Rafael Heliodoro Valle: “Toño Salazar, joven antiguo” (crónica)

Un diálogo vibrante entre el gran historiador de Honduras radicado en México y el gran caricaturista salvadoreño.

Rafael Heliodoro Valle
Retrato de Toño Salazar por Henri Cartier-Bresson
La Zebra | # 56 | Agosto 1, 2020

Este muchacho ha llegado de París. Pero al revés de otros, lo hace para encontrar a su América por los caminos de Francia.

Niño Cándido y Feroz que ha sabido defender con su espada la inocencia de una sabiduría milenaria. Sus ojos, a pesar de todo lo que han aprendido, tienen la limpia irradiación de las joyas cuya memoria total circunscribe las imágenes más aéreas, los fantasmas de la subconsciencia, las alegóricas pesadillas.

Vuelve el gran Toño a su México, equidistante siempre en el amor de París; pero ahora de paso para las tierras vírgenes que hacia el sur le llaman en los paréntesis del sueño. Es el mismo elegante bohemio que en 1921 bulevardeaba desde su palacio proletario en las calles de Colón hasta el café de moda en que los pavos reales cursis gritan desde el surco en protesta contra las decoraciones que Iturbe pidió a Orozco para la colonial escalinata.

Lo encontrábamos allí, invariablemente, a la hora ultra rápida del lunch en que el menú estiliza recetas de farmacia y estaba rodeado como un monarca absoluto por su corte boquiabierta, por los tres inseparables mantenedores de la tertulia, mientras aquel secretario de la Legación del Perú que tanto gustaba dejar tarjetas de visita con recadillos en francés, hacía volver el rostro a todos los parroquianos que deseaban identificar a las personas imaginarias a quienes sonreía.

Ya había pasado —irisándose en su propia mentira— las aventuras nocturnas que tuvieron por estrados los salones litúrgicos de aquel Palacio de la Nunciatura, en que acaecieron cosas que algún día narrará el Señor del Espejo de Obsidiana, el gran poeta de “La Canción de la Vida Profunda”, héroe de los centrífugos aquelarres [Porfirio Barba Jacob].

José Vasconcelos por Toño Salazar. Revista Falange, diciembre 1, 1922.

Toño Salazar estremecía con sus palabras de malicia los muros del recinto como el faro de los farallones de una ciudad en vísperas de terremoto; y en aquel tiempo ya había puesto aquí su planta invicta un apócrifo hindú que paseaba fastuosamente en gran automóvil por las calles de Plateros, haciendo que lo esperaran en la antesala de su consultorio de vidente las damas y caballeros que acudían para calmar la euforia de su curiosidad, e interrogarle sobre los problemas eternos sin saber que el vidente no era ni más ni menos que un caballero que se había fugado de Barranquilla trayendo un turbante y un esfera de cristal.

O en los merenderos de la Plaza de Santo Domingo —uno de ellos el clásico “Monotes” a donde cierta vez llevamos a comer a Valle Inclán— nos encontrábamos con Miguel Covarrubias, otro gran niño peligroso que ya por entonces comenzaba a darse cuenta de los fenómenos del Universo y lanzar sus dardos hacia el corazón de las larvas humanas.

Y ya Toño Salazar tenía el vino íntimo con acideces de conocimiento, porque el sol antiguo del trópico se le había tranquilizado en la copa amable de México; y sus muñecos —peleles unos, otros duendes, todas personas serias porque tenían biografía original— se asomaban a la vida con la confianza de que irían por ella con la despreocupación de los que tienen algo que decir a las gentes camino de la notoriedad, hasta reunirse con los otros. Con Kiki, con Cocteau, con Matisse.

Después, haciéndonos guiños sin despedirse, Toño se fue para París, pasando por otras partes, llevando cortesía mexicana en su equipaje y en el pecho la dulce ruta de los vientos. Porque este viajero que tiene una experiencia perfectamente náutica y que ha visto y palpado a las sirenas y cuida siempre de sus itinerarios y sus cartas de marear, antes de ser famoso ya era dueño de un pasaje para todos los barcos del mundo: su conversación entreverada de ironías angélicas; su ordenado desorden para dar a la avidez del tiempo su porción y ese equilibrio para herir y que le den las gracias como en el caso de la díscola Cecil Sorel.

—Las mismas impresiones inquietantes de la primera vez —me dice, oprimiendo sus recuerdos.

Y torna a México para verlo mejor, para respirar en la atmósfera más transparente de la tierra, para recrear las pupilas que se han limpiado en el esfuerzo de la compresión visual.

—El corazón —me dice— se me parece a una fruta que desborda de mieles, y el nuevo contacto con América, en México, en el país querido, me enciende un nuevo anhelo de vivir. Ahora comprendo al que hundió sus naves en Veracruz porque había resuelto quedarse.

Le sorprende la evolución de este país, que desearía para el resto de América: la escuela rural diciendo su mensaje en el paisaje mexicano, el caserío que tiene una biblioteca, la gente que tiene preocupaciones.

—Es reconfortante ver levantarse las ideas eternas, mientras el punteo de las balas se pierde sin eco posible. Los pintores ocupados en muros y escuelas, procurando ir a las masas sin que el Estado los abandone. Es imposible ver en Europa al pintor cerca del Estado, imposible que haya todavía quienes pinten en el caballete naturalezas muertas…

Pero, ¿el caso Picasso?

—Éste, como el de Deraín, son diferentes. Lo mismo el grupo surrealista en pugna con el burgués, perseguidos por la policía, inspirando al admirable André Bretón el panfleto “La Miseria de la Poesía” Yo creo que es un acierto el de México al estar con los pintores y los escritores. Girandoux decía: “Cuando el Presidente de Francia comprenda mejor el cubismo, la política francesa será mejor”.

Stefan Zweig por Toño Salazar.

Toño Salazar cree que ya hay una vasta documentación de arte americano que puede ser muy útil al que viaje por este hemisferio sin abandonar los caminos de Europa. Carlos Mérida en Guatemala es una afirmación; Figarí en el Uruguay Elena Izcué en el Perú; y entre todos los pintores mexicanos el que más le ha llamado la atención, Manuel Rodríguez Lozano.

—Y cuando los demás países de América —puntualiza sin énfasis— sepan verse a sí mismos, tendrán su arte propio sin seguir las modas de Europa. Los Estados Unidos únicamente buscando los diez pieles rojas (así con números) que les quedan, tal vez encontrarán una expresión suya. Felices nosotros en este momento con la herencia maya, azteca, incaica, Quiriguá, Chichén, Copán, el Cuzco, son líneas para la fisonomía inquietante y única de América. ¡Ayer he aplaudido un paisaje!

Y es que Toño Salazar estima que ha descubierto la América que buscaba, gracias a Europa. Lo mismo que les ha sucedido a otros maestros, desde Clavijero y Landivar en el destierro de Italia, cuando adueñados de una rica documentación pudieron trazar, con sobriedad de muralistas, fragmentos del gran escenario americano. Aunque se diga por los ilustres profesores de pesimismo —ya que para ellos el optimismo es un síntoma de derrota— que Europa está en decadencia, hay que insistir en que sólo ella, por ahora, ha permitido el triunfo de los ojos nuevos ante los panoramas estéticos en que casi todo está por expresarse.

—Yo deseo para la caricatura la edición simple de elipsis, tal como en los que dibujaron los códices, en los que dieron formas fascinantes al trabajar los vasos incásicos. Esa visión en un solo plano. El color de fruta de América, de flor tropical estilizada, depurada y no la suave y dulce neblina del color europeo. Así veré todo, para ver si me es posible afirmar lo que apenas he empezado.

Y como habla en un tono efusivo que haría sospechar su pensamiento recóndito de querer quedarse en un punto (por ejemplo, en su tierra salvadoreña) le interrogó si pretende pasar allá una temporada o gastar sus últimos días ahora que ha rebasado los límites del renombre.

—En El Salvador todavía creen —me dice— que hay que tener un aspecto trascendental y decir las mismas frases hechas. No han querido ver en mi simplicidad y mi labor un esfuerzo útil. Tal vez algún día vuelva a ensayar que se funden allá escuelas rurales que tengan más libros que rifles.

Mi incredulidad le sale al paso.

Inútil deseo el tuyo, Toño Salazar. Si no te conociera un poco, si no supiera que tú serás el viajero incansable de otros días, buceador de madréporas, excursionista en busca de flores que nadie ha cortado, me inquietaría por este momento de expansión conmovedora que te haría prisionero en cárcel de afectos, pero nada más. Pues a tu país salvadoreño —país que queremos como a los otros que están en espera no de profetas sino de profecías que se le cumplan— le sirves más estando ausente que con tu presencia corpórea, ya que tu obra y la milagrería de tu vida han hecho más por El Salvador que todas las imaginaciones de tu coterráneo Guerrero, que en Ginebra ha presidido más de una vez la Sociedad de las Naciones. Tú tienes más nombre firme que Gavidia y que Masferrer; tú eres más célebre que el café y que el bálsamo de tu tierra, y haces mal en enternecerte si te olvidan y te postergan por otros que sólo son representantes oficiales, mientras tú eres un embajador con credenciales propias y más que al cónsul general que está en París, a ti te conocen y a ti se dirigen desde Maeterlinck hasta Bourdelle, desde Matisse hasta Kisling.

¿Quiénes más?

—Muchos, casi todos se han perdido en la geografía. ¡Mis amigos de París! Montparnasse apenas se es un oasis, de tarde en tarde?

Moïse Kisling por Toño Salazar, litografía, París, 1930.

Y los recuerda unánimemente a todos, gracias a mi evocación. Sus amigos han sido Deraín el pintor, con su corpulencia de dinosaurio y su parálisis en las rodillas; Pascin que se ahorcó en un Montmartre, dejando dibujos inimitables y lo más puro de la generosidad que esparcía en las fiestas que había en su atellier; Mateo Hernández, el escultor español que hizo un Cristo en Béjar, que se tornó milagroso; Marie Vassillief, que afirma haber salvado una vez a Trotzky y que hoy tiene un restaurante para pintores: Kisling, que vive recordando a Diego Rivera, lo mismo que la escultora Chana Orlof y André Salmón y Picasso, que aún evocan el paradójico mexicano discutiendo pintura y orientando crítica.

—Tantos otros, como Van Dongen, que escribió el prefacio de mi libro; Mac Orlan, el novelista que gustaba tocar acordeón; Man Ray, el fotógrafo; Kikí, ahora célebre y vedette de music hall en aquel entonces; “el hombre orquesta”, un italiano que tocaba siete instrumentos a la vez que hacía sollozar a Verdi en el acordeón y daba conciertos en un restaurante, mientras nosotros hacíamos la colecta de dinero para los gastos. Y también Oliverio Girondo, el argentino; Ventura García Calderón, el peruano; Alfonso Reyes; Soutine, el pintor que protegía un carnicero y que nos suministraba la carne diaria. Y mil más.

Claro que se imponía la pregunta sobre los dibujantes franceses de su predilección. Toño recuerda a todos los del grupo de “L’Araignes” en el cual figura como socio invitado a exponer con Chas Laborde, Dignimont, Lucien Boucher, Jean Víctor Hugo, Van Dongen, Marie Laurencin, Touchages, Vertés, grupo formado contra el de “Le Rire”.

¿Y ahora, quienes quedan aún?

—Los García Calderón, Zaldumvide, Alcides Arguedas, Manuel Ugarte, el poeta César Vallejo, el otro gran poeta Mariano Brull, Elena Izcué, Eduardo Avilés Ramírez, uno de los escritores más ágiles que América tiene en Europa y de los que mejor pueden hablar de nosotros allá, no sólo por sus conexiones sino por su americanidad auténtica.

Helen Chandler por Toño Salazar, 1930s.

Hablamos de la crítica de arte en Europa. El tema lo sería para otra conversación. Pero es necesario que Toño Salazar me diga lo que puede decir.

—En realidad los críticos europeos desconocen nuestro esfuerzo pictórico y conocen, casi siempre, lo malo de nuestra pintura. Pero hay un gran deseo de comprender lo nuestro. André Salmón está comprometido en esa búsqueda. Picasso, con la exposición de dibujos de niños mexicanos, creía ver una nueva pintura, tan verdadera como la suya y la verdad es que ningún pintor ha tenido mejor publicidad que esa exposición. Es difícil para el crítico europeo nuestra pintura puesto que no la ve; pero la orientación pictórica de México va derecho hacia los hombres inteligentes de allá. México tiene evidentemente, el movimiento más inteligente de la pintura contemporánea.

Discurre así el joven maestro. Y sus palabras me han parecido el preludio de la seguridad en el triunfo que espera durante esta andanza apasionada en que su cartapacio se enriquecerá de apuntes que hemos de ver dando vida a una nueva interpretación de México, ya que él es también uno de los creadores de utopías que creen que el arte hace más que el Derecho Internacional, creador de problemas.

Revista de Revistas, septiembre de 1934.