María Eugenia Ramos: “En memoria de Gustavo Campos”

Tutora y testigo del proceso de redención personal del escritor hondureño Gustavo Campos (1984-2021), una narradora nos comparte sus recuerdos.

María Eugenia Ramos
La Zebra | # 61 | Enero 1, 2021

Y busco.
Incansablemente busco.
Adonde vaya ofrezco un hermoso sol.

Gustavo Campos

La muerte es un tema que, por más que aparezca de forma recurrente en mis escritos, procuro no abordar en mis conversaciones cotidianas, porque a mi edad, y especialmente debido a ciertas condiciones de salud, al pensar en ella corro el riesgo de que se convierta en una obsesión. Ahora que mi amigo Gustavo Campos traspasó esa puerta, me pregunto qué le hubiera gustado que escribieran en su lápida; no sé si escogería alguno de los versos de sus poemas melancólicos, con los que tanto me identifico, o si optaría por palabras de luz.

Lo conocí en 2010, cuando, por medio de una red social, me invitó a ir a San Pedro Sula a la presentación de su libro Los inacabados. Fue un evento concurrido, con la presencia de figuras reconocidas del medio literario de la ciudad y un público fervoroso que abarrotó la librería donde se presentó. Luego me acompañó a Tela, pues en las raras ocasiones en que visito la costa norte me ilusiona ir a ver el mar. Y allí empecé a conocer parte de su lado oscuro y sus obsesiones, que adormecía pasajeramente con el alcohol. Sin embargo, ese encuentro fue el inicio de una amistad que me permitió aproximarme a la literatura en una forma que antes no conocía.

Al contrario de Gustavo, nací y crecí en un entorno familiar cálido y protector. Este privilegio me ha ayudado a afrontar mis propias oscuridades y conflictos sin recurrir al alcohol ni otras drogas, lo cual, por supuesto, no me hace mejor ni peor, ni como persona ni como escritora. Pero fue este abordaje distinto lo que me permitió apoyar a Gustavo en los últimos años, con la esperanza, quizás errónea, de que se ajustara a la «normalidad», de que retomara sus estudios o se dedicara a un oficio tal vez no muy glamoroso, pero que le permitiera generarse ingresos y seguir escribiendo sin tantos sobresaltos.

Entre otras propuestas, le dije que se asociara con alguien para abrir un restaurante, ya que tenía afición y talento para la cocina. Cuando mi madre cumplió noventa años, en 2012, Gustavo contribuyó a la reunión familiar con un asado que parecía salido de un restaurante de alta categoría. Pero él insistía en que solo servía para escribir literatura, lo cual, por supuesto, no era cierto. Me sorprendió mucho, por ejemplo, que sin tener formación pedagógica fuera el autor de un material didáctico de educación artística mucho más atractivo y con mejor contenido que la mayoría de los que he visto en nuestro medio.

A finales de mayo de 2018 llegó a mi casa por unos días, para ponerse en tratamiento para sus adicciones por voluntad propia, y terminó quedándose por dos años. Me convertí durante ese período en su tutora, procurándole asistencia médica, aun con las terribles deficiencias del sistema de salud pública, y regañándolo cuando quería ceder a las tentaciones. Él tenía conciencia de la gravedad de su condición y de que era necesario a toda costa evitar el consumo de alcohol. Sin embargo, enfrentar las adicciones implica una guerra de por vida que no siempre se gana, y recayó en un par de ocasiones. En la última tuve que pedir a otros amigos de Gustavo que me relevaran en mis funciones de tutela, aceptando que mis circunstancias económicas y personales no me permitían seguir apoyándolo.

Dado que soy una mujer mayor y bastante reservada, la convivencia no fue sencilla. Aparte de tener que sacrificar parte del espacio personal básico al que estoy acostumbrada, me incomoda el olor a tabaco, así que una de las restricciones que le impuse fue fumar únicamente afuera, condición a la que al principio se resistía, fumando en el baño e inventando excusas infantiles para ocultarlo. Sin embargo, se ajustó y obtuvo el cariño de mi madre y otros miembros de mi familia, incluyendo Maya, mi perrinieta. Nos ayudó a cuidarla a ella y a mi gata Matilda durante unos días en los que mi hija y yo viajamos a Sudamérica. También conoció y cuidó ocasionalmente de mi otro gato, Murakami, que por coincidencia falleció en este mismo enero, con una diferencia de días apenas. 

Hago una pausa y releo el verso en el que Gustavo se pregunta si conserva su sonrisa de niño. Y puedo decir que sí, sonreía y era feliz como un niño cuando lo invitaban a un helado de vainilla, cuando le ofrecían degustaciones en los supermercados, con muchas de esas cosas triviales que nos dan un poco de paz y felicidad entre tantas aguas oscuras.

Gustavo era por naturaleza curioso, y tenía un genuino interés en lo que otras personas escribimos. Mientras vivió en mi casa tuvo acceso a algunos de mis caóticos archivos personales, entre ellos, un poemario de índole amorosa que escribí en mi adolescencia. Por obvias razones, no quiero que ese poemario se conozca jamás, aunque tampoco me decido a destruirlo, y él solía bromear con que lo publicaría después de mi muerte. Ahora que se adelantó puedo descartar el temor de que cumpla esa amenaza. Y sin embargo, extraño de alguna manera esa invasión a mi privacidad.

Como escritor talentoso y tenaz, Gustavo deja un legado trascendente en su obra poética, narrativa y ensayística, extensa y de calidad notable, más aún considerando que hubiera cumplido apenas 37 años, el 29 de enero de 2021. En vida, el reconocimiento que merecía se vio empañado por las clásicas camarillas literarias. Tuvo el valor de retirarse de un círculo donde predomina la misoginia, lo cual le costó exclusión y burlas. Sin embargo, esa decisión le permitió mejorar mucho como ser humano, incluso iniciar un proceso de deconstrucción de la cultura patriarcal en la que fue formado, y acercarse a otros espacios donde se le valoró y apreció.

El reconocimiento más notable que obtuvo en vida fue la publicación en España de su novela El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, con la que obtuvo en 2016, en una versión distinta, un premio centroamericano de novela otorgado por la Sociedad Literaria de Honduras. Aunque su obra está incluida en diversas antologías centroamericanas y latinoamericanas, fue la primera vez que su nombre apareció en el catálogo de una editorial europea. Pero las instituciones hondureñas del ámbito académico tienen una gran deuda con su trabajo, así como con otros nombres, como el de Mimí Díaz Lozano.

La decisión de Casasola Editores de reeditar Katastrophé —libro que, como el resto de la obra de Gustavo Campos, amerita nuevas relecturas y valoraciones— tiene gran importancia en un país como Honduras, donde carecemos de una industria editorial consolidada y sigue predominando la autoedición, especialmente porque es el sector docente en sus distintos niveles el que dicta lo que se vende, bajo criterios que poco o nada tienen que ver con la literatura.

Gustavo Campos, nómada por elección propia, volvió a mudarse de ciudad, esta vez definitivamente, sin despedirse de quienes amaba, justo como presentía en su poesía profética. Pero un poco de él, de ese hermoso sol no siempre visible que ofrecía a donde fuera, permanecen en quienes les conocimos.

16 de enero de 2021.