Jorge Ávalos: “Nuestro mayor enemigo” (editorial)

Por qué se equivoca el presidente de El Salvador cuando asegura que con la pandemia del COVID-19 inicia la tercera guerra mundial.

Jorge Ávalos
La Zebra | # 51 | Marzo 24, 2020

El 23 de marzo, a la 1:32 de la mañana, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele escribió un tuit que elevó el sentido de pánico en la sociedad salvadoreña al nivel de la histeria: “Algunos no se han dado cuenta, pero ya inició la tercera guerra mundial”. Su mensaje estaba acompañado de un mapa que ilustraba la distribución geográfica y estadística de la pandemia.

El mapa, con sus grandes manchas rojas sobre los países más afectados por el COVID-19, parece aportar un sustento objetivo a su idea, pero como suele ocurrir con el lenguaje de los políticos, el argumento emocional encubre una ausencia de lógica, de ciencia o de método.

Una cosa que nos dice el sentido común es que para que una guerra suceda se necesitan dos enemigos con fuerzas equiparables. Si bien el virus es un enemigo natural del ser humano, lo opuesto no es verdad en lo absoluto. Ante el COVID-19 el ser humano no tiene ni defensas orgánicas ni capacidad ofensiva.

Al enfrentar una pandemia no estamos ante una situación de guerra, sino en medio de un esfuerzo de resistencia. No combatimos un virus, contenemos su expansión. No curamos a los afectados, sólo tratamos los síntomas. No vencemos al virus, más bien creamos respuestas que nos permiten esquivarlo. En fin, no portamos armas, pero estamos en la mira de un enemigo implacable.

A esto se refería Bill Gates, cuando en el 2015 habló del poder destructivo de las pandemias. En ningún momento Gates comparó la necesidad de una línea de defensa contra las pandemias con una guerra mundial. Al contrario, su advertencia fue que las grandes potencias del mundo han apostado toda su estrategia de seguridad a la posibilidad de una guerra, cuando en realidad nuestro mayor enemigo podría ser un virus.

“Si algo puede matar a más de 10 millones de personas en las próximas décadas”, sostuvo durante una charla televisada en TED Talks, “lo más probable es que se trate de un virus de alta capacidad de infección y no una guerra —no serán misiles sino microbios”.

Me veo tentado a completar su frase: No serán misiles sino microbios los que habrán de destruir a la raza humana.

Gates no dijo esto para asustarnos, sino para incitarnos a tomar acción: sus palabras nos invitan a que dejemos la mentalidad y la economía de la guerra, y la reemplacemos por una estrategia de fortalecimiento y protección de la comunidad humana.

Gates no estaba profetizando la llegada del coronavirus, estaba compartiendo la principal lección que aprendimos de la epidemia del virus del Ebola un año antes, en 2014 en Nueva Guinea. Esto es, según él, lo que aprendimos de ese suceso: el mundo no está preparado para la próxima pandemia. Los sucesos más recientes no han hecho más que confirmar su conclusión.

Ante un coronavirus somos como el planeta tierra ante el ser humano: un receptor pasivo de un destructor minúsculo, pero implacable, que actúa de forma concertada para incrementar su voraz consumo de recursos. Con el COVID-19 estamos experimentando algo equivalente a lo que la tierra sufre con nuestro crecimiento desenfrenado.

Un virus es invisible, silencioso y oportunista. Al decir esto no quiero asustar a nadie, sólo quiero señalar que lo que nos puede salvar de este virus es tener una actitud racional y científica que nos permita proponer una respuesta metódica, y esto comienza por señalar y explicar bien a qué nos enfrentamos. Si es invisible, ¿cómo lo hacemos visible? Si es silencioso, ¿como seguimos su trayectoria? Si es oportunista, ¿cómo le negamos la oportunidad de infectarnos?

De los coronavirus, el COVID-19 es, para decirlo de alguna manera, el más sofisticado. Al inicio, engañó al mundo porque todo indicaba que su tasa de mortalidad parecía más baja que la de otros virus que afectaban las vías respiratorias. Una y otra vez se comprobó que así era. Este hallazgo generó una confianza exagerada en los políticos alrededor del mundo que se convirtió, a su vez, en un caballo de Troya: el de la negligencia política y burocrática.

Lo que no vimos hasta que fue demasiado tarde es que el COVID-19 es un coronavirus evolucionado: es menos letal, pero es mucho más infeccioso. Es como si el virus comprendiese el factor de los límites del crecimiento advertido por Carl Sagan al hablar del tablero persa de ajedrez en su último libro. “El crecimiento exponencial es finito, o acabaría con todo”, escribió. Era 1996, y Sagan hablaba de bacterias.

No sé si los virus leen a Sagan, pero este nuevo coronavirus parece haber aprendido que una tasa muy alta de mortalidad humana afecta su capacidad de expansión. Si los cuerpos humanos que conquista para crear colonias mueren muy rápidamente, entonces no va a tener los tiempos que necesita para infectar a otras personas y permitir su expansión. Así que el COVID-19 no mata con la velocidad o la certeza del SARS. Su propósito no es matar, sino conquistar nuevos territorios y ampliar sus colonias.

En el camino, sin embargo, el virus acaba por matar a los más vulnerables, o los enferma de gravedad y por largo tiempo. Una consecuencia de esto, dada la rapidez con la que se expande la epidemia es que pone en peligro la capacidad de respuesta de los sistemas de salud, facilitando más infección y más muerte.

El COVID-19 es invisible, silencioso y oportunista, pero esto también quiere decir que si eliminamos sus oportunidades para la infección por medio de medidas tan simples como lavarse bien las manos con jabón o el distanciamiento físico entre personas, se “aplasta la curva” de la infección. Es decir, la progresión geométrica de infección deja de verse en una gráfica como una empinada línea ascendente y comienza a caer, formando una curva que gradualmente se aplasta.

Las medidas que eliminan las oportunidades para la infección son necesarias. Dado que nosotros mismos tenemos un comportamiento colectivo muy parecido al de un virus, de progresiva expansión física y social y de un consumo voraz de recursos, no nos ajustamos bien a lo que necesitamos hacer.

¿Qué es lo que necesitamos hacer? Detenernos, respetar espacios, ser considerados con los demás, conformarnos con lo esencial y mantener la calma. Todas las medidas sanitarias que nos recomiendan tienen a su base estos principios.

Por alguna razón, la politiquería ya entró al juego. La ciudadanía debe imponerse. Las medidas de prevención y contención no tienen por qué amenazar a nuestra democracia. Ser vigilantes ante los abusos de poder y críticos ante los errores evidentes en las medidas de sanidad no sólo es necesario, sino que es imprescindible como garantía de nuestra supervivencia como nación.

En estos tiempos, actos de corrupción gubernamental se traducirían en muertes por la falta de recursos suficientes, y le daría un golpe mortal a nuestra economía. No lo podemos permitir. La realidad nos obliga a la transparencia y a la verdad. Es razonable, por lo tanto, que la población espere una comunicación directa y clara del gobierno, y que se haga efectiva la supresión de los ataques a los medios de prensa o a los ciudadanos críticos por parte de las autoridades y sus ejércitos de acosadores en las redes sociales.

Así como un cuerpo humano es más fuerte mientras sus defensas están fortalecidas por el ejercicio constante ante los enemigos o en reacción a las alarmas de su sistema, así se fortalece la democracia por el ejercicio constante de la vigilancia y las críticas ciudadanas.

Ahora, más que nunca, necesitamos comprender la lección que Gates nos compartió hace cinco años: no podemos vivir como si nos preparásemos para la tercera guerra mundial, ampliando nuestros ejércitos, incrementando armamento y negando al sistema de salud los recursos materiales y humanos que tanto necesita para ayudarnos a sobrellevar la vida con un mínimo de salud y dignidad.

Ubicar la salud al centro de nuestras prioridades públicas resultará en una cultura de compasión y solidaridad humana. Y al contrario, mientras no estemos dispuestos a cambiar el paradigma de guerra por el de salud, nuestros mayores enemigos seguiremos siendo nosotros mismos.