Ricardo Lindo: “El teatro y nuestro teatro” (opinión)

¿Por qué el teatro continúa siendo un arte idóneo para un país en desarrollo?

Ricardo Lindo
La Zebra | #33 | Septiembre 1, 2018

Una invasión de sueño tocó todas las costas del planeta. Fue la creación del teatro, que no ha desconocido pueblo alguno.

La pintura fue hecha para hablar en silencio. Un poema puede gustarse en la quietud de la noche. Son artes hechas para el amoroso goce de la soledad. Pero el teatro es un arte social, algo que congrega al conjunto de los humanos antes una plaza de pueblo o un escenario fastuoso. De ahí que tenga dos exigencias: debe hablar con las palabras de quienes lo observan y debe decir algo que a todos interese.

Pero llegó un momento en que la preponderancia del teatro como arte de mayorías disminuyó. Había aparecido el cine. El tesoro de Occidente, que se había abocado al realismo, cambió de rumbo. Buscó formas simbólicas de expresión. El realismo pasaría a ser, acaso para siempre, el patrimonio de la pantalla. En consecuencia, fue más arduo entender el teatro, y los dramaturgos se fueron encerrando en una labor cada vez más compleja y menos asequible.

Nació el teatro para aquel público que el poeta Juan Ramón Jiménez llamó “la inmensa minoría”, la minoría de los estudiosos y los conocedores, que ha crecido ya bastante en el mundo como para hacer vivir a un teatro. Así surgió el teatro de los existencialistas, y esa extraña flor del surrealismo, el teatro del absurdo. El teatro, sin dejar de ser diversión, fue concebido como un severo esfuerzo de la reflexión.

Al paso de los años surgieron algunos grupos brillantes que han marcado la época. Tomaron elementos del teatro, con frecuencia sombrío, que les precedía, y con esos elementos crearon una fiesta. Fue la explosión del color y la risa.

Un ejemplo —y brillante— de este último tipo de teatro lo tuvimos entre nosotros hace poco, con el montaje de “La Pipila”, del dramaturgo, director y actor argentino Emeterio Cerro. La obra dividió al público, levantó roncha y no fue, incluso, bien acogida por algunos de aquellos que estaban naturalmente llamados a hacerlo: los profesionales del teatro. Oí sus críticas. Sentí que no eran objetivos, y sé que los argumentos confusos son el resultado de sentimientos encontrados. Pero nadie permaneció indiferente, y esto es importante.

Yo creo que este esfuerzo fue beneficioso, pero no deja por ello de ser una muestra de lo que se hace afuera, en sociedades muy distintas de la nuestra, una manifestación de la cual podemos aprender, pero que no debe marcarnos una pauta. Lo contrario sería como intentar aclimatar un pingüino a nuestro medio.

Nosotros estamos lejos de Buenos Aires o París. Nuestra sociedad no cuenta con un público formado. Nuestra verdad es otra, y son otras nuestras circunstancias.

Cuando, hace unas décadas, el maestro Edmundo Barbero llevó obras de Sartre a los pueblos, creo que cometió un error. Obras de alta cultura, no podían ser captadas por un público que, en su gran mayoría se situaba en peldaños mucho más bajos de la escalera del reconocimiento. Su literatura es oral, y del vasto mundo de los libros conocen sólo fragmentos de uno, la Biblia, en torno al cual conforman el espacio de sus creencias.

Esas obras sólo podían ser captadas por un reducido núcleo concentrado en la capital. Sospecho que el resto se alejó del teatro con una mezcla de confusión y extrañeza, y no se sintió invitado a acercarse a él.

Esta idea no es nueva, otros antes que yo la expusieron y procuraron sacar consecuencias. Lamentablemente, sacaron consecuencias erróneas y las aplicaron. Dijeron: “Hay que crear un público para esta expresión de arte que se llama teatro”, lo cual es correcto. Dijeron: “Evitemos, en consecuencia, un teatro demasiado complejo”, lo cual estimo también correcto. Pero decidieron hacer, para crear un público, un teatro que sólo fuera divertido, que no implicara reflexión alguna, y que en definitiva, tampoco era arte en el buen y noble sentido del término.

Y esto es torpe. Se pueden dar cosas sencillas, pero de calidad, como al alcance de un niño se pone un bello cuento.

Hace unos días un grupo dirigido por Mario Tenorio presentó El médico a palos de Molière. Obra graciosa, profunda y sencilla, tuvo la virtud de conmover a un público no iletrado, pero sí poco habituado al teatro.

El autor francés anticipa en buena medida el teatro didáctico de Brecht, que es la contrapartida del teatro de minorías al que antes aludíamos. Brecht luchó por una idea de la justicia a través de su teatro. Pero el teatro puede extenderse a muchos otros dominios, hasta llegar a explicar, por ejemplo, a los padres campesinos la necesidad de que sus hijos vayan a la escuela.

Creo que un teatro dirigido a nuestro pueblo debiera tomar el ingenioso camino de Molière y de Brecht: una fábula que en el señuelo de su belleza encierra un conocimiento bueno de dar y recibir.

El teatro, forma social del arte, puede ser una escuela. Enseñar lo que dicen las palabras y lo que las palabras ya no pueden decir. Vehículo oral de la literatura, puede llegar a un público de escasas letras. Comunicación humana, su calor no podrá jamás ser sustituido por la pantalla, aunque esta tenga su valor. Arte que podemos ejercer con nuestros medios, podemos adecuarlo como salvadoreños para los salvadoreños, nuestros hermanos, y ofrecerlo como ofrece un artesano un armonioso cuenco de barro.

1987

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RICARDO LINDO (San Salvador, 5 de febrero de 1947 – 23 de octubre de 2016). Poeta, narrador y ensayista salvadoreño. Obtuvo un temprano reconocimiento por su poesía, pero alcanzó celebridad con su primer libro de cuentos XXX (Equis equis equis, 1968). El libro fue seguido de otro libro de cuentos surrealistas, Rara avis in terris (1972). Su poesía está recogida en varios libros: Jardines (ilustrada por Salvador Choussy, tres ediciones: 1981, 1983 y 2016); Las monedas bajo la lluvia (ilustrada por Salvador Choussy, 1985); El señor de la casa del tiempo (Serviprensa, 1988); Morerías de papel (ilustrado por Guillermo Grajeda Mena, Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala, 1989); Injurias y otros poemas (ilustrada por Beatriz Alcaine, La Luna, Casa y Arte, 2004); Bello amigo, atardece (Índole Editores, 2010). Es autor de varias novelas, incluyendo Tierra (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996) y Oro, pan y ceniza (Editorial Lis, 2001), y de varios libros de cuentos, incluyendo la antología Arca de los olvidos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 1998). También es autor de varios ensayos sobre las artes en El Salvador. “El teatro y nuestro teatro” es un artículo de opinión escrito y fechado en 1987, pero sin indicación alguna de si fue publicado o no.

Fotografías: escenas de La canción de nuestros días de Teatro Zebra en la plaza central de Sacacoyo, por Jorge Ávalos.