Jorge Ávalos: “Jesús López en la hora de los humildes” (ensayo)

Un poema hasta ahora desconocido de la primera mujer poeta de El Salvador. Jorge Ávalos profundiza en el significado de este importante hallazgo literario.

Ensayo de Jorge Ávalos
Poemas de Jesús López
La Zebra | # 60 | Diciembre 29, 2020

Con un agradecimiento especial a José Panadés,
en cuya colección de libros antiguos se hallaba este tesoro.

I. Introducción

La hora de los humildes

Jorge Ávalos

En 2019, mientras organizaba una colección de libros del siglo XIX, me topé con un hallazgo singular: un folleto impreso en rústica de unas cien páginas escrito por Juan Aberle, el compositor del Himno Nacional de El Salvador. Al hojearlo comprendí que era una obra en prosa que no es citada en ninguna de sus biografías: Elementos de declamación. Este descubrimiento, por sí solo, es de gran interés, porque el pequeño libro ofrecía, después de las lecciones de oratoria, el único manifiesto estético que yo he leído hasta ahora de un compositor salvadoreño del siglo XIX. Cuando estaba por terminar de leerlo me encontré con algo aún más sorprendente: en las últimas páginas Aberle cita un poema, hasta ahora desconocido, de Jesús López, la primera mujer escritora identificada por nombre en la historia de la literatura de El Salvador.

Fue tanta mi emoción que me olvidé de Aberle y traté de determinar si el poema que acababa de descubrir era, en efecto, desconocido. Al día siguiente, el 10 de febrero de 2019, y ya con la convicción plena de haber realizado un descubrimiento literario, anuncié el hallazgo en mis redes sociales, acompañado de una fotografía de la página en la que aparece el poema: «Sucede que ayer, mientras clasificaba antiguas publicaciones del siglo XIX, me topé con un poema olvidado de la primera poeta mujer de El Salvador a la que conocemos por nombre. Hasta la fecha sólo se conocían dos poemas de ella, ambos incluidos en la Guirnalda Salvadoreña. Ahora hay uno más: “La adoración de los magos” de “la señorita Jesús López”. La noticia es importante porque confirma dos cosas: 1) su existencia, hasta ahora cuestionable por la ausencia de datos; y 2) también demuestra el desarrollo literario de la autora, porque este poema es superior a los que aparecen en la Guirnalda, lo cual hace aún más doloroso que no exista más obra de ella y que las creaciones de tantas mujeres se hayan perdido.»

La idea de que un poema podría confirmar la existencia de una escritora que ya tiene un lugar en la historia de la literatura podría parecer una exageración, pero no lo es. Hasta que descubrí este tercer poema, no ha habido ninguna otra manera de constatar que Jesús López existió. Hasta la fecha, ningún investigador ha encontrado un solo documento que corrobore su nacimiento o su muerte. Ni siquiera Carmen González Huguet, que ha realizado la investigación más extensa y acuciosa sobre la literatura escrita por mujeres en El Salvador, ha encontrado pruebas sobre su vida o su actividad literaria, más allá de su singular aparición en la Guirnalda. En los últimos años he dedicado mi tiempo a investigar la historia de las artes en el siglo XIX. El desarrollo de la pintura no está desligado de cómo la formación de una cultura se enmarca en la historia más amplia de El Salvador. Con base en mis descubrimientos, puedo afirmar que si Jesús López no hubiese existido sería muy difícil imaginar que podría haber existido.

Las otras poetas y escritoras que conocemos del siglo XIX tuvieron todas grandes ventajas sociales: acceso a educación privada y a la riqueza de bibliotecas extensas y periódicos extranjeros. Luz Arrué de Miranda (1852-1900) y María Teresa Arrué (1870-1953) fueron hijas de uno de los grandes pedagogos del siglo XIX, el latinista español Alejandro Arrué, traductor de la Eneida de Virgilio y maestro de líderes políticos de Guatemala y El Salvador. Antonia Galindo (1858-93) se movió en los círculos de la clase alta y correspondía con mujeres intelectuales y feministas de todo el mundo; cuando falleció, su muerte fue lamentada en toda Iberoamérica por figuras como la Baronesa de Wilson o Clorinda Matto de Turner; y la Corona Fúnebre literaria que se publicó en su memoria es una antología de la crème de la crème intelectual del período romántico en la América Central. La prosa feminista de Victoria Magaña de Fortín (1865-1961) trasluce un conocimiento del pensamiento social contemporáneo en Europa inalcanzable para la mayoría de los escritores salvadoreños en el siglo XIX, y sólo comparable al bagaje cultural de Alberto Masferrer.

Jesús López es un caso distinto. Era de origen campesino. Era pobre. Y su educación debió haber sido muy limitada. Su poesía demuestra impericia en el manejo de la métrica y la rima. Pero hay algo aún más interesante que su poesía nos revela: su sintaxis y su vocabulario son propios de una escritora del siglo XVII o XVIII, no de una poeta que escribió alrededor de 1880, cuando el romanticismo agonizaba y los cisnes del modernismo se alzaban con una palabra más precisa, una expresión más fluida e imágenes diamantinas. No necesitamos más fuente de información que sus poemas para comprender que Jesús López debió ser una poeta autodidacta que imitó la poesía que tuvo a su alcance: alguno que otro libro clásico, los himnarios de la iglesia y las traducciones de versos románticos que se publicaban en los periódicos de entonces.

Jesús López fue rescatada del olvido por Román Mayorga Rivas, quien emprendió, con un espíritu más exhaustivo que selectivo, la tarea de recoger la poesía de “los bardos salvadoreños” desde el origen de la república en 1821. Su florilegio, la extensa y ambiciosa Guirnalda Salvadoreña fue publicada en tres tomos por la Imprenta Sagrini de San Salvador en 1884, 1885 y 1886, respectivamente. Jesús López aparece en el volumen II, la primera de cuatro mujeres, con Luz Arrué de Miranda, Antonia Galindo y Ana Dolores Arias.

Según los escasos datos biográficos anotados por Mayorga Rivas, Jesús López era “de índole suave y de conversación agradable”, se había “visto obligada a renunciar a sus naturales inclinaciones” literarias, y había “huido temerosa, ya sea del aplauso de las gentes o de la preocupación de los que creen que no es dado a la mujer dedicarse al cultivo de las artes o de las ciencias”. Necesitamos señalar que estos no son datos biográficos sino extrapolaciones sociales o psicológicas que el editor de la Guirnalda hace sobre Jesús López a partir de los dos poemas atribuidos a ella, y que él incluye en su antología. Los únicos hechos de rigor que Mayorga Rivas aporta son estos: nació en Acahuapa, San Vicente, el 28 de noviembre de 1848, hija de agricultores. Tenía 37 años cuando aparece publicada por primera vez.

Como periodista y editor, Mayorga Rivas defendió e impulsó el derecho a la participación intelectual y a la integración laboral de la mujer en la sociedad salvadoreña a finales del siglo XIX; quizás esto explica que su biografía sobre Jesús López sea un florido alegato a favor de la mujer en las letras más que un perfil biográfico o literario. Mayorga Rivas elogia las “sobradas disposiciones” de una “mujer inteligente, que tiene un corazón de poetisa y numen que puede alzarse arriba de la pequeñez de los hombres”, y contrasta estos supuestos atributos de una mujer poeta frente a las “necias preocupaciones de una parte de la sociedad”. En realidad, el autor admite en esa misma nota biográfica que ni había conocido personalmente a Jesús López ni podía sustentar los alegatos sobre su talento literario puesto que sólo conocía los dos poemas de arte menor que él incluye en la Guirnalda: “A una rosa” y “Salve a María Santísima”. Esta es la razón por la cual la existencia misma de Jesús López es cuestionable.

El descubrimiento de “La adoración de los magos” nos confirma que Jesús López sí existió, y que, pese a sus limitaciones, continuó escribiendo y creció como poeta. Además, el libro en el que aparece este poema nos aporta dos datos biográficos importantes: era docente y aún estaba activa a los 52 años. Que este poema de tradición cristiana apareciera en una selección de textos realizada por Aberle nos indica que él la conocía, pues Jesús López —como ya lo había remarcado Mayorga Rivas en su Guirnalda, y como su ausencia en las reseñas bibliográficas de El Salvador lo demuestran de manera tan contundente— no publicaba su poesía ni en libros ni en periódicos. Por lo tanto, Aberle sólo pudo haber recibido el texto de las manos humildes de Jesús López.

Los Elementos de Declamación de Juan Aberle fue impreso y publicado en 1901 por la Tipografía Nacional. Se trata de un libro que enseña los fundamentos del arte de la oratoria; una sección del libro incluye una muestra de ejercicios de declamación, la mayoría eran poemas escritos por docentes. Recordado como el compositor del “Himno Nacional de El Salvador”, Aberle fue autor de óperas y canciones líricas, la mayoría en italiano. Las biografías de Aberle sólo le atribuyen un libro en prosa: el Tratado de Armonía, Contrapunto y Fuga, aunque yo he encontrado otros textos de él sobre música publicados en periódicos del siglo XIX.

Hasta el 2019 los dos poemas conocidos de Jesús López sumaban 31 versos. Con “La adoración de los Magos”, un poema narrativo de 19 cuartetas o 76 versos, su obra conocida se triplica a un total de 107 versos. “La adoración de los Magos” supera, en la calidad poética y en el tratamiento de un tema, sus dos poemas incluidos en la Guirnalda. Escrito en endecasílabos de rimas alternas —a veces consonantes, a veces asonantes—, su intención rítmica es melódica, con acentos en la tercera y novena sílaba del verso. El efecto final es irregular, y si se compara con la poesía de su tiempo, su vocabulario es en ocasiones arcaico y su fraseo, esforzado. Aun así, el poema logra su cometido y nos muestra el trayecto espiritual de los asombrados Reyes Magos hacia un Dios recién nacido. Una coda al final, de dos estrofas, nos reafirman que el poema refleja el propio trayecto espiritual de la autora:

¡A mí también la luz del Evangelio
—la estrella luminosa que nos guía—,
hoy me llama a postrarme reverente
ante el hijo adorado de María!

¡No teniendo tesoros, cual los Magos,
que ofrecerte, mi dulce Redentor,
te ofrezco humildemente el alma mía
y los rústicos cantos del pastor!

En su Panorama de la Literatura Salvadoreña (1981), el historiador Luis Gallegos Valdés incluye a Jesús López —«la primera mujer que cultiva, humildemente, el verso en su callado vivir entre nosotros»— en la segunda generación romántica, la que se erige con Francisco Gavidia como su más importante figura y sienta las bases del modernismo. «Es un nombre que debe figurar, por derecho propio, en esta generación», argumenta Gallegos Valdés sobre Jesús López. «Su composición “A una rosa”, de arte menor, retoma un tema tradicional en la poesía castellana y lo hace suyo por la emoción, y, en lo formal, por la combinación estrófica no corriente: redondillas, cuyo verso 4º rima con el 4º de la estrofa siguiente. Una curiosidad que vale subrayar.»

A pesar de la valoración de Gallegos Valdés, los poemas conocidos de Jesús López no reflejan el espíritu romántico de su época. Hay ingenuidad en el tratamiento temático y los versos no están dotados de un dominio consistente del metro y la rima. Sólo una estrofa de color oriental, al describir una rosa, la conecta con la tendencia decadentista del romanticismo de su tiempo:

Como una linda sultana
en un harén de delicias,
recibías las caricias
que el aura te prodigó.

Por el tiempo en el que vivió y escribió, Jesús López debería estar entre las poetas del romanticismo, pero su obra se sitúa al margen de las categorías históricas de la literatura y pertenece a una modalidad ingenua de poesía religiosa que tuvo un enorme arraigo en el oriente del país y en las comunidades indígenas del occidente del país. A manera de ejemplo, Raquel Soto (1874-1969) crearía una obra muy parecida en San Miguel.

En las comunidades indígenas también se escribía poesía y letras de canciones de contenido religioso. Las compilaciones realizadas en el siglo XX por los folcloristas María de Baratta, Adolfo Vega y Ricardo Lindo, y las investigaciones realizadas por un antropólogo como Pedro Geoffroy Rivas y un sociólogo como Dagoberto Marroquín, nos demuestran que las comunidades indígenas también crearon una poesía de carácter religioso utilizando las formas poéticas de arte menor que heredaron de la colonia española. Es esto lo que inspira a Geoffroy Rivas a escribir en coplas, en imitación de la poesía popular indígena, cuando lamenta la muerte de Feliciano Ama.

Es muy posible que Jesús López adquiriese un lugar entre los letrados de San Vicente al convertirse en una maestra, y que su poesía llegara por esta vía hasta las manos de Mayorga Rivas y Aberle. Su origen indígena, sin embargo, la hacía valorar la poesía no como un medio de expresión personal sino como un vehículo de participación comunitaria. De allí que un poema como “La Adoración de los Magos” tiene más sentido como una obra para ser declamada durante las celebraciones de Navidad, en el marco de una pastorela, antes que leída en un libro. La evidencia de que es así se encuentra en el poema mismo, el cual no se limita a describir, como en una fábula, el viaje de los Reyes Magos y la entrega de riquezas al recién nacido Jesús. En la versión de Jesús López, el nacimiento del Mesías es, sobre todo, la hora de los humildes:

Mas no sólo a los grandes y a los sabios,
que en sí representaron los tres Magos,
a adorar a su Dios en el pesebre
por decreto de lo alto convocaron.

Antes fueron los rústicos pastores,
que en un valle cercano allí acampaba
un ángel con su blanca vestidura.
Con armónica voz les anunciaba

diciendo que en Belén ya era nacido
el Mesías al pueblo prometido.
Cunde la nueva con presteza tanta
que a poco todo el gremio reunía,

y cual David condujo el arca santa
danzando con transportes de alegría,
así también danzaron los pastores
celebrando la nueva que traía

en pos del luminoso derrotero
que les marca los pasos de su guía:
al compás de su gaita y su pandero
a los coros celestes respondía.

Sabemos que ante el mundo de la página impresa Jesús López prefería el silencio porque nunca adoptó un seudónimo. Durante el primer siglo de la república, hasta la década 1920, se consideraba indecoroso que las mujeres escribieran y publicaran poesía o prosa en los periódicos, porque esto demostraba que tenían un conocimiento mundano de la naturaleza humana, lo cual era considerado impropio en una señorita o en una dama. Incluso la primera feminista de El Salvador, Victoria Magaña de Fortín, se escudó bajo el seudónimo “Olimpia” cuando comenzó a escribir sus manifiestos de fin de siècle. De las poetas del siglo XIX cuyas obras han sobrevivido hasta nuestros días, todas surgieron al mundo literario con seudónimos que reflejaban sus afinidades literarias o su clase social hasta que críticos e historiadores nos revelaron sus identidades: “Antonina Hidalgo”, “Stella”, “Esmeralda”, “M. Lina” o “Alma Luz”. De entre todas ellas, sólo Jesús López se arropó en la humildad del silencio y llegó hasta nosotros sin máscaras ni artificios, con el nombre que le dieron sus padres campesinos cuando nació en el valle junto al río Acahuapa.

II. Los poemas de Jesús López

La adoración de los magos

Jesús López

La adoración de los magos

Pasados ya los tiempos prefijados,
las setenta semanas de Daniel,
un astro nuevo le anuncia a los Magos
que había nacido el Rey de Israel.

Y los sabios, creyentes fervorosos
—a quienes el Creador atraía
por caminos ignotos y fragosos—,
siguiendo fueron al radioso guía.

Al lugar más dichoso del planeta
tomó rumbo la estrella muy veloz;
a la ciudad natal del Rey Profeta
que escogiera por cuna todo un Dios.

Sobre el techo de mísera apariencia
de aquel establo de eternal memoria
do comenzó a sufrir por su clemencia
el supremo monarca de la gloria.

El astro se detiene en su carrera,
con sus rayos circunda la morada,
indicando a los Reyes que aquel era
el término feliz de su jornada.

Desmontan los egregios caminantes
y tirando las bridas a un lacayo,
con el gozo pintado en sus semblantes,
vislumbrando del Empíreo un rayo,

penetran al santuario misterioso
y estáticos se quedan arrobados
ante el cuadro patético y grandioso
que sus ojos contemplan extasiados.

En el regazo de su augusta Madre
dulcemente dormía el tierno Infante:
más hermoso que el sol del mediodía
su celestial y plácido semblante.

La Reina de los Ángeles, María,
solícita velaba su reposo;
y contemplando al niño sonreía
el Patriarca José, su digno esposo.

Reverentes postráronse de hinojos
a adorar al Mesías verdadero,
al que trajo la luz a nuestros ojos
y ha regenerado al mundo entero.

Después que humildemente le adoraron
con el santo fervor de almas creyentes,
a los pies de María colocaron
los ricos dones que a ofrendar llevaron.

Mas no sólo a los grandes y a los sabios,
que en sí representaron los tres Magos,
a adorar a su Dios en el pesebre
por decreto de lo alto convocaron.

Antes fueron los rústicos pastores,
que en un valle cercano allí acampaba
un ángel con su blanca vestidura.
Con armónica voz les anunciaba

diciendo que en Belén ya era nacido
el Mesías al pueblo prometido.
Cunde la nueva con presteza tanta
que a poco todo el gremio reunía,

y cual David condujo el arca santa
danzando con transportes de alegría,
así también danzaron los pastores
celebrando la nueva que traía

en pos del luminoso derrotero
que les marca los pasos de su guía:
al compás de su gaita y su pandero
a los coros celestes respondía.

Pronto llegaron con faz alborozada
a adorar al Cordero sin mancilla,
y a entregar a su Madre Inmaculada
cada cual el obsequio que podía.

* * *

¡A mí también la luz del Evangelio
—la estrella luminosa que nos guía—,
hoy me llama a postrarme reverente
ante el hijo adorado de María!

¡No teniendo tesoros, cual los Magos,
que ofrecerte, mi dulce Redentor,
te ofrezco humildemente el alma mía
y los rústicos cantos del pastor!

Salve a María santísima

Dios te salve, Virgen pura,
consuelo del pecador,
vida, esperanza y amor
de la pobre humanidad.

A ti clamamos de hinojos,
en los altares sagrados;
a ti se vuelven bañados
en lágrimas nuestros ojos.

Reina llena de bondad,
consuelo del miserable,
rosa de aroma agradable,
ten de nosotros piedad.

Vuelve tu dulce mirada
a esta tierra de amargura,
en donde la criatura
gime errante y desterrada.

Dios clemente de Abrahán:
te colocó en el camino
del infeliz peregrino,
para ayudarle en su afán.

Por eso, Madre de Dios,
con confianza, con anhelo,
te pedimos que en el cielo
ruegues a tu Hijo por nos.

A una rosa

¿En dónde están los colores
que ostentabas orgullosa,
cuando aromada y hermosa
lucías en el pensil,

y entre hojas de esmeralda
tenías por atavío
rico aljófar de rocío
una mañana de abril;

cuando toda la pradera
embalsamaba tu aliento,
y el pajarillo, contento,
en tu cáliz se embriagó?

Como una linda sultana
en un harén de delicias,
recibías las caricias
que el aura te prodigó.

Hoy, tan solo te acompaña
recuerdo triste y penoso
de aquel pasado dichoso
que creíste eterno bien.

Entonces, leda y afable
te halagaba la fortuna;
mas hoy, no encuentras ninguna
ventura de aquel edén.

Ahora te veo mustia,
sin follaje, sin olores,
sin esplendor, sin colores,
sin esperanza ni amor…

¡Pobre flor! Pasó tu encanto
cual pasa todo en la tierra,
tal es la dicha que encierra
este valle de dolor…

………………………………………
………………………………………
………………………………………
Yo, al considerar tu suerte,

pienso en mi triste vejez.
Cual de ti, de mí se aleja
la juventud y me deja
la amargura y aridez…


JORGE ÁVALOS (1964). Escritor y fotógrafo salvadoreño, editor de la revista La Zebra. Como cuentista ha ganado los dos premios centroamericanos de literatura: el Rogelio Sinán de Panamá, por La ciudad del deseo (2004), y el Monteforte Toledo de Guatemala, por El secreto del ángel (2012). En 2009 recibió el Premio Ovación de Teatro por su obra La balada de Jimmy Rosa. En 2015 estrenó La canción de nuestros días, por la que Teatro Zebra recibió el Premio Ovación 2014.

Arte: fragmento de La adoración de los Reyes Magos de Luca Giordano.