Juan Ramón Molina: “Nada es todo” (poesía)

Una selección de poemas del gran escritor hondureño, a quien Miguel Ángel Asturias llamó el más grande poeta modernista después de Rubén Darío.

Juan Ramón Molina
La Zebra | # 41 | Mayo 1, 2019

Pesca de sirenas

Péscame una sirena, pescador sin fortuna,
que yaces pensativo del mar junto a la orilla.
Propicio es el momento, porque la vieja luna,
como un mágico espejo, entre las olas brilla.

Han de venir hasta esta rivera, una tras una,
mostrando a flor de agua su seno sin mancilla,
y cantarán en coro, no lejos de la duna,
su canto que a los pobres marinos maravilla.

Penetra al mar, entonces, y escoge la más bella
con tu red envolviéndola. No escuches su querella,
que es como el canto aleve de la mujer. El sol

la mirará mañana —entre mis brazos loca—
morir bajo el martirio divino de mi boca,
moviendo entre mis piernas su cola tornasol.

Río Grande

A Esteban Guardiola

Sacude, amado río, tu clara cabellera,
eternamente arrulla mi nativa ribera,
ve a confundir tu risa con el rumor del mar.
Eres mi amigo. Bajo tus susurrantes frondas,
pasó mi alegre infancia, mecida por tus ondas,
tostada por tus soles, mirándote rodar. . .

Presa fui del ensueño. Tus guijarros brillantes
me parecían gruesos y fúlgidos diamantes
de un Visapur incógnito de rara esplendidez;
y —en sonoro y límpido cristal de luna llena—
el espejo de plata de una falaz sirena
de torso femenino y apéndice de pez.

¡Oh infancia! ¡Quien te hubiera parado en tu camino!
Dueño era de la lámpara de iris de Aladino,
de su mágico anillo, de su feliz candor:
como él, tuve pirámides de gemas fabulosas,
un alcázar magnífico, mil esclavas hermosas,
y fue mi amada la hija de un gran emperador.

Más, todo fue más frágil y breve que tu espuma,
más efímero y vago que la temprana bruma,
que sube de tus aguas hacia el celeste azur;
arenas confundidas en tu glacial corriente,
pájaros errabundos que buscan lentamente
las vírgenes florestas que bañas en el Sur.

Lejos de estas montañas, en un lugar distante,
soñaba con tu fresca corriente murmurante,
como en la voz armónica de una amada mujer;
con tus ceibas y amates y tus yerbas acuáticas,
con tus morenas garzas, inmobles y hieráticas,
que duermen en tus márgenes al tibio atardecer.

Cuando volví a mirarte el opio del hastío
me envenenaba; pero tu grato murmurío,
tornó a dar a mí espíritu una sedante paz:
lavaste con tos olas agrias levaduras,
mi corazón llenaste de cándidas ternuras,
y una nueva sonrisa iluminó mi faz.

Amo tus grandes pozas de tonos verdioscuros,
tus grises arenales y los peñascos duros,
con los que a veces trabas una furiosa lid;
y tus abrevaderos, que cubren enramadas,
donde su sed apagan las tímidas vacadas,
como en las fuentes bíblicas el ciervo de David;
las flores de tus ásperos y espesos matorrales,
tus islotes, cubiertos de espinos y chilcales,
y los musgosos árboles que en tu margen se ven,
el gránulo de oro que en tus arenas brilla,
la raíz que como sierpe se sumerge en tu orilla,
la rama que te besa con rítmico vaivén.

Tus aguas salutíferas me dieron nueva vida.
Infatigable buzo, perseguí en su guarida
a la ligera nutria debajo del peñón;
crucé con fuerte brazo tus remolinos todos,
conocí los peligros que ocultan tus recodos
y me dejé arrastrar de tu canturria al son.

A veces, en las tardes, con perezoso paso
he seguido tus márgenes, que el sol, desde el ocaso,
dora con los destellos de su postrera luz,
presa de una profunda, tenaz melancolía,
tejiendo ensoñaciones de vaga poesía,
que mi Tabor ha sido, pero también mi cruz!

¿Qué dicen los polífonos murmullos de tus linfas?
¿Son risas de tus náyades? ¿Son quejas de tus ninfas?
¿Pan tañe en la espesura su flauta de cristal?
Oigo suspiros suaves… gimen ocultas violas…
alguien dice mi nombre desde las claras olas,
oculto en los repliegues del líquido raudal.

¡En vano estoy inquieto, clavado en tu ribera!
No miraré, ¡oh náyade! tu verde cabellera,
ni el jaspe de tus hombros, ni el nácar de tu tez;
sólo percibo, bajo la superficie fría,
—joyel de una cambiante y ardiente pedrería—
cual súbito relámpago, un fugitivo pez.

De noche ­­­—en esas noches solemnemente bellas—
una por una bajan del cielo las estrellas
medrosas, en tu tálamo de aljófar a dormir;
y cuando se despierta la virginal mañana,
vestida con su túnica magnífica de grana,
huyen a sus palacios de plata y de zafir.

En los postreros meses del tórrido verano
semejas un medroso y claudicante anciano,
de empobrecidas venas y de cascada voz;
tus árboles parecen raquíticos enfermos,
tus eras se transforman en miserables yermos,
segadas por el filo de una candente hoz.

Por todos lados hallan los encendidos ojos,
lajas resplandecientes, misérrimos rastrojos
y pedregales agrios donde te encharcas tú;
duermen las lagartijas su siesta en los barrancos,
y la torcaz del monte —en los escuetos flancos—
se queja bajo un cielo de vívido tisú.

Más ya las nubes abren sus lóbregas entrañas:
un diluvio benéfico desciende a las montañas,
cien arroyos hirvientes hasta tu cauce van;
arrastras en tu cólera los más robustos troncos,
y sacudiendo peñas y dando gritos roncos,
pareces el hermano del hórrido huracán.

Pláceme así mirarte cuando a tu orilla acudo,
cuando me precipito —enérgico y desnudo—
en tus revueltas aguas que reventar se ven;
y aspiro de tus bosques el capitoso efluvio
y pienso que eres una corriente del diluvio
que fragorosa bate mi palpitante sien.

Porque amo todo aquello que es grande o que es sublime:
el águila tonante, no el pájaro que gime,
el himno victorioso, no el verso femenil;
las mudas, y solemnes, y vastas soledades,
los lúgubres abismos, las fieras tempestades,
todo lo que es soberbio, grandioso o varonil!

Te amo por eso cuando con vigorosas alas,
te cruza —mientras turbio y aterrador resbalas—
lanzando ásperos gritos el martín pescador;
y, columpiando agrestes parajes nemorosos,
vas a asustar los viejos caimanes escamosos,
tendidos en la costa con plácido sopor.

Sigue rodando, oh río, por tus eternos cauces,
ve a endulzar del enorme Pacífico las fauces,
sé un manantial perenne de vida y de salud;
muy pronto iré a tu orilla, con ánimo cobarde,
bajo la paz augusta de una tranquila tarde,
a recordar mi loca y ardiente juventud.

Mañana —cuando me haga sus misteriosas señas
la muerte— bajo un lote de cardos y de breñas,
en una humilde fosa tendré que reposar;
sin que ninguno inscriba, pues de verdad nadie ama,
sobre una piedra mísera y tosca un epigrama
piadoso, que a las gentes convide a meditar.

Pero mi oscuro nombre las aguas del olvido
no arrastrarán del todo; porque un desconocido
poeta, a mi memoria permaneciendo fiel,
recordará mis versos con noble simpatía,
mi fugitivo paso por la tierra sombría,
mi yo, compuesto extraño de azúcar, sal y hiel.

Envuelto en un solemne crepúsculo inefable,
dirá tal vez pensando en nuestro ser variable:
“Cual nuestro patrio río su espíritu fue así:
soberbio y apacible, terrífico o sereno,
resplandeciente de astros y túrbido de cieno,
con rápidos, y honduras, y vórtices”. Tal fui.

Tal fui, porque fui hombre, oh soñador ignoto,
pálido hermano mío, que en porvenir remoto
recorrerás las márgenes que mi tristeza holló.
¡Que el aire vespertino refresque tu cabeza,
la música del agua disipe su tristeza
y yazga eternamente, bajo la tierra yo!

El jardín

Cuelgan racimos de odorables pomas,
negras uvas en gajos tentadores,
fingiendo los alegres surtidores
un murmullo de besos y de bromas.

Dormitan en las ramas las palomas
los buches esponjando arrulladores,
y el capitoso aliento de las flores
unge el follaje y el parral de aromas.

Un sol ardiente esparce sus madejas
de luz, sobre el jardín; y las abejas
un vals preludian, áspero y sonoro.

Bailan las mariposas deslumbrantes,
y picotean pájaros brillantes
unas naranjas que parecen de oro.

Metempsicosis

Del ancho mar sonoro fui pez en los cristales,
que tuve los reflejos de gemas y metales.
Por eso amo la espuma, los agrios peñascales,
las brisas salitrosas, los vívidos corales.

Después, aleve víbora de tintes caprichosos,
magnéticas pupilas, colmillos venenosos.
Por eso amo las ciénagas, los parajes umbrosos,
los húmedos crepúsculos, los bosques calurosos.

Pájaro fui en seguida en un vergel salvaje,
que tuve todo el iris pintado en el plumaje.
Amo flores y nidos, el frescor del ramaje,
los extraños insectos, lo verde del paisaje.

Torneme luego en águila de porte audaz y fiero,
tuve alas poderosas, garras de fino acero.
Por eso amo la nube, el alto pico austero,
el espacio sin límites, el aire vocinglero.

Después, león bravío de profusa melena,
de tronco ágil y fuerte y mirada serena.
Por eso amo los montes donde su pecho truena,
las estepas asiáticas, los desiertos de arena.

Hoy (convertido en hombre por órdenes obscuras),
siento en mi ser los gérmenes de existencias futuras.
Vidas que han de encumbrarse a mayores alturas
o que han de convertirse en génesis impuras.

¿A qué lejana estrella voy a tender el vuelo,
cuando se llegue la hora de buscar otro cielo?
¿A qué astro de ventura o planeta de duelo,
irá a posarse mi alma cuando deje este suelo?

¿O descendiendo en breve (por secretas razones),
de la terrestre vida todos los escalones,
aguardaré, en el limbo de largas gestaciones,
el sagrado momento de nuevas ascensiones?

Nada es todo

Hermano mío en el arte y en la lira sagrada,
que de la vieja estigia, sentado en un recodo,
me dices que las cosas de este mundo son nada,
pero que las del otro, las del celeste, todo.

No siembres esa lívida seta emponzoñada
en mi jardín de sueños, con tan amable modo,
sino una vid de vida, de racimos cargada,
que de alegría deje el corazón beodo.

Juan_Ramón_Molina-capilla_ardiente.jpg
Capilla ardiente de Juan Ramón Molina en la Sociedad de Artesanos La Concordia, San Salvador, 3 de mayo de 1918, fecha de la exhumación de los restos del poeta, antes de ser repatriado a su natal Honduras.

 


JUAN RAMÓN MOLINA (Honduras, 1875-1908). Poeta modernista. Estudió en Guatemala, donde conoció a Rubén Darío, el gran poeta nicaragüense en 1891. Funcionario público durante el gobierno de Policarpo Bonilla (1895–1899), fue enviado a prisión en 1900 durante el gobierno siguiente, cuando el presidente Terencio Sierra se sintió aludido cuando Molina publicó un famoso apólogo de Benjamín Franklin en su periódico, “Un hacha que afilar”. En la revolución de 1903, Molina combatió y obtuvo el grado de coronel. Junto a Rubén Darío participó en 1906 en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro; en el trayecto escribió uno de sus más famosos poemas: “Salutación a los Poetas Brasileños”. Cuando otra revolución in 1907 derrotó a Bonilla, Molina fue exilado a El Salvador. A lo largo de su vida, Molina había sufrido de depresiones, exacerbadas por el alcohol. En 1908, a los 33 años, falleció de una sobredosis de morfina. Sus obra, compuesta de poemas y piezas en prosa fueron reunidas por su colega Froylan Turcios, en Tierras, mares y cielos (1911). Miguel Ángel Asturias considró a Molina el más grande poeta modernista centroamericano después de Darío.