Danae Brugiati: “Los amantes de Leicester” (cuento)

Un cuento sobre otro momento en que la humanidad se vio amenazada y atacada por microscópicos enemigos, de una autora panameña.

Danae Brugiati
La Zebra | # 52 | Abril 1, 2020

Considera lo que hemos sido y lo que ahora somos…
¿Dónde estáis amigos queridos?
¿Dónde los rostros amados?
Petrarca, Arezzo, Italia 1304-1374

Ni la muerte los separó. En el centro de Inglaterra, cerca al pequeño pueblo de Hallaton, dos esqueletos de unos 700 años de antigüedad fueron encontrados. Tienen los brazos entrelazados pero, inexplicablemente, no se encontraron los huesos de las manos.

El hallazgo fue reportado por arqueólogos de la Universidad de Leicester, quienes no tienen una idea clara de por qué están enterrados ahí, pero esta pareja de esqueletos tienen la fascinante categoría de héroes, dado su gesto imperturbable de enamorados…

Daily Mail, miércoles, 17 de septiembre de 2014

Y

a sin luna, la loma lóbrega apenas deja ver la silueta que se desliza desde Leicester hacia Hallaton, donde le espera su trabajo. Lleva su herramienta sobre el hombro izquierdo y en la mano derecha el apagado farol inútil. Sortea ágil los huecos y charcos con la consumada destreza adquirida en años de oficio y en época de abundante ocupación en los cementerios, pues este hombre bien podría ser aquel del que Lynch dijera que “enterraba a doscientos vecinos por año.”

Pasa el puente sobre el río cubierto de niebla, se abrocha el último botón de su camisa para protegerse contra el frío viento que silba por entre los sauces de la ribera; se ajusta el viejo gabán y da una vuelta más a la bufanda de lana alrededor de su cuello. Él es una sombra más entre las sombras de los que sirve; una sombra de sueños, dolores, amores amargos que le convierten en cadáver, pues son pocas sus ganas de vida entre tanta muerte de cuerpos y de espíritus.

Sí, su espíritu ha muerto; ella lo ha sumido en la amargura. Ella apagó el único rayo de esperanza: salir de esta lúgubre vida. Agneta, que vive en la villa de Slawston, no muy lejos de aquí, es joven y de humilde condición, sana y hermosa, de complexión fuerte y ágiles movimientos. Desde que la vio una vez en el camino, ella llena sus pensamientos y sus sueños. Una mujer así, fresca, amplia de formas y sonrosada, puso claridad en su anodina vida. Rolliza y alegre, era más de lo que él había soñado como compañera. Juntos anduvieron en varias ocasiones la vía hacia el mercado donde ella llegaba a vender productos de su patio. Bajo el sol de la mañana, ella sonreía y su sonrisa le iluminaba el resto de los días hasta verla de nuevo. Luego se fue, dejándolo sumido en la oscuridad permanente de su abandono.

Corre el año de 1314 y ya Gilbert, a sus treinta y cinco años, ha atravesado la vida sorteando numerosas guerras, hambrunas provocadas por condiciones climatológicas adversas y escasez de viviendas. Todos estos eventos originaron crisis sociales y económicas, sumándose a estas últimas la de mayor magnitud: la peste negra. Hasta ahora, sólo algunos buscan remedios en la química o la alquimia. Los demás han huido o buscado refugio en la iglesia para afrontar la situación cada uno como pueda, porque la peste no sabe discriminar.

Él llena el perfil de ciertos personajes marginales, imprescindibles para el funcionamiento del engranaje sanitario urbano que la pestilencia impone: los enterradores, los sepultureros, los conductores de carros fúnebres, los vigilantes de las casas marcadas y los custodios de los convalecientes internos en los hospitales. Estos servidores, hombres sin trabajo fijo que así se ganan la vida son impuestos y avalados por las autoridades públicas, por lo que sus siluetas ya forman parte del paisaje cotidiano y están encargados de la manipulación de los cuerpos y los objetos infectos. Se mueven, ambiguamente, entre la vida y la muerte. Se valen de estratagemas para lograr sobrevivir en el marco de la infección urbana que cunde incontrolable. Estos hombres, que cumplen con su labor de deshacerse de los cadáveres, algunos ya en estado de avanzada descomposición, catalizada por los efectos de las pústulas características de la enfermedad, y encima, son acusados de abyecto proceder. Algunos degenerados, desde antes de su asignación, se dedican a robar la ropa que aún está en buen estado, contraviniendo las órdenes de quemarla toda; o saquean las casas que sus debilitados dueños no pueden defender; o abusan del alcohol; algunos hasta cometen actos de necrofilia. Pero él no necesita refugiar su asco y su desdicha en ninguno de estos crímenes. Tiene suficiente con su dolor.

Gilbert y sus colegas son así los más cercanos a la situación de horror que viven los habitantes de la ciudad: barro pestilente en tiempos lluviosos y polvo en los períodos secos; aguas sucias y apestosas, estancadas y corruptas; basureros, pozos negros y letrinas sin saneamiento ni vigilancia sanitaria; acumulación de orines, en rincones y callejuelas, que luego se evaporan o simplemente corren sin dueño por la vía pública.

Se acerca el fin del mundo y a todos les embarga el pánico. De otras comunidades cercanas vienen rumores de que la peste contamina también el aire y que caen lluvias de ranas y serpientes. Se reportan tormentas con granizadas, rayos y truenos que llenan la atmósfera de un humo pestilente. Muchos barcos llegan cargados de personas contaminadas con la temible enfermedad, que contagian a los habitantes de diferentes ciudades, incluida ésta, la de Gilbert.

Cuando las autoridades actúan, es tarde; ya las personas muestran la severidad de los síntomas. Primero despiden un extraño olor a hierba podrida, que se acentúa en solo horas, y más tarde experimentan sensaciones de asfixia, y temblores, y se les hinchan las ingles, y se les forman tumefacciones que alcanzan el tamaño de una manzana o un huevo, bubones les llaman, y su piel se llena de manchas y úlceras. Sus esputos sanguinolentos extienden el manto lúgubre del terrible flagelo sobre los que se les acercan. Todos creen que el aire contaminado de las ciudades es la causa de esta peste que les azota y que vacía los poblados porque sus habitantes aún están sanos, o creen estarlo, se van para evitar “los efluvios malignos”. Los otros, la mayoría, se mueren en sus propios hogares porque las casas de socorro no se dan abasto.

El señor del condado, Geoffrey Nevill, ha causado mucho daño. Despoja a la iglesia, al obispo y a gran número de personas probas de sus rentas y propiedades. De buen grado o por la fuerza ha hecho jurar a casi todo el pueblo, laicos y eclesiásticos, pobres y ricos, seguir su voluntad y su única autoridad. Reduce a la población mediante el miedo a sus inicuos métodos. Ataca a su albedrío a un sector determinado, procediendo posteriormente a la eliminación de todos ellos y a la confiscación de sus bienes. Es tal su codicia que despoja hasta a los modestos artesanos y mercaderes. Sus sirvientes, bien armados, ejecutan, según su voluntad, a todos los que se le antoja y los suma a las víctimas que ya atiborran las casas de socorro y los cementerios.

Ella, su Agneta —camina cabizbajo Gilbert y piensa—, joven y de humilde condición, sana y hermosa, de complexión fuerte y ágiles movimientos, fresca, amplia de formas y sonrosada, despierta no solo su amor sino la codicia de Geoffrey, que se cree dueño de vidas y haciendas y no tarda en poner los ojos sobre ella. Al inicio ella se resiste a los avances de Geoffrey, muchos años mayor que ella y experto en seducir tanto a las gentiles como a las aldeanas; pero la necesidad de proteger a cuatro hermanos menores y a sus padres la rinde y acepta ir de noche a dormir en los aposentos de aquel hombre que posee jurisdicción, poder y recursos. Ese hombre que es todo lo que él no es… Gilbert en sus vigilias siente que las pasiones, en desatado torbellino dentro de su pecho, transforman el tierno sentimiento hacia a Agneta en celos y sed de venganza. Su anterior rostro bondadoso se llena de líneas de amargura y desencanto, y su alma se nutre ahora de malos propósitos. Días y noches rumia sus pensamientos, repasando con cuidado las formas en que muchos de los cadáveres llevados por él han muerto, para encontrar alguna que le sirva a sus propósitos.

Geoffrey, por otro lado, intenta aumentar los impuestos. Sin embargo, esto no ocurre, ya que, además de los problemas financieros, la disminución de su salud no le permite ocuparse de sofocar las rebeliones que se suscitan. La enfermedad empieza a mostrar signos en él y en varias personas de su entorno, entre ellas Agneta. No puede creer que a él, el señor todopoderoso del lugar, le estuviera sucediendo aquello. Y decide encaminarse a pedirles a los santos en la Iglesia de Saint Morrell el milagro que todavía piensa que le debe el cielo.

Por distinto camino y en diferentes condiciones, también Agneta va a pedir la sanación. Está llena de rencor contra Geoffrey, pues lo considera culpable de todas sus cuitas. Sigue siendo pobre y ahora no es bella, ni fresca, ni alegre. La terrible peste ha hecho estragos en ella y su familia. Va a pedir cura para su cuerpo y piedad para su odio. Así ambos se marchan hacia la capilla de Saint Morrell, donde acuden en peregrinación los que creen que todo se debe al poder divino contra la frágil naturaleza humana.

Gilbert, siempre atento a los encuentros y actividades de ambos, les sigue.

Geoffrey, a pesar de estar ya desfigurado por la enfermedad, empobrecido y vulnerable, es reconocido por individuos a quienes ha despojado de su propiedad. Estos montan guardia y no le permiten la entrada a Saint Morrell, por lo que deambula cerca de la capilla. Agneta llega más tarde buscando albergue y en una zanja encuentra tirado a Geoffrey, y su olvidada naturaleza de campesina noble despierta y se compadece de su antiguo amante. Por dos o tres días, ambos duermen a la intemperie. Ella, más fuerte, consigue algún alimento y agua. Unos campesinos, también en peregrinación, se refugian bajo el alero de una casa abandonada, muy cerca de Agneta y Geoffrey, y al amanecer les acusan de haberles robado. Los labradores arman un tremendo escándalo y se acercan unos gendarmes. Estos apresan a Agneta y Geoffrey, los llevan a un destartalado recinto que sirve de cárcel y les aplican el castigo de rigor: atan sus manos y pasan los extremos de las cuerdas a través de argollas de hierro clavadas en la pared, muy por encima de sus cabezas, luego tiran de la soga hasta que quedan colgados. En medio de una gran agonía, escapa de sus cuerpos torturados el último aliento.

Gilbert es testigo de todas las vicisitudes que sufren. Aquella noche su experiencia le dice que no va a haber amanecer para ellos. Desde la oscuridad, observa cómo, en efecto, mueren allí, colgados por las manos, cuando aún no clareaba el día.

Él sigue vigilando en las cercanías. Ninguna otra persona se atreve a acercarse; pero quiere estar seguro de que nadie se interpondrá entre él y su venganza. Sabe que les negarán el entierro en la iglesia principal por haber muerto sin sacramentos y en pecado. Cerca del mediodía, ya el sol en su cúspide, el lugar está tan solitario como a medianoche.

A Gilbert no le pesan ni el miedo ni el asco. Se adentra en la precaria prisión y, sin molestarse en soltar los cadáveres de Agneta y Geoffrey, saca el largo cuchillo de su oficio y de un certero golpe les corta las muñecas a aquellos desdichados y, así, estas quedan colgando de la cuerda, mientras sus cuerpos caen en el suelo del recinto.

Él recoge los cadáveres con la seguridad de que, si alguien repara en él, no darán mucha importancia a sus actos, acostumbrados como están a los enterradores. Camina alejándose aún más de la iglesia. Se detiene finalmente cerca de unos árboles para trabajar cómodo a su sombra. Excava una fosa más honda que las fosas que ha abierto hasta entonces. La euforia que siente le da más fuerza y decisión. Cuando considera que ha excavado lo suficiente, descansa por un momento, cavila por algunos instantes y luego, con una siniestra expresión, levanta nuevamente los cuerpos de Geoffrey y Agneta, los coloca uno al lado del otro, los inclina un poco, el otro hacia el uno, y entrelaza sus brazos mutilados. Solo entonces, algunas palabras escapan de sus lívidos labios con odio reprimido: “Quisieron estar juntos a pesar de que no hubo amor, ni buenos sentimientos entre ustedes, ni para los demás. Les juzgo y les condeno a permanecer unidos para siempre en su miseria.” Y por primera vez libera su alma del dolor y la amargura callada que sufre cada día que piensa en ella en los brazos de aquel viejo malvado. Suelta una carcajada sarcástica, estruendosa y penetrante, que es llevada por el gélido viento que corre entre los sauces de la ribera. La misma carcajada que parece escucharse setecientos años después, cuando arqueólogos voluntarios descubren, en Hallaton, Leicestershire, los esqueletos de aquellos dos seres desdichados que los diarios describen como una pareja de dichosos enamorados.


DANAE BRUGIATI BOUSSOUNIS (Panamá, 1944). Poeta y cuentista. Traductora de cinco lenguas, docente y promotora cultural. Profesora de idiomas en Grecia, Estados Unidos y Panamá. En Grecia obtuvo su Maestría en Lengua y Literatura Griega Moderna por la Universidad de Tesalónica y Maestría en Lengua y Literatura Española por la Universidad de Barcelona, España. Técnica en traducción e interpretación por el Instituto de Ciencias y Tecnología “George Brown” de Toronto, Canadá. Licenciatura en Inglés por la Universidad de Panamá. Ha publicado artículos y cuentos en revistas y periódicos, tanto en Grecia como en Panamá. En 2014 publicó una colección de 23 cuentos: Pretextos para contarte (Foro/Taller Sagitario Ediciones). Tiene un libro de cuentos y uno de poemas en preparación. En 2019 fue galardonada con el Premio Ricardo Miró en ensayo con la obra Mestizaje, mujeres y mitos.

Fotografía: “Los amantes de Leicester”, cortesía de la Universidad de Leicester.