intenso que les resulte literalmente imposible sobrevivir.”

 Para impedir esto, el primer bastión que hay que tomar por asalto es la memoria. Esta es la base para desautorizar el relato de la mentira y construir un nuevo relato liberador. “La memoria ya nunca podrá ser la de antes, pues estará marcada por las cicatrices de su historia.”

Recuperar la memoria en contra del olvido es el comienzo de todo proceso de duelo. Donde hay dolor hay muerte. Donde hay duelo hay esperanza. El duelo abre la brecha hacia la vida y el amor y es el camino para volver a construir relaciones de confianza, necesarias para vivir.

Estamos hoy aquí, también, para abogar por el derecho humano al duelo. En El Salvador históricamente el duelo ha sido un artículo de lujo. En el marco de mi trabajo de investigación, en los últimos dos años, tuve la oportunidad de conversar con muchas personas a quienes nunca se les ha brindado ese derecho fundamental que, de hecho, debería de ser incluido en la Carta Magna de los Derechos Humanos.

Pienso en la niña que llora al lado de su madre frente a la cinta amarilla que delimita el lugar donde acababan de asesinar a su padre, en un texto de Elena. Jamás tendrá respuestas y, quizás, jamás podrá cerrar su herida. Pienso en Valeria[1], pareja de un pandillero, a quien el Estado le desapareció a sus dos hermanos. Ella dice: “Quisiera saber qué pasó, saber dónde están… y tener dónde irlos a llorar con mis sobrinas porque tengo dos niñas de ellos. […] No sé si en el futuro yo llegaría a tener, quizás, unos momentos tan alegres como los que vivíamos con mis hermanos.”

Pienso en Verónica a quien hace 13 años pandilleros le mataron el hijo. Ella me dijo:

“No poder llegar ante la policía y decirles, ‘mire me pasa esto y esto’ y que ellos me digan, ‘vamos a hacer tal cosa’, en beneficio de uno. […] No hay ese beneficio. Desde que lo mataron, a mí me avisaron que lo fuera a recoger a medicina legal. Eso fue todo. Pero de ahí, la policía, ni nunca, nadie, nadie llegó donde mí a decirme, ‘mire señora’… nadie, nadie. Hasta la fecha, esa muerte de mi hijo así está. […] A pesar de que yo sentía lo feo que me había pasado con mi hijo, así traté yo de… de seguir, de seguir y ya.”

La impunidad también mata. La impunidad representa una grave violación al derecho fundamental al duelo. Hoy y aquí, el principal enemigo del duelo pareciera ser el tiempo. En El Salvador a una inmensa mayoría  de personas, más que el valor, les falta el tiempo para vivir un proceso de duelo. Necesitan, como dice Verónica, “seguir y ya…”, volver a la rutina, llevar comida a casa cada día para los hijos que quedan. Los muertos, muertos están, Dios verá… Es así que en El Salvador la posibilidad del duelo pasa por la clase social.

Los masacrados de antaño claman a través de los cadáveres que hoy siguen yaciendo en las calles. En El Salvador no hay ni descanso eterno, ni descanso momentáneo. La impunidad no deja encontrar paz ni a los muertos.

Duelo no es sinónimo de dolor. El duelo busca superar el dolor para sanar y vivir y celebrar. Por eso, a pesar de las imágenes, por ratos, oscuras y violentas, con que nos encontramos en  La Familia o el Olvido, el libro no tiene nada de fatalista. Todo lo contrario, con la derrota del olvido y el rescate de la memoria, Elena dibuja un paisaje de absurdas aventuras, de deseos y esperanzas profundamente humanas que se condensa en la sonrisa ingenua de una niña de nueve años que somos todas y todos nosotros.

Creo que con toda honestidad puedo decir que La Familia o el Olvido es lo más triste, intenso, gracioso, desconcertante, escandaloso, obsceno, esperanzador y serio que he leído en bastante tiempo. Ahí está el libro. Ya ustedes verán…

Y quiero terminar con una cita del cuento Los pájaros:

“El vuelo comenzó con la caída. La vida comenzó con unas alas estrellándose sobre la piedra, con una avalancha, lava y lodo, cuesta abajo, con un pájaro que no pudo levantarse. Los primeros pájaros tuvieron escamas, no lograron volar; todos los inicios comienzan con un final.”

 

Notas

[1] Benjamin Schwab se dedica a estudiar el tema del duelo y la reparación de las víctimas en El Salvador. Las voces de Valeria y Verónica que aparecen en el texto toman como fuente entrevistas que ha realizado para un análisis sobre violencia, duelo, memoria y reparación.

 


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BENJAMÍN SCHWAB es un investigador social y teólogo de origen alemán. Estudió trabajo social y teología en Alemania. Tiene una maestría en Ciencias Sociales de la Universidad de Nimega en los Países Bajos y una maestría en Teología Latinoamericana de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en El Salvador. Trabajó como investigador y facilitador en distintos proyectos de desarrollo y educación política en Europa, Asia, África y América Latina. Actualmente se desempeña como investigador y docente en el Programa de Maestría en Teología Latinoamericana en la UCA. Como parte del proyecto de investigación teológica “Violencia y Redención”, trabaja con víctimas de violencia y comunidades vulnerables buscando signos de esperanza y experiencias de resistencia y humanización en medio de una realidad de muerte. Además es columnista en el periódico digital El Faro.