Álvaro Rojas Salazar: “Castellanos Moya y la historia fingida” (crítica)

Claves para interpretar Tirana memoria (2009), la novela histórica del reconocido escritor salvadoreño.

Álvaro Rojas Salazar
La Zebra | # 42 | Junio 1, 2019

La literatura no está obligada a ser fiel a ningún pasado, ella no sufre la tiranía de la memoria, ni tampoco acepta con facilidad las reglas del historiador; es decir, no debe reconstruir con veracidad lo que ocurrió, por decir algo, en la sociedad salvadoreña durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, durante los intentos de golpes de Estado que enfrentó este tiranuelo esotérico y asesino; la literatura no debe dar cuenta ni explicar los efectos de esa dictadura en la familia de un periodista comunista, no debe encontrar las causas de la diferencia de clases en la sociedad salvadoreña de los años treinta y cuarenta del siglo XX; la literatura es soberana en el reino de la subjetividad, eso sí, debe estar bien escrita, ser coherente y respetar sus propias reglas de verosimilitud.

Dice Albert Camus que la novela es la historia fingida, por eso puede inventar el pasado y ordenarlo y narrarlo mediante la elaboración artificial de fuentes, de memorias, como la que recoge el diario de una mujer en crisis, o aquel escrito que surge del dolor, de la necesidad de recordar a un amigo muerto.

En la Nota del autor de su novela Tirana memoria (2008), Horacio Castellanos Moya escribe:

“Este es un libro de ficción. Los caracteres principales son, pues, ficticios. No obstante, la escenografía histórica de la primera parte (“Haydée y Los prófugos”), así como muchas de las situaciones y personajes a los que se alude en ella, tienen su base en la historia de El Salvador en 1944. Debo aclarar que en este caso la historia ha sido puesta al servicio de la novela, es decir, la he distorsionado de acuerdo a los requerimientos de la ficción. No se busque aquí, pues, “la verdad histórica”. [1]

Las reglas están claras, la novela de Castellanos Moya no pretende sustituir a la historia, él tampoco sostiene el argumento posmoderno de la cárcel del lenguaje, la ausencia de referentes, ni manipula los hechos para conseguir fines políticos; Castellanos actúa en esta nota con la mayor transparencia que se le puede exigir a un novelista, él lo dice con todas las letras:

“(…) en este caso la historia ha sido puesta al servicio de la novela, es decir, la he distorsionado de acuerdo a los requerimientos de la ficción (…)”

A pesar de que ahora Tirana memoria pueda servir como fuente para los historiadores que estudien la política del siglo XX en El Salvador, Castellanos no hace historiografía, no escribe su memoria de los últimos días del gobierno de Hernández Martínez, tampoco hace la “posmemoria” del relato de su familia sobre aquella tiranía; Castellanos es un novelista, por lo tanto finge la vida y en la vida están las memorias y aquellas formas narrativas que la historia de la literatura registra, como la novela de aventuras o la novela de dictadores.

Es por ello que en su texto no se encuentra la voluntad de expresar la verdad histórica o de ser consecuente con la fidelidad de la memoria, lo que le importa es la coherencia interna de su ficción, el éxito de su estructura narrativa. Como novelista, no le interesan ni la fidelidad de la memoria ni el pacto de verdad en la historia, a él le importa usar tanto la memoria como la historia para “los requerimientos de la ficción”.

Los requerimientos de la ficción

Tirana memoria prescinde del narrador omnisciente para contar desde tres perspectivas marginales los últimos días del último gobierno del dictador salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez en 1944.

Esta es una novela realista, es una novela política, es una novela de referente histórico y, como todas, es una novela histórica, es decir, se escribe en un contexto social y lleva implícitas valoraciones, luchas discursivas, luchas de poder propias de su tiempo, el narrado y el de la narración.

En el mundo social creado por la novela se encuentran y combaten la clase gobernante salvadoreña, militares, políticos, clase alta que se enfrenta a rebeldes de su misma condición social o a intelectuales, a campesinos, a estudiantes, a enemigos de la casta militar y también a comunistas pro soviéticos.

Una familia, los Aragón, le sirve a Castellanos para profundizar en la historia política de El Salvador y, con toda seguridad, en su propia historia familiar. Dos acontecimientos traumáticos sostienen la tensión narrativa en Tirana memoria, el encarcelamiento del periodista oposicionista Pericles Aragón y la fuga de Clemente Aragón, su hijo, luego de una intentona fallida de golpe de Estado contra Hernández Martínez.

La profundidad psicológica de los personajes, la explicación de sus conductas en concordancia con la trama y el lugar familiar que cada uno de ellos ocupa, el entrelazamiento entre conflictos emocionales y conflictos políticos, la coherencia espacio-temporal, el respeto al punto de vista, al género del narrador, a su lenguaje, forman parte de todo aquello a lo que, intuyo, hace referencia Castellanos Moya cuando dice que ha usado la historia al servicio de los requerimientos de la ficción.

A mi juicio, estos serían esos requerimientos en un texto que se alimenta del ejercicio brutal del poder, del sometimiento de buena parte de la población salvadoreña, de la intolerancia a la oposición política, de la vida cotidiana bajo una dictadura, de la geografía salvadoreña y del desarrollo vertiginoso de los últimos días en los que “el Brujo” estuvo al mando de ese país.

Lo cual es contado desde tres perspectivas marginales que son la de Haydée, esposa de Pericles y madre de Clemente, la novela de aventuras de Clemente y Jimmy en tiempos de fuga tras fracasar el golpe de Estado y El almuerzo, el escrito de Chelón, un viejo amigo de Pericles que lo recuerda en 1973, algún tiempo después de su muerte.

El diario de Haydée y los escritos de Chelón son claros ejemplos de memorias construidas por la ficción. Si una memoria necesariamente es una ficción, una producción, una invención parcial, en esta novela de Castellanos ellas son ficciones construidas dentro de otra ficción aún mayor que es la estructura perfectamente lograda de esta obra, que contiene esas memorias como piezas de un rompecabezas y que a su vez es un capítulo en la saga de novelas que Castellanos Moya le dedica a la familia Aragón y con ella, a la historia de El salvador en el siglo XX y un poco más, porque en Moronga también piensa el siglo XXI.

Entonces, Tirana memoria es la invención de unas memorias y de una novela de aventuras estructurada en diálogos, mediante las cuales un escritor se vale de la historia para alimentar su ficción, para respaldar y darle credibilidad a su narración y, sin ninguna duda, para pensar el país al que se fue a vivir de niño, sus injusticias, violencias y los efectos subjetivos de una larga serie de arbitrariedades, desigualdades y excesos políticos.

En su ensayo Historia, memoria y ficción Werner Mackenbach se refiere así a los elementos architextuales en Tirana memoria, esos que ayudan a esclarecer la naturaleza de las ficciones que le dan forma:

“En primer lugar, hay que destacar que presenta rasgos que se han entendido como característicos de la novela histórica o de referencia histórica —y en un sentido aún más amplio de la escritura histórica— contemporánea en Centroamérica: el relato de la historia no desde el centro, sino desde los márgenes y desde abajo; la predominancia de la intrahistoria sobre la historia o el cuestionamiento y la subversión de la última por la primera; la mezcla de personajes literarios basados en personas históricas auténticas con personajes inventados; la reproducción, reescritura y sobre escritura de documentos históricos auténticos y la mezcla con documentos inventados; el recurso a testimonios y memorias de participantes de los acontecimientos históricos narrados, o la mezcla de varios subgéneros literarios (novela policíaca/negra, novela política, novela de dictador)” [2]

Dice Mario Vargas Llosa, citando a Balzac como epígrafe de Conversación en la Catedral, que la novela es la historia privada de las naciones. Una vez leídos El diario de Haydée y El almuerzo o escritos de Chelón, no queda duda de aquello del Gobierno de Hernández Martínez que quería contar Horacio Castellanos en su novela, es decir, los efectos de una dictadura en la vida íntima de una familia, las angustias de una madre y de una esposa, las infidelidades, los secretos de familia, el alcoholismo, los resentimientos feroces, las traiciones, el desarraigo, el desmembramiento familiar, la vida cotidiana de unos niños que han perdido a su padre y a su perro.

Por eso Castellanos no le da voz ni al Dictador ni a los políticos que lo rodean ni pone especial atención en las ideologías que ellos defienden; tampoco le da voz de manera protagónica a Pericles Aragón, su opositor comunista, a él muy poco, casi al final, antes de morir; y Castellanos no lo hace porque creo que su interés es mostrar o narrar no la historia de una dictadura sino la vida y tribulaciones de una familia durante esa dictadura y así construir esa verdad sobre la condición humana que es la única que importa en las novelas, una verdad que, paradójicamente, al pasar los años, describe mejor cómo fue aquella dictadura salvadoreña, cómo era el país que gobernaba con bala y artificios de brujo Maximiliano Hernández Martínez.

Una familia es tal vez el mejor laboratorio para observar los efectos políticos que marcan la subjetividad de una época, su desarrollo en el tiempo.

Gracias a la memoria inventada en los capítulos de Tirana memora llamados el Diario de Haydée y  El almuerzo, ingresamos en la vida íntima de los Aragón, en el discurso sostenido por cada uno de sus miembros de conformidad con el lugar que ocupan en relación, entre otras cosas, con la ley del padre: el Coronel es militar, Pericles se rebela contra ese orden y se convierte en un hombre de izquierda; Clemen sigue a su padre y el miedo a la muerte por fusilamiento lo hace retroceder y buscar el amparo de la posición de su abuelo el Coronel, traicionando así las ideas paternas (Además se sugiere otra traición no revelada que Pericles le resiente a Clemen, una que lo discordia y molesta); Alberto y Albertico siguen, cada uno a su forma, la ley de Pericles, es decir, la de un comunista salvadoreño, periodista crítico y consecuente; lo mismo pasa con Pati, la hija de Pericles, ella se casa con un comunista costarricense, vive bien en Costa Rica, de alguna forma concilió la clase social de su madre con las ideas de su padre. Y finalmente Haydée, ¡faltaba más!, quien con una fidelidad a prueba de fuego sigue y sufre las aventuras de su marido, de lo que todos estamos enterados gracias a su diario.

Así, con estos personajes de ficción, con sus memorias entrelazadas intertextualmente con momentos de la historia de El Salvador; valiéndose de las vidas de cada uno de ellos, Castellanos Moya nos lleva a recorrer los últimos días del gobierno del tirano Maximiliano Hernández Martínez en una novela que no pretende ser otra cosa que una novela y sin embargo, conoce muy bien el poder de convencimiento que tiene la historia de un país cuando velada y sutilmente corre en paralelo a una ficción.

 

Notas

[1] Castellanos Moya, Horacio. Tirana Memoria. Tusquets Editores.  Barcelona. 2008.

[2] Makcenbach, Werner. Historia, memoria y ficción. 2015.

 


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ÁLVARO ROJAS SALAZAR (San José, Costa Rica, 1975). Es Master en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Costa Rica desde el año 2012, y estudiante del Doctorado en estudios de la Sociedad y la Cultura, de esa misma universidad. Desde el año 2004 publica artículos sobre asuntos literarios en los suplementos Los librosForja del Semanario Universidad de la Universidad de Costa Rica, en la Revista Tópicos del Humanismo de la Universidad Nacional, en el suplemento cultural Áncora del periódico La Nación y en las revistas digitales Literofilia, Istmo y Paquidermo. En el año 2015 publicó con la editorial Arlequín y junto al filósofo George I. García y al crítico literario Héctor Hernández Gómez, el libro de ensayos Control social e infamia: tres casos en Costa Rica (1938-1965). En el año 2017 publicó la novela Greytown (Uruk Editores); Telire. Crónica de viaje (Como becario del Colegio de Costa Rica del Ministerio de Cultura y Juventud) y el libro de artículos y ensayos sobre asuntos literarios Con el lápiz en la mano, con la Editorial de la UNED. En el año 2018 publicó también con la Editorial de la UNED, su ensayo La Boca, el Monte y las novelas. Una mirada literaria a la ciudad de San José.