Rafaela Contreras: “Rêverie” (poesía)

El poema en prosa de la primera narradora de Centroamérica en el siglo XIX, aparece aquí con la introducción que le escribió su esposo, el insigne poeta Rubén Darío.

Rafaela Contreras
Introducción de Rubén Darío
La Zebra | # 67 | Julio 25, 2021

Un marco humilde para un lienzo de oro

Por Rubén Darío

En el inmenso París —antes de partir, y en el último five o’clock de la bella madame de Luçon, allá donde conocí al pobre Jaen de Luçon, su esposo, aquella tarde— se advirtió una cosa particular. Estaban de moda las orquídeas para los floreros y las azaleas para el pecho. Cerca del sillón donde Stella acostumbraba a sentarse —¿quién no lo sabía?— se veía una taza de Sevres llena de violetas, y ella, la adorable princesa Stella, tenía también prendido, muy cerca del corazón, un ramillete de violetas.

¿Decís que queréis saber de la princesa Stella? Pues no os diré sino que la llamábamos así porque era dulce, sideral y brillante como esas blancas y temblorosas margaritas que florecen de noche en el jardín azul divino. Oh, tenía mucho de dominador, en medio de una ingenuidad maliciosa que, a veces, se convertía en la cascada argentina de una charla vibrante. En casa de madame de Luçon ella era la vencedora. Ni la princesa de Sagan, con sus rarezas; ni la bella madame de Montbleu con sus tiernos ojos azules, que nadaban en una humedad suavemente radiosa; ni la linda mademoiselle Claire, tan casquivana y elegante, llamaban tanto la atención de todos, como aquel aire extraño, aquella oscura y relampagueante mirada profunda, y aquel gesto triunfador. Por eso la llamábamos así: Stella.

* * *

Conque, ¡las violetas! Cada cual forjó su novela en la cabeza.

En toda la reunión se conversó sotto voce del asunto. ¿Qué significaban aquellas violetas?

Pensamos, pensamos mucho. Nadie se dio por convencido y, al retirarnos, después de la alegría del buen rato, se hacían frases “con las violetas de Stella”.

Solamente Jaen de Luçon no había desplegado sus labios. Con mi curiosidad mujeril me acerqué a él.

—Y bien, Jaen, ¿las violetas?

Entonces me habló de Stella. Era una alma extraña, original y radiante.

—¿No lo sabéis? Pues después de nuestra pobre difunta gloriosa, Jeanne Thilda, no hay quien como ella que escriba cosas de aquí —y Jaen se tocaba el corazón—. Es, como sabes, hija de un hombre ilustre en las letras. Ley de atavismo. En cuanto a tu curiosidad sobre el ramo de violetas, no te diré nada, porque poco sé: es su flor. ¿Quiéres saber más? Pues a ella…

* * *

¡Pues a ella! Y fui y logré ser su confidente, saciando mis curiosidades. ¿Quiéres saciar la tuya, oh, lectora? Pues he aquí un cuento que entresaco de los que aparecerán próximamente en un volumen que publicará el editor Garnier. Se titula Rêverie.

Sé que después de la publicación de ese primer libro en que este cuento se contiene, dará al público Stella una novela delicada y artística, llena de femineidad.

Rêverie

Por Stella (Rafaela Contreras)

Una tarde del mes de mayo, de aquellas tardes que sonríen, que ostentan un cielo azul, sereno y despejado, cuando los rayos postreros del sol lanzaban sobre la tierra su reflejo trémulo, hallábame yo triste, sin saber por qué, contemplando tan bello panorama.

Mi solitario jardín, cubierto de perfumadas flores, de palmeras gallardas y de lánguidos sauces y cipreses; poblado por bandadas de aterciopeladas mariposas, que en loco torbellino volaban en torno a las rosas; viendo de cuando en cuando los pájaros, que columpiándose en las ramas de los árboles, mecidas por la brisa, daban al viento su canto —triste unas veces como un lamento, alegre otras, como la risa perlada de un ángel que cruzara volando el espacio—, que parecía llamarme a su recinto, a meditar junto al perfumado rosal o a confundir mis lágrimas con las perlas que arrojaba el surtidor en la fuente, que murmuraba tiernas canciones en el centro del jardín.

* * *

Entré en el jardín y fui a sentarme al pie de un sauce, al que rodeaban multitud de violetas y adormideras.

Corté algunas de aquellas, símbolo de la modestia, cuyo perfume suave y dulce al mismo tiempo, penetraba en mi corazón, llenándole de melancólico placer, y las coloqué sobre mi pecho. Allí, sentada, respirando en la soledad, empecé a meditar en la paz y dulce tranquilidad de las tumbas, que posan eternamente, escuchando tan sólo el lúgubre son del cierzo en las ramas del ciprés y el sauce, sus únicos amigos.

Pensando en esto, fuime quedando dormida. Poco rato después, soñé que un ángel agitaba sus alas, volaba cerca de mí, y su aliento, al rozar mi faz, la helaba, y también mi corazón. Después, posó sus manos en mi frente y cubrióme con sus alas… Depositó luego un beso en mis labios; y su aliento —esencia de una violeta— bañó mi rostro.

Aquel beso perfumado, dulce, sublime, me hizo lanzar un suspiro, y como que se desprendió mi espíritu de mi cuerpo, se lanzó hacia las regiones del infinito. Y volando y volando con mis blancas alas, que azotaban el viento, veía la tierra, aquella tierra donde tanto soñé, como un punto negro, atómico y medio oculto en una vaga penumbra, en medio de la grandeza infinita que contemplaba.

Parecíame, al acercarme a los cielos, escuchar dulces canciones, que en coro cantaban los ángeles en torno de Dios.

Llegó por fin la noche y al acercarme al solio de la Majestad, vi que aquellos seres moradores de las altas regiones, cuyas canciones escuchaba, llevaban en la frente un lucero que, despidiendo su suave luz, bañaba la tierra, donde tantas veces contemplé el temblor luminoso, en las mansas aguas de un lago, o en las ondas plateadas del mar.

Al verme entrar, agrupáronse millares de espíritus que me llevaron como en una onda celeste, a los pies del Altísimo, que colocó su diestra poderosa sobre mi frente, haciendo brotar en ella un lucero. ¡También yo!…

Embriagada con mi felicidad, parecíame escuchar, como un leve murmullo, las voces de la tierra, cuando en ella percibieron mi aparición en el profundo azul.

Los amantes decían: “Es el lucero que protege nuestro amor”. Los que sufrían: “Su luz nos trae la esperanza”. Los felices: “Nuestra alegría”. Los poetas: “¡Nuestra inspiración!”.

Acercóseme entonces un espíritu —el de un ser que mucho amé y veneré en la tierra—, y me dijo con amoroso anhelo:

—Has querido tener alas, has querido que de tu frente emanase luz, me lo has pedido, y Dios, escuchando mis ruegos, te lo ha concedido. Ya lo tienes todo; has llegado hasta donde tu deseo te puede llevar. ¿Eres feliz, hija mía?

Yo no pude contestar, agité mis alas, tembló la estrella de mi frente, lancé un suspiro de placer… y desperté. 

* * *

Mi sueño había concluido y me encontraba bajo el peso de la realidad. La noche había ya desplegado su manto; la brisa helaba mis sienes y me traía en sus alas un ruido cadencioso, del agua al caer en la ancha taza y los perfumes de las flores, entre los que sobresalía el de las violetas. Las estrellas brillaban en el firmamento y con su luz tranquila hacían más fúnebre aquel recinto, que en mi sueño creí la morada dulce y serena de la dicha y de la paz de mi corazón.

Levantéme, y tomando de mi pecho las violetas que me había puesto al sentarme —único recuerdo de mi soñada felicidad—, las guardé en un relicario, donde aún las conservo.

El Perú Ilustrado,
Lima, 17 de mayo, 1890.


RAFAELA SALVADORA CONTRERAS CAÑAS [de DARÍO] (San José, Costa Rica, 1869-San Salvador, El Salvador, 1893). Cuentista costarricense-salvadoreña. Publicó su obra bajo los seudónimos “Emelina” y “Stella”, y bajo su nombre de casada, Rafaela de Darío. Fue la primera esposa del poeta nicaragüense Rubén Darío, y procrearon un hijo: Rubén Álvaro Darío Contreras. Aunque comenzó escribiendo poemas en prosa a la manera modernista ( “Rêverie” (ensoñación), “La canción de invierno” y “Delirio” o “Sonata”), casi de inmediato comenzó a publicar cuentos, primero dentro de una modalidad fantástica, pero también dentro de un realismo de corte romántico: “Mira, la oriental” o “La mujer de cristal”, “Las ondinas”, “La Turquesa”, “Humanzor”, “Violetas y palomas” y “El oro y el cobre”. Olvidada después de su muerte, en 1960 la profesora Evelyn Uhrhan Irving inició el lento proceso de recopilar su obra y publicó en inglés siete textos: Short Stories by Rafaela Contreras de Darío (1965). Un año antes, el nicaragüense Diego Manuel Sequeira publicó Rubén Darío criollo en El Salvador (1964), el cual recogía otros dos textos de Rafaela Contreras: “La turquesa” y “Humanzor”. Este último cuento era considerado inacabado, hasta que fue redescubierto completo por Jorge Ávalos en 2016 mientras examinaba antiguos ejemplares de una colección del diario La Unión, del cual Darío fue el editor.

Arte: fragmento de “Rêverie” por John William Godward.