Álvaro Rojas Salazar: “Las diez novelas que estremecieron mi mundo” (ensayo)

Diez novelas clásicas que pueden cambiar tu perspectiva de la vida y del mundo.

Álvaro Rojas Salazar
La Zebra | # 39 | Marzo 1, 2019

Soy un individualista natural, nunca he militado en partido político alguno, no practico ninguna religión, es verdad que sigo a un equipo de futbol, pero tampoco eso me obliga a desarrollar algo cercano a lo que se pueda llamar una conciencia grupal, en fin, no me sientan bien las congregaciones.

Sin embargo, esa manera de estar en el mundo, tan menospreciada en los códigos morales, tan enemiga de las relaciones sociales, encontró en la lectura de novelas un lugar hecho a su medida. Dicho de otro modo, siempre he leído a mi forma, sin recetas previas, sin manuales, ajeno por completo a los conventos o a las escuelas literarias, siguiendo el orden de algunas intuiciones, satisfaciendo necesidades emocionales que cambian con el clima o que permanecen latentes, esperando por ser descifradas.

Creo que es así y también sé que esa manera de relacionarme con la literatura mucho le debe a diez novelas, ¡claro que hay más!, definitivamente hay más, pero tengo la certeza de no haber leído nada con ese fervor que me generó ingresar en estos diez libros de los que hoy hago la lista. Y como ellos no congenian con la idea del fin de los grandes relatos, con el triunfo de las pequeñas historias ni tampoco con la autonomía formalista, la calle sin salida o “la cárcel del lenguaje”, está claro entonces que para mí lo “postmoderno” no es un referente a seguir.

La literatura es la vida, la vida transformada por medio de un lenguaje estético, es verdad, pero finalmente la vida, la que uno quiere imaginar y entender y también aquella de la que, de tiempo en tiempo, uno desea fugarse.

Pero lo que quiero decir es que estos libros me agarraron y no me soltaron más. Tal y como le ocurre a un adicto, me enojó muchísimo salir del mundo en el que ellos me tuvieron encumbrado por días o por horas, leyéndolos acostado en una cama o sentado en el asiento de un bus; de día o en las madrugadas, no quería que se acabara su efecto de ensoñación, el ejercicio de imaginación y de inteligencia que ellos supusieron, la pasión que todos ellos despertaron.

Por ellos, siendo adolescente busqué por las calles de mi ciudad a una mujer mayor de la cual enamorarme perdidamente, una Madame de Renal que me ayudara a escalar posiciones sociales al mismo tiempo que su cuerpo y su belleza desbordaran mi sexualidad incipiente; sentí el instinto heroico de asesinar a una usurera y encontrar con ello la salvación y la gloria, tal y como le ocurrió a Rodion Romanovich Raskolnikov en un edificio de San Petersburgo, antes de acabar en prisión, antes de temer la invasión de los turcos, antes de leer la Biblia en una celda nocturna acompañado por una prostituta que lo amó.

También culpé con rencor y obsesión a una ballena blanca por ser la única causante de mis múltiples frustraciones; quizás también soñé que escuchaba una historia de traficantes y de locos sentado a resguardo en un barco anclado en el Támesis; en fin, yo fui uno de esos que le pidió a Don Quijote que no se muriera, que siguiera cabalgando las llanuras de la Mancha en invierno y en verano y desde luego, tomé nota cabal, como un escolar aplicado, del espectáculo estructural de Luz de agosto y de Conversación en la Catedral; también, yo quise descubrir un viejo sabio como el Abate Faría, uno que me preparara antes de su muerte para salir de la cárcel cargado de conocimientos y dispuesto a vengarme de una vez por todas de mis enemigos más tenaces; de seguro, yo además quise participar en una revolución latinoamericana como la que cuenta Carpentier en La consagración de la primavera, y sin ninguna duda, deseé como nadie más usar una balsa para navegar las aguas del Mississippi acompañado por un negro fugitivo, quien también me ayudó a escapar para siempre de un padre alcohólico y de una familia enferma.

La lista


1. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra (1605-1615)

Aquello que con el tiempo llegó a ser la novela moderna está contenido en dos tomos extraordinarios en los cuales Alonso Quijano niega la vida real y prefiere la vida libre y ancha de la ficción, son esos dos libros los que le ponen fin a la ilusión de las novelas de caballerías, los que enriquecen las historias de viajes y de aventuras, la novela romántica y la picaresca, los que incluyen los juegos de la auto ficción y adelantan, con Cide Hamete Benengeli, lo que Barthes llamó la muerte del autor. El Quijote es una ficción hecha de ficciones, una novela de novelas, y de risa.

Al avanzar en sus páginas, el lector se transforma poco a poco con Sancho Panza, aquel campesino dicharachero y apegado a la tierra que comienza a alzar vuelo a lomos de un burro pequeño que cabalga junto a un caballero enorme y bondadoso, quien al final, para mal de todos nosotros, se llega a rendir, a curar de su locura  y a morir, dejándonos en el vacío, en la aspereza de la realidad; él nos abandona y entonces  nos quedamos llorando con Sancho al borde de su lecho, pidiéndole al igual que su escudero, que no se muera nunca, que nos lleve a otra aventura, que nos siga contando historias, que lo considere bien, que vea que todavía quedan muchos “tuertos por desfacer”.

2. Rojo y negro

Stendhal (1830)

La pasión y la política habitan esta novela de iniciación y también el corazón de ese muchacho soberbio que se enamora de una mujer casada, ese Julián Sorel, personaje entre personajes, impulsivo y calculador, que admira a Napoleón y a Rousseau y que tiene un solo objetivo en la vida: escalar posiciones en la Francia de la burguesía para no llegar a ser nunca aquel campesino iletrado que fue su padre; el mismo que lo insultó cuando lo descubrió leyendo, el que lo ofendió, el que le gritó: ¡Perro lector!, ese hombre de la tierra, antípoda de marqueses y de emperadores, al que Julián desprecia y de quien se pretendió alejar subiendo por la escalera de las clases sociales, claro, en medio siempre estuvieron las mujeres, el negro del sacerdocio y el rojo de la pasión sexual. Novela emocional como pocas, novela política como pocas, novela que me subyugó también como pocas.

3. El Conde de Montecristo

Alejandro Dumas (1844)

¿Quién no ha sido víctima de una injusticia? Todos hemos sufrido alguna vez el maltrato y la humillación, desde el suelo más bajo hemos soñado con levantarnos y volver a la vida otra vez, ahora sabios, poderosos y valientes, para ejercer el placer anticristiano de la venganza.

Esta es la novela de una transformación maravillosa, un anciano sabio, prisionero y moribundo, le deja todos sus tesoros morales a un joven inculto y atractivo, que sale de la prisión, del Castillo de If, listo para ajusticiar al mundo entero, mientras nosotros lo acompañamos felices, emocionados, hambrientos y sedientos de justicia. “Confiar y esperar”, son las palabras finales y plenas de este monumento literario en el que Edmundo Dantés, vía el Abate Faría, llega a ser el Conde de Montecristo.

4. Crimen y castigo

Fiodor Dostoiewski (1866)

“Yo fui, yo maté a la vieja. Yo maté al piojo”. Grita, al borde del colapso nervioso, Rodion Románovich Raskolnikov en la plaza central de San Petersburgo. La culpa atroz, el asesinato como modo revolucionario de cambiar el mundo, las profundidades de la vida psíquica narradas por un demente y por un genio. Esta es, a mi juicio, la mejor novela de Dostoiewski y él es, sin duda, uno de los mejores novelistas de la historia de la humanidad.

5. Moby Dick

Herman Melville (1851)

Esa pierna que le falta, ese rencor puro, ese deseo de una venganza que lo limpie de frustraciones es el que obsesiona, el que mueve al Capitán Ahab por todos los mares de la Tierra tras un cetáceo, persiguiendo a esa ballena blanca, liderando hacia la muerte al Pequod, un barco que transporta todas las posibilidades de la condición humana: la homosexualidad sugerida, la fantasía, el hartazgo, el conocimiento científico de los peces del océano, el dolor, la solidaridad, la risa, la esperanza y la tragedia del naufragio, ese cuyo único sobreviviente es Ismael, quien se salva para contarnos la novela en uno de los mejores recursos literarios que conoce la literatura moderna.

6. Las aventuras de Huckleberry Finn

Mark Twain (1885)

No es fácil convivir con un padre que nos envidia, no es sencillo sentir miedo de un padre alcohólico que nos quiere matar o robar. Huck es un marginal y es un huérfano, un niño valiente y pícaro, es mi amigo más inseparable, es el “niño-hombre”, ese personaje extraordinario que, con una novela que tiene la estructura del río Mississippi, funda un país: Los Estados Unidos de América, y también inaugura una forma de contar ficciones.

Dice Hemingway, que con Las aventuras de Huckleberry Finn Mark Twain inicia la novela moderna norteamericana. Huck es un gran novelista y su padre nunca pudo salir del infierno personal en el que murió; con la cara deformada por la violencia y por el alcohol su cadáver viajó sin rumbo, por las aguas, sobre los restos de un naufragio. Antes de enterarse de ello, Huck ya lo había desafiado, lo había engañado y se había escapado. Lo había vencido, de algún modo también ya lo había matado. Después de recurrir a la escritura para dar cuenta de sus aventuras y de sus fantasmas, que vienen siendo la novela, él ya podía seguir su camino en el mundo, con sus amigos, con Jim, el negro fugitivo, con quien quisiera, navegando de día y de noche por el gran río Mississippi.

7. El corazón de las tinieblas

Joseph Conrad (1902)

Lo empecé a leer una noche, lo continué leyendo al día siguiente durante mi camino en autobús hacia el lugar donde estaba convocado para realizar el examen del Servicio Civil, el que hice con el fin de optar por un puesto de abogado en el Estado costarricense; terminé aquella prueba de la burocracia  pensando todavía en el Río Congo y continué leyendo la novela de Conrad durante el camino de regreso a mi casa, habitado para ese entonces por las sombras de los negros del África que acechaban a las orillas de un río que es todos los ríos, un río navegado contracorriente por un bote que va hacia el reino de un loco que regenta una red de servilismo, de crueldad y de traficantes de marfil.

Conrad, el marino polaco, Conrad el novelista inglés, nos lleva a encontrarnos con Kurtz, nos conduce de la mano derechito hacia el horror. Finalmente, aprobé el examen cuyas preguntas contesté con un lápiz que seguía la historia que un marinero contó una noche desde un barco anclado en el Támesis, el río británico que llegaba, por aquellos años del Congo colonial, a todos los puertos del mundo.

8. Luz de agosto

William Faulkner (1932)

Nadie ha contado nunca historias como él, Faulkner es el mejor, Luz de agosto es un espectáculo por su estructura literaria y por sus maravillosos personajes. La novela se empieza a narrar por desplazamiento, pasamos así de un personaje a otro, para finalmente llegar al mulato Joe Christmas, el que recorrerá siempre la misma carretera, recorrerá los Estados Unidos de sur a norte y de norte a sur y nunca llegará a saber quién es en verdad, si un negro o un blanco.

En esta novela aparecen narrados con maestría el sur de los Estados Unidos, su racismo, la violencia, la dureza psicológica de hombres, mujeres y niños, la crueldad, el fanatismo religioso, la vida en sus múltiples dimensiones de dolor, de mezquindad y de desamparo. William Faulkner lo sabe hacer y esta, a mi juicio, es su mejor novela, lo cual ya es mucho decir.

9. Conversación en La Catedral

Mario Vargas Llosa (1969)

“La novela es la historia privada de las naciones”, escribe él la cita de Balzac como epígrafe para una de las mejores novelas políticas de América Latina. Y es cierto, la conversación que sostienen en el bar La Catedral el zambo Ambrosio y Zavalita, el chofer y el muchacho burgués, desnuda la corrupción política y moral que carcomió todas las capas de la sociedad peruana mientras estuvo sometida a una dictadura que también es muchas dictaduras más.

Con un ejercicio descomunal de técnica literaria, Mario Vargas Llosa, entre cervezas y cigarros, entre memorias y resentimientos, nos hace recorrer ese país que padeció el poder bajo el Gobierno del General Odría, en los años cincuenta. Y él, que se pregunta cuándo fue que se jodió el Perú, nos cuenta entonces esta historia de abusos y de arribistas, de clasismo y de racismo y lo hace desde una perspectiva impar, desde el ambiente relajado de una cantina, en una conversación donde nadie se guarda nada, donde todas las cartas quedan al descubierto, las del mundo público y las del mundo privado, las de la política y las del sexo.

10. La consagración de la primavera

Alejo Carpentier (1978)

Hay un novelista de raza, ese que tiene la voluntad de meter el mundo en un libro, este tipo de narrador hace las cosas tan bien, domina tan bien el lenguaje, sus ritmos y su música, que con su poder nos llega a convencer de haberlo logrado, nos hace creer, sin siquiera permitirnos reconocerlo, que ha borrado para siempre las fronteras invisibles que separan la realidad de la ficción.

¿Quién no ha querido alguna vez hacer una revolución y ganarla?

De la mano barroca de Carpentier, en una novela que lleva el nombre de una obra de Stravinsky, en La consagración de la primavera, conocemos de primera fuente buena parte de las actitudes humanas que se asumieron frente a las guerras del siglo veinte. Unos personajes ordinarios ubicados en contextos extraordinarios, movidos por el amor sexual y por la pasión política, nos hacen recorrer la historia en las páginas de la literatura.

El mejor de los novelistas cubanos nos hace viajar entre dictaduras y revoluciones, así pasamos de Gerardo Machado en Cuba a la Guerra Civil española, de la Alemania nazi a la dictadura de Fulgencio Batista, de las casas del habanero barrio de El Vedado a la Venezuela del petróleo y de los rascacielos de Caracas, transitamos del triunfo de la Revolución cubana de 1.959 a la invasión de Bahía Cochinos; donde cayeron rendidos, ante un ejército popular y rebelde, los mercenarios anticastristas, dando inicio con ello a una era de la que se esperó mucho más, una época que ilusionó al mundo para terminar convertida en un descomunal fracaso, en un terrible desengaño. Pero hay que ser justos, esto último no lo dice Carpentier.

En fin, entre estas novelas y yo hay un asunto personal; por ellas yo pude ordenar un poco mejor el caos que acompaña a mis afectos desde niño, pude comprender algo de las contradicciones que nos habitan a todos, gracias a ellas me sentí mucho menos solo y mucho más feliz de lo que fui antes de encontrarme a sus personajes e imaginar sus escenarios; gracias a ellas y a la individualidad irrenunciable de mi lectura, aprendí a saltar al mundo, a mezclar para siempre en él la vida de la ficción con la vida de todos los días, esa en la que quema el sol y los aguaceros mojan la ropa.

08-02-2018

 


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ÁLVARO ROJAS SALAZAR (San José, Costa Rica, 1975). Es Master en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Costa Rica desde el año 2012, y estudiante del Doctorado en estudios de la Sociedad y la Cultura, de esa misma universidad. Desde el año 2004 publica artículos sobre asuntos literarios en los suplementos Los libros yForja del Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica, en la Revista Tópicos del Humanismo de la Universidad Nacional, en el suplemento cultural Áncoradel periódico La Nación y en las revistas digitalesLiterofilia, Istmo y Paquidermo. En el año 2015 publicó con la editorial Arlequín y junto al filósofo George I. García y al crítico literario Héctor Hernández Gómez, el libro de ensayos Control social e infamia: tres casos en Costa Rica (1938-1965). En el año 2017 publicó la novelaGreytown (Uruk Editores); Telire. Crónica de viaje (Como becario del Colegio de Costa Rica del Ministerio de Cultura y Juventud) y el libro de artículos y ensayos sobre asuntos literarios Con el lápiz en la mano, con la Editorial de la UNED. En el año 2018 publicó también con la Editorial de la UNED, su ensayo La Boca, el Monte y las novelas. Una mirada literaria a la ciudad de San José.