Danae Brugiati: “Manosanta, la historia que se repite” (crítica)

Una nueva lectura de la clásica novela del panameño Rafael Ruiloba, que combina realismo mágico y reflexión profunda sobre la historia de la región.

Danae Brugiati
La Zebra | #32 | Agosto 1, 2018

Rafael Ruiloba Caparroso, narrador, ensayista, poeta, crítico literario, profesor de semiótica y literatura española en la Universidad de Panamá, es el autor de la novela que presento hoy. Este destacado autor y filólogo de talante humanista nació en Panamá el 7 de agosto de 1955. Es autor de varios ensayos, un libro de cuentos y de Manosanta.

Esta novela, según el fallo del Premio Literario Ricardo Miró de Novela de 1996, “se desarrolla dentro de un universo de realismo mágico; emplea el lenguaje preciso, develando los sentimientos, pasiones y devociones de personajes históricos e imaginarios alrededor del tema central de las luchas generacionales panameñas: la gesta histórica de 1903. La obra se aparta de la tradición novelística nacional y ofrece aportes sustantivos”.

La portada enigmática y cargada de signos, obra del poeta, crítico de artes plásticas, patriota y luchador revolucionario Ramón Oviero (1938-2008), introduce al umbral por donde los lectores entrarán sin resabios a la satisfacción de recrear por completo el mundo de los personajes y las circunstancias a partir de hechos históricos y de allí, hacia la ficción mediante la riqueza lingüística y literaria con que el autor nos obsequia desde el conocimiento valorativo de la lengua, que parte de su calidad de semiólogo y filólogo. Su lenguaje contribuye a la credibilidad y solidez del argumento. Se desenvuelve su relato con útiles aclaraciones históricas y lingüísticas en los que basa el desenvolvimiento de los hechos que fueron o que pudieran haber acaecido en los comienzos de la república, escenas del día a día, la cotidianeidad: el mercado, la iglesia, el ruedo gallístico, recetas, anécdotas, la comida, la bebida, la flora y la fauna, remedios, los cuales mezcla con descarados retazos fantásticos para causar sorpresa, recursos que hacen que el lector apenas pueda deslindar la realidad de la ficción en sus explosivas 232 páginas.

Antes de entrar en el texto propiamente dicho, detengámonos frente a la piedra angular: el título sugerente, lleno de intriga, atractivo el cual deja entrever el estilo y el tono de la historia. Por otro lado, provoca que muchas preguntas, como chispas, acudan a nuestra mente. Es un título que se origina en el corazón de la historia de donde emana un influjo triste, decadente, controversial, impregnado de ironía y en ocasiones, tragicómico. Nos pregona, nos dice en cierta forma de qué se trata, define el universo de la novela pero a la vez crea un clima de misterio y despierta la correcta disposición para leerla.

“Manosanta” es un enunciado que surge desde un recurso literario: la contraposición, la inversión, el paralelismo. Curiosa, le pedí a varias personas que me dijeran lo que les sugería esa palabra, qué venía a su mente al verla o escucharla y las respuestas corresponden a la paradoja misma, pues, las respuestas fueron desde conceptos positivos tales como sagrado, místico, “buena gente”, transparencia, curandero y curandera, alguien que sana, brujo y bruja hasta otros considerados negativos, que llevan a pensar en fuerzas oscuras: la alquimia, la magia, nigromancia, exorcismo; alguien que cambia la suerte, que hace trampas, que engaña, manipulador, victimario, estafador. La que más me llamó la atención es la siguiente: “…una mano inmensa, peluda, y muy perversa, lo contrario a la santidad con la cual se presenta, un título irónico”. En fin, son todas ideas que disparan la imaginación y el deseo de leer la obra, basada en lo cual me atrevo a afirmar que Rafael Ruiloba, de salida, atina con un título apropiado que cumple totalmente con el propósito de tal.

La novela es narrada por un ser omnisciente que inicia en media res y después en el segundo capítulo toma el relato desde el inicio, cuando el cura, personaje central, aún se formaba bajo la tutela de un sacerdote exorcista, Tomás de Celano, allá en las Islas Canarias. Luego el narrador sigue como un guía quien nos descubre tanto las fallas pecaminosas de este cura como las de otro cura, Restrepo, que envenena a unas jóvenes con hostias “amargas” para cubrir sus abusos con ellas. Ese narrador eficiente nos habla de deformidades físicas, morales e imaginarias de sus feligreses; de los orificios corporales, los pensamientos, miedos, creencias y supersticiones de los habitantes de su parroquia. Ya desde el capítulo uno, nos introduce en la ceremoniosa atmósfera de la historia entre bien y mal, Dios, seres humanos y diablos, y la figura central: “El Padre Nicolás Buenaventura… se puso la sotana, el alzacuello, el birrete como una coraza contra sí mismo” (Cap. 1, pág. 7) y contra sus dudas y su búsqueda de respuestas a preguntas obsesivas, y con frecuencia dividido entre su sentido del deber y su misión y un Dios que con frecuencia le exige enfrentarse a su consciencia y sus emociones. Este sacerdote arriba pleno de sueños santos, al pueblo de San Pablo Viejo, perdido en el mapa de América, en las montañas de un país inhóspito a pastorear su rebaño en obediencia ciega, espíritu de sacrificio, disponibilidad de entrega personal, e intrépida fidelidad al compromiso religioso; el hombre que sus feligreses creen que va a terminar con “el desorden, el liberalismo, la irreverencia y otras diabólicas blasfemias.” (Pág. 31) Lo que se encuentra en su nueva parroquia estremece su vocación y sus santos propósitos “y a pesar de semejante trasfondo de continua vigilancia contra el maligno, este se manifestó durante la confesión de la beata más piadosa y casta; la que dirigía el coro de féminas penitentes; la que nunca había escupido en la calle; la que nunca fue proclive a la blasfemia o a la conducta inmoral, la que puso énfasis en la lucha contra los demonios de la fantasía erótica, amparada bajo una proliferación de rosarios y en un incesante retoñar de avemarías.” Además el mal olor que desprendía el pueblo y, en particular algunos personajes, fue el maléfico hedor de satán que anuló su olor a santidad.

El relato abunda en ironías de humor corrosivo, crítica despiadada a la hipocresía de las autoridades, la violencia social, la iglesia y los individuos mismos, mediante un lenguaje incisivo que aprovecha con gran habilidad en la descripción del paisaje (San Pablo Viejo) y situaciones (los exorcismos), los personajes. Aquí no importa si el infierno existe, ya en su parroquia es evidente que los condenados —muchos o pocos— sufren los más crueles tormentos. Presenta los diablos de cada uno, controlados por la hipócrita actitud pudibunda de los parroquianos, específicamente de las mujeres que trataban de escapar de las manifestaciones de sus vicios y no les valían ni los latinajos ni el agua bendita del sacerdote quien era más pecador que ellas mismas. Su manejo hábil lleva la novela a su adultez pues ve lo que va más allá de lo “cotidiano” de lo “histórico” y nos da una visión cruel, sanguinaria, indestructible: la substancia íntima en sus personajes, la llama que los hace arder y que transforma su vulgaridad, su vulnerabilidad, la inquietud, la ridiculez… nos hace vivir el duro combate del espíritu. Nos llena los sentidos de bocas ardientes haciendo extraños ruidos y voces, largos dedos pálidos aferrando su alma espantada; rostros, torsos y extremidades en contorsiones imposibles como una contribución barroca al realismo mágico… Y mientras, también lo vemos a él, al exorcista, experimentar el incurable amargor de la inutilidad del combate. El autor hace uso del elemento onírico para describir algunos de estos embates con descarnado realismo, no solo los ataques del demonio a las beatas y a sí mismo que sufrían individualmente su pecado solitario, como la gula en Ernestina, a quien el padre terminó persiguiendo ¿con qué más?, nada menos que con un cucharón de sopa, sino también los vicios colectivos que se justificaban por ser compartidos por todos, como la fiebre gallística donde igual que en la política no ganan los mejores ni los más virtuosos sino los mejor armados y los más arteros. Pero el peor pecado compartido era el de no hablar; el pecado de callar los desafueros y aceptarlos.

Los demonios tienen los nombres de los pecados que incitan: Malhecho, Mudo, Mentiroso, Adversario, etc. También las personas tienen nombres mitológicos combinados con otros extraídos del santoral católico, es decir, el autor aplica la onomástica como en la tradición clásica en la que el nombre siempre significa algo y en esta obra cumplen también con el propósito de que los personajes menores adquieran relieve junto a aquellos que portan los nombres tomados de la historia real.

El rico conocimiento del idioma por parte del autor se desdobla en aparente caos que logra una mesurada combinación de expresiones y vocabulario local, popular, culto, metafórico de fuerte raigambre poética con el que esculpe momentos de gran lirismo: “Abrazando la súplica certerosa, arden viejamente como flor de ascua sus ojos de almendra”. Su destreza retrata la bucólica belleza y la aparente paz del entorno; “El padre pone sus bultos sobre el suelo y escucha como cruje el aire serrano con una multitud de rumores a cuestas. Con la palpitación de un molinillo, con el estruendo de un pavo, con la rota quejumbre de una rama sobre las tejas; el berrinche de un niño, las risas de las mujeres y la conversa de las viejas enfrascadas en la tertulia casera; uno que otro sonido feraz resbala por el fresco retumbo del rio.” Mientras que en otras, los latinajos y las citas cultas de sus muchas lecturas aflora en los pasajes violentos y de pugna estremecedora con el Diablo.

La lucha contra la duda escatológica es presentada con tal vehemencia en un brillante ejemplo de mayéutica socrática que hasta el autor, entre golpes de literatura, historia y religión parece estar luchando él mismo con los demonios de sus ideas en cada frase.

Páginas adelante, al final de una escena de la contienda gallística entre “Dios” y el “Diablo”, nombres que da a los gallos en alegórico simbolismo e ironía, se produce un arrebato y se desatan las pasiones reprimidas al oír un disparo al aire que “una montonera de soldados vestidos con pantalón de mezclilla y camisa azul entran al pueblo dando vivas al partido liberal y a un tal Belisario Porras…” encontramos una metáfora que ejemplariza las muchas que elevan el texto en toda la obra: “La confusión se encrespa en círculos concéntricos. Rebulle y centellea el miedo en los caminos de la fuga.” Y más adelante, un símil agrega su nota poética: “Tenía la cara roja, la furia le tensó la conciencia como si fuera el resorte de un reloj”, seguida por otra hermosa figura que cierra el párrafo: “…la pesadilla agazapada en los rincones de la historia.”

Esta novela integra la más detallada y dramática conciencia del género novelístico que en esta instancia presenta el caótico principio de siglo en la naciente república y en las áreas vecinas, en un lenguaje fluido que no rehúye el uso de los giros vernaculares que impregnan el texto de pasiones y sentimientos íntimos que le lleva en ocasiones a un nivel oscuro muy adecuado a la trama, la época y los personajes. La obra toda está cargada de una crítica despiadada, iconoclasta, en sentido exponencial, la cual en su peregrina estructura esquemática, presenta en aquel pueblo los pecados de la gula frente al hambre, la lujuria frente al aburrimiento, la injusticia, la corrupción de los políticos y sus maquinaciones a espaldas del pueblo enfrascado en una lucha que cree justa y necesaria como en una liturgia creadora de la patria y los valores.

En un pasaje de la Guerra de los Mil Días, Ruiloba hace uso de una mezcla de realismo, naturalismo e impresionismo, es decir, toda una gama de herramientas literarias para poner en perspectiva artística el hecho histórico. Hace una vívida descripción del entorno en cadenciosa prosa que mantiene el suspenso a lo largo de la narración; imágenes literales y figurativas crean un rejuego impresionista. Resulta notable la falta de fechas en la que la acción toma lugar ya que así logra concentrar al lector en la violencia emocional de la batalla.

En ese momento, el lector se encuentra justo en donde el patriotismo es disuelto en sus elementos y donde sólo se puede ver una docena de hombres disparando ciega y grotescamente hacia otros hombres en el humo alegórico de los intereses de unos pocos. Con un intenso uso de ironía, simbolismo y metáforas, la novela da paso a una lectura menos sencilla, retratando la dura realidad más allá de los supuestos ideales que representaba la batalla y el discurso empleado utiliza con frecuencia un distintivo dialecto local, contribuyendo a su aparente historicidad.

Todo el afán de los caciques políticos genera una corriente ciega que explota en violencia, que contamina y descompone la trama social. La novela es profunda en su planteamiento: los seres humanos se convierten en objetos cuando los intereses que definen su vida sólo son materiales: dinero, acumulación, frivolidad. Ellos creyeron partir de unos ideales por los cuales se involucraron en un movimiento de cambio, pero al final, los resultados obedecen solo a la manipulación corrupta de aquellos que aparecen como protagonistas de la historia. Hay en el fondo solo injusticia, hambre y corrupción.

Al final, los personajes, tanto los epónimos como los llamados por Humberto Eco los “transeúntes anónimos”, toman unos el camino de los libros de historia y otros el de la leyenda y el mito para permanecer en la literatura. Este libro refleja en forma trascendental y creadora la realidad tal como Francisco Changmarín dijera “…extrayendo la esencia de las cosas, exponiendo no mecánicamente lo que ocurre y sucedió sino lo que pudo haber sido y debe acontecer en función de las causas más humanas, es entonces cuando… nutre el espíritu y eleva la conciencia de los hombres que no tienen vocación de esclavos… (Diario “Crítica, 25 de febrero de 1982).

Forma y fondo hacen recomendable esta novela que expone una realidad de país mágico que se encuentra desde su génesis suspendido en el imaginario popular a partir de eventos que constituyen hitos en el acontecer nacional, por encima de todos aquellos hechos que son reales, pero que se esfumarían si la literatura no se adueña de ellos. Su rico estilo narrativo cubre un contenido pleno de realidad y ficción, cuyos límites son difíciles de trazar dada la detallada descripción y el giro anecdótico. Además, oso referirme a aquella sentencia conocida de que la historia se repite en espiral, al referirme a lo acontecido en la novela Manosanta, pues esta obra hasta parece profética pues, hoy como entonces, cuando en la recién nacida nación se sentaba su futuro fortalecido por la construcción del canal, se dieron actividades de tráfico de intereses y oscuras maquinaciones a espaldas del pueblo para permitirle a un país extranjero derechos sobre la soberanía del territorio istmeño; ahora, el canal inaugura orgullosamente “panameño” sus esclusas ampliadas, cuya operación obedece a la conveniencia y enriquecimiento de compañías extranjeras y de la oligarquía criolla, y para la cual se conceden indiscriminadamente las aguas y territorio sin el pleno conocimiento de la población ni para su beneficio real.

Para terminar cabe decir que tanto esta novela como las revisadas magistralmente por los distinguidos escritores que participan en este III Congreso de la literatura panameña que tiene como centro la Novela del siglo XX, más otros que no nos han permitido el tiempo exponer, son las que nos rescatan de ser simplemente un mito al servicio de los consorcios extranjeros; de una población flotante que a pesar de que toma lo que le puede ofrecer la nación panameña no querrían llamarse panameños; de la casa acogedora de emigrantes y “expats” que dejan al territorio exhausto para la población permanente, alegando que “no deben haber banderas ni fronteras”, elementos de estado que han costado tantas luchas y muertes a los panameños; de seguir convertido en el Prometeo de América bajo la amenaza de un pacto de neutralidad perenne, aplicado unilateralmente de acuerdo a las interpretaciones de los Estados Unidos que vela para que el águila no deje de comerse sus entrañas “Pro mundi beneficio”. La literatura es el hercúleo dios que nos salva pues, es en ella, en su imaginario y en el de sus escritores y lectores, el ámbito en el que realmente existimos como país y como historia.

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Portada original de la novela, publicada tras ganar el Premio Ricardo Miró de Novela, Panamá, 1997.

 


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DANAE BRUGIATI BOUSSOUNIS (Panamá, 1944). Poeta y cuentista. Traductora de cinco lenguas, docente y promotora cultural. Profesora de idiomas en Grecia, Estados Unidos y Panamá. En Grecia obtuvo su Maestría en Lengua y Literatura Griega Moderna por la Universidad de Tesalónica y Maestría en Lengua y Literatura Española por la Universidad de Barcelona, España. Técnica en traducción e interpretación por el Instituto de Ciencias y Tecnología “George Brown” de Toronto, Canadá. Licenciatura en Inglés por la Universidad de Panamá. Ha publicado artículos y cuentos en revistas y periódicos, tanto en Grecia como en Panamá. En 2014 publicó una colección de 23 cuentos: Pretextos para contarte (Foro/Taller Sagitario Ediciones). Tiene un libro de cuentos y uno de poemas en preparación.