Oswaldo Escobar Velado: “Patria exacta” (poesía)

Seis momentos cuando la poesía del escritor salvadoreño Oswaldo Escobar Velado (1919-1961) fue perfecta.

Oswaldo Escobar Velado
Selección de textos por Jorge Ávalos
La Zebra | # 40 | April 1, 2019

Regalo para el niño

Te regalo una paz iluminada.
Un racimo de paz y de gorriones.
Una Holanda de mieses aromada.
Y Californias de melocotones.

Un Asia sin Corea ensangrentada.
Una Corea en flor, otra en botones.
Una América en fruto sazonada.
Y un mundo con azúcar de melones.

Te regalo la paz y su flor pura.
Te regalo un clavel meditabundo
para tu blanca mano de criatura.

Y en tu sueño que tiembla estremecido
hoy te dejo la paz sobre tu mundo
de niño, por la muerte sorprendido.

La iguana

La iguana sola. Sobre la piedra, sola.
En pleno mediodía
apenas mueve su dorada cola.
Cola con sol y cola con poesía.

Sola. Sola. El sol la tornasola.
Se vuelve pedrería.
Su cresta en la cabeza es una ola
de fina alfarería.

Junto a los cactus, lejos de la hoja,
la iguana está sobre la piedra roja.
Sobre la piedra roja. Roja y dura.

Sola. Sola. El sol la tornasola
y cuando mueve su dorada cola,
la cola le fulgura.

Patria exacta

Esta es mi Patria:
un montón de hombres: millones
de hombres; un panal de hombres
que no saben siquiera
de dónde viene el semen
de sus vidas
inmensamente amargas.

Esta es mi Patria:
un río de dolor que va en camisa
y un puño de ladrones
asaltando
en pleno día
la sangre de los pobres.

Cada gerente de las compañías
es un pirata a sueldo; cada
ministro del gobierno democrático
un demagogo
que hace discursos y que el pueblo
apenas los entiende.

Ayer oí decir a uno de los técnicos
expertos en cuestiones
económicas, que todo
marcha bien; que las divisas
en oro de la patria
iluminan las noches
de Washington; que nuestro crédito
es maravilloso; que la balanza
comercial es favorable; que el precio
del café se mantendrá
como un águila ascendiendo y que somos
un pueblo feliz que vive y canta.

Así marcha y camina la mentira entre nosotros.
Así las actitudes de los irresponsables.
Y así el mundo ficticio donde cantan
como canarios tísicos,
tres o cuatro poetas,
empleados del gobierno.

Digan, griten, poetas del alpiste.
Digan la verdad que nos asedia.
Digan que somos un pueblo desnutrido,
que la leche y la carne se la reparten
entre ustedes
después que se han hartado
los dirigentes de la cosa pública.

Digan que el rábano no llega
hasta las mesas pobres; que diariamente
mueren cientos sin asistencia médica
y que hay mujeres que dejan
la uva de su vientre
a plena flor de calle.

Digan que somos lo que somos:
un pueblo doloroso,
un pueblo analfabeto,
desnutrido y sin embargo fuerte
porque otro pueblo ya se habría muerto.

Digan que somos, eso sí, un pueblo excepcional
que ama la libertad muy a pesar del hambre
en que agoniza.

Yo grito, afirmo y aseguro.

En todas partes donde vivo, el cerro.
En todas partes donde canto, el hambre.
El hambre y el dolor junto a los hombres.
La miseria golpeándoles la vida
hasta quebrar el barro más cocido del alma.

Y a esto, amigo, se le llama Patria
y se le canta un himno
y hablamos de ella como cosa suave,
como dulce tierra
a la que hay que entregar el corazón hasta la muerte.
Mientras tanto al occidente de la casa que ocupo
hay una imagen encaramada en el mundo
(¡mayor razón para que viera claro!)
y allá junto a sus pies de frío mármol
una colonia alegre
se va en las tardes
cantando a los cinemas.

Bajo la sombra de “El Salvador del Mundo”
se mira el rostro de los explotadores.
Sus grandes residencias con ventanas que cantan.
La noche iluminada para besar en Cadillac
a una muchacha rubia.

Allá en el resto de la patria, un gran dolor
nocturno: allá y yo con ellos, están los explotados.
Los que nada tenemos como no sea un grito
universal y alto para espantar la noche.

Allá las mesas de pino; las paredes
húmedas; las pestañas de los tristes candiles;
la orilla de un marco de retrato apolillado; los porrones
donde el agua canta; la cómoda
donde se guardan las boletas
de empeño; las desesperadas
camisas; el escaso pan junto a los lunes
huérfanos de horizontes; el correr
de los amargos días; las casas
donde el desahucio llega y los muebles
se quedan en la calle
mientras los niños y las madres lloran.

Allá en todo esto, junto a todo esto,
como brasa mi corazón
denuncia al apretado mundo,
la desolada habitación del hombre que sostiene
el humo de las fábricas.

Esta es la realidad.

Esta es mi Patria: 14 explotadores
y millones que mueren sin sangre en las entrañas.

Esta es la realidad.

¡Yo no la callo aunque me cueste el alma!

Elegía infinita

I

Antes muy poco sabía de la muerte;
creía que los muertos
morían indiscutiblemente.

Y es que pensaba que la vida era
como una ondulación; un movimiento;
un agitar de sangre
cruzándonos el cuerpo.

Y eso me decía: si el corazón detiene
su palabra, el pomo de la sangre
se quiebra como un vaso y la vida
se escapa.

Antes creía que morirse era
un convertirse en polvo; un retornar
al barro conmovido;
un volver a los ríos, ser nuevamente
arena
o sonoro
guijarro.

Pero hoy que has muerto,
mi dulce muerta
viva,
ni eres polvo,
ni arena,
ni sonoro guijarro.

Tú no has hecho sino entrar,
definitivamente, con leve roce
de ángel
por la anchurosa
puerta de la vida.

Desde que tú cerraste la humedecida
hiedra de tus ojos,
entonces, aprendí,
lo que vale la luz, lo que vale todo
el encendido fulgor de las estrellas.

Yo creía que los lirios
eran suaves, pero toqué tus manos
en el sombrío muro de la muerte
y entonces supe
lo que es la suavidad de transparente.

No sé por qué lloramos muertos
a los que como tú
viven perennemente a nuestro lado,
inmortales en la luz que los sostiene.
Impulsando nuestros pequeños
actos cotidianos.

Mostrando
la difícil luciérnaga
de la bondad del hombre.
Para mí tú no has muerto.
Es imposible que te crea muerta.

VII

La vida
no es una mujer bailando en un espejo;
ni tampoco un payaso en el país del oso.
No es un hombre que llora frente a una lámpara
ni un gerente que firma cheques y luciérnagas
ni un soldado que apaga su magnolia de sangre
en la trinchera.

La vida es algo más; trasciende de la carne
y entonces toma su verdad eterna,
su palabra de niebla se deshace
y surge inapagable para siempre
más allá de la muerte y de la sombra.

La vida verdadera se sostiene
en los ojos dormidos de los muertos.
No tengo a nadie
que comparta conmigo
la mesa de mi angustia; mi rodaja
de luna que en mis sueños
había; ardo en mi soledad
como una lámpara; lloro
como el viento llora
pasando entre los árboles;
soy un mar asombrado quebrando
sus espejos; todo lo que quería
se perdió para siempre. De qué sirven
los cuadros familiares: de qué el negrito
alegre comiendo su sandía;  de qué la orquídea
sin tu mano pura y de qué la cosecha
de la finca; de qué mi cigarrillo
inseparable si su ceniza
permanece muda; de qué mi llanto al fin
si no tengo pañuelos; de qué mi novia en junio
si yo muero en mayo; de qué la vida
sin un muro alegre de violetas;
sin tu sonrisa iluminando todos
los senderos del mundo.

Estoy casi a la altura
donde la razón apaga su luciérnaga
o esconde su semilla. Estoy a un paso
de la niebla y voy a herirme
en esta soledad sin litorales.
Sin embargo,
hay algo que me impulsa
a continuar viviendo.
Y yo sé que no estoy equivocado:
es el amor al pueblo
que me viene de ti como una rosa
imperativa y dulce,
necesaria y eterna.

Con este amor tan grande
es imposible que te crea muerta.
Y sin embargo lloro hasta romper la noche.

Canto a mi lengua

Siento la lengua herida.
Tengo cáncer.
Llegué a Colorado Springs
para curarme.

Inicié el dulce territorio de Lincoln
penetrando por Houston
ávido de esperanzas.

¡Ah!, mi lengua, hermanos, mis amigos…
¡Me dolería perderla mucho más que la vida!
Y es que mi lengua ha sido
como una cuerda musical sonando
con atrevidos vientos para el pueblo.

¿Qué haría yo sin lengua?
¿Hablar a señas? No, sería horrible.
Sería como si un huracán perdiera
su protesta; como estar enterrado
entre todos los hombres
que animan las ciudades…
¿Cómo lograr que la blanca saliva de mi boca
no pierda la popular presencia
de su lengua?

¿Cómo lograr que el cáncer
se detenga?

Yo sólo pienso, amigos, mis amigos
que si pierdo la lengua
me nacerá en los ojos…

Puedo dejarla en el Penrose Hospital
de Colorado Springs
entre gasas esterilizadas y coágulos de sangre…
Puedo dejarla, digo… pero seguiré cantando,
y defendiendo al pueblo.

¡Hoy, este día,
bajo la cápsula de cobalto
he tenido esperanzas…!

¡Ah! Si el cobalto falla,
pobre poeta, su amor y sus zapatos.

No puedo ya seguir escribiendo.
Esa lengua me arde, me quema.
De todos lados sale, del radio y la T. V.

En las noches la siento como la ballena que se tragó a Jonás.
Inmensa, rompiendo mis dulces maxilares,
da enormes colazos y lloro.
Lloro por mi Patria a la que nunca, amigos,
tal vez yo vuelva a ver…

Oswaldo_Escobar_Velado-1958
Foto de Oswaldo Escobar Velado, cortesía de Manlio Argueta: “Tomada en 1958, en Ciudad Delgado, junto a tres niños de esa casa, que visitábamos ese día con Otto René Castillo (el poeta guatemalteco), pues ahí vivía el poeta Roberto Armijo”.

OSWALDO ESCOBAR VELADO (El Salvador, 1919-1961). Poeta salvadoreño, recordado por dos poemas que le dieron fama póstuma: el airado poema de denuncia “Patria exacta”, y “Regalo para el niño”, popularizado en una canción en la década de 1980. Sus primeros libros oscilaron entre sonetos de un postmodernismo colorido y una poesía en verso libre de corte nerudiano. Entre sus libros cabe recordar: Poemas con los ojos cerrados (1943); 10 sonetos para mil y más obreros (1945); Árbol de lucha y esperanza (1951); Volcán en el tiempo (1955); Tierra azul donde el venado cruza (1955). Una antología póstuma editada por Matilde Elena López, Poesía escogida (1967), reunió gran parte de su obra dispersa en periódicos, tarea que fue completada por Ítalo López Vallecillos en otra antología, Patria exacta (1978).

Foto de Oswaldo Escobar Velado, cortesía de Manlio Argueta: “Tomada en 1958, en Ciudad Delgado, junto a tres niños de esa casa, que visitábamos ese día con Otto René Castillo (el poeta guatemalteco), pues ahí vivía el poeta Roberto Armijo”.