Kalton Harold Bruhl y Dennis Arita: “El turista” (ficción)

Un ágil e intenso cuento en el género negro ambientado en el trópico centroamericano, escrito al alimón por dos autores hondureños.

Kalton Harold Bruhl y Dennis Arita
La Zebra | #33 | Septiembre 1, 2018

A las once de la mañana, Jack Pomeroy se detuvo en la orilla de la carretera y puso su mochila en el suelo. Usó una mano como visera y observó hacia ambos lados del camino. El calor era tan intenso que hacia reverberar el asfalto asemejándolo a un viscoso charco en el que se reflejaba un cielo sin nubes.

Revisó escrupulosamente su ropa y zapatos en busca de marcas de suciedad, y no halló ninguna. Se acomodó las faldas de la camisa y usó los dedos para peinarse el cabello. Se acarició el mentón y sintió la aspereza de su barba de tres días. La barba crecida y la delicadeza de sus facciones creaban un contraste que resultaba irresistible para la mayoría de las mujeres. Sonrío complacido. La apariencia era siempre el factor que determinaba el éxito de un autoestopista.

Se colgó la mochila al hombro y empezó a caminar. Había llegado al país como un turista de paso, sin intenciones de permanecer allí por más de una semana, pero había terminado quedándose cinco meses.

El país era un paraíso, un sitio ridículamente barato en el que Pomeroy podía hacer casi lo que se le daba la gana. También era un sitio peligroso, en el que a diario mataban más gente que en muchas zonas en guerra, o al menos eso decían las publicaciones que recomendaban visitar lugares menos problemáticos para los turistas.

El problema era que ya se había aburrido de la gente y del país. El lugar estaba bien para un principiante o para un veterano que buscara abandonar la comodidad de su retiro y quitarse unas cuantas capas de óxido de la espalda. Sin embargo, Pomeroy era un profesional en la plenitud de sus facultades. Era una bien aceitada máquina de matar capaz de producir más cadáveres que una enfermedad tropical. La confianza en su innata capacidad era quizás su única debilidad. Siempre estaba ávido de nuevos retos, de nuevos desafíos. Estaba seguro de que las facilidades que le brindaba ese país terminarían por embotar sus sentidos. La policía era tan estúpida y mataban a tanta gente a diario que cometer un par de asesinatos —o treinta, si la memoria no lo engañaba— no era un verdadero problema. Ni siquiera debía esforzarse por deshacerse de los cuerpos. Bastaba con dejarlos sobre una acera o en el medio de una plaza. Nadie se molestaría en iniciar una verdadera investigación. Las autoridades le dirían a la prensa que sospechaban de un ajuste de cuentas entre bandas rivales y luego se olvidarían por completo del asunto. Siempre era así.

Hubiera querido matar a todos los habitantes, comenzando por la policía —hasta un sujeto razonable como él fantaseaba con esa clase de locuras—, pero por desgracia era imposible. Mientras caminaba por la orilla de la carretera, envuelto en el calor abominable que había llegado a odiar durante sus cinco meses de turismo peculiar, Pomeroy decidió que únicamente mataría a una persona más antes de largarse de vuelta a Michigan, donde nadie lo esperaba, salvo el jardín de la casa que había heredado de su abuela. Volver a esa casa y a ese jardín era siempre una experiencia grata para Pomeroy. Había tantos recuerdos aguardando bajo la tierra, tantas voces y sombras paseando entre los árboles, bajo la luna.

Estaba decidido. Éste sería su último viaje.

Pomeroy vio el  auto, pequeño todavía en la distancia, asomándose por el camino y esperó el momento indicado para levantar la mano y pedir aventón. Los guijarros al lado del pavimento crujieron bajo las ruedas del auto. Pomeroy se acomodó la mochila en el hombro y corrió hacia el Corolla plateado.

—Buenos días. Súbase, hombre —dijo una amistosa voz masculina.

—Muchas gracias y buen día —dijo Pomeroy, aclarándose la garganta y dirigiéndole su mejor sonrisa al sujeto mofletudo que conducía el Corolla. El tipo tenía barba de dos días y llevaba puesta una gorra de los Mets sobre el pelo rizado.

Pomeroy bajó la mirada. En el rostro de aquel tipo, la barba era solamente una señal de desaseo. Antes de subirse fijó los ojos en la basura que cubría el asiento. El conductor tardó unos segundos en comprender. Se disculpó atropelladamente y sacudió los envoltorios de bocadillos y las latas de refrescos. Pomeroy sacudió las últimas migajas del asiento, se sentó cuidadosamente, puso la mochila a sus pies y se abrochó el cinturón.

—Disculpe por el desorden —el conductor echó a andar el Corolla después de ver cinco o seis veces la carretera vacía, apoyando el codo en el borde de la ventana—, pero, usted sabe, cuando se tienen hijos, las cosas cambian.

Pomeroy dio un salto al ver dos caras reflejadas en el espejo retrovisor. Por un momento creyó que eran las de su abuela y su madre. A veces las veía en sitios inesperados.

­—Disculpe otra vez por no presentarle a mi mujer y a mi hijo —se excusó el conductor, señalando el asiento trasero con el pulgar—. Mi mujer, Rosa, y mi hijo, Esteban.

Pomeroy frunció el ceño. Algo no estaba bien. No le parecía lógico que la familia del tipo viajara en el asiento trasero.

—Esteban se ha sentido mal por el camino —agregó el tipo como si hubiese presentido las dudas de Pomeroy— mi mujer ha cambiado de asiento para cuidarlo.

Pomeroy se dio la vuelta para saludarlos. La mujer se limitó a responder el saludo con un gesto de la cabeza. El chico se quedó inmóvil. Tenía los ojos vidriosos y respiraba con aparente dificultad.

—El chico se mira realmente mal —señaló Pomeroy con fingido interés.

El hombre mostró la dentadura manchada de caries. Tenía ojos entre verdes y amarillos, parecidos a faroles que brillaban tenuemente bajo la visera de la gorra de los Mets que llevaba puesta.

—Es solo una congestión —dijo el tipo, restándole importancia— le advertí que cinco perros calientes eran más que suficiente.

Pomeroy enarcó las cejas y adelantó los labios para indicar que la explicación le resultaba satisfactoria.  El hombre lo miró directamente a los ojos. Pomeroy  sintió un escalofrío inexplicable, pero mantuvo la sonrisa y los buenos modales. En su caso, la sonrisa y los modales eran algo automático. Podía sonreír mientras lo pateaban.

—Disculpe mi descortesía —dijo el hombre al tiempo que daba una palmada sobre el volante— mi nombre es Alberto, ¿cuál es el suyo?

—John Kellerman —mintió. Le gustaba usar nombres de autores de libros que había leído en el colegio. Una de sus novelas favoritas era Esclavas sexuales adolescentes.

—Es un gusto conocerlo, John —sonrío el hombre con la mano extendida.

Pomeroy la estrechó mientras se preguntaba qué era lo que le resultaba tan inquietante. Parecía una familia normal o, al menos, lo que pensaba que era una familia normal en ese rincón olvidado del tercer mundo. Y, a pesar de ello, no lograba quitarse de la mente la idea de que algo no encajaba.

Era raro que Pomeroy se sintiera desconcertado, pero Alberto y su familia eran como una colección de revistas para adultos en la habitación de un ciego. Algo simplemente inexplicable. Y la sensación de no encontrar respuestas lo estaba poniendo de mal humor. En general, Pomeroy prefería matar sin motivo alguno, salvo, claro, que el motivo fuera salvar el pellejo; pero en el caso de la familia de Alberto estaba dispuesto a dejarse llevar por pasiones que le parecían muy inconvenientes.

Se pasó la lengua por los labios y volteó el rostro hacia la ventanilla. La historia se había encargado de demostrar la conveniencia de destruir lo que no se entiende. En este caso no había ningún motivo para hacer una excepción.

El Corolla avanzó a una velocidad irritante —veinte kilómetros por hora, calculó generosamente Pomeroy— entre los árboles y las montañas cortadas como con cuchilla para hacerle espacio a la cinta estrecha y negra de la carretera, por la que a duras penas podían pasar los autos sin arrancarse los retrovisores. Por suerte era domingo y había poco tráfico. Los árboles comenzaron a ralear mientras, en cambio, el calor aumentaba a cada kilómetro que dejaban atrás. Pasaron cerca de casas tan dispersas como los árboles, agarradas, solo el diablo sabía cómo, a la dura tierra de gruesas hojuelas rojizas.

En los treinta minutos siguientes, Pomeroy no intentó animar la conversación. Iba viendo el paisaje, cubierto de pronto por casas. El Corolla era un infierno, pero nadie se quejaba.

—Vaya, lo que nos faltaba —Alberto dio un puñetazo en el volante, sacó un pañuelo sucio y se secó el sudor de la cara—. Un retén de la policía.

Pomeroy no dejó de advertir que parecía más nervioso que molesto. Se mordió el labio pensativo y luego se dio a sí mismo una bofetada mental. No se explicaba cómo lo había descubierto hasta ese momento. Debió haberlo comprendido desde que vio a la mujer y al chico en el asiento trasero. El chico no estaba enfermo. Los ojos vidriosos y la boca entreabierta no se debían a una congestión estomacal. Él mismo había utilizado ese tipo de sedante en sus víctimas. La mujer estaba muda por el terror. Una enorme sonrisa cruzó el rostro de Pomeroy. Así que se encontraba junto a una versión subdesarrollada de sí mismo. Alberto debía estar muy seguro de sus capacidades, pensó Pomeroy. Él era un tipo bastante grande y no era tan complicado saber que no sería sencillo derrotarlo en una pelea. O, quizás, Alberto se había dejado llevar por la ambición. Es fácil relacionar a un gringo con un fajo de dólares. Lo extraño era que no hubiese aprovechado los tramos desiertos de la carretera. Probablemente se trataba de un animal de ritos y prefería actuar en un sitio específico.

Alberto redujo la velocidad y se estacionó detrás de los conos de señalización.

Un  policía se acercó al Corolla y miró por la ventanilla con cara de fastidio. Tenía un fino bigote en la cara cobriza y angulosa.

—Revisión y documentos personales —pidió.

Alberto sacó los papeles de la guantera y se los mostró junto con su billetera. Mientras el policía revisaba los documentos no dejó de ver por el retrovisor. Varias gotas de sudor se deslizaron por su frente.

Pomeroy se pasó la lengua por los labios. Se sentía tentado a denunciar a Alberto a la policía. Lo haría solo por diversión. Además sería la mayor ironía del mundo que apareciera en los medios locales como el gringo héroe que había evitado una tragedia. Estaba a punto de abrir la boca cuando se lo pensó mejor. Sentía curiosidad por saber qué era lo que tenía planeado Alberto. Además estaba la cuestión de la lealtad profesional. Alberto podía ser una grasienta bola devoradora de tortillas, pero no por eso dejaba de ser un colega. Estaba convencido de que Alberto sería un digno oponente. Tal vez su visita a ese país no había sido del todo una pérdida de tiempo. Pomeroy se arrellanó en su asiento y apretó los labios.

El policía devolvió los papeles luego de comparar la foto con la cara de Alberto y verificar la matrícula.

—Pueden seguir su camino —dijo el policía dando una palmada en el techo de vehículo.

Nadie dijo nada durante diez minutos. Alberto aumentó la velocidad y estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo. Pomeroy se puso en guardia. Estaba seguro de que Alberto se decidiría a actuar en cualquier momento. Sería mejor que él mismo tomara la iniciativa.

—¿Puede parar un rato? —preguntó Pomeroy—. Tengo una urgencia.

Alberto miró por el retrovisor antes de responder.

—Por supuesto —dijo finalmente.

Pomeroy salió del Corolla con la mochila en la mano. Los cuidados, en su caso, nunca eran excesivos. Se metió entre los árboles y sacó las cosas que llevaba en la mochila y las ordenó en el suelo. Puso a un lado los guantes junto al cuchillo de caza, sobre las hojas secas. El Microtech era el mejor cuchillo que había usado. Tenía el tamaño y la apariencia para asustar a cualquiera y era fácil ocultarlo entre la ropa. Había pensado en descubrirse ante Alberto, pero pensándolo bien no valía la pena correr riesgos. No sabía si el tipo tenía un arma de fuego. Ese punto sería determinante en un posible enfrentamiento. Lo mejor sería recurrir a la sorpresa. Desde luego quedaba la cuestión de los rehenes. Podía liberarlos. Nunca había realizado una buena acción. Esta podría ser la primera vez. Recogió el cuchillo y sopesó sus opciones: un cadáver o tres cadáveres. Por lo visto lo de la buena acción quedaría para otro día. Regresó al auto imaginándose cómo el cuchillo entraba en el cuerpo de Alberto y Esteban. Quería dejar para el final a la mujer. Rara vez las violaba, pero de pronto había decidido que con Rosa haría una excepción. Era la mujer más repugnante que había visto en varios años. No contaba a las leprosas de Bombay porque la suya era una clase especial de fealdad. Rosa era horrible, pero esa era una de las razones por las que Pomeroy había decidido que iba a divertirse con ella. También porque era su último golpe antes de largarse de ese país de porquería.

Maduró su plan mientras regresaba al Corolla. Se acercaría a Alberto por la puerta del conductor y le apuñalaría el cuello. Estaba convencido de encontrarlo completamente desprevenido. Alberto no tenía ninguna razón para sospechar de él. Luego degollaría al chico. Los gritos de Rosa terminarían de excitarlo. Pasaría un buen rato con ella y le cortaría el cuello justo cuando estuviera a punto de eyacular. Se largaría en ese detestable Corolla. No acostumbraba robar autos, menos los de sus víctimas, pero esta vez estaba dispuesto a correr un pequeño riesgo.

Pomeroy rodeó el auto sigilosamente y se plantó junto a la puerta de Alberto. Alberto intentó decir algo, pero la veloz cuchillada lo hizo cerrar la boca de inmediato. Pomeroy abrió la portezuela y el cuerpo cayó pesadamente al suelo. La sangre salía a borbotones de la herida. Alberto estaba de espaldas y se apretaba el cuello mientras abría y cerraba la boca con desesperación.

Pomeroy  dio un golpe sobre el capó con el mango del cuchillo y les hizo señas a Rosa y Esteban para que salieran del auto. Ninguno de ellos obedeció la orden. Pomeroy abrió una de las portezuelas y comprendió lo que sucedía. Esteban seguía sedado y Rosa no pensaba separarse de su lado. Tomó a la mujer por el cabello y la arrastró fuera del auto. Se sentó a horcajadas sobre ella y puso la hoja del cuchillo bajo su cuello.

—Si quieres que tú y tu hijo salgan bien librados de ésta —la amenazó— lo mejor será que hagas todo lo que diga.

La mujer cerró los ojos lentamente para indicar que lo había comprendido.

Pomeroy bajó las bragas de la mujer y luego se abrió la bragueta. Su miembro se deslizó con una inesperada facilidad. La mujer estaba increíblemente húmeda.

—Eres una cerda —rio Pomeroy—. Seguramente siempre soñaste con que te montara un gringo.

La mujer sonrío de pronto. Sin embargo, Pomeroy no pudo ver la grotesca sonrisa de Rosa. Estaba a punto de alcanzar el clímax y se encontraba perdido en una especie de ensoñación en la que veía correr ríos de sangre tibia y espesa.

El Corolla se alejó lentamente. Un enjambre de moscas revoloteaba frenéticamente sobre los tres cuerpos tendidos sobre el suelo. La tierra ya había absorbido la mayor parte de la sangre y se había convertido en una pasta rojiza.

Los ojos de la mujer se reflejaron en el espejo al momento de ajustar el retrovisor. Quería echar una última mirada al enorme cuerpo del gringo. Vaya que había tenido un día de suerte. Primero había secuestrado a Alberto y a su hijo. El chico estaba completamente drogado y ella mantenía un pequeñísimo revólver calibre 22 presionado contra su costado.  El padre no se habría atrevido a hacer nada que pusiera en riesgo la vida de su hijo. Por supuesto su plan era robarles todas sus pertenencias para después deshacerse de ellos. Las cosas iban de maravilla, pero se pusieron mejor cuando vio al gringo pidiendo un aventón en la carretera. Era todo un espectáculo. Y debía reconocer que la había tomado por sorpresa. Nunca se le hubiera cruzado por la mente que fuera un despiadado asesino. Para su fortuna, el gringo no había sospechado nada y el arma era tan pequeña que podía ocultarse en la palma de la mano. Dejó que el gringo hiciera lo suyo y cuando sintió que estaba a punto de explotar en su interior colocó la pistola detrás de su oreja y apretó el gatillo. Ese había sido el mejor momento del día. El gringo se había puesto duro como una roca. La mujer sonrío lascivamente y se estremeció de placer al recordarlo.

 


kalton_bruhlKALTON HAROLD BRUHL (Honduras, 1976) ha publicado numerosas obras, entre las que destacan sus libros de relatos: El último vagón (2013); Un nombre para el olvido (2014); La dama en el café y otros misterios (2014); Donde le dije adiós (2014); Sin vuelta atrás (2015); La intimidad de los Recuerdos (2017). Es autor de la novela La mente dividida (2014). Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua.

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DENNIS ARITA (Honduras, 1969). Narrador, traductor y diseñador gráfico. Sus relatos y traducciones han aparecido en varias publicaciones hondureñas. Ha publicado los libros de cuentos: Final de invierno (2008), Música del desierto (2011) y El visitante y otros relatos de terror (2018) en coautoría con Kalton Harold Bruhl.

Fotografía: “Enramada” de Jorge Ávalos.