Patricia Trigueros: “La boda” (ficción)

Un cuento sobre las cadenas invisibles entre los seres, de una narradora tan peregrina como centroamericana.

Patricia Trigueros
La Zebra | # 55 | Julio 14, 2020

Aunque haya logrado llegar a tiempo, puntual, al hotel, Margarita no logró la entrada que quería. No había calculado el tiempo que le demoraría llegar hasta la capilla, consciente del calor en la piel y del ruido de sus tacones. Al no más llegar y tropezarse, Margarita reajustó el escote de su vestido negro y se regañó a sí misma en voz baja. Nunca había venido a una boda aquí, pero trató de ubicarse; las bodas son al fondo, por allá adonde están las ruinas coloniales y hasta el final está la capilla, en la que se casa la gente. Ahora tenía que correr; pasó del primer pasillo al lobby, y del lobby a una primera terraza en la que desembocan plantas que vienen a besar unas bancas, y le costó encontrar el sendero que te conduce hasta la capilla; este hotel, sin lugar a duda, debía tener un mapa… ¿Y cuánto costará una noche en un hotel así? Al poner un pie dentro del recinto acomodado para bodas lujosas, supo que estaba en el lugar correcto. Cada hueco de las paredes en escombros era un nicho para veladoras blancas, calentando los arreglos florales con su luz dorada. Margarita desaceleró su paso, se arrodilló para persignarse, y ojalá la gente no se dé cuenta de que está fingiendo. Quizás agregaría el drama de hincarse, cerrar los ojos y volver a ver hacia abajo… o no, mejor no. Se quedó con el hincado a medias de muchos católicos de formación, pero no de convicción; se apresuró para instalarse en la banca, con una mordida en el labio y el reflejo de morderse las uñas, rapidito, antes de que sus manos se fijaran en la posición incómoda de los sentados en iglesias. La próxima vez se saltaría la misa. La próxima vez, se tomaría un aperitivo (cualquier trago, en ayunas, relaja). La próxima vez… Bueno, esta vez encontró un lugar a la par de su prima, y tosió para limpiarse la garganta antes de saludar con gestos y labios a Karla y a su esposo, un ¿qué tal? muy sincero y muy mudo. Aún le picaba la garganta, se tapó la boca para toser más y llevó su mirada hacia el frente. Todo brillaba (eran las ruinas mejor vestidas en la historia de la arquitectura colonial, de seguro) y las incontables candelas alumbraban las espaldas y hombros de los invitados, un mar partido en medio. Los novios se sentaban a la cabecera del panorama, pero Margarita no alcanzaba a ver cómo lucía Claudia en el vestido por el que se decidió al final, ni lograba distinguir si el novio se miraba feliz, y el calor debe crecer cuando eres el foco de atención de las candelas elegantes, en los brazos de flores quietas, puestas solo para ser admiradas. Era precioso, la verdad; y qué vergüenza. Qué pena llegar tarde a la boda de tu amiga. Margarita resistió las ganas de bajar la cara y quedársele viendo a sus pies, y así permitirse no escuchar nada de lo que decía el padre. No quería hacer tan evidente su apatía. ¿Qué le dejan a uno las misas?

Luego de hacerse a un lado para dejar que Margarita se sentara, Karla, volvió a su inspección. Acostumbrada a este tipo de bodas, no le sorprendía para nada la decoración, ni las flores. Todo muy clásico. Ese vestido morado había sido una buena elección, al final; aunque le quedara un poco ajustado de las costillas. ¿Qué hubiera hecho si hubiese terminado vestida del mismo color que las madrinas? Sentada a la par de su prima, Karla tenía la espalda recta y la mirada colocada al frente y, al mismo tiempo, en cada uno de los invitados; un ojo en los presentes, y otro en los que van llegando. Tiene su ventaja sentarse en las últimas filas: es el mejor asiento para enterarse de quién va llegando, quién va saliendo, quién hace falta y qué momento incómodo se gesta. Siempre hay unas cuantas piezas sueltas, ninguna boda es perfecta. Que el sermón avance, así pasa el suspenso de todo lo que la tiene pendiente de cada accesorio, cada traje, cada peinado; de cada señal de éxito o síntoma de fracaso. Apretó la mano de su marido con la emoción de que estar de nuevo juntos, a punto de comulgar, celebrando otro matrimonio; de esos de lo que no se pueden perder. En una pareja, Karla atesta, las cosas que te importan se convierten en las cosas que le importan a tu novio; pues, a Jorge.

Jorge nunca se tomaba las bodas tan a pecho como su esposa, pero sí participaba en el desfile. Sintió las uñas acrílicas deteniéndolo, e ignoró la incomodidad. Antes de que se casaran, Karla ya lo mandaba. Nunca supo si era un talento de esta mujer, el poder saber dónde se encuentran los botones de comando, o si era química… pero se sentía como si Karla tenía la mano en la palanca de control, siempre. “Mi amor, tenemos una boda”, Karla enunciaba siempre decisiones ya tomadas. Él a veces le cogía la mano también, pero es cierto que era más el tiempo que Jorge pasaba deseando estar solo que el tiempo que pasaba deseando a su esposa, su Karlita. Descansó su mano en sus piernas y tragó saliva. Aun con el calor y la sed dentro del saco, Jorge apreciaba algo: lo más cómodo de ese atuendo es cómo hace que él desaparezca. Se vuelve intercambiable, invisible. Poco a poco van desapareciendo los rastros de lo que fue, y siempre prefirió mejor no hacerse muchas preguntas. Son largas las bodas, y larga la lista de espaldas conocidas, que se van moviendo acorde de la homilía, oremos.

Al descruzar las piernas para ponerse de pie, Amelia sintió más el sudor de sus muslos. Escaldarse era una preocupación real, sobre todo en esta época húmeda. Había olvidado esa condición de usar vestido, desconocida para mujeres cuyos muslos no se tocan. Todos actúan como si es lo más cómodo del mundo, esto de no tener un pantalón con bolsillos, y andar en tacones. Al parecer es el precio a pagar por ser parte del ejército de padrinos y madrinas, producidos en masa y repartidos en las iglesias de la región. ¿Quién es quién? En los saludos de paz que se empezaban a repartir, Amelia supo ignorar sus quejas. Pesaba más su deseo de pertenecer, sellado con la sonrisa amable, parte de su maquillaje que quedaría en la mejilla de Carlos.

Carlos dominaba ese momento a la perfección. Un apretón de mano si es hombre, y un medio abrazo si es mujer. Si fuesen sus parientes, les daría un abrazo cálido. ¡Como lo quieren a él, las familias! Era el yerno perfecto, pero estaba mejor así, al margen, solo. Para aguantar a una mujer, debe estar lo suficientemente buena como para que valga la pena, y le extendió su mano al vecino.

No le habían dejado de sudar las manos. Ese apretón fuerte de manos había sido innecesario, pero además fue un reto, al cual, ni modo, Tomás respondió con mirar a Carlos a los ojos, antes de volver a fijar su atención en Valeria; tan chula.

Al momento de hincarse, Valeria sonreía con la boca, sin mostrar sus dientes, para completar la farsa. Se volvió a sentar con gracia muy calculada, y, al abrir los ojos, reconoció, de nuevo, que ella no era parte de las damas. La imagen diáfana de las demás amigas de la novia se lo recordaba y no podía sacudir la molestia. No es la atención que merecía, pero encontraría alguna distracción efectiva.

Para Diego era difícil seguirle el hilo al cura, y a la misa, y cumplir con su deber de padrino, pero es que todo era difícil desde que cortó. No se le notaban los nudos que tenía en la garganta, el estómago y la espalda. El tiempo solo había hecho el agujero más grande, no se imaginaba otro mes así. Las pérdidas son así, ¿no? Una noche pálida, una mañana frígida; una mesa con tu nombre y una pista de baile sin pareja. Y su amigo casándose, sin saber que las personas extensiones que, después, se amputan. Ya habían pedido limosna y mientras se acercaban con el lazo y las aras, Diego debía permanecer erguido, manos agarradas; mirar al frente, y ya.

A Estela no le tocaba hacer mucho más que cuidar los anillos. Era extraño tener un rol activo, cercano, allí en el altar, como madrina; que a la vez era pasivo. Lo único que Estela podía hacer antes de entregar los anillos era sentirse observada. Sentía el peso de la luz, el maquillaje pegado a su piel, las miradas pendientes, y el acoso de su mente. Ese sentimiento de que algo había hecho mal nunca la dejaba. ¿Habrá dejado la estufa encendida? ¿Las llaves adentro? Y esta vez había dejado a su mamá en el hospital. Dios mío, ¿cómo estará? Vendría el momento del baile de los novios, la cena, los tequilas y, acto seguido, Estela reanudaría la vigilia y las visitas al hospital, sin aparecer en las fotos de la boda de Claudia y Samuel, quienes se acercaron para finalizar el ritual.

Debía quitarse el velo antes del beso, pero ni siquiera lo sentía ya después de las gotitas que le habían dejado para relajarse. Claudia se había pasado preocupando por todo –todito– por meses, y ya estaba por acabar, sosteniendo centímetros del vestido blanco resplandeciente, para no tropezarse, en cada uno de los últimos pequeños movimientos.  Ya nada importaba, no con la seguridad de que difícilmente se había visto más bonita que ese día, sabiendo que había lucido su mejor sonrisa… La satisfacción era la razón de su respiración serena, la cadencia con la que parpadeaba y humectaba sus ojos. Su cuerpo estaba tenso, pero por los meses de gimnasio. El compromiso del que habló el cura era algo que ya daban por sentado: los lazos no solo son difícil de romper, sino que llevan tiempo para forjarse. Años y meses de empeño y entrega, a cambio de la seguridad de que serían, ya, una sola familia. Estaba lista para bailar, dar gracias por venir, besar y posar, tirar el ramo y agotar sus sonrisas. Claudia olvidaba que cuando uno cree solo lo que quiere creer, se alimentan más las ilusiones frágiles. La noche iba a terminar, pero faltaba el desenlace de estas decisiones que amarran a dos personas, cada una con sus ideas de qué está bien y qué está mal. Soltó un suspiro, anticipando que después pasaría ocupada, de mesa en mesa, pendiente de cada una de las personas que ella había reunido, que no estarían allí si no fuera por Claudia, su mérito; oficialmente esposa de Samuel.

Samuel, el novio, allá en el altar, no sentía la brisa que entraba por los huecos de las ruinas. Las perlas de sudor caían, él sabía de que, de quitarse el saco, dejaría ver huellas de sudor. Seguro era normal, esto de sudar y estar empapado. No puede ser el único novio en la historia de Centroamérica que sude así, o quizás sí; ya ni sabía qué pensar. Se fue poniendo peor, y creía que había exacerbado el olor a alcohol. Los dos six-pack del día habían hundido sus nervios, pero también su ánimo. ¿O habrá sido el tequila? ¿O el cúmulo de todo? Sus padrinos estuvieron allí para él, así como él había estado o estaría para ellos. Son el empujón necesario, la pega que los detiene, y el escape que siempre tendrán. Era raro, eso de estar de pie, pero no sentir apoyo; con temor a acercarse más, con ansias de volver atrás. Y los recuerdos estaban lejos de estar ahogados por el trago, tocando el borde de su consciencia en el momento menos oportuno. Un momento de debilidad, y habría salido corriendo. Ver a Claudia lo había conmovido, pero no lo había hecho trasladarse fuera de la presión y atención que hacía todo más difícil. El sudor no era la única distracción, pero permanecía la incomodidad singular a flote; si tan solo pudiera rascarse el sobaco o la entrepierna y sacudirse lo pegajoso. La cerveza había acelerado el proceso de arreglarse y de no pensar en la cantidad de plata que se esfuma en cada traje, cada arreglo, cada momento de la coreografía de los novios. Una vez allí, ya arriba, debía confrontarse con el sentimiento de complacencia. Entregarse a que, bueno, esta iba a ser su vida de ahora en adelante. Pero allí estaban los recuerdos, y Samuel sabía que ella estaba sentada, del lado de la novia, al fondo, seguramente, por esa manía de llegar tarde a todo. Debía aflojarse la corbata y brindar, y dejarse ir . Claudia era definitivamente la chica indicada, con quien ya habían tejido una vida, soportes sin los cuales él se caería. Y lo de Margarita y él, de todas formas, había sido hace tiempo atrás. Había sido, mas no avanzó. Podría jurar que no había cambiado nada, que en ese vestido negro ajustado en el que se acercaba para comulgar como todos los demás, estaba aún su peculiar modo de ver y besar. Allí están esos muslos y esos labios y el secreto de la coquetería fina de, ay, aquellos tiempos, ¿verdad? Quizás en lo oscuro, cerca de los baños, al final de la noche, Samuel podría al menos tratar de afrontar a sus fantasmas.


PATRICIA TRIGUEROS (Tegucigalpa, 1987) Escritora freelance y editora de Papalota Negra. Creció en road trips por Honduras, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, en conversaciones constantes con fronteras, puentes y colonias que se sentían ajenas. Como estudiante Lettres Modernes en la Universidad de Bordeaux, fundó la revista literaria La V Magazine sobre intercambios culturales y trabajó en Éditions Plon. Volvió a San Salvador y estudió Comunicaciones Integradas de Marketing, interesada en aplicar herramientas de comunicación a proyectos culturales. Trabaja como consultora, buscando espacios de intersección entre literatura, arte y comunicación; y proyectos colaborativos como Alharaca.