Gabriela Mistral: “Salarrué, un cuentista centroamericano” (crítica)

La primera reseña del clásico libro Cuentos de barro de Salarrué fue escrita por la escritora chilena Gabriela Mistral, premio Nobel 1945.

Gabriela Mistral
Introducción de Jorge Ávalos
La Zebra | # 40 | Abril 1, 2019

1. Introducción

Jorge Ávalos

Gabriela Mistral conoció a Salarrué (seudónimo de Salvador Salazar Arrué, 1899-1975) durante su visita a El Salvador en 1931. Fue allí donde Mistral se encontró con el grupo de escritores que ella llamaría el “grupo selecto” que fermentaría la cultura del más pequeño país de Centroamérica: Claudia Lars, Trigueros de León y Alberto Guerra Trigueros, además de Salarrué. Mistral mantuvo durante años correspondencia con todos ellos, sobre todo con Claudia Lars, además de desarrollar una amistad feliz y duradera con Toño Salazar.

Mistral tuvo un papel fundamental en el lanzamiento literario de Salarrué. Sobre la impresión profunda que él le causó, y sobre sus cuentos escribió dos notas inspiradas y elogiosas. La primera fue publicada para introducir los “Cuentos de barro”, entonces inéditos, en Repertorio Americano, dirigido por Joaquín García Monge, el 17 de octubre de 1931, en San José, Costa Rica. En esa misma edición, Mistral introdujo al poeta Guerra Trigueros con el poema “Soledad” y con estas palabras de elogio: “Aquí está Guerra Trigueros, el mejor poeta de El Salvador, amigo robusto del poema largo, que tanto hemos abandonado, por pereza o flaqueza —y amigo, además, de los grandes pensamientos—, que Dios le regala en abundancia.” De Salarrué, Mistral eligió cuatro cuentos: “La brasa”, del que Gabriela apuntó que “en este cuento está toda la magia de la cordillera”; “Semos malos”; “El viento”; y “La botija”

La segunda nota sobre Salarrué, conservada en los archivos de Gabriela Mistral e inédita hasta ahora, fue escrita con el objetivo de promover la circulación de Cuentos de barro en Sudamérica, después de la edición príncipe del libro en San Salvador, en 1933, por Talleres Gráficos Cisneros. En efecto, Cuentos de barro tendría su segunda impresión en Santiago de Chile, en 1943, por la Editorial Nacimiento, en una publicación bellamente ilustrada con grabados en madera del artista salvadoreño José Mejía Vides. Cabe señalar el raro enamoramiento de Mistral con Salarrué, a quien describe así: “El hombre es un vasco hermoso y limpio como una copa de plata, hecho por la madre con la mejor plata humana, y así luce, por donde lo vuelvan, de honradez, de claridad y de firmeza.”

En 1948, cuando Claudia Lars le reporta a Salarrué, desde Santa Bárbara, que Gabriela sufría un grave período de depresión, el escritor salvadoreño le escribió una sentida carta de amor místico en la que la bautiza “Bluni”, una contracción de “Blue Wine” (vino de la melancolía). En esa carta, fechada el 9 de noviembre en Nueva York, le dice: “Muchos poetas te amarán, hombres y mujeres. Tú eres una elegida y has sufrido mucho, pero ¿qué harías tú sin el sufrimiento? Eres feliz porque eres tan tú misma que nadie puede quitarte la gloria de haber vivido esta tu vida hermosa, vigorosa, contenida, plena de inteligencia y de amor”.

2. Salarrué, un cuentista centroamericano

Gabriela Mistral

I

El Salvador da sus sorpresas: a mí me ha dado la de un fermento intelectual admirable, la de la levadura que pone un grupo selecto y que acabará por enliudar[1] al país. No todos están en formación; algunos se hallan formados; son dueños ya de su lengua y aun maestros en algún género. Así este Salarrué, prosista de una originalidad que se podrá apreciar en los cuentos de esta página[2] y persona fascinante en la vida interior que confiesa sin confesar y que le labra la obra del buen modo: de adentro hacia afuera. Antes de ser un escritor ha querido ser un hombre depurado y rematado, artesano lento y seguro de sus potencias.

San Salvador, octubre de 1931.

II

Se ha quedado corriendo fluvialmente a lo ancho de la América Central el libro Cuentos de barro, de Salarrué, y no ha alcanzado la edición, urgida, de tiraje, hacia la América del Sur. Existen las Américas de partidos segmentos. Centro América corresponde a la falange mexicana y forma con ella una de las cuatro América que yo suelo enumerar.

Cuando pienso en los núcleos personales de americanidad pura con que cuenta —a Dios gracias— nuestro Continente destacado, me viene entre los primeros este nombre de Salarrué (fusión ardidosa[3] de dos apellidos) y veo al dueño de esa racialidad que  le amo tanto y oigo su prosa como quien escucha cafetal o plantel de caña. Retengo la imagen física y entrego la oreja mucho tiempo; hallo una dicha grande en estas comunicaciones con criatura de versos nuestra.

El hombre es un vasco hermoso y limpio como una copa de plata, hecho por la madre con la mejor plata humana, y así luce, por donde lo vuelvan, de honradez, de claridad y de firmeza. Frecuenta unas teosofías que no le hacen daño ni enturbia confusión ni en salto de trampolín, desde este mundo.

El vasco, criatura acérrimamente concreta, se entró con denuedo por esos bosques de nieblas y fuerzas a contarnos los materiales del Oriente, en los que tantos se enredan y se tumban. El criollo que vive en tierra admirable no tendrá nunca la mala ocurrencia de volver la espalda (que aquí quiere decir los sentidos) al ámbito de su Salvador terrestre. Su mística es más el menester activo de magia que servía Paracelso, que un arrobo ocioso.

La lengua siete veces criolla trasuda savia, leche y esencia americanas. Leyéndola se cree toda la experiencia literaria de nuestros pueblos, que tenemos y que tendremos cada día más, una lengua teñida en nuestros frutos y oliendo el humus sacro. El ejemplo de la prosa suya no alega sino que convence como catapulta.

Prosa sobria, que nos reconviene por sí misma de aquella gran tontería que adjudica al trópico el reguero verbal y el barroquismo en trance delirante.

Originalidad profunda del hombre leído, pero que no se alquila en colono, cada semana, al escritor que estuvo leyendo. Y unos atisbos, unos descubrimientos y hasta unas intuiciones estupendas de lo indígena. Mira en varios planos su ojo: ve lo que vemos todos, más lo que ven los mejores, más lo que vislumbrarían unos ojos hábiles para el suelo, como los de un insecto, o como los ojos que tendrían unas raíces llenas de pupilas en la ceguera subterránea. Los teósofos dirán, afirmados en el documento de estas historias, que su Salarrué hace, cuando quiere, el hombre: cuando se le ocurre, el gnomo soterrado; cuando le acomoda, el deva o ángel bramánico.

Extraño libro de cuentos, y a pesar de lo inefable que corre por él, tan claro su esoterismo como los metales que en esta misma norma saben ser lucientes y secretos.

[C. 1933-34.]

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Introducción de Gabriela Mistral a los “Cuentos de barro” de Salarrué en Repertorio Americano, San José, Costa Rica, octubre 17, 1931. En la foto, de izquierda a derecha: Salarrué, Gabriela Mistral y Adolfo Ortega Díaz en San Salvador, octubre, 1931.

NOTAS

[1] Enliudar: chilenismo por “enleudar” o leudar, es decir, se refiere al proceso de fermentar la masa del pan con levadura para que crezca en volumen.

[2] Esta nota fue publicada para introducir los “Cuentos de barro” de Salarrué, entonces inéditos, en Repertorio Americano, dirigido por Joaquín García Monge, el 17 de octubre de 1931, en San José, Costa Rica.

[3] Ardidosa: de ardid, pero también valiente, intrépido, denodado.