Ruth Grégori: “Waslala, la reinvención de la utopía” (crítica)

Una lectura sobre la utopía en la novela de la escritora nicaragüense Gioconda Belli como legado desde la posmodernidad.

Ruth Grégori
La Zebra | # 39 | Marzo 1, 2019

La literatura latinoamericana posmoderna —a la cual algunos autores han denominado posboom— se caracteriza por rasgos como: privilegiar la sencillez expositiva sobre una sofisticada orfebrería verbal, alejarse de discursos “comprometidos ideológicamente”, evidenciar un retorno al realismo y la oralidad, fuerte influencia de los medios audiovisuales masivos, el surgimiento de la mujer como sujeto de la literatura en oposición a la preeminencia de autores y visiones machistas en ella, un tipo de abordaje en el que temas desagradables —muerte, violencia, corrupción, perversión, desesperación— se vuelven fascinantes y una profusa escritura sobre/contra la política (Giardinelli 1996: 266-269).

El presente ensayo parte de dicha caracterización para afirmar que Waslala Memorial del Futuro (1996), de la escritora nicaragüense Gioconda Belli (Managua, 1948) es una novela centroamericana posmoderna. Su protagonista es una heroína que hereda de otras mujeres empoderadas la convicción de la necesidad humana de una utopía. En ella priman la oralidad y el diálogo en oposición a la mirada unívoca del narrador. Los temas identificados por Giardinelli también están presentes, pues su mundo —Faguas— es una tierra posapocalíptica y violenta, de poderes corruptos enfrentados a grupos de una resistencia dispuesta a morir por sus ideales. Waslala es una ficción sobre la necesidad real de la utopía, posmoderna porque su mundo es la proyección del futuro de una civilización industrializada deshumanizada, pero incapaz de sobrevivir sin una utopía.

Reacomodos en los roles de género,
encarnaciones de la utopía feminista

“En el posboom se asiste a la terminación de la literatura machista”, ya no se inventan ni se admiten “mujeres literarias al servicio del macho y la cocina”, dice el escritor y periodista argentino Mempo Giardinelli (1996: 267-268). En Waslala, la protagonista es una heroína, Melisandra, quien es la responsable de encontrar la ciudad ideal que todos sueñan visitar y de la cual pocos han regresado. Mediante la ayuda de otras dos mujeres fuertes, Engracia —la líder de la facción de comunitaristas de la resistencia— y su madre —la única que permanece en Waslala en espera de que ésta sea repoblada—, Melisandra logra encontrar una alternativa para la coexistencia pacífica en Faguas. El encuentro entre madre e hija, luego de que Melisandra finalmente logra llegar a Waslala, en la última parte de la novela, deja entrever que la protagonista ha logrado encontrar su lugar en el mundo una vez que logra reconciliarse con su pasado.

Caminaban de vuelta a la casa junto al arroyo. La madre miraba al suelo, pensativa.

—Pero vos, Melisandra —habló luego de un prolongado silencio— ¿No querrás también volverte a Waslala? Podríamos hacer tantas cosas juntas… —la miró ansiosa.

—Claro que volveré, mamá —al fin, pensó, al fin pude llamarla madre, y continuó— Volveré a visitarte, pero no puedo quedarme. Vos misma lo dijiste ayer… dijiste algo que me gustó sobre la tensión entre lo que puede ser y lo que es. Yo quiero lo que puede ser. Cineria, Faguas, ese país en ciernes, informe.

Nunca me sentí más feliz, a pesar de la tragedia que nos circundaba, que durante los días en Cineria, después de la explosión. Percibí mi utilidad, mi contribución, el sentido que esto daría a mi vida. No podría quedarme aquí sabiendo lo que sucede allá.

(Belli 1996: 376)

Sin embargo, es interesante que esta visión en que se reintegra a la mujer a la centralidad del discurso literario también se ocupa de una revisión de los roles masculinos. Como indica Sophie Lavoie: “La mujer le deja el futuro a la mujer, pero siempre con la intención de mejorar la sociedad entera y sin excluir a los hombres del proyecto” (2). Así, el compañero sentimental de la protagonista se aleja de los estereotipos del príncipe azul que llega a rescatar a su amada. Raphael es un periodista “gringo” —estadounidense— quien, si bien es cierto se ve en situación de rescatar a la protagonista, debe también atravesar una serie de vicisitudes personales —dilemas morales entre los requerimientos de su oficio o la necesidad de ayudar a los habitantes del mundo perdido que ahora visita, la pérdida de amigos que le mueve a las lágrimas— que le llevan a transformarse como individuo, al mismo tiempo que lo hace su compañera. Así, pasan del llamado instintivo de los encuentros sexuales a una compenetración profunda que amplía su ser, en el encuentro de cada uno con el otro.

El problema de fondo era que su disyuntiva ya no se refería únicamente a la filina. Transmitir el reportaje era cercenarse de allí, obviar las consecuencias, declararse profesional de un oficio regido por reglas desapasionadas y una ética que, se cumpliera o no, sostenía que sólo la verdad era admisible. No enviarlo, por otro lado, equivaldría a tomar partido, a cercenarse de lo suyo, lo que hasta ahora fuese su vida de corresponsal sagaz, aventurado… La pregunta ahora era él, Melisandra; si estaba dispuesto a dejar a Melisandra, a dejar la historia que empezara a documentar, esa historia cada vez más rara y única…; una historia de construcción que era para él infinitamente más apasionante que contabilizar asesinatos o tratar de encontrarle sentido a la gratuidad de la violencia sin saber ya si uno trabajaba para ponerle freno o por la perversión de alimentar el morbo de la sangre…

(Belli 1996: 333)

Subversión frente a la degradación,
reinvención de la utopía política

En Faguas, el país en el cual se desarrolla la trama de Waslala, convergen una serie de males que bien permitirían considerarla como un locus terribilis: corrupción de un estado débil cuyos poderes fácticos recaen en traficantes ilegales, violencia, alienación, degradación ambiental. En ese sentido, cabe afirmar que se aplicaría a ella otro rasgo atribuido por Giardinelli a la literatura posmoderna hecha en Latinoamérica: “Es una escritura que devuelve una imagen de espejo donde contemplar un rostro horrible en el que destaca el pesimismo” (1996: 268).

Sin embargo, en esta obra el horror y la degradación conviven con el anhelo de un lugar totalmente distinto, la utópica Waslala, donde todos conviven armoniosamente. Casi podría decirse que para la mayoría de habitantes de Faguas es posible sobrellevar su realidad solo gracias a la posibilidad de imaginarla. Así se lo dice Engracia a Melissandra en la carta que le escribe para orientarle sobre cómo llegar al lugar que muchos buscan y pocos encuentran:

Quizás Waslala nunca llegó a ser el ideal que nos propusimos, es lo más probable, pero la vida me ha convencido que la razón de ser de los ideales no está necesariamente en su realización, si no en darle al ser humano el desafío, la meta, la alegría que sólo puede existir si pensamos que somos capaces de transformar nuestra realidad y alcanzar un mundo donde podamos ser bienaventurados y donde ni yo, ni Morris, ni mis muchachos, ni tantos y tantos, tengan que morir y vivir entre los desechos y los despojos. ¿Por qué no nos vamos a permitir la libertad de soñar esto, Melisandra?

(Belli 1996: 323-324)

Es gracias a ese anhelo de un futuro diferente para los habitantes de Faguas que Engracia, Morris y los jóvenes empacadores —todos contagiados fatalmente por un químico radioactivo encontrado entre los deshechos de cuyo reciclaje sobreviven— conciben y ejecutan el plan para acabar con los hermanos Espada —los traficantes de Filina que oprimen al pueblo—. Encuentran así un sentido heroico a la inminente llegada de la muerte. El suicidio colectivo se vuelve gesto político que encuentra sentido en la posibilidad de subvertir y trascender el estado vigente de cosas a fin de conservar intacto el poder de soñar.

Recuperar la memoria,
reivindicación contra el olvido

El subtítulo de Waslala, Memorial del futuro, parece advertir sobre el imperativo de recurrir al examen de la historia como requisito de la viabilidad del futuro. Como ha afirmado el también escritor Mempo Giardinelli, la literatura posmoderna se escribe no sólo contra la política, sino “contra el miedo y el olvido”: “Hoy escribimos para indagar, para experimentar, para conocer, para descubrir. Pero también y sobre todo para recordar y acaso, así, sobrevivir” (Piglia en Giardinelli 1996: 269).

La madre la tomó de la mano, la llevó a la habitación. De una caja de madera, guardada debajo de su cama, empezó a sacar libros y papeles escritos en una letra clara, menuda, apretada sobre la página.

—Aquí tenés Melisandra, los anales de Waslala. Los poetas, tu padre y yo los escribimos. Aquí hay un recuento pormenorizado de qué hicimos, cómo lo hicimos. Nuestros errores, nuestros aciertos, lo que fue esta experiencia. Hay planos de lo que construimos; hay cuentos, poemas, novelas, ensayos escritos aquí, dibujos… Son tuyos, de Faguas.

(Belli 1996: 376)

Partiendo de algunos datos de la biografía de Gioconda Belli, cabe preguntarse cuánto de lo que describe la novela respecto a Faguas o Waslala puede estarse refiriendo a su experiencia en Nicaragua. La autora fue parte de las fuerzas que lucharon contra la dictadura somocista en Nicaragua, motivo por el cual debió ir al exilio para luego volver e incorporarse al gobierno revolucionario del Frente Sandinista para la Liberación Nacional —FSLN— (Belli). Pero también formó parte del grupo de intelectuales que se distanció del mismo, luego de evidenciar cómo iba cambiando la utopía revolucionaria en el ejercicio del poder, entre los que se cuentan otros escritores como el ex vicepresidente Sergio Ramírez y el ex ministro de cultura Ernesto Cardenal. Podría considerarse que hay una especie de paralelo entre el proceso de la revolución sandinista en Nicaragua y el trayecto de Waslala, la tierra gobernada por los poetas que terminó desierta luego de que el aislamiento terminara por dejarla incomunicada de Faguas.

Waslala Memorial del futuro exhibe rasgos de la posmodernidad afines a la estética del desencanto, por ejemplo a partir del mundo degradado y violento en que transcurre la mayor parte de la novela. Sin embargo, opone a ese desencanto el poder de la utopía. No una utopía universal e incuestionable, sino una utopía que debe ser encontrada por cada individuo y mantenida a costa de mucho esfuerzo. Su cualidad social depende de los individuos que la conforman y su propia capacidad de comprometerse con un ideal. Opone además a la visión tradicionalmente machista de la literatura moderna una perspectiva que reivindica a la mujer como sujeto literario y político. Reivindica la necesidad de recordar críticamente el pasado como única vía para hacer viable el futuro. Se trata de una novela posmoderna, que reivindica el poder de la utopía para ir más allá del desencanto.

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Bibliografía

 


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RUTH GRÉGORI (El Salvador, 1975). Ensayista. Es graduada en Psicología y egresada de la Maestría en Estudios de Cultura Centroamericana opción Literatura de la Universidad de El Salvador. Su formación extra curricular abarca numerosos cursos y talleres en apreciación y práctica de distintas disciplinas artísticas: música, literatura, teatro, cine e historia del arte. Fue periodista en la sección cultural “El Ágora” del periódico virtual El Faro, responsable de comunicaciones e intercambio de conocimiento en el Programa de Seguridad Juvenil en Centroamérica de ICCO & Kerk in Actie (Países Bajos) y docente de Redacción en la Universidad Centroamericana de El Salvador (UCA). En los últimos años se ha desempeñado como consultora independiente en proyectos relacionados a la producción, sistematización y evaluación de textos escritos y audiovisuales. Sus colaboraciones para la revista cultural La Zebra incluyen los géneros de crónica, entrevista, ensayo y crítica de artes.

Foto de la autora: Guillo Martillhoz.