Julia Van Severen: “En el campo” (poesía)

Publicados entre sus 15 y 16 años, poemas como estos le granjearon reconocimiento a una autora salvadoreña que después perdimos al silencio.

La Zebra | # 66 | Junio 17, 2021

Introducción

La literatura salvadoreña también está compuesta de una historia de silencios: el de las mujeres de un talento extraordinario desde tierna edad —demostrado y probado en los círculos literarios de sus tiempos—, que nunca encontraron la oportunidad o el deseo de publicar sus obras.

En Desarrollo literario de El Salvador, un panorámico estudio publicado en 1958, Juan Felipe Toruño relegó a las escritoras a un breve capítulo sobre “Voces femeninas”. Algunas páginas antes, ya se había referido a la primera “generación femenina”, y entre ellas a dos escritoras “que entraron a la quemante zona lírica, pero que se salieron”. Estas mujeres eran dos gemelas, Sofía Adela “Tula” y Julia Van Severen. En realidad, Tula continuó escribiendo y publicó en 1962 un libro que reunió su poesía: Cuenco de barro. Julia, quien, según Toruño, pasó “bajo el arco de prueba” y entró al “monte incendiado de poesía”, pero se salió, escribió una poesía “pasional, encendida de ilusión la estrofa en que se nota el tinte de la uruguaya Delmira Agustini”. Pese a este encendido elogio, su obra de juventud, dispersa en periódicos, ha sido imposible de hallar, aunque se refieren a ella con admiración Toruño, el historiador Luis Gallegos Valdés y la poeta Claudia Lars.

Los cuatro poemas que publicamos a continuación están entre los primeros que ella publicó y aparecieron en Repertorio Americano, un semanario literario publicado en San José, Costa Rica, por Joaquín García Monge. Su talento es extraordinario si consideramos que son obra de una adolescente entre los 15 y los 16 años. En la primera de estas publicaciones, Claudia Lars escribe: “Tiene el corazón henchido de la gracia de Dios y escribe versos que maravillan para su tierna edad. Nació con toda la plenitud mental, con todas las aspiraciones, con todo lo analítico y todo lo sintético del siglo. Es singular en su belleza física y en su belleza espiritual, y una y otra las guarda ¡con no sé qué de gracia divina que encanta! ¡Y ella ni se da cuenta!” (Repertorio Americano, Tomo III, No. 27, San José, lunes 27 de febrero, 1922, p. 371).

Julia Van Severen nació en San Salvador el 31 de mayo de 1906 y falleció a los 97 años en Olympia, estado de Washington, el 19 de septiembre de 2003. Sus abuelos fueron inmigrantes flamencos (de lengua neerlandés) del Reino de Bélgica. Con su hermana gemela, Tula, ambas idénticas y de flamante cabellera roja, se iniciaron en la poesía durante la adolescencia, con tales muestras de talento que llamaron la atención de los críticos y editores literarios de entonces. La desaparición de ambas escritoras en 1925, como lo consigna el historiador Toruño, ocurre porque se mudan por unos años a Guatemala y luego, de forma definitiva a los Estados Unidos cuando ambas contraen matrimonio.

A sus 22 años, en 1928, Julia contrajo matrimonio con George Jerome Fatt y se mudó al condado de Queens, en la ciudad de Nueva York. Tuvo dos hijos: George Fatt y Carol Lynn Fatt (Klingberg, al contraer matrimonio con Carl Lennart Klingberg en 1959). Se naturalizó ciudadana de los Estados Unidos en 1943 en Brooklyn, Nueva York, donde residía en ese entonces. Parte de su vida fue marcada por la tragedia cuando en octubre de 1947 su hijo George, un técnico del ejército destacado en Korea, fue afectado por la poliomielitis después de un viaje turístico a China, y la parálisis total le impidió respirar por sí mismo. Su historia se difundió en todo el mundo debido a la difícil y larga travesía de regreso a los Estados Unidos de un paciente que estaba confinado a un “pulmón de hierro”, un aparato que lo ayudaba a respirar, y sin el cual no podía sobrevivir más de un minuto, según los reportajes de entonces. George vivió al interior de ese “pulmón de hierro” durante siete años bajo el cuidado de su madre; falleció a los 26 años en 1954. Después de divorciarse de George, Julia vivió sus últimos años con su hermana Tula, en Fairfield, Connecticut. Cuando su hermana falleció en 1997 se mudó con su hija Carol Klingberg a Olympia, Washington.

Jorge Ávalos

En el campo

Poemas de Julia Van Severen

El ángelus

La tarde se deshace en nevada de rosas,
una tibia nevada de coloridos vagos
que, sobre las palmeras, las torres, los tejados,
deja copos de oro y alas de mariposas.

¡Qué delicia de tarde! ¡Cómo llena de rosas
mis cabellos, mis labios, mis hombros y mis sienes!
¡Maravilla de luces! ¡Maravilla de flores!
Rosas, rosas, más rosas… ¿Qué hago con tantas rosas?

¿Sabes tú, dulce amiga, de dónde es esta flora
que canta en la montaña, que ríe en las praderas,
y… milagrosa y riente como las primaveras,
trae luces y rosas y el paisaje decora?

Oye… a lo lejos vierte sus lloros la campana
que, al venir ralentando, se ha tornado en canciones…
¿No estás oyendo, amiga, las suaves oraciones
que nos traen las brisas de la ermita lejana?

En el campo

¡Qué radiantes los días! ¡Qué noches más hermosas!
¡Cómo pasa la vida entre nardos y rosas!
¡Cómo se olvida el álgebra y todas esas cosas!

¡Qué cariñosas estas virgencitas de bronce!
¡Qué limpidez de cielo! ¡Qué brillantez de Sol!
¡Y qué dulces los frutos que maduró el calor!

¡Y qué encanto en las tardes cuando allá en la pradera
se ve al Sol extender la dorada bandera
o deshacer en polvo su rubia cabellera!

¡Escuchar de las cañas los más raros cantares
o besar las corolas de olorosos azahares
que allá en las alamedas forman blancos altares!

¡Oír cual danza el viento por los verdes trigales
y pasarse las tardes en los cañaverales
cantando, con guitarra, canciones tropicales!

¡Cómo no ha de encantarse! ¡Cómo no ha de sentirse
que tenemos un alma que no debe ser triste,
pues que Natura toda de alegría se viste!

¡Qué radiantes los días! ¡Qué noches más serenas!
¡Y la savia del campo cómo vibra en las venas
de estas dulces muchachas, virgencitas morenas!

Preferibles a todas las mejores orquestas
son los dulces susurros de cercana floresta
que celebra con Eolo cada día una fiesta.

Y las galantes frases de señores de frac,
prefiero los aplausos que estos chicos me dan
cuando paso al galope en mi brioso alazán.

Repertorio Americano, Tomo III, No. 27,
San José, lunes 27 de febrero, 1922, p. 371.

Perdón

Óyeme. Vengo, hermano, los párpados mojados
y los labios en gesto de profundo dolor,
a pedirte que mojes mis ojos marchitados,
a pedirte que viertas sobre ellos el perdón.

¿Qué fui cruel? ¿Qué mi llanto no bastará a limpiar
todas las amarguras que di a tu corazón?
Ignoras que fue tuyo todo mi palpitar,
y que, si no mi risa, ¡tuyo fue mi dolor!

Sí, perdóname, amigo, haya hecho tan amarga
la copa en que bebiste con febril ansiedad;
bendice este amor mío que tanto te acibara,
que es la ley de los justos sufrir y perdonar.

Y… si el perdón derraman tus ojos y tu mano,
he de decirte llena de ternuras: “¡Hermano!”
Y serán mis caricias y mis besos benditos;
mas, si sigues llorando y perdonar no puedes,
ha de alejarse, huraño, de mis labios el canto,
y seguirán goteando de mis ojos marchitos,
todas mis esperanzas transformadas en llanto!

(de El Imparcial, Guatemala)

Repertorio Americano, Tomo 7, No. 19,
San José, lunes 4 de febrero, 1924, p. 303.

Matasanos

¡Qué buena es esta fruta! ¡Qué grato es ir metiendo, con cuidado, el cuchillo para quitarles la bien adherida piel suave, de un amarillo verdoso, a estas pomas apretadas y llenas! ¡Con qué deleite se hunden los dientes en su carne abundante y fresca y tierna y aromada!

La boca pura se estremece. El paladar sencillo y casto siente, como en las comuniones de ritual, una gozosa humildad mística. He aquí que la tierra, como Cristo, ha dicho: esta es mi carne…

Señor, ¡si todo es sangre tuya, si todo es carne tuya, el jugo de esta fruta como el de la uva, la carne de esta fruta como la del trigo!

Con el olor a alcanfor y, más que a alfanfor, a miel blanca, estos matasanos maduros, no sé qué otro recuerdo me ha venido ahora. Será tal vez el un corral o el de un árbol; o bien el de un árbol grande y viejo en el corral de una finca que vi hace mucho. ¡Un árbol viejo! ¡Un árbol cargado de estos frutos! La última cena bien pudo haber sido a la sombra de este árbol.

En ese corral había olor a vaho de terneritos, a vaho de buey. Todo me viene en el recuerdo. Y había olor a estiércol. Estas cosas también son de Él. ¿A qué otra cosa podía oler el Establo?

Buen abono, buenos frutos. Los de ese árbol, que comí de niña, debieron ser pesados y llenos y redondos; y han de haber tenido esa piel fina y lisa como éstos; y carne blanda y fresca y olorosa a alcanfor, y en el centro, como único material, dos pepitas recias, forradas en una película transparente con venas amarillas.

¿No has pensado tú que comías un aroma? ¿Alcanfor, mirra, incienso?

Repertorio Americano, Tomo 4, No. 19,
San José, lunes 2 de octubre, 1922, p. 420.

Arte: “La niña en el campo” de Evariste Carpentier.