Vladimir Amaya: “Poemas de pura guasa” (poesía)

Poesía para la era del distanciamiento social y las redes sociales.

Vladimir amaya
Arte de Antonio Romero
La Zebra | # 57 | Septiembre 21, 2020

Era digital en la edad…

Dormimos con el teléfono entre las manos,
su luz nos alumbra
en medio de la nada
Carolina Quintero Valverde

Nacimos con el sol de la aplicación más reciente,
a la velocidad misma del ensueño.

Nuestra cultura
en las alturas de “la nube”
se cuenta en descargas.

Pobreza y robos,
violaciones y desfalcos,
asesinatos vía “streaming”
para hacerlo viral.

El perfil se renueva con cada víctima,
ponle “photoshop”; nadie notará que ya no respira.

Red social para los antisociales.
Nuevo rostro
para nosotros,
los hombres de las 2 megas de sangre,
para nosotras las mujeres terabyte ahogadas en el infierno.

Hambruna y guerra: el “trending topic” desde hace tiempo,
pero la Generación Error 404
sigue “googleando” su nombre
y mostrando el culo en Instagram.

–Era digital–
¿ “Era” más de lo que esperábamos?
El mundo sigue yéndose al carajo.
   ¡Cuidado y ahora te acusan de “spam”! de “vínculos” rotos
(papá nunca entendió lo que era una computadora).
Cuidado y te acusan
de algún ciberataque en el país de los hombres análogos.

Rapidez inimaginable
en esta invisible hipercarretera,
a cambio tenemos los cerebros más lentos de toda la historia.

Era digital en la edad de las cavernas.
Cuidado, y mide tu dedos que son tu lengua ahora,
podrías morir por un “dislike”.
Las pandillas o los narcos
te arrancarían las piernas de las maneras más horribles,
pero te dolería más
que bloquearan tu red social por tus comentarios antiimperialistas. Sería una pena.

En la era digital
el mismo mal de todos los siglos:
hechos de ausencia, nosotros,
siempre
a un “click” de distancia.

En la vieja historia

(Una versión libre de lo que ya se conoce)

al maestro Rafael Lara-Martínez

En aquellos días
yo era un pipil medio tranquilo en el Señorío de Cuzcatlán.
Dedicado al cultivo de maíz de lunes a viernes
y a la pesca los fines de semana.
Descansando a la sombra de un guanacaste me veían
preocupado nada más por terremotos,
inundaciones y alguna que otra erupción inoportuna.

Mi padre era de Xilopango
y mi madre de Yopicalco, para mejor referencia: del Centro;
dedicados a la guerra
y a la casa, respectivamente.

Me educaron con la sabiduría de la tierra
y el misterio de los astros.
Pero a mí
me decían cosas más importantes el viento
y las hormigas muertas a la orilla de las piedras.
A mí me decía más… el humo de mi hierba.

Tuve un hermano:
Topilzin, oruga cósmica.
Buen tipo, nada pedante,
muy simpático en las reuniones y ceremonias.
Guerreaba como nuestro padre.
Aunque muy cerca del templo mayor
tenía un negocio clandestino de chicha y otras aguas locas.

Pobre hermano que tuve.
“Soy muy sano”, me decía; me decía: “soy muy fuerte”.
Al pobre hermano mío que tuve
se lo llevó, entre agonías, la terrible viruela de Tenochtitlan.

En verano
llegaban las fiestas a la comarca.
¡Ah, qué tiempos!
El maíz brotaba
y brotaba con él la música y la danza,
y en ocasiones,
se organizaban torneos relámpagos:
el juego de pelota era a muerte.

Algunos de mis amigos
se dedicaban a sacarle lucro a las artesanías:
jarrones, vasijas, taparrabos importados;
collares y pulseras: todo era buen negocio;
otros compas, daban plumas de quetzal raza pura
a cacao y medio. toda una ganga.

Constantemente me escapaba de casa
e iba a ver las estrellas en el firmamento;
me hablaban mis ancestros en la voz de las lechuzas y jaguares,
pero a mí me decían cosas más importantes el viento
y el humo de mi hierba.

Por último:
nunca creí en los dioses,
iba a los rituales solo a ver a mi vecina.
Soñaba con ella echado en la mano de las flores,
escribía a sus ojos de pájaro dormido
en hojas que una hoguera hacía del sueño de nuestra huida.

“Hija de cacique no se queda con gato de monte”,
              me dijo el tata y no entendí por las buenas.

Nunca creí en dioses, repito,
hasta que me enamoré de aquella mujer de cielo.
Y rogué a los dioses por quedarme con ella.
Y de escondidas nos vimos cierta tarde
a orillas del hermoso y cristalino Acelhuat(e)
Ella, adornada con plumas de torogoz y de cenzontle,
nos vimos a espaldas de todo su linaje.

Cuando se hizo de noche tomé su mano.
Y los dioses me escucharon
porque ella escuchó mi corazón,
pero me dijo, contenta, complacida, muy emocionada:
“No puedo quedarme contigo
Óscar Cacahuaitique, amor mío,
¡¡¡mañana me sacrifican!!!

De aquellos días
ya no queda nada para mis sueños.
Ese cielo de mi mundo
es ceniza violenta del mañana.

Ayer llegó un tal Pedro de Alvarado
a poner su franquicia de hamburguesas y papitas fritas.

Todos se han largado a las montañas y a los cerros.
Por mi parte, dejo las palabras de esta vieja historia
en el oído del viento que tanto me ha dicho,
que tanto me ha confiado,
y me voy en cayuco por el río,
escapando maldito
de esta tierra maldita.

El Ayuwoki me cuenta una historia antes de dormir

Chusco, el perro que cayó del cielo:
de ojos asustados y cola torcida
nunca pensó que el plan era el abandono.
Creyó paseo, viaje al campo, caminata por las ciudades.
Muy pronto descubrió que los perros
no tienen alas ni les es permitido el retorno.

Metió su cabezota en un agujero
para protegerse de la lluvia
y de las burlas de los canarios en las jaulas vecinas.
Ese perro entendió lo que era ser hombre
porque tuvo miedo y se sintió lejos de su cálida costumbre.
Pero, desde una esquina,
oyó a la naturaleza pronunciar su nombre
y vio a lo lejos una perrita color marrón
comiendo sobras en un montículo de basura.
Chusco nunca antes se sintió tan a salvo y feliz
como ese día en que perdió el cielo.
Enamoróse  de aquella schnauzer caída en desgracia hace años,
y la persiguió por plaza y arrabales,
tanto, que olvidó
el cielo y su propia caída.
Y en los ojos de su compañera lanuda
descubrió que a los perros poco o nada
les importa regresar a ese cielo     de donde caen.

La mosca Pérez

Hay tres temas importantes en la vida:
el amor, la muerte y la mosca.
Augusto Monterroso

Nació de la gusanera en la cabeza de un mono babuino.

Entendió que no era abeja alguna,
pues jamás buscó lo dulce propiamente.

Tampoco se creyó sírfido,
porque siempre fue honesto como le tocó vivir.
(jamás mendigó ser otro
y renunciar a su derecho de ser libre).

Que otros buscaran
e incluso muriesen
por el polen y la ambrosía,

él

era una mosca,
rústica en el vuelo y en el aterrizaje;

sin complicaciones en el mundo.

Feliz y satisfecho
sobre la mierda y en la basura.

Lo que me dijo un anciano en el bus

Escucha, joven, tú que te miras decente y sano.
La vida es dura en este país.
Ya no se puede estar tranquilo.
Mucha gente inocente está sufriendo.
Nuestros niños están pagando
los altos costos de la locura y la violencia.

Esos mareros desquiciados
con la gente honrada se empachan:
Masacran, extorsionan, secuestran.
Asesinan despiadadamente.
Estamos peor que en la época de la guerra,
que seguro tú no viviste
pero… ¿Has visto las noticias, joven?
¿Has leído los periódicos?
Estos muchachos llegan a los barrios tranquilos,
a las colonias más apacibles,
toman el control de las zonas,
sacan a los habitantes de las casas
                               que ellos creen “estratégicas”,
y si la gente se opone: corre la sangre, muchacho,
matan a sus hijos, violan a sus hijas.
Es terrible.
Estos jóvenes están locos.
Ahí andan todos tatuados
buscando muerte y destrucción
como dementes perros de pelea.
Ahí andan asaltando en la calle, en los buses;
intimidando y vapuleando ancianos;
reclutando niños y jóvenes de las escuelas,
en lugar de buscar un oficio digno:  
porque por muy difícil que esté la situación económica
uno debe salir adelante con la fe puesta en Dios
y en sus propios esfuerzos, sin hacerle mal a nadie.
Estos muchachos no quieren por las buenas.
Hablan de que se sienten excluidos y marginados
y son ellos los que hostigan y matan al zapatero,
a la tortillera que nada les debe;
ponen renta a los negocios más humildes.
Estamos en tiempos jodidos.
La paz es solo una mentira.
Escucha, joven, tú que te miras decente y sano.
Vete del país si tienes la oportunidad,
vete y has una vida normal allá afuera.
Aquí dejamos de ser hombres y mujeres
desde hace mucho tiempo.
Solo somos carne de cañón para estos inadaptados.

Fue cuando el viejo se calló por fin,
y ahí mismo,
con tres filazos le quebré el culo al hijueputa,
porque nadie habla mal de los homeboys,
estamos, va.

Ahí vienen los poetas (ohhh, ohhh)

*Este poema puede leerse de cuatro formas distintas:
(1) sentado, (2) parado, (3) acostado y
(4), la más extrema y vanguardista: en cuclillas.

Ahí vienen los poetas,
todos apiñados en su microbusito cósmico
señalándonos las estrellas con la lengua.

Escondan a colegiales, a ancianos y a universitarios
porque son sus víctimas predilectas.

Cierren bares y teatros…
si nos descuidamos un momento
montarán sus recitales hasta en el velorio del abuelo.

Niños, háganme caso:
no hay tales “cocos” ni monstruos en el armario,
porque no hay nada más tenebroso
que un hombre se les acerque
y les diga:
“publiqué un bonito libro de poemas

¿quieres verlo?”.

Ahí vienen los poetas,
pídele al cielo
que nunca te hagan parte de su “público cautivo”.
Son los poetas zombis;
chaquetas de cuero y giras espectaculares.

Ahí vienen diciendo con arrogancia
que dicen las cosas sin arrogancia.
Hablarán de su vida
como algo más trascendente que las tortillas del almuerzo,
y guardarán silencio esperando el aplauso respectivo.

Hablarán de dios porque algo tienen de pastores,
Hablarán de la realidad nacional
porque mucho tienen de políticos.

Cuidado con aquel que ha escrito
en servilletas su última producción,
querrá vendértela a precios excesivos
y te dirá con una sonrisa: “el autógrafo es gratis”.

Niños, háganme caso:
no los miren a los ojos,
no les confiesen que escriben o estarán perdidos.
Vendrán los poetas en la noche,
los abducirán para llevarlos a sus talleres “de palabras”;
los convertirán en topos y focas mutantes,
y lo justificarán todo por la libertad y la belleza,
porque los hay muy cursis,
los llenos de tristecita
y los apestosos a alcohol;

no faltan también
los elocuentes que son muy aburridos,
los chistositos sin gracia
y las víctimas del destino
con aquello de “comprendan, comprendan,
no los puedo comprender, porque nadie me comprende…”
Están los que huyen de las mafias literarias
pero acepta sus premios y posan para la fotografía;
los exquisitos de oficina,
los progresistas de la edad de piedra,
los ungidos de San Juan de la Cruz,
los divos del “gato verde”, los eróticos puritanos,
los nihilistas de felpa y los pastelitos rudos…

Niños, ahí vienen los poetas,
pídanle al cielo que pasen rápido
y no haya secuelas que lamentar,
cuidado con la doble amenaza:
muchos de ellos (por el calor y la humedad) mutan a editores.

Niños, háganme caso:
no les hablen,
no se les acerquen,
son los poetas zombis;
chaquetas de cuero y giras espectaculares,
boinas y sombreritos,
luces campero y poemas: “mamá quiero mi pacha”

Son los poetas zombis,
disfrazados de héroes de guerra,
de morsas y hasta de ratas en fiestas infantiles;
señores del discurso vacío y ajeno
donde no han entendido aún
que la gente quiere poesía,
no poetas.


VLADIMIR AMAYA (El Salvador, 1985). Actualmente es profesor de Lenguaje y Literatura para Educación Media. Algunas de sus publicaciones son: Los ángeles anémicos (2010), La ceremonia de estar solo (2013), Tufo (2014) y Este quemarse de sangres entre lágrimas y excremento (2017). Fue director de la revista Cultura del Ministerio de Cultura de El Salvador (2016-2018).